
Rut 2, 1-3.8-11; 4,13-17
Continuamos escuchando la historia de Rut la moabita, presentada como ejemplo de bondad y servicio familiar. Oíamos ayer cómo ella no quiso de ninguna manera abandonar a su suegra Noemí, sino que tomó para sí su patria y su religión. Hoy vemos premiada abundantemente su generosidad.
La ley del Levirato, del latín levir= cuñado, expresa una institución muy antigua del derecho israelita, según la cual una viuda, sin hijo varón toma como esposo a su cuñado (Deut 25, 5 ss). La finalidad de esto era perpetuar la descendencia, asegurar la estabilidad de los bienes familiares y mantener a la viuda en el círculo familiar. Como en el caso de Rut, se extendía a un círculo más amplio de parientes del difunto.
Noemí, la suegra de Rut, usa todas las finuras de su astucia para relacionar a Rut con Booz, el pariente rico.
«Booz se casó con Rut» y tuvieron un niño. Y así Rut llegó a ser la bisabuela del rey David y antepasada del Señor Jesús.
Mt 23, 1-12
“Ser el más popular, salir en televisión, que todos me conozcan y saluden por la calle”. Es una gran aspiración de hoy. A los fariseos también les gustaba verse importantes, aparentar una conducta intachable, causar la admiración de todos.
Es una actitud que se nos cuela secretamente en nuestro corazón: “Ya que me esfuerzo en esto, que se vea, que me lo reconozcan”. Es muy sacrificado trabajar para los demás y percibir que ellos ni se dan cuenta, ni abren la boca para decir gracias. De esto saben mucho las amas de casa, que lo tienen todo a punto y nadie se acuerda de reconocérselo.
Pero el cristianismo no consiste en actuar de cara a los demás. No somos actores, sino hijos de Dios. Él ya lo ve, y sabrá valorarlo. Es más, el mérito se alcanza cuando hemos sido más ignorados por los hombres. Si hoy he puesto la vajilla en casa y nadie me ha dado las gracias, mejor. Dios tendrá toda la eternidad para hacerlo.
Servir de oculto, sin buscar un premio inmediato, da gloria a Dios. Y al mismo tiempo, nos abre los ojos ante la calidad de una obra hecha por puro amor a Dios y experimentamos un gozo interior, una paz que nos eleva y nos hace ver la grandeza del hombre.
Por eso Jesús repite que el primero no es el que recibe las alabanzas, sino el que sirve.