Martes de la VI Semana Ordinaria

Sat 1, 12-18

Dios quiere que nosotros seamos los mejores frutos que ha engendrado el Evangelio. Así, unidos a Cristo, somos primicias de sus criaturas. Pero, así como el oro se acrisola en el fuego, así el hombre de fe se acrisola en la prueba, en la tentación que ha de ser vencida. Ciertamente somos frágiles e inclinados al mal; sin embargo no podemos escudarnos en esa debilidad para justificar nuestras malas acciones; pues Dios nos ha dado su Espíritu para que en todo salgamos más que victoriosos. Si muchas veces la tentación engendra el pecado y el pecado la muerte en nosotros es porque no sabemos orar y pedirle a Dios que nos conceda la sabiduría necesaria para serle siempre fieles.

La vigilancia y la prudencia deben ser parte activa de nuestra vida, de tal forma que no nos dejemos ni sorprender, ni vencer, ni dominar por el pecado. Recordando que todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, no dejemos de pedirle constantemente al Señor que no nos deje caer en la tentación, y que nos libre del malo.

Mc 8, 14-21

Hay palabras que son muy claras y sin embargo nosotros les damos una interpretación diversa a la que espera Jesús.

La levadura fermenta el pan, lo transforma, porque trabaja desde su interior.  Si los discípulos se dejan transformar y penetrar por la levadura de los fariseos, pronto tendrán las mismas actitudes.  Nosotros vivimos en el mundo, compartimos con el mundo, estamos rodeados de todas esas cosas que no tienen una verdadera espiritualidad, el riesgo es que las dejemos que actúen en nuestro interior y que empiecen a tomar el lugar de Jesús en nuestro corazón.

Cuantas veces les dijo Jesús a sus discípulos que vivieran en el mundo, pero que no fueran del mundo.  Igual nos podría decir hoy a nosotros: “no dejéis llenar vuestro corazón de las ambiciones y los criterios del mundo, porque el mundo es perverso y sus estructuras malévolas”

No es asumir actitudes condenatorias o fundamentalistas pensando que todos los demás son malos y solamente nosotros somos buenos. No. Es dejar llenar el corazón de la presencia de Jesús que con todos convive, que se abre a todos, pero que su corazón está siempre libre.

Hay quienes mirando que todo el mundo lo hace, argumentan que entonces estará bien: decir la mentira, someter a los pequeños, engañar en el negocio o convivir con la injusticia, confundir amor con pasión y sexualismo.  Pero Jesús nos enseña criterios muy diferentes: el amor con fundamento de todas nuestras acciones, la verdad como principio de nuestro actuar, el respeto y el servicio para todas las personas.

Los discípulos se quejaban de que no llevaban panes suficientes con ellos y no eran capaces de reconocer que en la misma barca iba Jesús, el verdadero Pan del Cielo.

Ir en la barca con Jesús no es tanto un viaje de placer, es el compromiso de remar incansablemente para que todos lleguen a la otra orilla a encontrarse con nuestro Dios y Padre. Pero no podemos ir con una religiosidad de menudencia; no podemos dar culto a Dios de un modo meramente externo, más para exhibirnos que para unirnos con el Señor; no podemos buscar a Jesús sólo por curiosidad, con tal inmadurez que por cualquier motivo nos faltara el carácter suficiente para defender la vida y los intereses de los demás.

Nosotros nos quejamos de nuestros vacíos y pretendemos llenarlos con migajas del mundo, mientras Jesús nos llena a plenitud y sacia todos nuestros deseos de felicidad.

Que hoy podamos descubrir en el fondo de nuestro corazón la presencia enriquecedora de Jesús.  Que Él nos de su luz, que nos de su Verdad y su Sabiduría

Lunes de la VI Semana Ordinaria

Mc 8, 11-13

Este pasaje del evangelio nos delinea la actitud de los fariseos ante el mensaje de Jesús y quizás de muchos hombres de nuestro tiempo: piden una señal para creer.

¿Sabes por qué Jesús no le dio la señal que le pedían? Primero, porque conocía lo que había en sus corazones: “querían ponerlo a prueba”; y segundo porque sabía que aunque obrase una “señal” no creerían en Él.

¡Cuántos milagros ya había hecho: curaciones, multiplicación de panes, caminar sobre las aguas…! Y encima, pedían una señal del cielo. Eran tardos de corazón, su soberbia les cegaba, la vanidad les entorpecía y el egoísmo les estorbaba para reconocer en Él al Mesías, al Hijo de Dios. Jesús tenía como señal la cruz y la fuerza del amor. ¡Pobres hombres! El momento de gracia se les fue cuando Jesús se fue a la orilla opuesta… Posiblemente, desde entonces, su corazón quedó insatisfecho, marchito… ¡Sólo por no creer en Jesús con una fe viva y sencilla! ¡Dichosos los que creen sin haber visto! Esto era lo que más le dolía a Cristo. Venía a los suyos y no le recibían.

Tal vez hoy, muchos hombres piden “señales” a Dios para creer. Pero Dios tiene sus caminos. La cruz de Cristo sigue pesando en los hombros de todos los hombres y en particular en los de todos los cristianos. Unos la abrazan con fe y amor y son felices; otros quieren un Cristo sin cruz, hecho a la medida de sus comodidades y placeres, le gritan que si baja de la cruz creerán… Pero no existe ese Cristo. No creen en Jesús… Ojalá que cuando llegues al cielo, Cristo te diga: ¡Dichoso tú que has creído!

Sábado de la V Semana Ordinaria

Mc 8, 1-10

El evangelio nos presenta dos multiplicaciones de los panes.  La primera en territorio judío y para judíos; la segunda en territorio pagano y para gente que no es del pueblo de Dios.

Esta gente viene “de lejos”; “llevan tres días conmigo”, dice el Señor.

Los gestos son los mismos: tomar los panes, pronunciar la acción de gracias, partir y repartir.  Son las mismas acciones de Cristo en la última Cena, que seguimos reproduciendo en cada Eucaristía siguiendo el mandato: “Hagan esto…”

En la primera multiplicación prevalecía el número 12, es la “multiplicación para los judíos” y hace referencia a las doce tribus, a los doce apóstoles.  Hoy prevalece el número 7, siete son los panes, siete los canastos de sobras, como siete serán también los primeros ministros dedicados a los cristianos de origen griego.  Es la “multiplicación para los griegos”.  Siete además es la plenitud, la perfección.

Viernes de la V Semana Ordinaria

1 Rey 11, 29-32. 12, 19

La infidelidad siempre tiene consecuencias negativas en la vida del hombre. Cuando, seducidos por el pecado, olvidamos nuestra alianza bautismal y nos enrolamos en la vida mundana, nuestra vida se divide de la misma manera que se dividió el reino de Israel, y como producto de esta división se pierde la paz y la armonía interior, lo que tarde o temprano terminará por extinguir en nosotros la felicidad.

Y es que, como diría Jesús, no podemos servir a dos amos pues con alguno de ellos se quedará mal. En una vida dividida no se puede ser feliz. Sin embargo, a pesar de nuestra infidelidad Dios no cancela el compromiso de amor que hizo con nosotros el día de nuestro bautismo y continua manifestándose lleno de misericordia para conducirnos de nuevo a Él.

Y así, de la misma manera que dejó una tribu a la casa de David, así también el Señor con su gracia, que nunca se extingue en nosotros, nos mueve a la conversión.

Si piensas que tu vida está lejos de Dios, recuerda que dentro de ti está la llama de su Espíritu que te invita hoy mismo a regresar a su amor mediante un acto de fe; si en tu vida se ha manifestado la infidelidad a Dios o a tus seres queridos, déjate llevar por el amor inextinguible de Dios y con humildad regresa al amor y a la fidelidad.

Mc 7, 31-37

Este pasaje nos muestra de manera indirecta los dos elementos fundamentales de la construcción del Reino: oír y hablar.

¿Has experimentado algún día esa sensación de llegar hasta los extremos y querer taparte los oídos para no escuchar nada más?  ¿Te has sentido decepcionado y has prometido no abrir la boca pues todo parece inútil?

Es curioso que en la época de las grandes comunicaciones, de los medios extraordinarios para hablar, para escuchar y ver al otro, tengamos que admitir que nos estamos quedando sordos y mudos.

La soledad es una de las enfermedades más actuales, la incomunicación es uno de los problemas que más nos hacen sufrir.  Estamos sordos, mudos y lo más triste es que no percibimos estos problemas.  Entonces se agrava mucho más la enfermedad porque nos aspiramos a tener curación.

Hoy, tendríamos que acercarnos a Jesús y pedirle que meta sus dedos en lo profundo de nuestros oídos para que se abran y sean capaces de escuchar el grito doloroso de sus hermanos.  Que podamos percibir los silencios resentidos de nuestros familiares y las protestas angustiosas de nuestros cercanos.

Hemos perdido la capacidad de escuchar lo que sale del corazón del otro, preferimos estar atentos a las noticias intrascendentes, al estado del tiempo, a las novedades de la política o de los deportes, pero no tenemos tiempo de escucharnos en familia, de percibir los latidos del corazón adolorido de quien llega hasta nosotros del clamor de quienes viven en la miseria.

Por eso hay que pedirle a Jesús que meta su dedo profundo muy adentro de nuestros oídos para que se abran, para que se limpien, para que se purifiquen y sean capaces de escuchar la palabra de Jesús y las palabras de nuestros hermanos.

También tenemos necesidad de hablar, no de superficialidades, sino de lo que es verdaderamente importante.  Necesitamos proclamar la palabra de Jesús.  Es urgente que alcemos nuestra voz por los que están sufriendo.  Es necesario que nuestras palabras abran un diálogo con los cercanos, con los tímidos, con los que se esconden.

La saliva de Jesús es señal de su Espíritu y nosotros necesitamos el Espíritu del Señor para hablar, para romper hielos, para abrir caminos de reconciliación, para denunciar injusticias.

Que el Señor Jesús toque con su saliva nuestra lengua endurecida y encallecida por tanto silencio.  Que el Señor abra nuestros oídos, abra nuestra boca y abra sobre todo nuestro corazón para anunciar a nuestros compañeros y vecinos, la buena noticia del Evangelio.

Jueves de la V Semana Ordinaria

1 Re 11, 4-13

La primera lectura nos habla de Salomón y de su desobediencia, lo que nos sugiere que debemos vigilar todos los días para no acabar alejados del Señor. Es un riesgo al que todos estamos expuestos, el debilitamiento del corazón.

David es santo, aunque fue pecador. El grande y sabio Salomón, en cambio, es rechazado por el Señor porque se ha corrompido. ¡Una aparente paradoja! Hemos leído algo un poco raro: el corazón de Salomón “ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre”. Y es raro porque de Salomón no sabemos que haya cometido grandes pecados, y siempre fue equilibrado, mientras de David sabemos que tuvo una vida difícil, y que fue un pecador. Sin embargo, David es santo y de Salomón se dice que su corazón se había “desviado del Señor”. El mismo que había sido alabado por el Señor cuando le pidió prudencia para gobernar, en vez de riquezas.

¿Cómo se explica esto? Pues porque David, cuando sabe que ha pecado, siempre pide perdón, mientras que Salomón, de quien todo el mundo hablaba bien, que hasta la reina de Saba quiso ir a conocerlo, se había alejado del Señor para seguir otros dioses, pero no se daba cuenta. Y aquí está el problema de la debilidad del corazón. Cuando el corazón comienza a debilitarse, no es como una situación de pecado: si cometes un pecado, te das cuenta enseguida: “He hecho este pecado”, está claro. El debilitamiento del corazón es un camino lento, por el que voy resbalando poco a poco, poco a poco, poco a poco… Y Salomón, apoltronado en su gloria, en su fama, comenzó a seguir ese camino.

Paradójicamente, es mejor la claridad de un pecado que la debilidad del corazón. El gran rey Salomón acabó corrompido: “tranquilamente corrompido”, porque su corazón se había debilitado. Y un hombre o una mujer con el corazón débil o debilitado, es una mujer o un hombre derrotado. Ese es el proceso de tantos cristianos, de muchos de nosotros. “No, yo no cometo pecados gordos”. Pero, ¿cómo está tu corazón? ¿Es fuerte? ¿Sigues fiel al Señor, o te resbalas lentamente?

El drama del debilitamiento del corazón puede sucederle a cualquiera de nosotros en su vida. ¿Y qué hacer entonces? Vigilancia. Vigila tu corazón. Vigilar. Todos los días estar atento a lo que pasa en ti corazón. David es santo. Era pecador. Un pecador puede ser santo. Salomón fue rechazado porque era corrupto. Un corrupto no puede ser santo. Y a la corrupción se llega por esa senda del debilitamiento del corazón. Vigilancia. Todos los días vigilar el corazón: cómo es mi corazón, el trato con el Señor… Y saborear la belleza y la alegría de la fidelidad.

Mc 7, 24-30

Este es un pasaje que todavía, actualmente, nos produce muchos conflictos interiores, nos desconcierta el actuar de Jesús.  Por una parte se lanza abiertamente a nuevos horizontes y desafía a sus paisanos al ir más allá de las fronteras.  Se ha puesto en riesgo porque se encuentra en tierra de paganos, pero parecería que está como de incógnito y preferiría que nadie se dé cuenta.  Cuando es descubierto por una mujer sirofenicia, parece arrepentirse de haber ido más allá de las fronteras y pretende negarse a la curación de aquella niña.

Es una madre desesperada, y una madre que frente a la salud de su hijo, hace de todo. Jesús le explica que ha venido primero para las ovejas de la casa de Israel, pero se lo explica con un lenguaje duro: «Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros».

Jesús compara la mujer con un perrito (cosa en el lenguaje de los judíos de corte usual en el trato con los no judíos a quienes llamaban “Goyim” que significa perro o apartado de Dios); la mujer, en lugar de sentirse ofendida, reconoce lo que es, no se quiere poner por encima de lo que le está diciendo Jesús

La insistencia de una madre rompe las barreras, el hambre y el dolor de un pueblo pueden construir nuevos mundos posibles.  Y aquella mujer rompe el dicho popular que en pretendiendo dar prioridad a la familia negaba el alimento no sólo a los perritos, sino a todos los extranjeros que no eran tenidos como familia.  Y no es que Jesús pretenda que haya personas que vivan debajo de la mesa, a escondidas o como si fueran hijos de Dios de segunda clase.

Las palabras de aquella mujer nos descubren que es una nueva sabiduría del hombre que es consciente que el pan alcanza para todos y que Dios no hace distinción de personas.

Difícil sería para la primera comunidad cristiana romper esos esquemas y abrir el corazón y el alimento a aquellos que no podían mirar como hermanos.

Jesús, con la ayuda, la palabra y la fe de aquella mujer nos enseña que no hay hermanos que valgan menos, que su misión se abre a todo el universo y para todas las personas.

Difícil es ahora para nosotros sentarnos a la mesa reunidos como hermanos.  Discriminamos a los hermanos, les negamos los derechos y pretendemos dejarlos debajo de la mesa, esperando las sobras. 

Jesús rescata y dignifica.  La fe de una extranjera se convierte en ejemplo para los que se creían poseedores exclusivos de Dios y añade un lugar en la mesa para los discriminados, para los olvidados, para los extranjeros.

El pan compartido hermana a todos y podemos todos juntos sentarnos a la mesa del Reino.

Miércoles de la V Semana Ordinaria

1 Re 10, 1-10

En este colorido pasaje podemos ver lo importante que es para la conversión el que la obra de Dios sea evidente en nosotros. Salomón no podría decir que lo que tiene le pertenece, pues él sabe bien que todo ha sido un don de Dios, desde su sabiduría hasta el lujo de sus palacios. Es en estos dones del Señor que la Reina descubre la presencia del Dios Altísimo.

De igual manera sucede con nosotros, todo cuanto el Señor nos ha dado, no solamente busca nuestro bienestar, sino que es el signo de la presencia de Dios en nuestra vida. Y no debemos entender únicamente los bienes materiales, los cuales son transitorios, sino principalmente los espirituales.

Podemos decir que la reina de Sabá creyó en Dios cuando vio la vida de Salomón; de igual manera, debe ocurrir en nuestros días: cuando nuestros amigos y vecinos, cuando todos los que tienen contacto con nosotros, se dan cuenta de nuestro estilo de vida centrado en Cristo, y de todas sus bendiciones, la paz, la alegría y el amor que de ello emana, inmediatamente surgirá en ellos la admiración y seguramente el deseo de tener y vivir lo mismo que nosotros. Por ello esfuérzate en vivir cristianamente y en dejar que Dios se transparente en toda tu vida.

Mc 7, 14-23

Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior.

Cristo también pone en tela de juicio el «ojo», que es el símbolo de la intención del corazón y que se refleja en el cuerpo: un corazón lleno de amor vuelve el cuerpo brillante, un corazón malo lo hace oscuro.

Del contraste luz-oscuridad, depende nuestro juicio sobre las cosas, como también lo demuestra el hecho de que un corazón de piedra, pegado a un tesoro de la tierra, a un tesoro egoísta que puede también convertirse en un tesoro del odio, vienen las guerras…

Cuando Jesús está describiendo las manchas del corazón, está describiendo también las manchas del corazón moderno.  Entonces podríamos decir que el corazón del hombre está enfermo, y cómo esa enfermedad silenciosa, también puede traer la muerte definitiva al hombre.

¿Qué está manchando mi corazón?  ¿Me doy cuenta de ellos? ¿Qué estoy haciendo para tener una buena salud del corazón y del espíritu?

Dejemos que Jesús mire nuestro interior y descubra que está manchado y qué debe curar.  Arriesguémonos y pongámonos en sus manos porque todos estos pedazos del corazón que están hechos de piedra, el Señor los hace humanos, con aquella inquietud, con aquella ansia buena de ir hacia adelante, buscándolo a Él dejándose buscar por Él.

Que el Señor nos cambie el corazón. Y así nos salvará. Nos protegerá de los tesoros que no nos ayuden en el encuentro con Él, en el servicio a los demás, y también nos dará la luz para ver y juzgar de acuerdo con el verdadero tesoro: su verdad.

Que el Señor nos cambie el corazón para buscar el verdadero tesoro y así convertirnos en personas luminosas y no ser personas de las tinieblas.

Martes de la V Semana Ordinaria

1 Reyes 8, 22-23; 27-30

Esta hermosa oración pronunciada por Salomón en la fiesta de la dedicación del templo, expresa con toda claridad y profundidad lo que Dios piensa sobre su templo.

El templo, será ante todo un lugar de oración y de encuentro con Dios. Es por ello triste que muchas veces vengamos al templo únicamente los domingos y solo por rutina, llenos de tedio y fastidio. Más aun, es lamentable la actitud de muchos hermanos que traen a sus hijos y no los instruyen sobre la realidad del lugar sagrado en el que están dejándolos correr y gritar, subirse a las bancas y retozar en él como si se encontraran en el parque.

En el templo debemos encontrar ordinariamente el silencio y la paz que propician la oración y dentro de nuestras asambleas, el espacio para la alabanza y la comunión. Las imágenes y demás adornos, nos invitan a contemplar las realidades celestiales infundiendo en el cristiano santos sentimientos de devoción y recogimiento.

Debemos pues, recobrar el amor por la casa del Señor, de manera que nuestros hijos y las futuras generaciones vuelvan a encontrar en él, el espacio ideal para la oración y para la comunión con Dios. Esfuérzate en todo lo que esté de tu parte para que la casa de Dios sea un santuario de paz.

Mc 7, 1-13

Este pasaje contiene diferentes enseñanzas de las cuales podríamos hoy hacer una buena reflexión, sin embrago el texto se centra en la unidad que debe haber entre fe y vida. Los fariseos adoptan una postura que a la vista de los demás aparenta fidelidad y cumplimiento a la ley, pero en realidad su corazón está lejos de Dios.

Cuántas cosas hacemos sólo para salir del paso, cuantos ritos, costumbres y ceremonias se van quedando huecas y sin sentido.

Jesús desmonta el teatro de los escribas y fariseos que pretenden presentar el rostro de un Dios duro, justiciero y vengador, a quien hay que aplacar con sacrificios y purificaciones, pero que en el fondo, aprovechan esta imagen para enorgullecerse y beneficiarse, dejando de lado lo importante.

No, el Dios de Jesús no es el Dios del castigo ni de la compraventa, el Dios de Jesús no es el Dios del comercio y la conveniencia, el Dios de Jesús es el Dios del amor, de la integridad, de la vida, es el Dios Papá amoroso de todos los hombres y mujeres que mira el corazón y no se queda en la superficialidades de la piel o de las impurezas exteriores.

Al Dios de Jesús, no lo podemos calmar o comprar con nuestros regalos o sacrificios, a Él no podemos engañarlo con perfumen o máscaras.  Él prefiere los corazones sinceros y limpios.  Nosotros estamos acostumbrados a vivir de exterioridades y nos preocupa mucho la apariencia de las cosas.

Es fácil honrar a Dios con la boca, es hasta cierto punto fácil aparentar que seguimos sus caminos, pero hoy nos manifiesta Jesús que no le preocupa tanto las leyes y los preceptos sino que es más importante la persona.

Es triste comprobar que actualmente se manipulan las leyes que condena a inocentes; las cárceles están llenas, a veces, no de culpables sino de quien no ha sabido defenderse. La ley no defiende a la persona o se la manipula para los propios beneficios.

Hoy Jesús nos invita a que descubramos el profundo sentido de una única ley que nos puede acercar a nuestro Dios: la Ley del amor.  Que dejemos a un lado los preceptos humanos y podamos descubrir qué es lo que Jesús espera de nosotros y podamos mirar este nuevo rostro de un Padre amoroso.

Pidamos hoy que el Señor nos conceda la limpieza, concédenos la honradez, concédenos la paz.

Lunes de la V Semana Ordinaria

1 Reyes 8, 1-7; 9-13

Ciertamente que Dios habita en todo lugar, pues como dice san Pablo: «en él somos, nos movemos y existimos», más aun, debemos reconocer que el lugar por excelencia en donde podemos encontrar al Señor es en nuestro corazón, pues desde nuestro bautismo en él ha establecido su morada y lo a declarado como templo. Sin embargo, no debemos olvidar que Dios mismo ha querido ser adorado y glorificado en un Templo material.

Por ello, no solamente en el cristianismo sino en todas las culturas, el hombre ha construido templos que sirvan como mediación para relacionarse con él por medio del culto. En este pasaje, nos podemos dar cuenta de lo importante que ha sido para los Judíos el reconocer que Dios habita su templo, por lo que como dirá Jesús, «la casa de mi Padre es casa de Oración». Es por eso que para nosotros los cristianos el Templo tiene también un lugar especial, pues en él no solo nos reunimos como asamblea para dar culto a Dios, sino que él mismo nos presenta el ambiente ideal para que el encuentro con Dios en el corazón se realice en plenitud.

Es por ello, que Jesús quiso quedarse entre nosotros bajo la apariencia de pan, de modo que lo podamos visitar en cada sagrario, en cada templo. No desaproveches hoy la oportunidad, Dios te espera en el Sagrario de tu parroquia.

Mc 6, 53-56

Con este breve pasaje termina san Marcos este polémico capítulo de la actividad apostólica de Jesús. Es importante notar en él, que Jesús cura a todos los que se acercan a Él.

Y lo hace no como una recompensa por haber escuchado el evangelio, o como pago a alguna buena acción. Con ello nos muestra la gratuidad de Dios, su amor infinito por todos, del Dios misericordioso que hace nacer el sol sobre buenos y malos.

Los milagros de Dios no son propiedad exclusiva que se ha de realizar en los cristianos, ni siquiera en los buenos. Son ante todo un signo del amor incontenible de Dios que busca que su criatura lo reconozca como la fuente del amor y de la misericordia.

En Jesús, son el signo de su ser mesiánico que ha venido a liberar a los oprimidos y dar alegría a toda la humanidad incluso de manera inmediata. Acerquémonos con confianza al Dios de la misericordia. Nadie que se acercó a él regresó con las manos vacías: ni paganos, no judíos, ni justos ni pecadores, ni buenos, ni malos. El amor de Dios es para todos porque quiere que todos sean para el amor.

Sábado de la IV Semana Ordinaria

Marcos 6, 30-34

Sobre el Evangelio de hoy, Dios visita a su pueblo, en medio de su pueblo, y acercándose. Cercanía. Es la modalidad de Dios. Y después hay una expresión que se repite en la Biblia, tantas veces: «El Señor tuvo gran compasión».

La misma compasión que tenía, dice el Evangelio, cuando vio a tanta gente como ovejas sin pastor. Cuando Dios visita a su pueblo, está cerca de él, se acerca a él y siente compasión: se conmueve.

El Señor se siente profundamente conmovido, como lo estuvo ante la tumba de Lázaro. Como se conmovió aquel Padre cuando vio volver a casa a su hijo pródigo: Cercanía y compasión: así el Señor visita a su pueblo.

Y cuando nosotros queremos anunciar el Evangelio de hoy, llevar adelante la Palabra de Jesús, éste es el camino.

El otro camino es el de los maestros, el de los predicadores de aquel tiempo: los doctores de la ley, los escribas, los fariseos… Alejados del pueblo, hablaban… bien: hablaban bien. Enseñaban la ley, bien. Pero alejados.

Y ésta no era una visita del Señor: era otra cosa. El pueblo no sentía esto como una gracia, porque faltaba la cercanía, faltaba la compasión, es decir, padecer con el pueblo.

Cuando Dios visita a su pueblo, devuelve la esperanza al pueblo. Siempre. Se puede predicar la Palabra de Dios brillantemente: en la historia hubo tantos buenos predicadores. Pero si estos predicadores no fueron capaces de sembrar esperanza, esa prédica no sirve. Es vanidad.

Debemos pedir como gracia que nuestro testimonio de cristianos sea portador de la visita de Dios a su pueblo, es decir, de la cercanía que siembra la esperanza.

Viernes de la IV Semana Ordinaria

Eclo 47, 12-13

Este corto pasaje de uno de los libros de la sabiduría de Israel, pondera lo valioso que es el permanecer en la presencia del Señor y buscar con todo el corazón, agradarlo y hacer su voluntad. No obstante que David pecó, Dios derrotó a sus enemigos y consolidó su trono.

Que importante es, pues, el que busquemos con todo nuestro corazón agradar a Dios durante toda nuestra vida, pues solamente Él es quien puede librarnos de nuestro egoísmo y de todo aquello que pudiera evitar el que seamos plenamente felices.

Este pasaje nos muestra como David, reconocía que todo cuento acaecía en su vida, tenía como origen a Dios y por eso lo honraba con todo su ser. Tu también, ve descubriendo que tanto en tus éxitos como en tus trabajos, Dios está en medio de ellos; que todo cuanto tienes procede de su mano generosa, y de esta manera vete convirtiendo en parte de este grupo de adoradores que glorifica y bendice a Dios por su infinita bondad y misericordia para con el pobre ser humano. Da gloria a Dios en tu vida, y Él consolidará tus proyectos, tu familia y en todo cuanto emprendas verás resplandecer la gloria de Dios.

Marcos 6, 14-29

Al leer el Evangelio de hoy vemos que Juan Bautista fue enviado por Dios para señalar el senda, el camino de Jesús. El último de los profetas tuvo la gracia de poder decir: “Este es el Mesías”. La labor de Juan Bautista no fue tan predicar que Jesús venía y preparar al pueblo, sino dar testimonio de Jesucristo y darlo con su propia vida. Y dar testimonio de la senda elegida por Dios para nuestra salvación: la senda de la humillación. Pablo la expresa tan claramente en su Carta a los Filipenses: “Jesús se anonadó a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz” (cfr. Flp 2,8). Y esa muerte de cruz, esa senda de anonadamiento, de humillación, es también nuestra senda, la senda que Dios muestra a los cristianos para seguir adelante.

 Tanto Juan como Jesús tuvieron la tentación de la vanidad, de la soberbia: Jesús en el desierto con el diablo, después del ayuno; Juan ante los doctores de la ley que le preguntaban si era el Mesías: habría podido responder que era su ministro, pero se humilló a sí mismo. Ambos tenían autoridad ante el pueblo, su predicación era respetada. Y ambos tuvieron momentos de decaimiento, una especie de depresión humana y espiritual: Jesús en el Huerto de los olivos y Juan en la cárcel, tentado por el gusano de la duda de si Jesús era de verdad el Mesías. Ambos acaban del modo más humillante: Jesús con la muerte en la cruz, la muerte de los criminales más viles, terrible físicamente y también moralmente, desnudo ante el pueblo y su madre. Juan Bautista decapitado en la cárcel por un guardia, por orden de un rey debilitado por los vicios, corrupto por el capricho de una bailarina y el odio de una adúltera. El profeta, el gran profeta, “el hombre más grande nacido de mujer” —así lo califica Jesús— y el Hijo de Dios escogieron la senda de la humillación. Es la senda que nos muestran y que los cristianos debemos seguir. De hecho, en las Bienaventuranzas se subraya que el camino es el de la humildad.

 No se puede ser humildes sin humillaciones. Saquemos, pues, una enseñanza de este mensaje de la Palabra de Dios. Cuando buscamos hacernos ver, en la Iglesia, en la comunidad, para tener un cargo u otra cosa, esa es la senda del mundo, es una senda mundana, no es la senda de Jesús. Y también a los pastores les puede pasar esta tentación de “trepar”: “Esto es una injusticia, esto es una humillación; no lo puedo tolerar”. Pues si un pastor no sigue esa senda, no es discípulo de Jesús: ¡es un “trepa” con sotana! No hay humildad sin humillación. No tengamos miedo de las humillaciones. Pidamos al Señor que nos envíe alguna para hacernos humildes e imitar mejor a Jesús.