HOMILÍAS PARA EL MES DE JULIO (CICLO A)
XV DOMINGO ORDINARIO
Dios jamás se calla. No deja de hablar. Nos habla por la naturaleza; por los acontecimientos de la historia, sean bueno o malos; nos habla por medio del prójimo; nos habla por los profetas; nos habla por medio de las Sagradas Escrituras, de la Iglesia y de sus sacerdotes.
La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice cómo la Palabra de Dios es Vida. Por eso, no es suficiente con escucharla o leerla, hay que ponerla en práctica y dar fruto.
En tiempo de sequía pedimos por la lluvia porque el agua es necesaria para que haya vida en la tierra. El profeta Isaías nos dice hoy que la Palabra de Dios es como la lluvia que produce vida en los hombres. La Palabra de Dios no caerá inútilmente. La Palabra de Dios ofrecida y proclamada por la Iglesia cumplirá su misión en el mundo.
Cada vez que se celebra la santa Misa y proclamamos las lecturas, decimos “Palabra de Dios o del Señor”; ¿la escuchamos como tal?, ¿nos dejamos cuestionar por ella?
La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que la creación entera está gimiendo con dolores de parto.
Hoy día hay una mayor preocupación por la forma en que utilizamos el mundo que Dios creó y nos entregó. El hombre de hoy se ha dado cuenta que el mundo no es para ser explotado, violentado, utilizado de acuerdo con los criterios del egoísmo. Pero no sólo debemos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales del mundo, sino también por la fraternidad que debe unir al hombre y a las otras cosas creadas por Dios. Sólo cuando tomemos conciencia de que todos somos hermanos en la existencia, podremos liberar a toda la creación del egoísmo y de la explotación en la que el hombre ha convertido este mundo.
El Evangelio de san Mateo nos has presentado la parábola del sembrador y la semilla como una invitación a reflexionar sobre la importancia y el significado de la Palabra de Dios en nuestra vida.
Una imagen vale más que mil palabras. Esta afirmación quiere decir que en ocasiones las palabras son huecas; son promesa incumplidas, frutos que no se ven por ningún lado.
Sólo hay una palabra en el mundo que vale por mil imágenes: la Palabra de Dios. Porque Dios siempre cumple su palabra, hace lo que dice, realiza lo que anuncia y lleva a cabo lo que promete.
Dios habla, Dios llama, Dios dialoga y nos cuestiona. Dios nos da ánimos, nos envía avisos y nos invita a la esperanza.
La Palabra de Dios no producirá fruto en nosotros, si hacemos oídos sordos, o si la oímos pero no la escuchamos, ni la hacemos nuestra, ni la meditamos, ni la guardamos en nuestro corazón.
¿Qué representa y qué son los diferentes terrenos en los cuales cae la Palabra de Dios, su semilla?
El terreno pedregoso representa a las personas que tienen la oportunidad de cambiar a una situación mejor, pero no les gusta hacer ningún esfuerzo para cambiar, prefieren quedarse como están. Hay personas que ante el mensaje de Jesús sienten una gran alegría, pero muy pronto sienten miedo al cambio, les vence la comodidad, dejan de ser constantes, les domina la flojera y todo el esfuerzo por cambiar se les olvida y se quedan como estaban.
La semilla que cae entre abrojos representa a las injusticias. Muchas personas viven nada más preocupados por tener una seguridad en su vida y viven obsesionados por ganar más, por tener más y no se dan cuentan que todo eso lo tendrían si trabajaran para que reine la justicia de Dios. Estas personas se entusiasman cuando conocen el evangelio; quizás den algunos pasos para ponerlo en práctica, pero las preocupaciones diarias por tener más y más seguridades hacen que se olviden pronto de las cosas de Dios, porque creen que la vida es sólo para tener seguridades y cosas materiales.
La tierra buena representa a todo aquel que escucha, entiende y hace vida la Palabra de Dios, ese dará buenos frutos. Escuchar, meditar, aceptar, guardar en el corazón y poner en práctica la Palabra de Dios. Como María: “¡Hágase en mí según tu palabra!”. Como Cristo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Las preguntas que tenemos que hacernos hoy son: ¿dejo que Dios entre
XVI DOMINGO ORDINARIO
Las lecturas de este domingo son una llamada de atención para que no nos olvidemos que Dios siempre nos ofrece la oportunidad para cambiar porque Él es paciente con nosotros.
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos enseña que Dios, pudiendo condenar nuestra maldad, siempre está dispuesto a perdonarnos, ofreciéndonos el camino de la conversión. Nosotros, juzgamos a los hombres y sin embargo Dios siempre nos da una oportunidad para el arrepentimiento. ¡Qué manera tan distinta la actuación de Dios y la nuestra!
Dios no quiere la muerte del pecador, sino su conversión; Dios ama a todos los hombres que ha creado, incluso a aquellos que hacen el mal.
Además, todos somos pecadores, pero nuestros fallos y caídas no han de alejarnos de Dios, sino que nos deben servir para acudir, como hijos débiles al abrazo de Dios nuestro Padre, que siempre espera nuestro arrepentimiento. El mayor pecado del hombre es desconfiar del amor y del perdón de Dios. Sentirse amados y perdonados por Dios es el comienzo de una vida nueva que nos ha de llevar a sentir compresión por aquellos que optar por vivir injustamente.
La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que como consecuencia de nuestras limitaciones, a veces, no sabemos lo que nos conviene, no sabemos que opción elegir, por eso nos recuerda san Pablo que contamos con la ayuda del Espíritu Santo.
Cuantas veces decimos: “no sé rezar”, o “no sé qué decir”, o “me pongo a rezar y no me sale nada”. Como seres humanos, ante Dios, siempre hemos de sentirnos necesitados de su ayuda. Y es precisamente el Espíritu Santo el que viene en ayuda de cada uno de nosotros y reza en nosotros y por medio de nosotros.
La oración cristiana, la espiritualidad cristiana, no es un trabajo que realicemos por nosotros mismos o por nuestros propios medios, sino que es obra del Espíritu Santo al cual debemos dejarlo actuar en nuestra vida.
El Evangelio de san Mateo nos ha presentado tres parábolas: la cizaña en medio del trigo, el grano de mostaza que crece hasta que anidan los pájaros en sus ramas, y la levadura que fermenta toda la masa. Estas tres parábolas las podemos resumir en: ni intolerancia, ni triunfalismo, ni indiferencia ante los problemas de nuestro mundo.
Vivimos juntos trigo y cizaña, buenos y malos. Nos encontramos conviviendo juntos y mezclados en el trabajo, en el descanso, en la convivencia diaria.
Convivimos creyentes, con personas indiferentes a lo religioso; con violentos y con pacifistas. Hay avances científicos que ayudan a la humanidad, pero otros se han convertido en armas mortales. Las Naciones Unidas que se presentan como vigilantes de los derechos humanos y al mismo tiempo promotora de la violación del derecho más fundamental que tiene el ser humano: la vida.
¿Qué hacemos? ¿Cortamos la cizaña? “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”, nos decía Jesús, porque podemos confundirnos. Muchos son los que tienen la tentación de arreglar las cosas en el mundo queriendo suprimir los males con la violencia, olvidando que la violencia engendra violencia y que la fuerza, los insultos y las descalificaciones sólo sirven para encrespar más los ánimos.
Y a pesar de todo, caemos en la tentación de pretender separa el trigo y la cizaña, creyéndonos cada uno “trigo limpio”. No podemos olvidarnos que lo bueno y lo malo está muy entremezclado dentro de nosotros mismos, está muy dentro de nuestro propio corazón. Porque cuando olvidamos esto, nos convertimos en jueces de los demás, nos convertimos en intransigentes. Nadie es tan bueno que no tenga algo de cizaña; nadie es tan malo que no tenga algo de bueno; nadie puede presumir de ser enteramente trigo limpio. Por eso, lo primero que tenemos que hacer es descubrir que hay en cada uno de nosotros de cizaña y qué hay de trigo. No nos olvidemos que sólo Dios es bueno.
Por eso hoy Jesús nos invita a la paciencia, a la tolerancia.
Entonces ¿debemos cruzarnos de brazos ante el progreso del mal en el mundo? No, todo lo contrario. Es la indiferencia, el cansancio y el descuido de los que se dicen buenos lo que hace que el mal triunfe en el mundo. No basta con evitar el mal, no ser cizaña. Hay que hacer el bien, ser trigo. Hay que vencer el mal a fuerza de bien.
Estas parábolas de hoy nos invitan a la compresión, a la tolerancia y al respeto de todos con todos, porque somos muy exigentes ante los fallos ajenos, pero muy amigos de autojustificar los nuestros.
Ahora bien, la tolerancia tampoco significa “todo vale”, ya que la cizaña no es lo mismo que el trigo y hay que luchar para que la cizaña vaya desapareciendo de nosotros y de nuestro mundo.
XVII DOMINGO ORDINARIO
La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia. Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.
La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría. Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder. Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.
Salomón ha preferido los bienes espirituales a los materiales. Él es un buen ejemplo para todos nosotros que tantas veces pedimos a Dios cosas para nosotros, sin preocuparnos por el bien de los demás. Cuantas veces le pedimos a Dios bienes materiales y nos olvidamos que los bienes espirituales son más importantes que los materiales.
Esta lectura de hoy, es también una llamada de atención para nuestros gobernantes. ¡Qué fácil es decir que la autoridad debe fundamentarse en el servicio a los ciudadanos!, pero en la práctica el poder lleva consigo la tentación de ser utilizado para otros fines o para fines personales. De ahí la famosa frase: “el poder corrompe”.
Servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas. Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Nuestros gobernantes deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen no sea para la realización de sus propios planes personales, sino para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común.
¿Qué le pedimos a Dios en nuestra oración de cada día?
La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda que Dios nos ha llamado a cada uno de nosotros a cumplir una misión en la vida: imitar a Cristo en su escala de valores, en su estilo de vida.
Desde toda la eternidad, Dios pensó en cada uno de nosotros con amor. Tenemos que tomar conciencia de ese amor que Dios siente por nosotros. Dios viene continuamente a nuestro encuentro, nos señala el camino para que tengamos vida plena y verdadera y nos invita a formar parte de su familia.
¿Somos conscientes de cuántos nos ama Dios y que lo único que desea Dios de nosotros es que alcancemos ese cielo que nos tiene preparado para cada uno de nosotros?
El Evangelio de san Mateo nos exhorta a “vender”, a “dejar” todo aquello que nos impida alcanzar el verdadero tesoro: Dios y su reino.
Encontrar a Dios es y debe ser el gran tesoro que nos hará sentir el mayor gozo al descubrirlo y hacerlo nuestro. Encontrar a Dios es el gran tesoro escondido.
Estas parábolas que hoy hemos escuchado son una llamada de atención para que nos preguntemos: ¿cuál es el centro de mi vida? ¿Con qué escala de valores vivo? ¿A qué le doy importancia en mi vida? ¿Qué o quién es tu tesoro? Jesús nos ha dicho que donde esté tu tesoro, allí está tu corazón.
Hay personas que se pasan toda la vida luchando por tener más dinero, por tener más prestigio, más belleza, más poder y se olvidan que todo eso se acaba, no perdura para siempre. Sólo Dios puede llenar nuestra vida y nuestro corazón. Sólo Dios puede dar sentido a nuestra vida. Quien descubre ese gran tesoro que es Dios y pone a Dios en su vida y en su corazón, encuentra la paz y la alegría. Todo lo demás se nos dará por añadidura, porque sólo Dios basta.
Buscar a Dios tiene que ser lo más importante de nuestra vida y encontrarlo es el mayor regalo que podemos recibir. El que encuentra ese tesoro, el que encuentra a Dios se va lleno de alegría a vender todo lo que tiene para comprarlo, convencido de que ha hecho el mejor negocio de su vida.
La fe es un tesoro que hemos recibido gratis y por eso la tenemos que cuidar. Hay cristianos que no manifiestan alegría por el hecho de poseer a Dios. Esto indica que su fe es débil y no comprenden el valor de lo que poseen.
Ojalá nos demos cuenta que el mayor tesoro que tenemos es Dios y la fe y que nos esforcemos por buscar siempre los bienes espirituales sobre las cosas materiales, porque lo que verdaderamente nos dará la felicidad y perdurarán para siempre son los bienes espirituales. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”, nos dice el Señor.

