Martes Santo

Is 49, 1-6

Nuevamente el Señor nos recuerda que es Él precisamente quien vence nuestras batallas, que en vano nos esforzamos, cuando su poder es el que nos da la victoria. Y es que Dios nos ha escogido y nos ha llamado a vivir en su plenitud, por ello el gran error del hombre es el querer ser autosuficiente, el buscar la independencia de todo y de todos, incluso del mismo Dios.

Pidamos con frecuencia que precisamente con Dios somos más que vencedores. Jesús para esto murió y resucitó, para que en Él tengamos la victoria sobre nuestros pecados y debilidades.

Aprovechemos esta semana para intensificar nuestra relación con Dios. Conozcámoslo más cada día y no solo de «oídas» sino como una experiencia personal. Preparémonos en estos días santos intensificando nuestra oración, y buscando que la victoria de Dios se manifieste en nuestra caridad para con los demás.

Jn 13, 21-33. 36-38

Jesús sabe que lo van a entregar. Pero Él lo acepta y lo quiere. Aunque Él no quiere que se pierda ninguno de los que eligió. Hasta el último momento quiso salvar a Judas, pero Judas no aceptó el regalo de Cristo.

Al igual que a Judas dio un bocado como símbolo de amistad, así también Cristo a nosotros nos da un bocado, su propio cuerpo en la eucaristía.

Si lo recibimos con el corazón bien dispuesto, el demonio nunca entrará en nosotros, pues Cristo nos protege.

«Lo que vas a hacer hazlo pronto». Es la frase de Jesús que se nos repite día a día: «hoy haz lo que debes, y hazlo pronto» es una llamada a cumplir con nuestro deber, deber de hijos, deber de padre o de madre, deber de estudiante, de médico, de abogado…

«Era de noche». A veces la noche se cierne sobre nosotros, no podemos ver, nos va mal, todo nos sale al revés, pero Cristo nos está esperando también en esos momentos. Cristo no se va, somos nosotros los que nos alejamos de Él, aunque nos espera. Sólo dar un paso atrás, pedir perdón, dar una sonrisa, unas gracias, etc. nos trae otra vez la paz y la cercanía de Cristo.

Donde Él está ya puedo estar yo. Ya nos abrió la puerta, ya nos dio las llaves, ya nos espera. Sólo nos falta caminar hacia Él.

Lunes Santo

Is 42, 1-7

En este lunes santo la liturgia nos propone, en primer lugar, un texto del Isaías, un profeta que predicó durante el destierro, como Ezequiel, alimentando la esperanza del pueblo, anunciándole un nuevo éxodo del cual Dios mismo sería el guía y en el cual se renovarían los prodigios del desierto. Se trata de oráculos de consuelo para los deportados, oráculos entre los cuales aparece la figura misteriosa del Siervo de Yahveh.

Nosotros los cristianos siempre hemos visto en el Siervo de Yahveh a la misma persona de Jesús. En el pasaje que hoy leemos se habla de la predilección de Dios por su Siervo, y de cómo lo ha ungido con la plenitud de su Espíritu. Se le describe como un ser bondadoso, humilde, paciente. Se la asignan dos atributos que han sido apreciadísimos a lo largo de los siglos y en las más diversas culturas, y que en nuestro tiempo, siguen representando los anhelos más altos de la mayor parte de la humanidad: la justicia y el derecho. Se le señala una misión universal, no sola a favor del pueblo elegido, sino también de todas las naciones.  El siervo de Dios realizará, en fin, la esperanza de una humanidad libre, plena de vida y feliz.

En la vida y en la obra de Jesús de Nazaret; especialmente en su muerte y resurrección, los cristianos hemos visto cumplida la misión del Siervo de Yahveh. Siervo por su humildad y obediencia, pero hijo querido de Dios que lo resucitó de entre los muertos como vamos a conmemorar y celebrar en esta Semana Santa.

Jn 12, 1-11

Jesús se encuentra con sus amigos. Yo soy su amigo. Sale a mi encuentro. Es Él quien va a Betania y quien viene a tocar a mi puerta. Desea sentarse a mi mesa, partir el pan conmigo, hablar conmigo.

Toca a la puerta de mi corazón para iluminarlo y consolarlo: «Sólo Él tiene palabras de vida eterna» No sólo está a mi lado: me lleva en sus brazos para que las asperezas, las piedras y el barro no me salpiquen y no me hagan tropezar y caer, si yo quiero.

Y, aunque cayera, su amor no disminuiría, incluso me amaría más. Limpiaría mis heridas y manchas del camino. Él sería una María de Betania para con nosotros, nos perfumaría los pies y la cabeza. ¿No deberíamos nosotros hacer lo mismo? Ponernos a sus pies y llorar. Llorar por la tristeza de ofenderle y llorar por la alegría de su perdón. Las lágrimas son la mejor oración que podemos elevar a Dios. Y, también, perfumar sus pies; que el perfume de nuestras buenas obras y el ungüento de nuestro perdón sean dignos de un Dios tan misericordioso. Como Él perdona, así perdonar a quienes nos ofenden.

No nos fijemos en el «derroche» de este caro perfume. Es un perfume que nunca se acaba si es a Cristo a quien lo ofrecemos. Obrando así prepararemos la sepultura del Señor, su resurrección y su permanencia entre nosotros.

Sábado de la V Semana de Cuaresma

Ezequiel 37, 21-28; San Juan 11, 45-56

El profeta Ezequiel nos ofrece, en la lectura de hoy, la síntesis de todas las promesas realizadas por el Señor a su pueblo, y que tendrán cumplimiento con la muerte y resurrección de Jesús.

El pueblo, que ahora está disperso, volverá a estar reunido; habrá un «nuevo pueblo de Dios» purificado, próspero y estable, en el que el Mesías ocupará el centro de toda la vida de ese nuevo pueblo.

Ahora se van a cumplir todas promesas, se reconocerá que «Dios es el Señor» que habitará y acompañará para siempre al pueblo redimido por su Mesías, Jesús.

Jesucristo es sentenciado a muerte. La razón que alegan como acusación para «quitar de en medio al que molesta», a Jesús, será una profecía salvífica: «es preferible que muera un solo hombre por el pueblo a que toda la nación perezca».

Así, Jesús muere para que no perezca la nación; para que el pueblo se salve.

Nosotros hemos de hacer nuestros los méritos de la muerte de Jesús. De esta manera, como Él prometió, tendremos vida en nosotros y ríos de agua viva saldrán de nuestro corazón.

Caifás es un «político», en el peor sentido de la palabra, y actúa como un político legítimo. Primero, tilda a la gente de ignorante: «Ustedes no saben nada». Segundo, enmascara en el presunto beneficio de los demás sus torpes intereses de ambición y poder económico, era saduceo y su partido ocupaba los mejores cargos,: «Les conviene que muera uno por el pueblo».

A pesar de la desvergüenza de uno y de la ignorancia de otros, a pesar de la malicia de quienes montan contra Él un juicio injusto, lo condenan a muerte, Jesús cumple su más noble destino. Nada ni nadie le van a detener, va a morir por hacer de todos los hombres, infame mezcla de cobardía e ingratitud, un solo pueblo, reunido en el perdón y la concordia.

Sana nuestra miseria, Señor, nuestras miras interesadas, acuérdate de que somos barro y de que hemos salido del repugnante lodo; moldéanos con tus manos y úngenos con el perfume de tu misericordia.

Viernes de la V Semana de Cuaresma

Jer 20,10-13

Ciertamente Jeremías tenía muchos enemigos que se oponían a su predicación, y con ello a que se realizara la voluntad de Dios.

Hoy nosotros podríamos decir que tenemos un solo enemigo y es nuestro pecado. Es todo aquello que, como en tiempos del profeta, se opone a que el Reino de los cielos se establezca primeramente en nuestro corazón y después en todo nuestro entorno.

Es una lucha iniciada en el paraíso y que continua en nosotros hasta el último de nuestros días. Sin embargo a diferencia del caso de Jeremías, nuestro enemigo ha sido ya vencido por Cristo.

Si todavía tiene poder en nuestra vida y en nuestra sociedad es porque muchas veces nuestra adhesión a Cristo es solo parcial y no total.

Aprópiate de la victoria de Cristo. Esta es la única oportunidad de que vencido nuestro enemigo, vivamos en la paz y la alegría de Dios.

Jn 10,31-42

Una de las cosas que causan más asombro en la vida de Jesús es que haya sido tanta la gente que lo rechazó.  Jesús es la personificación de todo lo que es bueno, santo y deseable, y lo que Él desea es atraer a todos los hombres hacia sí, para hacer de ellos seres perfectos y eternamente felices.  No solamente predicó la bondad y el amor de su Padre para con los hombres, sino que Él mismo reveló esta bondad y este amor con sus acciones. 

Cuando los judíos cogieron piedras para apedrearlo, Él les dijo en tono de protesta: “He realizado ante vosotros muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me queréis apedrear?  Entonces lo acusaron de blasfemia, porque pretendía ser Dios, y sin embargo, solo les estaba diciendo la verdad, y sus afirmaciones de que era un ser divino, estaban confirmadas por señales y milagros.

Pero, el rechazo que sufría Jesús no era nada nuevo.  De la misma manera había sido repudiado el profeta Jeremía, que no hacía sino hablar con la verdad en el nombre de Dios (primera lectura).  Cuando el profeta avisó al pueblo acerca de la destrucción de Jerusalén si no se arrepentían, Jeremías fue arrestado, apaleado y encerrado en la cárcel.

De todas maneras nos sorprende que Jesús, lo mismo que muchos otros profetas de Israel, haya sido rechazado por un número tan grande de gente, si no hacía más que decir la verdad.  ¿Por qué se le rechazaba?  Eran muchas las razones y muy complicadas, pero una de ellas es que la verdad puede incomodar. 

Cuando la verdad nos coloca frente a nuestros fracasos e incapacidades, el camino más fácil para escapar a nuestras responsabilidades y a la necesidad de tener que cambiar es ignorar o negar la verdad.  Cuando un maestro notifica a los padres consentidores e irresponsables, que su hijo es un problema en la escuela, tanto en los estudios como en la disciplina, el juicio del maestro es, al mismo tiempo, una evaluación del joven estudiante y de sus padres.  Pero éstos, antes de hacer frente a sus propias faltas y a la necesidad de actuar, escogen el camino más fácil y se niegan a aceptar el informe del maestro.

La verdad puede incomodar, aun la verdad predicada por Jesús.  La verdad de Jesucristo nos exige que seamos diferentes de los demás; nos pide que aceptemos el sufrimiento y la auto-renuncia, que abandonemos nuestro egoísmo y que seamos generosos en nuestro amor y nuestro servicio a los demás.  Oremos en esta Misa para que nunca tomemos la salida fácil de rechazar a Jesús y su verdad.

¿Tus proyectos son los de Cristo? Y si son, ¿los defiendes y realizas con todo tu corazón?

Jueves de la V Semana de Cuaresma

Gn 17, 3-9

De repente me asaltó un mal pensamiento, ¿qué puede significar para los jóvenes de hoy las promesas hechas a Abraham? La posesión de una tierra para cultivar ha quedado entre los viejos anhelos de los abuelos y ahora los jóvenes huyen del campo a no ser que puedan convertirse en grandes terratenientes, pero no la tierra como fuente de alimento, para el autoconsumo, ni el apego a un territorio. El ser padre de un gran territorio no se le antoja a nadie.

Al preguntarle a un grupo de jóvenes cuántos hijos desearían tener en su matrimonio, responden con susto y sobresalto que ya lo pensara más tarde, que la vida ahora es muy difícil, que no vale la pena traer al mundo seres para sufrir. Pero, más que nada se mira a los hijos como esclavitud, limitaciones y responsabilidad. Aunque después nos los encontramos asustados y quejosos porque están a punto de ser papas por descuido o por placer, la mayoría de las veces, y no por generosidad o por verdadero amor.

Hay quien desea tener un hijo pero como compañía para su vejez, para realizarse en su vida, pero no quiere responsabilidades. Se ha perdido el amor a la vida, a la tierra y a los ideales.

Ya sé que también hay jóvenes con ideales, pero es difícil que se sostengan en un mundo de comercialización, de hedonismo y de placer.

Qué difícil es entender la decisión de Abraham de dejar sus comodidades con la ilusión de una tierra y una descendencia. Es más cómodo permanecer en nuestra burbuja de comodidad, de individualismo y de egoísmo.

Cuando Cristo hace alusión a Abraham lo recuerda por su fe, por su idealismo y por su deseo de un mundo nuevo.

Hoy estoy convencido de que Cristo también tiene palabras que pueden despertar en los jóvenes un nuevo amor por la vida, por la fraternidad, por la construcción de un mundo nuevo. Entiéndase bien, no pretendo que las jóvenes parejas procreen irresponsablemente un gran número de hijos, sino que en su corazón despierten el amor a la vida, la posibilidad de la generosidad y la seguridad de que se puede construir un mundo nuevo al estilo de Jesús.

Jn 8,51-59

Jesús es capaz de predicar su mensaje a pesar de todas las adversidades. No tiene miedo a nada, ni siquiera a la ira de sus enemigos. Sabe que su tiempo en la tierra es breve y limitado, y debe aprovecharlo como si cada segundo fuese el último de su vida.

Los fariseos cierran su corazón y su mente a toda novedad, y no comprenden el camino de la esperanza. Es el drama del corazón cerrado, el drama de la mente cerrada.

Cuando el corazón está cerrado, este corazón cierra la mente, y cuando mente y corazón están cerrados, no hay lugar para Dios, sino sólo para lo que nosotros creemos que se debe hacer.

Quienes tienen el corazón y la mente cerrados, no logran acoger el mensaje de novedad que trajo Jesús, y que es el que había sido prometido por la fidelidad de Dios y por los profetas. Pero ellos no entienden.

Es un pensamiento cerrado que no está abierto al diálogo, a la posibilidad de que exista otra cosa, a la posibilidad de que Dios nos hable, que nos diga cómo es su camino, como hizo con los profetas.

Esta gente no había escuchado a los profetas y no escuchaba a Jesús. Es algo más que ser simplemente cabeza dura. No, es algo más: es la idolatría del propio pensamiento. «Yo pienso así, esto debe ser así y nada más».

Esta gente tenía un pensamiento único y quería imponer este pensamiento al pueblo de Dios, por esto Jesús les llama la atención: «Vosotros cargáis sobre las espaldas del pueblo tantos mandamientos y vosotros no los tocáis ni con un dedo».

Esta gente ha matado a los profetas; cierran la puerta a la promesa de Dios. Y cuando en la historia de la humanidad se produce este fenómeno del pensamiento único, cuántas desgracias.

En el siglo pasado hemos visto todos nosotros las dictaduras del pensamiento único, que terminó por matar a tanta gente, pero en el momento en el que ellos se sentían patrones no se podía pensar de otra manera. Se piensa así.

Y también hoy existe la idolatría del pensamiento único. Hoy se debe pensar así y si tú no piensas así no eres moderno, no eres abierto o peor. Tantas veces dicen algunos gobernantes: «Pero, yo pido una ayuda, una ayuda financiera para esto», «pero si tú quieres esta ayuda, debes pensar así y debes cumplir esta ley, y esta otra, y esta otra…»

También hoy está la dictadura del pensamiento único y esta dictadura es la misma de aquella gente: toma las piedras para lapidar la libertad de los pueblos, la libertad de la gente, la libertad de las conciencias, la relación de la gente con Dios. Y hoy Jesús es crucificado otra vez.

La exhortación del Señor frente a esta dictadura es la misma de siempre: vigilar y rezar; no ser tontos, no comprar cosas que no sirven y ser humildes y rezar, para que el Señor nos dé siempre la libertad del corazón abierto, para recibir su Palabra ¡que es promesa, alegría y alianza! Y con esta alianza ir adelante.

La Anunciación

Lc 1, 26-38

Hoy recordamos el inicio de una bella historia: el Verbo se hace carne. En el secreto y la oscuridad del vientre de María se gesta el mayor de los misterios: la Luz que alumbra a todo hombre, en el silencio y en la oscuridad, empieza a tomar forma, carne, sangre y vida de una pequeñita.

Todo el amor de Dios se concreta en aquel pequeño Embrión sujeto a las leyes del tiempo y de la naturaleza.

Celebrar la fiesta de la Anunciación del Señor es querer acercarse nueve meses antes de la Navidad al misterio de la Encarnación. Las lecturas de este día manifiestan todas, una disposición a la obediencia y una aceptación del plan de Dios. El salmo 39 nos da el tinte de este misterio: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.  La carta a los Hebreos nos presenta a Jesús como la verdadera víctima capaz de borrar los pecados del mundo, víctima que se ofrece amorosa por nosotros. Y todo este acontecimiento también está ligado a los temores y aceptación de una jovencita que está dispuesta a dar su “fiat”, “hágase en mí”. El más grande misterio comienza en el silencio y en el anonimato.

Desde hace algún tiempo este día también se ha propuesto como un día especial para defender la vida. ¡Atención! “¡Para defender la vida!”. No para condenar. No se trata de condenar a quienes abortan o colaboran en el aborto, sino de defender la vida débil que se gesta en el seno.

La situación de aborto siempre será resultado de una situación injusta o irresponsable y tendremos que buscar que no se den estas situaciones, al mismo tiempo que colaboramos para que haya más respeto y cuidado a toda vida.

Cristo se hace semilla para participar con nosotros. Hoy contemplemos este misterio del Señor que viene a salvarnos, del que se viene a hacerse “Dios con nosotros”, y respondamos a su encarnación con nuestra lucha y cuidado por todas las formas de vida. No temamos, digamos sí con María a la vida con todos sus compromisos y todos sus riesgos.

Martes de la V Semana de Cuaresma

Num 21, 4-9

La primera Lectura narra la desolación vivida por el pueblo de Israel en el desierto y el episodio de las serpientes. El pueblo tuvo hambre y Dios le respondió con el maná y luego con las codornices; tuvo sed y Dios le dio agua. Luego, cerca ya de la tierra prometida, algunos manifestaron escepticismo porque los exploradores enviados por Moisés dijeron que era una tierra rica de fruta y animales, pero habitada por un pueblo alto y fuerte, bien armado, y temían que los mataran. Y expresan el peligro de ir allá. Miraban sus fuerzas, pero se olvidaban de la fuerza del Señor que les había liberado de la esclavitud de 400 años.

En definitiva, el pueblo no soportó el viaje, como cuando las personas inician una vida de seguimiento al Señor, para estar cerca del Señor, y en cierto momento las pruebas parecen superarles. Ese tiempo de la vida en que uno dice: “¡Ya basta! Me paro y vuelvo atrás”. Y se piensa con nostalgia en el pasado: “cuánta carne, cuántas cebollas, cuántas cosas buenas comíamos allá”. Y eso es una visión parcial de una memoria enferma, de esa añoranza equivocada, porque aquella era la mesa de la esclavitud, cuando eran esclavos en Egipto. Esos son los espejismos del diablo: te hace ver lo bueno de algo que has dejado, de lo que te convertiste en el momento de la desolación del camino, cuando aún no habías llegado a la promesa del Señor. Así es el camino de la Cuaresma, sí, podemos pensarlo así o concebir la vida como una Cuaresma: siempre hay pruebas y consuelos del Señor, está el maná, está el agua, están los pájaros que nos dan de comer… ¡pero aquella comida era más buena! Ya, ¡pero no olvides que lo comías en la mesa de la esclavitud!

Esa experiencia nos pasa a todos cuando queremos seguir al Señor y nos cansamos. Pero lo peor es que el pueblo habló mal de Dios, y reprochar a Dios es envenenarse el alma. Quizá uno piensa que Dios no le ayuda o que hay muchas penas. Siente el corazón deprimido, envenenado. Pues las serpientes que mordían al pueblo son precisamente el símbolo del envenenamiento, de la falta de constancia para seguir el camino del Señor.

Moisés, entonces, por invitación del Señor, hace una serpiente de bronce y la pone en lo alto. Esa serpiente, que curaba a todos los que habían sido atacados por las serpientes por haber hablado mal de Dios, era profética: era la figura de Cristo en la cruz. Esa es la clave de nuestra salvación, la clave de nuestra paciencia en el camino de la vida, la clave para superar nuestros desiertos: mirar el crucifijo. Mirar a Cristo crucificado. “Pero, ¿qué debo hacer?” – “Míralo. Mira las llagas. Entra en las llagas”. En esas llagas fuimos curados. ¿Te sientes envenenado, te sientes triste, sientes que tu vida no va, que está llena de dificultades y de enfermedades? Pues mira allí. En esos momentos, mirar ese crucifijo feo, o sea, el real, porque los artistas han hecho crucifijos hermosos, artísticos, algunos de oro y de piedras preciosas. Y eso no siempre es mundanidad, porque quiere significar la gloria de la cruz, la gloria de la Resurrección.

Pero cuando te sientes así, míralo, antes de la gloria.

Enseñad a vuestros hijos a mirar el crucifijo y la gloria de Cristo. Y nosotros, en los momentos malos, en los momentos difíciles, envenenados quizá por haber dicho en nuestro corazón alguna desilusión contra Dios, miremos las llagas. Cristo levantado como la serpiente: porque Él se hizo serpiente, se anonadó del todo para vencer la serpiente maligna. Que la Palabra de Dios hoy nos enseñe este camino: mira al crucifijo. Sobre todo, en el momento en el que, como el pueblo de Dios, nos cansemos del viaje de la vida.

Jn 8, 21-30

Al Padre, sólo el Hijo lo conoce: Jesús conoce al Padre. En efecto, es muy grande la unión entre ellos: Él es la imagen del Padre; es la cercanía de la ternura del Padre a nosotros. Y el Padre se acerca a nosotros en Jesús.

Jesús repitió muchas veces: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti». Y prometió el Espíritu Santo, porque precisamente el Espíritu Santo es quien hace esta unidad, como la hace entre el Padre y el Hijo.

El Padre, por lo tanto, fue revelado por Jesús: Él nos hace conocer al Padre; nos hace conocer esta vida interior que Él tiene. Y ¿a quién revela esto, el Padre?, ¿a quién da esta gracia?

La respuesta la da Jesús mismo, como dice san Lucas en su Evangelio: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños».

Sólo quienes tienen el corazón como los pequeños son capaces de recibir esta revelación. Sólo el corazón humilde, manso, que siente la necesidad de rezar, de abrirse a Dios, que se siente pobre. En una palabra, sólo quien camina con la primera bienaventuranza: los pobres de espíritu.

Muchos pueden conocer la ciencia, la teología incluso. Pero si no hacen esta teología de rodillas, es decir, humildemente, como los pequeños, no comprenderán nada. Tal vez nos dirán muchas cosas pero no comprenderán nada. Porque sólo esta pobreza es capaz de recibir la revelación que el Padre da a través de Jesús, por medio de Jesús.

Y Jesús viene no como un capitán, un general del ejército, un gobernante poderoso, sino que viene como un brote, según la imagen de la lectura, tomada del libro del profeta Isaías (11, 1-10): «Pero brotará un renuevo del tronco de Jesé».

Por lo tanto, Él es el renuevo, es humilde, es manso, y vino para los humildes, para los mansos, a traer la salvación a los enfermos, a los pobres, a los oprimidos, como Él mismo dice en el cuarto capítulo de san Lucas al visitar la sinagoga de Nazaret.

Y Jesús vino precisamente para los marginados: Él se margina, no considera un valor innegociable ser igual a Dios. En efecto, se humilló a sí mismo, se anonadó. Él se marginó, se humilló para darnos el misterio del Padre y el suyo.

Pidamos la gracia al Señor de acercarnos más, más, más a su misterio, y de hacerlo por el camino que Él quiere que recorramos: la senda de la humildad, la senda de la mansedumbre, la senda de la pobreza, la senda de sentirnos pecadores Porque es así, Él viene a salvarnos, a liberarnos.

Lunes de la V Semana de Cuaresma

Dan 13,1-9.15-17.19-30.33-62

Esta historia de Susana, nos deja ver lo que significa el haber tomado la
decisión de no pecar, llegando incluso a preferir la muerte que serle infiel al Señor.

Al ir llegando al final de nuestra cuaresma, que bueno sería que cada uno de nosotros haya progresado lo suficiente en su proceso de conversión que lo lleve a tomar la decisión de no pecar más.

Si bien es cierto que esto no depende exclusivamente de nuestras fuerzas, pues siempre el pecado será más fuerte y astuto que nosotros, pero con la gracia de Dios si es posible.

Una de las razones por las que no se avanza en el camino de la gracia es el hecho de no haber tomado la resolución concreta y decirle a Dios: «Con tu gracia no volveré a pecar nunca más». Esta decisión es la más importante de nuestra vida pues es la que nos separa de la felicidad del Reino.

Ciertamente que el decir «no pecaré más», implica el dejar muchas o algunas cosas que nos atraen e incluso nos fascinan pero si de veras queremos ser Santos y vivir la plenitud del amor de Dios, no queda otro camino. ¡Decídete!

Jn 8,1-11

Si ya san Lucas en el pasaje del «Hijo prodigo» nos mostraba en una parábola el amor de Dios, en este pasaje de Juan, Jesús mismo lo encarna y nos recuerda que «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y tenga vida». Pensamiento totalmente contrario no solo a la cultura «legalista» del tiempo de Jesús, sino que incluso se extiende hasta nuestros días.

Es fácil apuntar con el dedo a la mujer que ha sido engañada y seducida; al muchacho que en su ignorancia ha cometido un error; al empleado que presa de su desesperación ha obrado inadecuadamente…

En un pasaje Jesús decía: «Si su misericordia no es más grande que la de los fariseos no entrarán en el Reino». Dios nos ama y nos perdona, nos invita a enmendar nuestra falta; pero también nos invita a perdonar de corazón y en lugar de ser piedra de tropiezo para los demás, a ser un instrumento de su amor y misericordia… a levantar a los que se hayan caídos.

No pensemos que somos mejores que los demás, o que estamos inmunes al pecado, pues la debilidad nos rodea y en una fracción de segundo podríamos estar en una situación más grave de aquella que con tanto desprecio señalamos un día.

Sábado de la IV Semana de Cuaresma

Jer 11, 18-20; Jn 7, 40-53

El profeta Jeremías se encuentra en situación difícil. Ha estado intercediendo por el pueblo y exhortándole a que se convierta al Señor.

Ahora parece que todos se han vuelto contra él y no siente cercana la protección del Señor.

Por ello el profeta presenta su queja a Dios diciendo que ha sido un ingenuo al aceptar y llevar a cabo la misión que el Señor le encomendó. Pero la confianza en Dios no ha desaparecido y el profeta hace una plegaria rogando al Señor que le defienda de sus enemigos ya que Dios juzga rectamente las conductas.

Jesús está dando sus últimas enseñanzas y se manifiesta abiertamente poseedor y dador del Espíritu. De ahí, dice, que «brotarán ríos de agua viva» en aquel que crea en Él.

De este modo, el mensaje mesiánico es ofrecido claramente por Jesús. La respuesta de los oyentes se divide, como sucedió en otras ocasiones cuando les proponía alguna doctrina difícil de entender.

El Señor ofrece la vida para quienes reciben su mensaje salvador y la muerte para quienes lo rechacen.

Aunque la guardia del templo está presente, no llegan a detenerle porque «todavía no ha llegado la hora decisiva».

La gente más sencilla, unos pobres guardias del templo reconocen la sabiduría de Jesús. Y confiesan: «Nunca nadie ha hablado como este hombre». En este hombre concreto, de carne y hueso, en Jesús de Nazaret descubren la Palabra de Dios que habla a toda la humanidad.

Unos hombres rudos, los más pobres, ven dentro, no fuera, ni al margen, de la humanidad de Jesús la presencia de Dios, que se inclina benevolente hacia todos ellos. Y mientras, como cruel contrapunto, los más sabios y engreídos, los escribas y fariseos discuten y quieren acallar con su pretendido prestigio la aclamación de la gente más sencilla que se entusiasma por Jesús.

Danos, Señor, la fe de los sencillos, la de los que saben ver con ojos abiertos y escuchar con oídos atentos, y acogerte con un corazón limpio, como el corazón de María, tu madre y madre nuestra.

Viernes de la IV Semana de Cuaresma

Sabiduría 2,1.12-22

Este hermoso pasaje referido sin lugar a dudas a Cristo, es perfectamente
aplicable a todos lo que como Jesús buscan vivir de acuerdo al proyecto de Dios. Y es que un cristiano que vive de acuerdo al Evangelio, será siempre contestado y rechazado por los demás ya que su manera de vivir los pone en evidencia.

La manera en que concibe la justicia, el amor, la verdad hace que los que viven de acuerdo a este mundo se sientan agredidos y en muchas ocasiones, hasta
descubiertos en sus malas acciones. Por ello, los rechazan, los segregan de sus grupos sociales, y los tienen por menos.

Este rechazo del mundo es de alguna manera la prueba sustancial de nuestra pertenencia a Cristo y ésta pertenencia es la que hace que la vida de los discípulos del Señor sea plena, recibiendo de Él, el amor, la consolación y la paz perdurable.

No te dejes engañar por los criterios de este mundo que te ofrecen felicidad pasajera y placer que solo corrompe. Sé fiel al Señor y él te mostrara la gloria y producirá en tu corazón el gozo y la paz que no pasan nunca.

Jn 7,1-2.10.25-30

Uno de los elementos que podemos destacar de este evangelio es el hecho de que Jesús quería pasar desapercibido, pues decía: que llegó no abiertamente sino en secreto, como de incógnito.

Sin embargo el resultado es que todo el pueblo se dio cuenta de que él ahí estaba. A pesar de que su idea era no ser visto, el celo por la predicación lo lleva al templo, y todos lo reconocen.

Para nosotros, ¿cuál sería la más grave acusación que pudieran hacer los judíos en contra de Jesús? Sí, ya sé que muchos diríamos que ninguna acusación es válida, pero también nosotros condenamos a Jesús y casi por las mismas razones que lo hacían los judíos. También a nosotros nos lástima que cuestionen nuestra religiosidad sin compromisos; también para nosotros son sus acusaciones de incongruencias y de mentiras. A nosotros también se nos puede aplicar las duras palabras de hipócrita y sepulcros blanqueados.

Jesús no teme nuestras iras ni tampoco nuestras amenazas, ni los insultos de los hombres de aquella época o de este tiempo. Jesús, hombre que vive en el conflicto, sabe vivir con verdadera libertad, no condicionarse por prejuicios o temores convencionales o convenencieros.

Jesús es hombre libre, aunque sabe que su misión lo puede llevar al sacrificio supremo, a la condena total. Sin embargo, se entrega libremente y por amor a su misión. Y asume todas las consecuencias que pueda traer. Lo contemplamos predicando abiertamente en Jerusalén.

¿Podríamos nosotros imitar a Jesús y actuar rectamente y con toda libertad, en todas las circunstancias de nuestra vida? ¿Podemos comprometernos en la lucha por la verdad, por la paz, por el reino, sin temor a lo que pueda pasar?

Ciertamente, nosotros muchas veces, parecemos demasiado prudentes o quizás hasta se nos pueda acusar de indiferentes ante las propuestas que nos presenta Jesús.

Está Cuaresma nos lleva a un compromiso serio para buscar ser libres para el compromiso. Acerquémonos hoy a Jesús, contemplemos su predicación. Pidamos que nos ayude a tener muy claro cuál es nuestra misión y que nos atrevamos a asumir los riesgos que ella implica. Que no vivamos con temor, sino que nos atrevamos a vivir con valentía las opciones del Reino.

Contemplemos a Jesús, ¿qué nos dice hoy frente a la actitud que tomamos ante su reino?