Jueves de la XX Semana Ordinaria

Jue 11, 29-39

Este es uno de los pasajes más controvertidos de la Sagrada Escritura, pues nos presenta un sacrificio humano. Para poder entenderlo, debemos, situarnos históricamente y ver qué es lo que el escritor sagrado busca decirnos, pues en ello está la instrucción de Dios para el pueblo.

Este pasaje lo podemos situar alrededor del s XII o XIII a.C., es decir hace unos 3,000 años. En la cultura del tiempo, este tipo de sacrificios era común aun dentro del pueblo de Dios (baste ver que el mismo Abraham estaba por sacrificar a su propio hijo). Solo muchos años después se irá purificando el Pueblo en cuanto a los sacrificios que habrían de ofrecer a Dios, llegando a ser parte de la ley la prohibición de inmolar a los hijos, como lo hacen los paganos.

Teniendo esto claro, vemos como lo que el Autor sagrado busca no es resaltar un sacrificio, sino el ser fiel a lo que ofrecemos al Señor, aun cuando esto sea tan querido como un hijo… y de manera particular el único hijo. Por otro lado, este pasaje nos enseña, si es que hemos de ser fieles al Señor, el pensar bien qué es lo que ofrecemos al Señor, pues lo que ofrecemos, debemos cumplirlo.

Por ello es mejor el evitar el «chantaje» espiritual con el Señor al decirle: si tú me das, entonces yo haré lo siguiente. Recordemos que el Señor sabe lo que es bueno para nosotros y que no necesita de nuestras «ofertas» para realizarlo. Ofrezcamos al Señor nuestra vida, no porque Él nos vaya a dar algo sino, como Él lo hace: Solo por amor a Él.

Mt 22, 1-14

Dios nos ha invitado de muchas maneras a participar del Reino, de la vida en Abundancia pensada por Dios para el hombre desde toda la eternidad, la cual habíamos perdido por el pecado. Sin embargo aceptar o no depende de cada uno de nosotros. ¿Excusas? ¡Muchas! Pero como vemos en este pasaje, ninguna cuenta, ni para no asistir ni para presentarnos indignamente a la mesa del Señor.

Y digo para presentarnos dignamente a la fiesta, pues un detalle que no se conoce y que a veces hace que se juzgue duramente al Rey que exige a un pobre el llevar vestido de fiesta, es que el traje de fiesta en este tipo de eventos era proporcionado por el mismo que hacia la invitación por lo que no había excusa para no tenerlo.

Lo mismo pasa con nosotros. Dios nos ha hecho la invitación sin pensar si somos buenos o malos, pobres o ricos… nos ama y nos ha invitado así como somos. Además nos ha llenado de gracias, sobre todo de la gracia santificante, que es el vestido para la fiesta del Reino. Por ello no hay excusa para no asistir, para no vivir en el reino del amor, la justicia y la paz en el Espíritu Santo… en una palabra no hay excusa para no ser santo.