Lunes de la XXI Semana Ordinaria

1 Tes 1, 1-5.8-10

Hoy comenzamos la lectura del libro más antiguo del Nuevo Testamento, la primera carta de san Pablo a los cristianos de Tesalónica.  Esta carta fue escrita nada menos que unos veinte años antes de que se escribiera el primer evangelio.

Aun en esta breve carta de Pablo, encontramos una profunda y sencilla teología, que destaca las grandes virtudes de la fe, la esperanza y el amor, como las principales características de la vida cristiana auténtica.  Pablo recomienda a los cristianos de Tesalónica, convertidos por él, que vivan en una forma en que puedan manifestar su fe, trabajar con amor y mostrar constante esperanza en Jesucristo.

Muchos siglos después, también nosotros somos llamados a vivir como los tesalonicenses, que fueron unos de los primeros en escuchar el Evangelio de Jesucristo y en responder a él.  En estos dos mil años, los tiempos han cambiado, pero no la esencia de la vida cristiana.  En ella lo primero es la fe, don totalmente gratuito de parte de Dios.  Todo depende de la fe, la cual no consiste solamente en un asentimiento intelectual.  La fe debe modelar toda nuestra conducta, que debe mirar a Dios como la fuente de toda vida y santidad. 

Lo segundo es la esperanza, que es una confianza plena en que Dios nos ama y nos conducirá, a través de este camino, hasta la plenitud de vida que ha planeado para nosotros. 

Lo tercero es el amor, que debe ser el motivo, la guía y la fuerza de todo lo que hacemos en nuestras relaciones con Dios y con los demás.

Mt 23, 13-22

El evangelio de hoy nos presenta una reprimenda dura para aquellos que llevan una fe fingida (fariseos y escribas). Tratan de aparentar ante los demás saber la ley y la anuncian, pero para vivirla le hacen sus propias «acomodaciones».

Hemos sido llamados en Cristo para apoyarnos y estimularnos unos a otros, no para destruirnos.  En la Cruz de Cristo quedaron destruidos nuestros traumas y nuestras rivalidades. No podemos celebrar la Eucaristía y continuar atacándonos mutuamente.  Desarrollemos actitudes positivas, y estimulantes, actitudes de triunfadores, que impulsen la superación de todos.

Preguntémonos hoy si nosotros, en algunos momentos, no buscamos acomodar el evangelio a nuestra «propia conveniencia» a fin de llevar una vida más cómoda.