Jueves de la IV Semana de Pascua

Hech 13, 13-25

En este pasaje vemos lo importante que es el tener un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras, pues éstas son el fundamento de nuestra predicación y de nuestro testimonio para los demás.

Quizás uno de los motivos por los que no hemos logrado establecer en nuestro medio una cultura profundamente cristiana es el hecho de que pocos cristianos realmente conocen la Sagrada Escritura.

Esto hace que no haya un punto de referencia adecuado que haga prevalecer en un determinado momento los valores cristianos e incluso que nuestro testimonio o nuestro diálogo con aquellos que no comparten nuestra fe, no encuentren un sólido fundamento.

Dediquemos todos los días al menos 15 minutos para conocer la Sagrada Escritura, es decir para conocer a Dios y su proyecto de amor para nosotros.

Jn 13, 16-20

La verdadera felicidad se encuentra en el servicio a los demás y en la humildad, en no pensar que uno es mayor que los otros a pesar de nuestro puesto (sea en la casa, en la oficina, en el gobierno).

Para Jesús el servicio es de vital importancia, a tal grado que lo pone como un motivo de dicha y felicidad. Jesús sirvió no fue esclavo, Jesús, libremente, hizo de toda su vida un verdadero servicio, esta es su enseñanza.

Cuándo lava los pies a sus discípulos, no es solo un gesto externo, si no es la expresión de su actitud más íntima, viene a enviar a servir y a purificar, no en el sentido de quién es perfecto y está para regañar o corregir a los demás, si no en el sentido del hermano quién es capaz de limpiar las inmundicias de quien ha caído en el pecado y en la suciedad.

Servir sobre todo al más débil y pecador fue la misión de Jesús y la cumplió a carta cabal hasta dar la vida.

Jesús nos dice algo muy importante:» no temáis la traición pues debéis saber en cuanto esto suceda yo Soy». Jesús retoma las mismas palabras que Dios le dijo a Moisés cuando el pueblo vivía en esclavitud.

Yo soy es el nombre del Dios liberador qué saco con poder al pueblo que gemía bajo la opresión de la esclavitud. De la esclavitud el pueblo pasó a la libertad y aprendió que servir en la libertad es la dignidad de la verdadera persona.

Yo soy es el nombre de Dios que acompaña a su pueblo en el peregrinar por el desierto y que lo sirve en los momentos de dudas y tragedias.

Yo soy es también el nombre que toma Jesús para decirnos que también Él, como su padre, ahora nos acompañan por el desierto de la vida, de las dificultades. Es Dios con nosotros, es quien anda los mismos senderos, es quien nos lleva de la esclavitud al servicio.

¿Cómo vivimos la presencia de Jesús en nuestras vidas? ¿Cómo hacemos presente a Jesús con nuestro servicio?

Señor, que sepamos servir y dar vida tal como lo haces Tú, que queremos parecernos a Ti en el servicio.

Jueves de la IV Semana de Pascua

Jn 13, 16-20

Cuando Pablo es invitado a hablar en la sinagoga de Antioquía para explicar esa nueva doctrina, es decir, para anunciar a Jesús, para proclamar a Jesús, empieza hablando de la historia de la salvación. Se levantó y dijo: «El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto», y contó toda la historia de la salvación. Lo mismo hizo Esteban antes del martirio y también Pablo, en otra ocasión. Lo mismo hace el autor de la Carta a los Hebreos, cuando narra la historia de Abraham y de “todos nuestros padres”. Lo mismo hemos cantado nosotros hoy: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades». Hemos cantado la historia de David: «Encontré a David, mi siervo». Lo mismo hacen Mateo y Lucas: cuando comienzan a hablar de Jesús, parten de la genealogía de Jesús.

¿Qué hay detrás de Jesús? Hay una historia, una historia de gracia, una historia de elección, una historia de promesa. El Señor eligió a Abraham y caminó con su pueblo. Hay una historia de Dios con su pueblo. Y por eso, cuando a Pablo le piden que explique el porqué de la fe en Jesucristo, no comienza por Jesucristo: empieza por la historia. El cristianismo es una doctrina, sí, pero no solo. No son solo las cosas que creemos, sino una historia que lleva esa doctrina que es la promesa de Dios, la alianza de Dios: ser elegidos por Dios. El cristianismo no es solo una ética: sí, tiene principios morales, pero no se es cristiano solo con una visión ética. Es más. El cristianismo no es una élite de gente escogida en función de la verdad; es ese sentido elitista que luego se abre paso en la Iglesia, por ejemplo cuando se dice: “Yo soy de esa institución, yo pertenezco a este movimiento que es mejor que el tuyo o el otro”; eso es un sentido elitista. No, el cristianismo no es eso: el cristianismo es pertenencia a un pueblo, a un pueblo elegido por Dios gratuitamente. Si no tenemos conciencia de pertenecer a un pueblo seremos cristianos ideológicos, con una doctrina pequeñita de afirmación de la verdad, con una ética, con una moral –que está bien– o, considerándonos una élite: nos sentimos parte de un grupo escogido por Dios –los cristianos–, y los otros irán al infierno o, si se salvan, es por la misericordia de Dios, pero son los descartados. Si no tenemos conciencia de pertenecer a un pueblo, no somos verdaderos cristianos.

Por eso Pablo explica a Jesús desde el comienzo, a partir de la pertenencia a un pueblo. Muchas veces, muchas, caemos en esas parcialidades, sean dogmáticas, morales o elitistas. El sentido de élite es el que nos hace tanto daño y nos hace perder el sentido de pertenencia al santo pueblo fiel de Dios, que Dios eligió en Abraham y dio la gran promesa, Jesús, y lo hizo caminar con esperanza, e hizo alianza con él. Es tener la conciencia de pueblo.

Cuenta la historia, como lo hace Pablo aquí, transmitiendo la historia de nuestra salvación. Y en esa historia del pueblo de Dios, hasta llegar a Jesucristo, ha habido santos, pecadores y mucha gente común, buena, con virtudes y pecados, como todos. La famosa muchedumbre que seguía a Jesús tenía olfato de pertenencia a un pueblo. Uno que se llame cristiano y no tenga ese olfato no es un verdadero cristiano, porque se siente justificado sin el pueblo. Es un poco particular y se siente justificado sin el pueblo. Pertenencia a un pueblo, tener memoria del pueblo de Dios. Y eso lo enseña Pablo, Esteban, otra vez Pablo, los apóstoles… Y el consejo del autor de la Carta a los Hebreos: “Acordaos de vuestros ancestros”, es decir, de los que nos han precedido en este camino de salvación.

Si alguno me preguntase: ¿Cuál es la desviación más peligrosa de los cristianos hoy y siempre? ¿Cuál sería para usted la desviación más peligrosa de los cristianos?, yo diría sin dudar: la falta de memoria de pertenencia a un pueblo. Cuando eso falta vienen los dogmatismos, los moralismos, los eticismos, los movimientos elitistas. Falta el pueblo. Un pueblo siempre pecador, todos lo somos, pero que no se equivoca en general, que tiene el olfato de ser pueblo elegido, que camina tras una promesa y que ha hecho una alianza que él quizá no cumple, pero la conoce.

Pedir al Señor esa conciencia de pueblo, que la Virgen hermosamente cantó en su Magníficat, que Zacarías cantó tan bellamente en su Benedictus, cánticos que rezamos todos los días, por la mañana y por la tarde. Conciencia de pueblo: somos el santo pueblo fiel de Dios que, como dice el Concilio Vaticano I, y luego el II, en su totalidad tiene el olfato de la fe y es infalible en ese modo de creer.

Jueves de la IV Semana de Pascua

Jn 13, 16-20

Hoy, como en aquellos films que comienzan recordando un hecho pasado, la liturgia hace memoria de un gesto que pertenece al Jueves Santo: Jesús lava los pies a sus discípulos.  Así, este gesto —leído desde la perspectiva de la Pascua— recobra una vigencia perenne.

En nuestra sociedad parece que hacer es el termómetro del valor de una persona. Dentro de esta dinámica es fácil que las personas sean tratadas como instrumentos; fácilmente nos utilizamos los unos a los otros. Hoy, el Evangelio nos urge a transformar esta dinámica en una dinámica de servicio: el otro nunca es un puro instrumento.

El amor es el servicio concreto que damos los unos a los otros. El amor no es sólo palabras, son obras y servicio; un servicio humilde, hecho en el silencio y en lo escondido, como Jesús mismo ha dicho: «Que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha».

Esto implica poner a disposición los dones que el Espíritu Santo nos ha donado, para que la comunidad pueda crecer.

No olvidemos que lavando los pies a sus discípulos y pidiendo a ellos hacer lo mismo, Jesús nos ha invitado también a confesar mutuamente nuestras faltas y a rezar los unos por los otros para sabernos perdonar de corazón.

En este sentido, recordemos las palabras del san Agustín cuando escribía:

«No desprecie el cristiano de hacer lo mismo que hizo Cristo. Porque cuando el cuerpo se inclina hasta los pies del hermano, también en el corazón se enciende, y si ya estaba se alimenta, el sentimiento de humildad. Perdonémonos mutuamente nuestras faltas y oremos juntos por nuestras culpas y así de este modo nos lavaremos los pies recíprocamente».

El amor, la caridad y el servicio, ayudar a los demás, servir a los otros. Hay tanta gente que pasa la vida así, en el servicio a los demás.

Con el lavatorio de los pies el Señor nos enseña a ser servidores, más siervos, como Él ha sido siervo por nosotros, por cada uno de nosotros.

Por lo tanto, ser misericordiosos como el Padre significa seguir a Jesús en el camino del servicio.

Que aprendamos el sentido del servicio de Jesús para cumplir la misión que se nos dio el día de nuestro Bautismo y siguiendo al Maestro hagamos un mundo más justo, más digno de los hijos de Dios.

Jueves de la IV semana de Pascua

Jn 13, 16-20

La verdadera felicidad se encuentra en el servicio a los demás y en la humildad, en no pensar que uno es mayor que los otros a pesar de nuestro puesto (sea en la casa, en la oficina, en el gobierno). 

Para Jesús el servicio es de vital importancia, a tal grado que lo pone como un motivo de dicha y felicidad. Jesús sirvió no fue esclavo, Jesús, libremente, hizo de toda su vida un verdadero servicio, esta es su enseñanza. 

Cuándo lava los pies a sus discípulos, no es solo un gesto externo, si no es la expresión de su actitud más íntima, viene a enviar a servir y a purificar, no en el sentido de quién es perfecto y está para regañar o corregir a los demás, si no en el sentido del hermano quién es capaz de limpiar las inmundicias de quien ha caído en el pecado y en la suciedad. 

Servir sobre todo al más débil y pecador fue la misión de Jesús y la cumplió a carta cabal hasta dar la vida. 

Jesús nos dice algo muy importante:» no temáis la traición pues debéis saber en cuanto esto suceda yo Soy». Jesús retoma las mismas palabras que Dios le dijo a Moisés cuando el pueblo vivía en esclavitud. 

Yo soy es el nombre del Dios liberador qué saco con poder al pueblo que gemía bajo la opresión de la esclavitud. De la esclavitud el pueblo pasó a la libertad y aprendió que servir en la libertad es la dignidad de la verdadera persona. 

Yo soy es el nombre de Dios que acompaña a su pueblo en el peregrinar por el desierto y que lo sirve en los momentos de dudas y tragedias. 

Yo soy es también el nombre que toma Jesús para decirnos que también Él, como su padre, ahora nos acompañan por el desierto de la vida, de las dificultades. Es Dios con nosotros, es quien anda los mismos senderos, es quien nos lleva de la esclavitud al servicio. 

¿Cómo vivimos la presencia de Jesús en nuestras vidas? ¿Cómo hacemos presente a Jesús con nuestro servicio? 

Señor, que sepamos servir y dar vida tal como lo haces Tú, que queremos parecernos a Ti en el servicio.

Miércoles de la IV semana de Pascua

Jn 12,44-50

Ahora hay luces potentes que nos ciegan y deslumbran, en tiempos de Jesús las luces eran mucho más débiles, pero mucho más necesarias. Ahora nos hemos acostumbrado a las luces artificiales y vivimos mucho más tiempo  alumbrados por ellas que por la luz natural. Quizás por eso mismo no le damos importancia. Pero el día que por cualquier motivo se “ha ido la luz”, nos sentimos inútiles, pues casi nada puede funcionar: ordenadores, aparatos, cocina, teléfonos, motores, nos sentimos perdidos. 

Quizás esto nos ayude a entender porque Cristo nos dice que Él es la luz y que ha venido para que todo el que crea en Él no viva en tinieblas. Sin Él nada podemos hacer. La luz manifiesta las obras. 

Cuando caminamos en la oscuridad tropezamos con todos los objetos y nos produce temor. Cuando caminamos en la luz, aunque haya los mismos o peores obstáculos, podemos esquivarlos sin tropezar. Con Cristo podemos caminar y avanzar a pesar de que haya problemas y dificultades. Con Cristo no tememos aunque estemos amenazados. Claro que hay quien prefiere vivir en las tinieblas. 

Al amparo de la oscuridad se dice la mentira, se roba, se engaña, se vive una vida falsa y doble. La luz viene a descubrir todas estas falsedades y descubre a quien hace el mal o vive en la mentira. No es que la luz condene, sino que la luz pone en evidencia a quien hace el mal. 

La luz fortalece, esclarece y ayuda, pero necesitamos dejarnos iluminar. Hoy pensemos en Cristo como luz que nos ilumina a cada uno de nosotros. Donde quiera que este día vayamos sintamos ese resplandor que nos acompaña, que nos ilumina y que nos hace discernir lo bueno de lo malo, lo que ayuda, une y fortalece. ¡Que Cristo sea verdaderamente nuestra luz!