
1 Tes 2, 9-13
Pablo, consciente de la responsabilidad que Dios le ha confiado como mensajero del evangelio, sabe que su misión no termina con el primer anuncio, sino que la vida cristiana, para que llegue a desarrollarse, necesita, como las plantas, de continuo cuidado.
Sabe cuándo actuar con suavidad y cuando con dureza, pero siempre con amor, para que el mensaje del Evangelio no se quede en una bonita idea sino que pase a la vida de cada uno de los cristianos.
Todos los bautizados, cada uno según su vocación y estado de vida particular, hemos recibido del Señor el encargo de ayudar a que el Evangelio se convierta en un verdadero estilo de vida en nuestra sociedad, de manera que todos, vivíamos «de una manera digna de Dios». Por ello, siguiendo el ejemplo de san Pablo debemos, siempre con caridad, exhortar a nuestros hermanos a perseverar en el amor y en la fe.
El silencio de los cristianos no es otra cosa que indiferencia y apatía, falta de compromiso con Cristo y su misión. Seamos pues, solidarios unos con otros en nuestro camino hacia la santidad.
Mt 23, 27-32
Con estas palabras Jesús termina este duro sermón en contra de aquellos que aparentan una cosa y viven de una manera contraria a lo que predican.
No podemos decir que somos cristianos por el hecho de que portamos con nosotros una medallita o un crucifijo, o porque tenemos en nuestras casas u oficinas alguna imagen de Jesús o de la Santísima Virgen.
La vida cristiana es ante todo un estilo de pensar y vivir que se tiene que reflejar en todas las áreas de nuestra vida. Por ello nuestro trato con la familia, con los vecinos, con los empleados y compañeros debe manifestar a los demás, que creemos y amamos a Jesús, que somos auténticamente cristianos.
No debemos olvidar que nuestra vida diaria será siempre un reflejo de nuestra vida interior. “Quien es cristiano no lo puede esconder y quien no lo es no lo puede fingir….se nota!
Preguntémonos pues ¿cómo es mi vida interior? ¿Tengo realmente una relación profunda y personal con Dios, por medio de la oración? Pues de lo contrario por más esfuerzos que hagas para disimularlo, finalmente se notará si eres o no un discípulo del Señor.