Miércoles de la XXI Semana Ordinaria

1 Tes 2, 9-13

Pablo, consciente de la responsabilidad que Dios le ha confiado como mensajero del evangelio, sabe que su misión no termina con el primer anuncio, sino que la vida cristiana, para que llegue a desarrollarse, necesita, como las plantas, de continuo cuidado.

Sabe cuándo actuar con suavidad y cuando con dureza, pero siempre con amor, para que el mensaje del Evangelio no se quede en una bonita idea sino que pase a la vida de cada uno de los cristianos.

Todos los bautizados, cada uno según su vocación y estado de vida particular, hemos recibido del Señor el encargo de ayudar a que el Evangelio se convierta en un verdadero estilo de vida en nuestra sociedad, de manera que todos, vivíamos «de una manera digna de Dios». Por ello, siguiendo el ejemplo de san Pablo debemos, siempre con caridad, exhortar a nuestros hermanos a perseverar en el amor y en la fe.

El silencio de los cristianos no es otra cosa que indiferencia y apatía, falta de compromiso con Cristo y su misión. Seamos pues, solidarios unos con otros en nuestro camino hacia la santidad.

Mt 23, 27-32

Con estas palabras Jesús termina este duro sermón en contra de aquellos que aparentan una cosa y viven de una manera contraria a lo que predican.

No podemos decir que somos cristianos por el hecho de que portamos con nosotros una medallita o un crucifijo, o porque tenemos en nuestras casas u oficinas alguna imagen de Jesús o de la Santísima Virgen.

La vida cristiana es ante todo un estilo de pensar y vivir que se tiene que reflejar en todas las áreas de nuestra vida. Por ello nuestro trato con la familia, con los vecinos, con los empleados y compañeros debe manifestar a los demás, que creemos y amamos a Jesús, que somos auténticamente cristianos.

No debemos olvidar que nuestra vida diaria será siempre un reflejo de nuestra vida interior. “Quien es cristiano no lo puede esconder y quien no lo es no lo puede fingir….se nota!

Preguntémonos pues ¿cómo es mi vida interior? ¿Tengo realmente una relación profunda y personal con Dios, por medio de la oración? Pues de lo contrario por más esfuerzos que hagas para disimularlo, finalmente se notará si eres o no un discípulo del Señor.

Miércoles de la XXI Semana Ordinaria

2 Tes 3, 6-10. 16-18

Hemos escuchado el final de la segunda carta a los cristianos de Tesalónica.

Tal vez por la falsa idea de que la inminente venida gloriosa del Señor marcaría el final de los tiempos, había en la comunidad de Tesalónica un buen número de cristianos que ya no trabajaban; el trabajo les parecía una actividad sin interés, y como «la ociosidad es la madre de todos los vicios»… Respecto a esto, Pablo dice: «Nos han llegado noticias de que entre ustedes hay algunos que van por ahí dando vueltas sin hacer nada y metiéndose en todo».

San Pablo hace notar que la esperanza cristiana no es sinónimo de evasión y él mismo se presenta como ejemplo vivo de esto.  Con su trabajo el hombre debe ganar su vida, la de la tierra y la del cielo.

Mt 23, 27-32

Hoy hemos escuchado las dos últimas maldiciones de Jesús.

En las dos aparece el tema de los sepulcros.  Los sepulcros eran blanqueados con cal para que se hicieran notables, con lo que se evitaba que se incurriera en la contaminación legal al tocarlos inadvertidamente.

La última amenaza que escuchamos tiene un sentido todavía más profundo: el contraste  entre erigir monumentos bellos a los justos y profetas del pasado y el reconocimiento de que fueron sus padres los asesinos de los profetas, que los asesinaron por no soportar sus doctrinas y sus denuncias o, dicho de otra forma, sólo aceptaron a los profetas muertos.

Al decir: «terminen pues de hacer lo que sus padres comenzaron», Jesús alude a su muerte y a la de sus primeros testigos.

Miércoles de la XXI Semana Ordinaria

Mt 23, 27-32

Como en tantas otras ocasiones, Jesús se enfrenta de nuevo con los maestros de la ley y los fariseos. Son los guardianes de la tradición de Israel y el pueblo respeta sus interpretaciones y decisiones acerca de la ley. Es posible que, aquí, el evangelista Mateo quiera poner en guardia a sus destinatarios contra las prácticas e interpretaciones de la ley propias de los fariseos. Son costumbres que todavía perviven en los nuevos creyentes procedentes del judaísmo y que es necesario abandonar ante la novedad de Jesús

En este caso, Jesús reprueba las prácticas puramente externas que no van acompañadas de un sentimiento interior, sino que muestran más bien una actitud hipócrita. Cuántas veces puede suceder esto, también hoy: se conservan formas tradicionales de religiosidad, pero sin que correspondan a una vivencia profunda de la fe que parecen expresar. Jesús denuncia reiteradamente la hipocresía a lo largo de su predicación. Y reprocha también a este grupo otra cosa: que tienen hacia la ley –hacia el profundo sentido que Dios le dio a la ley- la misma actitud que hacia los enviados de Dios: una actitud de incomprensión y de rechazo.

Otro aspecto que Jesús les echa en cara es que se confiesan hijos de los que mataron a los profetas en otro tiempo. Y, en lugar de alejarse de aquella actitud de sus padres, en realidad no han cambiado. También hoy siguen manteniendo esa hostilidad frente a los que Dios les envía; concretamente, hacia él, que viene de parte de Dios. Es como si, en el fondo, reconocieran que han heredado el carácter refractario que sus antepasados vivieron respecto de la voluntad de Dios.

Nosotros hemos heredado también costumbres religiosas de los que nos precedieron: ¿corresponden a los nuevos compromisos que la fe nos exige hoy en el mundo en que vivimos, o se han convertido en rutinas anacrónicas y estériles?