
1Tes 2, 1-8
A veces tenemos la impresión de que nos formamos una imagen de los apóstoles, especialmente de san Pablo, que los hace aparecer como hombres de presencia imponente y de extraordinarios poderes irresistibles en su apostolado. Pero no es así.
Pablo alude hoy a su humillante experiencia en Filipos.
Había allí una muchacha esclava, que poseía cierto don de adivinación, por medio del cual proporcionaba considerables ganancias a sus dueños. Durante varios días fue caminando detrás de Pablo, para burlarse de él. Pablo muy enojado, le ordenó al espíritu que saliera de ella.
El espíritu salió y los dueños de la muchacha se quedaron sin su adivina. Pero ellos no se conformaron con esta intervención de Pablo, que arruinaba sus negocios, se enfurecieron y llenaron a Pablo de acusaciones, lo hicieron azotar y encarcelar.
¡Dura humillación para Pablo! Un poco después escapó de la prisión y de la ciudad de Filipos y se dirigió a Tesalónica para predicar allí.
Con esta experiencia, Pablo seguramente aprendió que él debía depender totalmente de Dios y no de sí mismo. Con esta seguridad, halló valor en Dios para seguir predicando a pesar de cualquier obstáculo. Se dio cuenta, además de que ese mundo al que había sido llamado a predicarle, no era suyo sino de Dios.
Mt 23, 23-26
El Evangelio de hoy nos enseña que la ley, que es buena, cuando no busca crecer en el amor de Dios, se convierte en un monstruo contra el cual se tiene que estar luchando.
Es importante cumplir la ley, pero este cumplimiento no es un cumplimiento irracional sino que debe llevarnos a lo que inspiró al legislador, que es Amar y tener Misericordia de los demás reconociendo que el único legislador y juez es Dios.
Pensemos pues hoy, ¿cómo estamos viviendo la ley? ¿Vamos a misa el domingo solo porque está escrito en la ley… o porque realmente queremos amar más al Señor?