Viernes de la XX Semana Ordinaria

Rut 1, 1. 3-8. 14-16. 22

En esta lectura, usada por la liturgia en la celebración del sacramento del matrimonio, ilumina con mucha claridad lo que significa el verdadero amor, el amor que sabe ser fiel «en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad». Las dos muchachas podrían haber regresado a la casa paterna y volverse a casar con gente de su mismo pueblo. Una de ellas lo hace, pero Rut, que sabe que su nuera está sola, decide acompañarla y permanecer con ella en toda circunstancia.

En nuestros días, que importante es que volamos a valorar la verdadera fidelidad y la amistad. Acostumbrados en nuestro mundo consumista a cambiar frecuentemente de todo, en una cultura del «úsese y tírese», no es fácil tener amistades estables, verdaderos amigos que lo acompañen a uno, sobre todo en los momentos difíciles de la vida. Ciertamente no es fácil establecer lazos duraderos y raíces profundas con nuestros vecinos, compañeros, etc. Sin embargo, esta es la enseñanza de la Escritura, es lo que nos mostró Jesús al hacerse uno con nosotros y recorrer nuestro mismo camino, incluso hasta la muerte.

Aprendamos de Rut que el verdadero amor se muestra ante todo en la fidelidad y en el saber acompañarnos unos a otros, en comprometer toda nuestra existencia con alguien más. Inténtalo… verás que no te arrepentirás.

Mt 22, 34-40

Siempre me ha parecido interesante que siendo el primero y el más importante de los mandamientos el «amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente» sean muy pocas las personas que acuden al sacramento de la reconciliación a reconocer que han fallado a este mandamiento. Ciertamente como dice Jesús, al fallar a cualquiera de los otros mandamientos estamos fallando a estos dos, sin embargo esto puede ser un indicativo de qué lugar ocupa Dios en nuestro corazón y la relación que llevamos con Él.

Si haces un recuento de las últimas veces en que has acudido al sacramento, te darás cuenta de que la mayoría de las veces este está ocupado con alguna «falta recurrente», que es el pecado que está distrayendo tu atención de la santidad, además habrás expuesto una serie de imperfecciones relacionadas con tu carácter y con el trato con los demás… pero no sería bueno que tu próxima reconciliación sacramental la iniciaras diciendo: «Padre me arrepiento de no amar a Dios con todo mi corazón, por ello no he orado lo suficiente, y esto ha hecho que mi vida no se transforme… esto me ha llevado a pecar contra…»

Cuando reconocemos que nuestra principal falta es no amar lo suficiente a Dios, inmediatamente nos daremos cuenta de cual o cuales son las causas de esto. Si nos ponemos a trabajar en ellas veremos que nuestras demás faltas irán desapareciendo de nuestra vida.

Viernes de la XX Semana Ordinaria

Ez 37, 1-14

Oímos una de las profecías más dramáticas.  Es el año 586 A.C., Jerusalén ha sido destruida, la población, deportada a Mesopotamia, vive sin esperanza, se siente destruida.

Ellos habrían visto los lugares a donde se arrojaban los cadáveres de la gente más desposeída.  Los animales los devoraban, los huesos quedaban a la intemperie, y se secaban.

La mano del Señor, es decir, su fuerza y auxilio, su Espíritu, su dinamismo creador y restaurador, pusieron al profeta ante esta desoladora visión.

Oímos entonces la palabra renovadora: «Ven Espíritu, desde los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, para que vuelvan a la vida».

Lo que se veía totalmente inerte y desarticulado, se va reuniendo y gradualmente se transforma hasta volver a la vida completa.

Mt 22, 34-40

Jesús, al modo de los rabinos más sabios, va saliendo ileso de cada una de las trampas que le van poniendo.  Los fariseos, con los herodianos, le preguntan sobre el tributo al Cesar; los saduceos, sobre la resurrección, y de nuevo los fariseos, pero ahora solos, y por medio de un delegado, le hacen la pregunta que oímos: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»  Una pregunta típicamente farisea, de la gente más religiosa y obsesionada por el cumplimiento de todos los mandamientos; una pregunta muy válida, pues tendría que haber mandatos más importantes y menos importantes: pero una pregunta no hecha con buena intención, con la apertura y disponibilidad del que quiere escuchar sinceramente la enseñanza del maestro.  «Le preguntó para ponerlo a prueba», oímos en la lectura.  La respuesta de Jesús no es original: era la oración que todo israelita piadoso recitaba varias veces al día.  Pero habla de un amor total a Dios: «con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».  Jesús al amor de Dios une el amor al prójimo, como expresión sin la cual el amor a Dios no sería verdadero.