HOMILÍAS PARA EL MES DE JULIO

SAN PEDRO Y SAN PABLO

La liturgia de hoy nos ofrece tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesión, persecución, oración.

La confesión es la de Pedro en el Evangelio, cuando el Señor pregunta, ya no de manera general, sino particular. Jesús, en efecto, pregunta primero: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?»  Y de esta «encuesta» se revela de distintas maneras que la gente considera a Jesús un profeta. Es entonces cuando el Maestro dirige a sus discípulos la pregunta realmente decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» A este punto, responde sólo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» Esta es la confesión: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida.

Jesús nos hace también hoy a nosotros esta pregunta esencial. Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida. Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: «¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?».

Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución.

Y esta es la segunda palabra, persecución. No fueron sólo Pedro y Pablo los que derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida, como nos lo ha recordado el libro de los Hechos de los Apóstoles. Incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo.

Pablo siguió al Maestro ofreciendo también su propia vida. Sin la cruz no hay Cristo, pero sin la cruz no puede haber tampoco un cristiano. En efecto, «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males» (Agustín, Disc. 46.13), como Jesús. Soportar el mal no es sólo tener paciencia y continuar con resignación; soportar es imitar a Jesús: es cargar el peso, cargarlo sobre los hombros por él y por los demás. Es aceptar la cruz, avanzando con confianza porque no estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros. Así, como Pablo, también nosotros podemos decir que estamos «atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Co 4,8-9).

Soportar es saber vencer con Jesús, a la manera de Jesús, no a la manera del mundo. Por eso Pablo se considera un triunfador que está a punto de recibir la corona (cf. 2 Tm 4,8) y escribe: «He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (v. 7). Su comportamiento en la noble batalla fue únicamente no vivir para sí mismo, sino para Jesús y para los demás. Vivió «corriendo», es decir, sin escatimar esfuerzos, más bien consumándose.

Por amor a Jesús experimentó las pruebas, las humillaciones y los sufrimientos, que no se deben nunca buscar, sino aceptarse. Y así, en el misterio del sufrimiento ofrecido por amor, en este misterio que muchos hermanos perseguidos, pobres y enfermos encarnan también hoy, brilla el poder salvador de la cruz de Jesús.

La tercera palabra es oración. La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración. La oración es el agua indispensable que alimenta la esperanza y hace crecer la confianza. La oración nos hace sentir amados y nos permite amar. Nos hace ir adelante en los momentos más oscuros, porque enciende la luz de Dios. En la Iglesia, la oración es la que nos sostiene a todos y nos ayuda a superar las pruebas. Nos lo recuerda la primera lectura: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5).

Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por él. Orar es encomendarle el camino, para que nos proteja. La oración es la fuerza que nos une y nos sostiene, es el remedio contra el aislamiento y la autosuficiencia que llevan a la muerte espiritual. Porque el Espíritu de vida no sopla si no se ora y sin oración no se abrirán las cárceles interiores que nos mantienen prisioneros.

Que los santos Apóstoles nos obtengan un corazón como el suyo, cansado y pacificado por la oración: cansado porque pide, toca e intercede, lleno de muchas personas y situaciones para encomendar; pero al mismo tiempo pacificado, porque el Espíritu trae consuelo y fortaleza cuando se ora. Qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración.

MARTES DE LA 13ª SEMANA ORDINARIA

Am 3, 1-8. 4,11-12

Ciertamente el Dios que nos ha revelado Jesús es un Dios misericordioso, un Dios que es un verdadero padre y es precisamente por ello, por lo que con amor nos corrige y busca que cambiemos nuestro comportamiento hacia Él y hacia los demás.

Esta acción de Dios puede resultar dura para aquellos que se han dejado engañar por la psicología moderna, que dice que a los niños no se les debe castigar, y mucho menos corregir. Esto ha hecho de muchos de ellos (casi me atrevería a decir, que de la mayoría) personas rebeldes, groseras y desobedientes.

Hoy los padres, no son capaces de cumplir el castigo y la corrección que se ofrece al hijo para que se corrija, y por ello muchos de ellos van creciendo pensando que pueden hacer cuanto les parezca, aunque esto esté en contra de la moral y del orden establecido. Dios, amando profundamente a su hijo Israel, lo corrigió con amor, pero con dureza… no en vano, pues siempre hubo una razón para hacerlo.

Lo que Dios promete lo cumple. Prometió el cielo para los que viven de acuerdo al Evangelio, y el infierno para los rebeldes… ten por seguro que lo cumplirá.

Mt 8, 23-27

En medio de este mundo en el cual falta para muchos el trabajo, y que sufren por las enfermedades, las guerras y las epidemias que nos agobian, ¿podríamos decir que nuestra fe en Cristo permanece firme?

Muchos hermanos para los cuales la vida en los últimos años se ha hecho pesada podrían estar tristes y apesadumbrados, incluso con miedo ante el incierto porvenir. Jesús nos dice hoy a todos: «no tengan miedo, hombres de poca fe».

Jesús, a pesar de todo lo que nos parece, está a nuestro alrededor, navega con nosotros. El mismo nos lo dijo: «Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos». Si los vientos se encrespan y el mar de la vida se agita, Jesús está con nosotros… Quizás duerme, pero está con nosotros.

Mientras despierta, debemos achicar el agua, y remar hacia la orilla… de una cosa estamos seguros: Jesús no permitirá que la barca en la cual vamos naufrague.

Si en tu vida la crisis ha llegado a tal punto que piensas que naufragarás, no pierdas la fe, despierta al Maestro, que Él con una voz calmará todas tus ansiedades y pondrá serenidad en tu vida.

MIÉRCOLES DE LA 13ª SEMANA ORDINARIA (PAR)

Am 5, 14-15; 21-24

Como podemos ver en este pasaje, la brecha entre la fe y las obras ha sido siempre un grave problema en el Pueblo de Dios.

Es triste que todavía haya hermanos, que a pesar de estar habitados por el Espíritu Santo, piensen que basta con ir a misa el domingo, con darle culto a Dios para estar en comunión con Él.  El profeta Amós nos recuerda que, si bien es cierto que el culto a Dios es bueno, éste pierde su sentido cuando se vive al margen de la justicia y del amor.

Es necesario que nuestra vida se conforme al evangelio y con ello que se haga una opción definitiva de renunciar al pecado y a lo que nos aparta de Dios. Es necesario que nuestra vida diaria, en la casa en nuestras oficinas y escuelas, sea congruente con la fe que decimos tener en Jesús, que como dice el apóstol: «quien se dice seguidor de Jesús, debe vivir como él vivió».

Mt 8, 28-34

Esta historia del Evangelio nos parecería estar lejana a nuestra realidad, sin embargo la verdad es que se repite frecuentemente hoy en nuestra sociedad dominada por el materialismo. Jesús sana y libera a dos hombres, dos seres humanos que sufrían a causa de unos demonios. Al hacerlo los demonios destruyen toda una piara de cerdos.

Los habitantes en lugar de agradecer el haber liberado y sanado a dos hermanos, a dos seres humanos que sufrían, se preocupan más por la perdida material de una piara de cerdos. Vale más la piara de cerdos que la salud y bienestar de dos seres humanos. Como consecuencia, la comunidad rechaza a Jesús.

Como vemos la historia se repite una y otra vez. Hoy es más importante la cantidad de producción y la eficiencia que la vida familiar, social y económica de los trabajadores; son más importantes nuestras pertenencias, que el bien social de la comunidad; es más importante el trabajo y el bienestar económico, que la vida familiar y la atención a los hijos… Preferimos lo material a lo espiritual. Y cuando Jesús, a través de la Escritura o de la Iglesia nos advierte de esto, o busca ayudarnos a liberarnos de estas esclavitudes… la respuesta es: Que tiene la Iglesia (o el mismo Jesús) que decirme sobre qué es más importante, que tiene que hacer en mis negocios, en mi medio social, en mi vida. No dejemos que nos domine lo material. Dios nos ha regalado todas las cosas materiales las cuales son buenas y son para nuestro bienestar, pero jamás deberán estar por encima de los valores como son: la vida humana, la vida familiar, y la protección del medio ambiente. Nada vale una piara de cerdos comparada con la alegría que produce el ver a un hermano sano y feliz.

JUEVES DE LA 13ª SEMANA ORDINARIA

Am 7, 10-17

Es increíble la ceguera que manifestamos frecuentemente con el Señor. Nos perdona, nos habla, nos invita, nos reprende y aun así continuamos con nuestra actitud de rechazo a su palabra y a su amor.

El rey Jeroboam, en lugar de buscar la conversión de su pueblo, y con ello la salvación de éste, prefiere oír las voces del mundo, y rechazar al profeta de Dios. Esta es muchas veces nuestra actitud. En lugar de cambiar nuestra vida, preferimos hacer a un lado al Dios que me estorba, que no me permite vivir la vida como yo la deseo, que frena y me echa en cara mis pecados con el fin de que me vuelva a Él.

Preferimos escuchar las voces del mundo y no las del Evangelio, las voces que vienen desde los medios de comunicación, en lugar de aquellas que vienen de nuestros pastores. Aun en los anuncios proféticos realizados por visionarios, nos gusta quedarnos con el fenómeno (que siempre es atractivo), en lugar de convertirnos y volvernos a Dios. Cambiemos nuestra actitud ante el Dios de la misericordia, ante el Dios del perdón… recordemos que su corazón está siempre abierto para los que se arrepienten y se vuelven a Él.

Mt 9, 1-8

Hemos escuchado hoy en el Evangelio el extraordinario poder de Jesús y nos quedamos sorprendidos de su manera de actuar.  Jesús es maravilloso y se dirige a lo profundo del corazón.

Nosotros, hoy, también estamos paralíticos y no podemos actuar.  Nos han paralizado el miedo, la comodidad y el egoísmo. La situación cada día es más grave y nuestra manera de responder es cada día más inoperante.  Estamos paralíticos pero buscamos las soluciones solamente en el exterior, como si el cuerpo entero de la sociedad se pudiera sostener por las apariencias y las normas externas.  Queremos la salud de nuestra patria y estamos dispuestos a pequeños sacrificios, pero no estamos dispuestos realmente a cambiar de opciones, de actitud y de valores.

Quisiéramos que Jesús nos sanara con tan solo presentarle una oración y una súplica por este enfermo que yace paralítico.  Y hoy, igual que en aquel tiempo, la palabra de Jesús va dirigida, primero, a lo más importante: “ten confianza hijo, se te perdonan tus pecados”.  Hay que despertar nuevamente la confianza y la esperanza, que no hay peor pecado que el pesimismo y la derrota.

Las palabras del Señor son para alentar nuevas esperanzas y para tener confianza en que Jesús camina a nuestro lado.  Que maravillosas palabras las que dirige Jesús al paralítico de hoy: hijo.  Y después nos hace ver Jesús que está dispuesto a reconstruir desde la raíz al hombre, para ello, hay que quitar el pecado del corazón.  El pecado que paraliza al hombre, el verdadero pecado lo vuelve ambicioso, egoísta, cruel y sanguinario.  El pecado pudre la sociedad y desbarata la fraternidad.  Por eso, antes que nada, tenemos que reconstruir al hombre desde el interior y eso sólo lo puede hacer Jesús.  Pero Jesús siempre nos ama y está dispuesto a iniciar el proceso de reconstrucción. 

Que Jesús mire el corazón de cada uno de nosotros, que limpie nuestros pecados, fortalece nuestra voluntad, ilumina nuestra inteligencia.  Solo entonces podremos ponernos de pie y sostenernos en la lucha, podremos volver a la Casa Paterna y compartir el amor de nuestro Padre con los hermanos. 

Pidamos a Jesús que no nos deje y que sane a este pueblo que se encuentra paralítico y sin esperanza.

SANTO TOMÁS, APOSTOL

Celebrar a un santo apóstol es celebrar el amor salvífico de Dios en Cristo Señor, realizado en la comunidad eclesial.

Hoy celebramos a uno de los doce compañeros de Jesús, a uno de los primeros testigos de su resurrección.  Este fundamental ministerio cristiano: el testimonio de la resurrección, se ve acentuado muy especialmente en la figura de Tomás.

Un Papa llamado San Gregorio Magno en una de sus homilías decía: «Creen que todo esto sucedió por acaso: el que el discípulo estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, oyendo dudase, al dudar palpase, y al palpar creyese?  Todo esto sucedió por disposición divina.  Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos.»

San Gregorio también nos hace reflexionar: «Lo que creyó superaba a lo que vio.  En efecto, el hombre mortal no puede ver la divinidad.  Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ‘Señor mío y Dios mío!’  El, pues, creyó a pesar de que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada».

Para nosotros son las palabras de Cristo: «Dichosos los que creen sin haber visto».  Nosotros tenemos que pasar de los signos que vemos a la presencia del Señor, que no vemos.  El Señor presente en su Iglesia, en la liturgia, en la Eucaristía, en el prójimo, sobre todo en el pobre.

Nuestra fe en Cristo tiene que traducirse en obras, en lo práctico y concreto de nuestra vida.  No olvidemos lo que Pablo dice de los malos cristianos: «Dicen que conocen a Dios, pero con sus obras lo niegan» (Tito 1,16), o Santiago: «La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta» (2,26).

Digamos en esta Eucaristía con toda nuestra fe, y fe comprometida, la exclamación de Tomás: «Señor mío y Dios mío».

SÁBADO DE LA 13ª SEMANA ORDINARIA

Am 9, 11-15; Mateo 9, 14-17


El ayuno es un punto importante de la Torah y de las tradiciones de un hebreo practicante. Por esto los discípulos de Juan, devotos practicantes de la ley, están perplejos porque Jesús y sus discípulos no respetan esta norma tan básica.

Jesús nos explica que el ayuno es recomendable porque ayuda a separarse de las preocupaciones terrenales, sin embargo es más importantes que quien ha recibido el anuncio del evangelio se regocije en el Señor estando alegre alabando a Dios.


Sin embargo, este tiempo de plenitud mesiánica no es sólo un momento cronológico definitivo de una vez para siempre. Es el acontecimiento que se realiza en la historia de cada hombre, de cada generación en un mundo donde hay que predicar el nombre de Cristo.

Deberíamos sentirnos más que contentos porque ya no somos esclavos del pecado, sino hijos de Dios. Ha venido la Vida y la Verdad, y nos ha reengendrado y liberado.

Y este anuncio vivificante se renueva cada vez que nuestra relación personal con Dios es reavivada por el sacramento al empeño concreto de vida. Cada vez que elegimos la vida, la verdad, el amor y el respeto al prójimo, en vez de la muerte, el engaño, el orgullo.

Cada vez que nos hacemos odres nuevos, listos a acoger el vino nuevo, fermento de vida de la novedad de Cristo, es cuando el mensaje de Cristo es real y vivo en nosotros.

LUNES DE LA 14ª SEMANA ORDINARIA

Oseas 2, 16. 17-18. 21-22

Durante casi toda la semana, de aquí al viernes, el profeta Oseas es nuestro guía en la primera lectura.

Si leemos el primer capítulo de este libro, nos encontraremos con uno de esos gestos proféticos que nos desconciertan pero que no son raros en la Revelación.  Oseas se casa con una prostituta y tiene tres hijos con nombres muy significativos: Yisreel, el primero.  Yisreel es el lugar donde Jehú degolló a toda la familia real para apoderarse del trono.  La segunda, Lo-Ruhamá: la no amada; y el tercero, Lo-Amní: no mi pueblo.  Es la total historia del anti-amor.  Sin embargo, el amor vence, el amor infinito de Dios es misericordioso.  Como escuchamos, el Señor propone su programa de restauración con palabras apasionadas.  El desierto es visto siempre como el lugar idílico del encuentro íntimo de Dios con su pueblo.  Ya su pueblo no se irá más tras Baal, el «amante» que había robado su corazón, sino que volverá a Yahvé.

Muchísimas veces Yahvé proclama su propia fidelidad, o ésta es afirmada como característica suya. Hoy lo repite: «Yo te desposaré en la fidelidad y tu conocerás al Señor». Recibamos esta lectura como un reclamo del amor de Dios adolorido y una nueva invitación a la fidelidad.

Mt 9, 18-26

La carta a los Hebreos dice: «Jesucristo es el mismo de ayer, de hoy y por siempre». Sin embargo nuestro mundo tecnificado y lleno de agitación y de autosuficiencia nos ha llevado a crear una imagen reducida del Señor.

El evangelio de hoy, con dos pasajes en los cuales Jesús, por medio de dos grandes milagros nos muestra no solo su poder sino su identidad como Hijo de Dios, como verdadero Dios, debía llevarnos de nuevo a reflexionar en la imagen que tenemos sobre Jesús. Muchas veces pensamos que trabajamos solos, que debemos resolver todos nuestros problemas solos, que debemos recurrir a Jesús solo cuando las cosas han llegado a tal grado que no podemos más (enfermedad, crisis económica, etc.). sin embargo Jesús nos acompaña con su poder y su amor a lo largo de todo nuestro día. Él es capaz de cambiar el rumbo de nuestra actividad y de toda nuestra vida…es Dios, es el Emmanuel, el «Dios con nosotros». El elemento común en estos dos episodios es la fe: tanto el Jefe de la Sinagoga como la mujer con el flujo de sangre, fueron capaces de reconocer en Jesús, al verdadero Dios, al Dios que cambia la historia y la lleva a la plenitud.

Dejemos que Jesús tome el control de nuestra vida cotidiana; nos sorprenderemos de ver el poder de Dios todos los días.

MARTES DE LA XIV SEMANA ORDINARIA

Oseas 8,4-7. 11-13

De muy poco serviría que escucháramos la Palabra de Dios, simplemente como quien lee una crónica pasada, o una serie de anécdotas o de hechos de la antigüedad en que una vez que nos enteráramos de qué pasó, de qué se dijo, cerráramos el libro… y a otra cosa.

Al terminar la lectura damos nuestro asentimiento a la Palabra de Dios porque la queremos escuchar precisamente como eso, porque como Palabra de Dios que es, tiene una eficacia muy actual, tiene una presencia para nosotros hoy.

Hemos escuchado los clamores de Oseas y tal vez pensemos que todas sus invectivas contra la idolatría no son para nosotros.  Pero en realidad es que tal como los israelitas se dejaron influenciar por los cultos cananeos y se alejaron del verdadero Dios, también nosotros, sumergidos en un ambiente que tiene sus ídolos muy poderosos y muy atractivos, nos dejamos arrastrar por la corriente, el culto del dinero, del sexo, de las comodidades, de los bienes de consumo, el culto de la máquina, de la moda, de las «estrellas» y quemamos incienso en sus altares queriendo al mismo tiempo seguir siendo cristianos.

Veamos nuestra vida y cambiemos para mejorar.

Mt 9, 32-38

En este mundo individualista en el que muchos de nuestros hermanos viven solo para sí, sin ver a los demás, Jesús nos recuerda que no estamos, ni viajamos solos. Jesús vio a todas estas personas que necesitaban de alguien que los instruyera, que los ayudara a mejorar su vida a descubrir y construir el Reino de los cielos, y dice la Escritura que: «Tuvo compasión de ellos».

Si la evangelización, y la promoción social a la que nos invita el evangelio no avanza, o no avanza como debería, es porque a muchos de los cristianos nos falta «sentir compasión» de aquellos que no conocen la verdad del Evangelio, porque solo pensamos en nosotros mismos; porque es suficiente que yo conozca a Jesús, me reúna con mis hermanos a orar y a dar gloria a Dios sin pensar que también nosotros somos el medio para que ellos lo conozcan y lo amen; porque el Evangelio se separa de la caridad y del servicio y esto hace que se interprete como una filosofía.

Debemos orar al Señor que envíe operarios a la mies… Sí, pero sería más importante, al menos en estos momentos de la historia, que oráramos para que el Señor nos haga reconocer en nosotros mismos a estos operarios, para que el Señor verdaderamente mueva nuestro corazón a la compasión por los demás y al celo por el evangelio.

MIERCOLES DE LA XIV SEMANA ORDINARIA

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12

Por primera vez oímos que el pueblo de Dios es comparado a una viña.  Otros profetas posteriores, los salmos y luego el Evangelio, repetirán esta comparación.  Se habla de una viña que no da frutos, que da frutos malos para su dueño.  El ha sembrado, cuidado la viña y no tiene buenos frutos y sí los tiene para quien no la ama.

«Su corazón está dividido», dice el profeta.  Se quieren hacer «arreglos» con Dios como se harían con una autoridad corrupta; se hacen actos de culto como «mordidas» para que el Señor «cierre el ojo».

El profeta amenaza con lo que desgraciadamente muy pronto se cumplió: una serie de luchas de sucesión.  La anarquía crece y pronto Samaría terminará bajo los golpes de Asiria.

La última recomendación del profeta es de conversión: «siembren justicia y cosecharán misericordia», «preparen sus tierras para la siembra, pues ya es tiempo de buscar al Señor, para que venga y llueva la salvación sobre ustedes».

Mt 10, 1-7

Generalmente se tiene la idea de que el Reino de los cielos es el cielo en sí mismo y que por lo tanto se vivirá solo después de la muerte. La realidad es que el Reino de los cielos es el cielo vivido en la tierra; es vivir ya una realidad que llegará a la plenitud en la eternidad.

Esta realidad se identifica sobre todo con un estado interior del hombre que lo lleva a experimentar continuamente la paz, la alegría y a superar cualquier clase de dificultad. Es la vida que el hombre experimenta por estar habitado del Espíritu Santo.

Con esta condición interior, el hombre es capaz de construir una sociedad diferente pues percibe a los demás como sus hermanos. Por ello san Pablo dice que el Reino de los cielos es: Justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Jesús les decía a sus discípulos que anunciaran que «el Reino estaba cerca». Pues ahora, después de la muerte y resurrección del Cristo y con el envío del Espíritu Santo, el Reino es una realidad para todos los bautizados.

Hagámonos conscientes de esta realidad y unámonos a los apóstoles para hacer del conocimiento de los demás, que el Reino de los cielos pude ser ya una realidad para todos.

JUEVES DE LA 14ª SEMANA ORDINARIA

Oseas 11, 1-4. 8-9

A veces se ha hablado sin verdadero conocimiento desde luego, del «Dios del A.T.».  Dios de amenaza y de castigo, Dios majestuoso y lejano, en contraposición del «Dios de N.T.».  Dios de amor y misericordia, Dios cercano y «humilde».  Pero desde muy antiguo, Dios se manifiesta como lo que es, es decir, «un Dios de amor».  El amor de Dios ha sido muchas veces traicionado y ofendido, y sin embargo, sigue siendo pleno de fidelidad.

Hoy escuchamos el amor de un joven padre por su chiquito.  «Yo fui quien enseñó a andar a Efraín, yo quien lo llevaba en brazos; yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño… Yo fui para ellos como un padre, que estrecha a su creatura y se inclina hacia ella para darle de comer».

Pero es el amor herido el que reclama: «mientras más lo llamaba, más se alejaba de mí… no comprendieron que yo cuidaba de ellos».

Y las palabras finales que escuchamos hoy: «pues yo soy Dios y no hombre, yo soy el Santo que vive en ti y no enemigo a la puerta».

Mt 10, 7-15

De nuevo Jesús, ahora en otro contexto, advierte del peligro de rechazar el anuncio del Reino. Este es quizás uno de los grandes problemas por los que atraviesa nuestra sociedad: el rechazo del anuncio evangélico.

Ciertamente este rechazo no es expreso, sin embargo esta pereza de ir a misa, de asistir a retiros, de no involucrarse en la parroquia, de no estar abierto a la instrucción de la Iglesia (obispos, sacerdotes, del mismo Papa), expresa con bastante claridad el rechazo que el mundo y nuestra sociedad hace del anuncio del Reino.

Por otro lado si bien es cierto que no hay una negativa concreta de hospedar a un ministro de la palabra (sea sacerdote o laico), en muchos de los cristianos se nota una falta de interés por cooperar abiertamente en la proclamación del evangelio; no se nota este compromiso en donde uno pone a la disposición del Reino, su persona e incluso sus propios bienes, a fin que el mensaje del evangelio se difunda.

Debemos estar atentos, pues la advertencia de Jesús es clara: Yo les aseguro que en el día del juicio Sodoma y de Gomorra, serán tratadas con menor rigor que aquella ciudad. Busquemos siempre la manera de aceptar la invitación de Jesús a una conversión más profunda y de cooperar para que toda nuestra comunidad pueda conocer y vivir al mensaje del Reino.

VIERNES DE LA 14ª SEMANA ORDINARIA

Os 14, 2-10

Una da las cosas que más impresionan en este pasaje es la ternura de Dios para el pecador. Quizás algo que todavía debamos cambiar en nuestro corazón, es nuestro concepto de Dios y de su amor infinito.

Hoy escuchamos la voz del que quiere que sin miedo y sin recelo se vuelvan de nuevo a él, «Israel, conviértete al Señor, Dios tuyo… arrepiéntanse y acérquense al Señor…»

Estos son los dos pasos de la manifestación del amor de Dios. 

«Yo soy Dios», principio y fin de todo, base y meta, el único que puede llenarte en plenitud.

«Yo te amo», no soy un ser lejano, poderoso pero frío, «Soy el amor».

«Yo soy fiel».  Mi amor no cambia, es constante, no está sujeto a vaivenes como el amor humano.

«Arrepiéntete, ven a mí».  Te has alejado, has querido beber de cisternas con agua mala.

Todo esto, claro está, nos lleva a dos tipos de reacción muy relacionadas: nuestra confianza en la misericordia cuando hemos pecado, y la limitación de la misericordia de Dios cuando alguien nos ha ofendido.

Mt 10, 16-23

Ante la lectura de este pasaje podríamos preguntarnos: ¿Por qué habrían de perseguir a los seguidores de Jesús? ¿Por qué me han de perseguir a mí? La respuesta la da el mismo Jesús (en el evangelio de Juan): «Si a mí me persiguieron, a ustedes también los perseguirán».

Esta persecución es debida a que la vida cristiana muchas veces se opone radicalmente a los intereses egoístas del mundo. Por eso cuando una persona verdaderamente se convierte en un «discípulo» de Jesús, dado que sus criterios y valores se regulan por el evangelio y su vida es dirigida por el Espíritu Santo, los amigos, a los cuales les gusta mantener conversaciones obscenas o irreligiosas, frecuentar lugares inconvenientes o realizar acciones contrarias a la moral y principios cristianos, comenzaran a rechazarlos, a no invitarlos y a excluirlos del grupos de «amigos».

Lo mismo si el cristiano hace manifiesto su «discipulado» en la oficina viviendo las normas de la justicia, muchas veces no encontrará apoyo en sus compañeros, e incluso, si llega a oponerse radicalmente a la injusticia, puede hasta perder el puesto. Efectivamente la vida cristiana no siempre es fácil, pero es la única vida que proporciona al hombre la verdadera paz y la alegría interior que no tienen fin. Hoy más que nuca Jesús necesita de hombres y mujeres fieles al Evangelio que sean capaces de testificar ante los demás su amor por Él.

No tengas miedo, Él nos ha ofrecido que estará con nosotros y que en ese momento seremos asistidos por la fuerza y el poder del Espíritu Santo.

SAN BENITO

Hoy, en la fiesta de San Benito, la liturgia de la Palabra nos transmite, con frases de Jesucristo, la esperanza que debe inundarnos cuando lo dejamos todo para estar con Él. «Hubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre Benito, dotado desde su más tierna infancia de una cordura de anciano. Anticipándose, en efecto, por sus costumbres a la edad, jamás entregó su espíritu a ningún placer, sino que estando aún en esta tierra y pudiendo gozar libremente de los bienes temporales, despreció ya el mundo con sus flores, cual si estuviese marchito». Así empieza San Gregorio Magno hablándonos de la vida de san Benito. Y así empieza san Benito a cumplir el evangelio que la Iglesia nos propone hoy en su fiesta: dejarlo todo para seguir al Maestro.


Para seguir a Jesús, debemos dejar lo que no tiene consistencia y abrazar la verdadera sabiduría, que mueve los corazones y abre las puertas de la inmortalidad, diferente de la sabiduría de este mundo, que suele cerrar y endurecer los corazones, condenándolos a la esterilidad y a la muerte, lo cual hace al hombre desgraciado, pues su corazón está hecho para la vida, para Dios, y solamente se aquieta en las fuentes de la vida, en el abrazo de Dios.


El camino elegido por san Benito es, por ello, la vía para merecer escuchar las palabras de Jesús: «En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos…» (Mt 19,18). Este mundo nuevo comienza a esbozarlo quien asume en su vida la sabiduría del Reino, porque tiene el Espíritu divino que lo sondea todo y discierne los senderos de Dios. Y así se hace acreedor de recibir y heredar la vida eterna que se anticipa en este mundo con el hecho de seguir y conocer al Señor Jesús, quien afirma claramente: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, Padre, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Es lo que hizo San Benito… ¿Y tú?

LUNES DE LA 15ª SEMANA ORDINARIA

Is 1, 10-17

De nuevo el profeta Isaías, que escribe este pasaje ante un pueblo que ha abandonado la Ley del Señor, nos advierte que no podemos presentarnos el domingo a misa, a orar y a levantar las manos hacia Él cuando nuestra vida cotidiana está llena de injusticias y de maldad.

Es triste que algunos (que a veces me da la impresión que son más de los que pensamos) van a misa tan quitados de la pena, a «participar» de la Eucaristía, habiendo en la semana cometido una serie de injusticias en el trabajo e incluso hasta en sus propias casas.

Para ellos es este pasaje. Si verdaderamente queremos que nuestra oración sea escuchada, debemos ser congruentes en nuestro diario vivir, es decir, tratar con caridad y con Justicia a todos los que se acercan a nosotros, especialmente a los de nuestra propia casa (hermanos, padres, esposo y esposa).

No olvides que la fe cristiana, no es una filosofía, sino ante todo un estado de vida, una manera muy concreta de vivir y de ser.

Mt 10, 34-11; 1

En este pasaje Jesús afirma la superioridad del Reino sobre cualquier otro valor en el mundo incluyendo los más valiosos como puede ser la misma familia.

Debemos notar que el término que utiliza Jesús es un término de relatividad, es decir: «más que», por ello cuando cualquier valor se opone al Reino éste debe ser tenido por menos. Y es que la realidad y los valores del Reino, como lo ha hecho ver Jesús, muchas veces son diversos e incluso contrarios a los del Reino lo que crea es una rivalidad de parte del mundo contra el cristiano.

La misma familia no está exenta de esta realidad. Es la invitación clara de Jesús de llevar nuestra vida cristiana hasta las últimas consecuencias. Esta no es fácil, por ello dice: «el que no toma su cruz y me sigue», pues, si es difícil el ser rechazado por el mundo, lo es mucho más el serlo por la misma familia…

No se trata de rechazar, ni al mundo, ni a la familia, ni a los amigos, se trata de amar por sobre todas las cosas a Jesús y la vida evangélica y de hacer una opción radical que nos lleve a transparentar a Jesús. Es una opción de fidelidad total.

MARTES DE LA 15ª SEMANA ORDINARIA

Isaías 7, 1-9

El momento histórico en que está enmarcada la primera lectura de hoy es peligrosísimo.  Es el año 735 A.C.  Jerusalén está cercada por los ejércitos de Siria y de Israel que están a punto de dar el asalto definitivo. 

El rey Ajaz, en su desesperación  -la lectura nos decía que el corazón de todo el pueblo se estremeció como «los árboles del bosque, agitados por el viento»– había cometido un hecho abominable: ofreció en sacrificio a su hijito al dios Molocch (2 Re 16,3).

Dios manda al profeta y éste encuentra al rey en las afueras de Jerusalén, supervisando las defensas.  Isaías va con su hijo Sear Yasub.  Sear Yasub quiere decir: “un resto volverá», un hijo de esperanza, contra el hijo del rey que había perecido en la desesperación.

Este tema del resto que sobrevive a pesar de todo es un tema muy importante en Isaías.  «Es una lucecita invencible que subsiste en los días tenebrosos».

Mt 11, 20-24

De nuevo Jesús insiste, ahora desde otro ángulo, en la resistencia a la conversión.

Seguramente que si somos honestos nos daremos cuenta que han sido diversas ocasiones a lo largo de nuestra vida (o en la de algunos hermanos) en las cuales hemos sido conscientes del paso de Dios por ella.

No podemos negar que Dios ha operado en nosotros signos y prodigios (sino como los realizados en estas ciudades, si revisamos con atención nuestra historia veremos los visibles de las maravillas de Dios).

Por ello el Señor nos invita a reflexionar hoy en cómo hemos y estamos respondiendo a estas gracias, a esta actuación continua y salvífica de Dios.

No podemos mantenernos indiferentes a la acción de la gracia, a la invitación de Jesús a cambiar de vida y a consagrársela a Él.

Jesús espera de cada uno de nosotros una respuesta generosa, ¿estaremos dispuestos a dársela?

MIERCOLES DE LA 15ª SEMANA ORDINARIA

Isaías 10, 5-7. 13-16

Cuando se iban acercando a Palestina, los ejércitos de Tiglat-Pileser III de Asiria, Damasco e Israel, amenazados, buscan la alianza de Judá.  El profeta intenta en vano que el rey Ajaz confíe solo en Dios y se deje de alianzas humanas.  El rey no escucha y se somete a Asiria.  Judá se salva pero queda sujeta a un fuerte tributo.  A Ajaz lo sucede Ezequías, ahora está en peligro del ataque de Senaquerib.  Las palabras de Isaías van contra él y sus ejércitos.  El y su fuerza son sólo el hacha o la sierra, la vara o el bastón; el Señor es el que los mueve.

Los acontecimientos todos, favorables o contrarios, buenos o malos, mundiales o nacionales, familiares o personales, deben ser cuidadosamente analizados desde todas las perspectivas, pero, para un creyente no debe faltar la perspectiva del mismo Dios.  Es decir, todos los acontecimientos debemos verlos desde el punto de vista de la fe.

Mt 11, 25-27

A veces se dice: «Yo no sé hacer oración».

Esto hace o haría pensar que la oración es algo complicado, algo difícil que solo algunas personas pueden hacer.

Jesús dice hoy que es precisamente la gente sencilla quien pude comprender el grande misterio de la Oración (y en general de los grandes misterios de Dios).

Orar no es otra cosa que dirigirse con humildad y sencillez a Dios, como un amigo a otro con sus propias y, algunas veces, toscas palabras.

Es en el ejercicio de esta actividad, considerada por muchos como pérdida de tiempo, en donde el Hijo revela al Padre, en donde se pude llegar a conocer el amor y la plenitud de Dios, en donde el hombre encuentra el verdadero sentido de su vida.

Así le ha parecido bien al Padre.

Dediquemos pues suficiente tiempo a nuestra oración personal y hagámosla con humildad y sencillez, pues así le gusta al Padre.

NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DEL CARMEN.

Con el gozo que proporciona celebrar una fiesta en honor de la Madre de Dios, honramos hoy a la Virgen bajo la advocación del Carmen que, cada mes de julio, se hace un hueco especial en cada corazón y en cada familia. La devoción por la Virgen del Carmen hunde sus raíces en el Antiguo Testamento en torno al monte Carmelo, donde Elías, el profeta, solía retirarse para encontrarse con el Señor. Andando el tiempo, se formaliza en el Medievo, cuando a las comunidades de monjes reunidas en ese monte, San Alberto, Patriarca de Jerusalén, da algunas normas para vivir una vida centrada en la devoción por la Virgen Madre, que confirma dicha elección entregándoles el “escapulario” al invocar la protección de la Virgen, Madre de los frailes y monjas carmelitas, los cuales han propagado esta devoción en la Iglesia para bien de todos los cristianos. Invocamos a la Virgen del Carmen como “Puerta del cielo” en el peligro de la muerte y también como “Estrella del Mar” que orienta a sus hijos en aquellas situaciones en las que podemos hundirnos por la falta de esperanza, de la misma manera que zozobra un barco cuando los vientos son contrarios. Santo Tomás de Aquino dejó escrito: «A María Santísima se la llama Estrella del mar porque, de la misma manera que por la estrella se dirigen los navegantes a puerto, así, por medio de María, se dirigen los cristianos a la gloria». Y el gran San Bernardo exhortaba diciendo: «Mira a la Estrella, invoca a María», trayéndonos a la memoria que María es imagen de la misericordia que nos viene de Dios. Así es: del profeta Elías cuenta la Escritura que, en cierta ocasión en la que rezaba a Dios por la lluvia -después de una sequía de años- le avisaron de que ya se veía en el horizonte una pequeña nube. El profeta comprendió que era el presagio de la gran lluvia que vino a continuación, confirmando así la oración del profeta a Dios. En su larga tradición, la Iglesia ha visto en esa “nubecilla” que apareció en el Monte Carmelo un anuncio de María que nos trajo al mundo a su Hijo y a través de Él nos llegaría la más grande lluvia de gracias sobre todos nosotros: el Santo Espíritu de Dios. Todos necesitamos este “rocío” celestial que hace de nosotros verdaderos hijos de Dios e hijos de María. El Evangelio que ha sido proclamado nos presenta a María a los pies de la Cruz: «Junto a la Cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y la otra María, la de Magdala» (Jn 19, 5). Y Jesús, dirigiéndose a su Madre, le invita a caminar en el decisivo tramo de la fe: «Jesús, viendo a su Madre, y al lado al discípulo que tanto quería, dijo a la Madre: ¡Mujer, ahí tienes a tu hijo! Y después dijo al discípulo: ¡Ahí tienes a tu Madre!» (Jn 19, 26-27). ¿Qué pueden significar estas palabras pronunciadas en el momento más grande de la historia? Jesús quiere decirle a la Virgen: “Madre, no llores por mí: tú sabes que Dios es amor, tú ves el amor de Dios porque sabes poner tu mirada donde ningún otro es capaz de ver. Madre, ¡ama con el mismo amor de Dios! ¡Sé Madre, más aún, yo te lo digo, tú eres Madre!”. Y puesto que María acogió en el corazón el Amor de Dios, se transforma en la más grande presencia del Amor de ese Dios en el desierto de amor de la humanidad. Desde ese momento, la Virgen es oración viviente por cada uno de sus hijos. María es, desde entonces, quien intercede por nosotros en todos los lugares del mundo. Ésa es su misión de madre, y ya para siempre. En nuestro país, la Virgen del Carmen es también Patrona de todas las gentes del mar. La Madre y Estrella del Mar nos ayuda a través de nuestra singladura por el océano de la vida y nos guía por sus procelosas aguas hacia el puerto seguro, que es siempre la salvación que nos ha traído su Hijo. Esta devoción por la Madre de Dios es la que nuestros mayores nos enseñaron a buscar desde niños. La protección de la Virgen del Carmen nos introduce en el hondón de nuestra existencia y siempre se encuentra ahí como madre que es para acompañarnos y consolarnos en los momentos difíciles. Ante Ella nos postramos llevando devotamente su Escapulario, signo de su ser Madre y de la salvación divina. En efecto, con esa tela o pequeño manto recordamos que, de la misma forma que Jesús fue envuelto en pañales por la Virgen, también nosotros queremos, como Jesús, ser cubiertos por su manto, que es signo de la protección maternal de María. Y con el santo escapulario manifestamos nuestra pertenencia a la Virgen María: llevamos un signo que nos distingue como sus hijos amados. El escapulario es para cada uno de nosotros símbolo de la consagración a María como nuestra Madre. Y consagración significa pertenencia: “pertenecer a María” es entregarnos a Ella para que nos guíe, nos enseñe, nos moldee por su sabiduría y amor maternal y poder así llegar al destino final de nuestra existencia, el puerto seguro de la vida eterna que es el encuentro definitivo con su Hijo Jesús. Por tanto, hermanos, cubiertos de ese “escudo de salvación”, reavivemos nuestra devoción y nuestro deseo de caminar por la vía de la santidad, renunciando al pecado, que es siempre lo que divide y rompe las familias, hundiendo a sus miembros en la soledad y el desamparo. Dejémonos alcanzar por el ejemplo de la Virgen Madre, que siempre llevó a su Hijo en el corazón, de la misma manera que lo engendró en su seno. Que la Virgen del Carmen proteja a nuestro pueblo, y que la devoción hacia ella sea para nosotros una potente luz que nos ilumine, de manera que, como Jesús, pasemos por este mundo “haciendo el bien”. Y el bien más concreto que podemos realizar es convertirnos en transmisores de esta misma devoción a nuestros hijos, como nosotros la recibimos de nuestros padres. Enseñémosles, como recordaba San Bernardo, qué significa eso de “Mira la Estrella, invoca a María” para que puedan ir por la vida – sobre todo los adolescentes y jóvenes, sabiendo que la misma edad los lleva a veces por caminos a veces arriesgados- con la seguridad de que, en manos de la Virgen, estamos siempre cerca de Jesús y no hay más alegría y seguridad que sentirnos parte de esta Familia en la que el Señor se nos ha hecho presente. Que, por sus ruegos, el Señor derrame su bendición sobre todos nosotros.

VIERNES DE LA 15ª SEMANA ORDINARIA

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8

Y ¿cómo es Dios?  La primera lectura nos muestra un aspecto de Dios: su compasión y su misericordia.

Por sus pecados, el rey Ezequías merecía morir y en esto Dios pudo proceder con estricta justicia.  Pero, respondiendo a la ferviente oración del rey, Dios le permitió vivir más años.

El culto que rendimos a Dios en la misa nos debería hacer más semejantes a Dios.  Y no actuamos “como Dios”, cuando nos alejamos de un necesitado porque pensamos que no es digno de ayuda.  Tampoco actuamos “como Dios” cuando despreciamos a las personas. 

Dios quiere que seamos compasivos, comprensivos y misericordiosos como Él.  Así pues, el fruto de nuestro culto ha de ser parecernos a Dios en esto.

Mt 12, 1-8

Jesús nos advierte con este pasaje del peligro de convertir la ley en la única norma de la vida olvidándose de los demás valores.

No es que la ley sea mala, como lo ha dicho san Pablo, sino que pude convertirse en una verdadera cadena que no nos deja vivir.

De aquí la importancia de la vida en el Espíritu, ya que esta hace que la ley se convierta en amor. Son muchas nuestras obligaciones diarias, las cuales pueden ser vividas bajo la ley o bajo el Espíritu.

Yo puedo ir todos los días a trabajar y hacerlo por amor y con gusto o como una verdadera cadena; puedo cumplir con mis obligaciones religiosas (como el ir a misa) de una manera rutinaria y solo por cumplir la ley, o puedo hacerlo por amor y con gusto.

El Señor lo que quiere es que cumplamos la ley, pero sin olvidar que sobre la ley siempre estará la caridad. Nuestra oración diaria hace de la ley una experiencia de amor.

No se puede llorar con quien llora, alegrarse con quien se alegra, socorrer a quién sufre si esto nos parece obligaciones incómodas y extrañas a nuestra mentalidad y no deseos espontáneos del corazón. Cuando no se convierte en lazo mortal, las normas y las reglas deben ser útiles instrumentos para ayudarnos a mejorar día tras día nuestra conducta y ayudarnos a llegar a Dios.

Queda de nuestra parte el modo como queremos vivir y aceptar las leyes y mandamientos que el Señor nos ha dado.

SÁBADO DE LA 15ª SEMANA ORDINARIA

Miq 2, 1-5

Hay algunos teólogos que consideran a los profetas del Antiguo Testamento como la conciencia del pueblo de Dios.  Miqueas, es uno de estos profetas.  En la lectura de hoy, Miqueas atacas a los ricos propietarios de tierras que habían despojado a los pobres por medios ilícitos.  Condena, en general, la explotación de los desamparados.

Cuando los profetas denuncian valerosamente la injusticia, lo hacen por dos motivos; para proteger los derechos de los pobres de Dios y para exhortar a los pecadores al arrepentimiento.  Es decir, no pretenden destruir a los que han cometido injusticias.  Quieren salvarlos, al mismo tiempo que quieren proteger los derechos de los demás.  Pero, como remueven la conciencia de los culpables, los profetas sufren continuas persecuciones y aun a veces al muerte.

Mateo 12, 14-21

Los primeros discípulos tal vez tuvieron la impresión de que Jesús, como cualquier otro Rabbi, deseaba alcanzar fama y poder. Disputó con los cultos y los calló, las muchedumbres lo siguieron y demostró tener poderes increíbles.

Después asumió comportamientos muy peculiares como entrar de improviso en las ciudades, retirarse 40 días al desierto para orar solo, mandó a uno que curó que no lo dijera a nadie. Tal vez fue el momento cuando empezaron las dudas de Judas Iscariote, que vio en Cristo a un caudillo liberador de Israel.


Pero, a pesar de nuestras humanas ambiciones de fama, éxito y honor no era eso lo que Él buscaba. Los verdaderos actos de la obra de Jesús no pudieron quedar desconocidos por mucho tiempo.

Él prefirió no usar su poder de Creador para presentarse ante los hombres como un super-humano. Habría sido excepcionalmente potente.

En cambio prefirió seguir la el camino más difícil, de mayor sacrificio, para que el hombre pudiese descubrir y elegir solo la Verdad sin imposiciones. Ha elegido ser el Buen Pastor.

¿Y quiénes somos nosotros, criaturas, para decirle al Creador cómo tiene que comportarse con su creación? Ahora que hemos intuido cuál es su modo de obrar, iniciemos en nuestra vida los cambios necesarios para actuar como Cristo nos pide.

LUNES DE LA 16ª SEMANA ORDINARIA

Miq 6, 1-4. 6-8

El escenario de la primera lectura de hoy es un juzgado de dimensiones cósmicas.  Toda la naturaleza es el testigo de este juicio del pueblo, en el cual Dios es el fiscal y juez.  A pesar de todo lo que Dios ha hecho por el pueblo, éste ha sido infiel: se ha convencido de que los ritos religiosos externos pueden sustituir una vida de verdadera devoción.  El pueblo es culpable y debe ser condenado.

Pero Dios es un juez extraordinario.  No busca la condenación.  No dicta sentencia, porque Él prefiere el arrepentimiento antes que el castigo.  Da por terminado el juicio con una advertencia tan amable, que no contiene ninguna clase de amenazas.  Le recuerda al pueblo: “Ya te he explicado lo que es bueno, lo que el Señor desea de ti: que practiques la justicia, que ames la lealtad y que sean humilde con tu Dios”.

“Amar la lealtad” es un mensaje constante de los profetas.  Es una frase clave. Lealtad es corresponderle a Dios, no por un deber, sino por amor.  “Ser humilde con Dios” significa vivir en unión con Dios y servirlo con amor.

Mt 12, 38-42

Hoy en día todavía nuestra generación busca de Jesús una señal prodigiosa para creer: «Señor sana a mi hijo»; «Señor, que consiga un buen trabajo»; «Señor,…».

Lo triste del asunto es que después de recibir la señal, no bastándonos la prueba y señal de su resurrección, la respuesta de fe de muchos de nuestros cristianos es insignificante.

¿Cuántas veces hemos recibido lo que hemos pedido? Y ¿cómo ha sido nuestra respuesta después de haberlo recibido? Después de que Jesús nos ha dado la muestra de su amor, la fe no se desarrolla.

Por unas semanas vamos a misa o hacemos algo más de lo que hacíamos, pero rápidamente se nos olvida y la conversión no crece, no madura.

No seamos de los que buscan a Jesús por sus milagros y las muestras de su amor, sino más bien de los que buscan al Señor de los milagros para rendirle nuestro amor.

Estamos llamados a corresponderle por amor a Dios, por todo el amor que Él nos ha demostrado.

MARTES DE LA 16ª SEMANA ORDINARIA

Miq 7, 14-15. 18-20

La primera lectura de hoy es una hermosa oración en que el profeta Miqueas suplica a Dios que pastoree a su pueblo.  Desde un período muy remoto del Antiguo Testamento, la imagen de Dios como pastor era algo muy cálido y confortable para el pueblo.

Jesús también utilizó esta imagen, hablando de sí mismo.  Y durante varios siglos después, mientras la sociedad sencilla y agraria predominó, esta imagen del pastor tenía aún mucho sentido. 

La revolución industrial y nuestra época de moderna tecnología ha esfumado un poco la riqueza de esa imagen.  La vida del pastor no cae ya bajo nuestra experiencia directa.

Mt 12, 46-50

Este pasaje es conocido como «la verdadera familia de Jesús».

Algunas interpretaciones equivocadas buscan ver en este pasaje un rechazo de Jesús hacia María y hacia su familia.

La verdad es que Jesús aprovecha la visita de su Madre y de sus parientes (en otra oportunidad hablaremos de la palabra hermanos en la Biblia) para instruir a sus discípulos: La verdadera familia de Jesús no es únicamente la que lo une por los lazos de sangre, pues esto se rompen con la muerte e incluso puede haber algunos que aun teniendo la misma sangre decidan no seguir la voluntad del Padre.

La verdadera familia es la que vive conforme al evangelio, es la que ha sido adoptada por el Padre como hijos por medio del Espíritu Santo. Él como Hijo del Padre, ve que sus hermanos deben de ser también hijos de Dios.

Esto de ninguna manera es un desprecio ni para sus parientes y mucho menos para su madre, la cual si por algo se distinguió en la vida fue por hacer la voluntad de Dios.

De acuerdo a esto nuestro parentesco con Jesús se refuerza en la medida en que nos aplicamos en hacer la voluntad del Padre, que no es otra que la de vivir conforme al Evangelio.

Recordemos que en otro pasaje ya nos había dicho: «No todo el que me dice: Señor, Señor se salvará sino el que hace la voluntad del Padre». Apliquemos pues hoy todo nuestro día en vivir de acuerdo al Evangelio.

SANTA MARÍA MAGDALENA

San Lucas nos presenta a María Magdalena entre las mujeres de Galilea que seguían a Jesús y lo servían con sus bienes (8,2).  Los evangelios la mencionan entre las mujeres que están al pie de la cruz, y hoy hemos escuchado la experiencia que ella tuvo del Señor resucitado y su misión ante los Apóstoles.

María Magdalena es aquella que, en la mañana del día de Pascua, corrió sola hacia la tumba, la encontró vacía, y suplicó al supuesto jardinero que le dijera dónde había puesto el cadáver de su Señor.  Después, el que había tomado por el jardinero se dio a conocer como Cristo resucitado.  Ella misma, como tocada por un rayo, cayó a sus pies, para levantarse luego llena de júbilo e ir a anunciar a los Apóstoles el increíble mensaje.

Esta experiencia de María Magdalena de ver a Cristo resucitado, es la misma que tuvieron los discípulos de Emaús, y luego la de todos los Apóstoles.  Primero no reconocen a Cristo.  La Magdalena creía que era el jardinero, los discípulos de Emaús creían que era un caminante más, y los apóstoles pensaron que era un fantasma.  Luego viene un signo material por el que reconocen a Cristo: la palabra «María», la fracción del pan.  Con los apóstoles fue algo más difícil: «Vean mis manos y mis pies, tóquenme, traigan algo de comer…» Y por último el testimonio.  Jesús les dice a los apóstoles: «Ustedes son testigos de esto».  Los discípulos de Emaús se regresan a Jerusalén, a unos 11 kms y de noche; pero es que no les cabe en el corazón el gozo y van a anunciar la Buena Nueva.  A María Magdalena el Señor mismo le ordena: «Ve a decir a mis hermanos…»  Los Padres antiguos hacían notar que la Magdalena había sido testigo de la resurrección para los mismos testigos oficiales.  Por eso se le llegó a llamar «apóstol de los apóstoles».

María Magdalena llegó a ser la discípula más fiel del Señor, la mujer que cuidaba de Él durante sus peregrinaciones.  Por el Señor abandonó su casa y su tierra; por Él se separó de amistades y parientes y se unió a los apóstoles, pescadores de lago de Genesaret, aceptando todas las inclemencias de los viajes, sirviéndolos a todos con verdadera humildad.  Así como el Señor se había mostrado magnánimo con ella, su respuesta no se queda atrás.

Pediremos en esta Eucaristía por intercesión de Santa María Magdalena seguir el mismo proceso: Que reconozcamos siempre a Cristo en todas las formas en que se nos hace presente; que de ese contacto vital con el Señor saquemos siempre vida nueva y entusiasmo nuevo, y lo proyectemos en nuestro ambiente familiar, de trabajo, de comunidad.

SANTA BRÍGIDA, RELIGIOSA, PATRONA DE EUROPA

Hoy celebramos la fiesta de Santa Brígida. Una calurosa mañana del 23 de julio de 1373, en Roma, mientras Pedro de Alavastra celebraba la Misa en su celda, Brígida entregaba su alma a su Señor mientras musitaba: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu», en el mismo momento en que el sacerdote elevaba la Hostia Santa.


Tenía 70 años y culminaba una vida de fidelidad a los designios de Dios, de modo parecido a como lo había hecho la profetisa Ana, hija de Fanuel: Era «de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda (…); no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones» (Lc 2,36-37).


La vida de Santa Brígida es fascinante: hija, esposa, madre de ocho hijos, viuda, princesa y consejera de reyes, religiosa, fundadora… Y, sobre todo, esposa amada de Jesús que le confió secretos celestiales y la adentró en el amor revelado en su Pasión. San Juan Pablo II la ha incluido entre las Patronas de Europa. Como Ana, Brígida sirvió al Señor en el estado de casada y viuda. Como Ana, estaba pendiente del Señor noche y día.


Dios se le manifestó y ella acogió dócilmente el designio divino en su vida. Fue un instrumento fiel e influyó mucho en la renovación de la Europa de su tiempo. Todo un ejemplo actual para nosotros. También nosotros esperamos que Europa sea liberada de sus esclavitudes y refulja su sangre cristiana. Dios cuenta con nosotros para ello. Si somos instrumentos fieles, Él realizará obras grandes por nuestro medio. Escuchemos la voz de Dios en el silencio y en la oración. Ayunemos de tantas cosas superfluas y vanas. Que nuestra riqueza sea el Señor. Y no perdamos nunca la ilusión de amar más a Dios y de crecer en la santidad.


«Bendito seas, Señor mío Jesucristo, que con tu preciosa sangre y con tu sagrada muerte, has redimido las almas y las has devuelto misericordiosamente desde este exilio a la vida eterna» (Santa Brígida).

VIERNES DE LA 16ª SEMANA ORDINARIA

Jeremías 3, 14-17

Cuando se había escrito una parte de la profecía de Jeremías que hemos escuchado hoy, ya Jerusalén había sido destruida y el arca de la Alianza había desaparecido, para no volverse a encontrar.  La pérdida del Arca fue un golpe muy duro para Israel, pues simbolizaba la presencia de Dios entre su pueblo.  Entonces el profeta dijo al pueblo que no debía desalentarse.  Vendría una época más grande que la anterior.  Jerusalén se convertirá en el trono del Señor, y en ella se reunirán todas las naciones para honrar al Señor.

Todas las naciones y no solamente los israelitas, conocen y adoran actualmente al único Dios verdadero.  Pero el culto no está reservado a un edificio, como el templo de Jerusalén, porque Jesús ha declarado que Él en persona es el nuevo templo de adoración.

El culto no está limitado ni por el tiempo ni por el espacio.  Los que están unidos a Cristo por la fe y el amor, sin que importe el lugar del mundo en donde se encuentren, adoran al Padre en espíritu y en verdad.  En donde se encuentra Jesús, ahí hay un magnífico templo de adoración.

Mt 13, 18-23

Son muchos, miles los que cada domingo (al menos), escuchan la palabra de Dios durante la Misa dominical, son muchos los que reciben la semilla del Evangelio. Sin embargo es triste constatar que en nuestro mundo no se ven muchos frutos evangélicos.

Para muchos de nuestros cristianos, se aplica la primera parte de esta parábola, pues son muchos los que no ponen atención en la misa, que van a misa solo «por cumplir», que no se toman la molestia de leer la hojita o el libro para reflexionar en la Palabra; son muchos los que aun habiéndola escuchado, no les interesa vivirla; otros más son los que quisieran vivirla pero las invitaciones de los amigos, las tentaciones del confort, los puestos superiores y otras vanidades del mundo, impiden que den fruto.

Son verdaderamente pocos a los que se aplica hoy en día el final de la parábola; son pocos los que abren totalmente su corazón al evangelio y que buscan encontrar la manera de hacerlo vida, que buscan comprenderlo, más que con la cabeza, con el corazón.

Dios nos ha llamado a dar fruto, la tierra de nuestro corazón, es tierra buena, apartemos de nuestra vida todo aquello que pueda impedir que la semilla del Evangelio dé fruto…

Esforcémonos por ser de los que llenan de fruto la vida, y más aún, de los que hacen que este fruto permanezca.

SANTIAGO APÓSTOL, PATRONO DE ESPAÑA

«Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.» Así empieza la segunda lectura que leemos hoy en la festividad del apóstol Santiago.

Nos hace bien escuchar estas palabras hoy, en la fiesta de uno de los doce apóstoles de Jesucristo, en la fiesta de uno de los que convivieron y acompañaron a Jesús desde los comienzos. Es la fiesta de un hombre de la mar, que se dejó arrastrar por la llamada de Jesús a seguirle, que acogió su mensaje y que llegó a tener una singular amistad con Jesús.

Es la fiesta de un apóstol. Es la fiesta de uno de los testigos inmediatos de los acontecimientos de la vida del Señor, de la transfiguración, de la oración en Getsemaní, de la muerte en la cruz y la resurrección de Jesús, y que son fundamento de nuestra fe. Nos hace bien escuchar hoy estas palabras. Son palabras también de otro apóstol, y nos transmiten su experiencia personal: la experiencia de alguien que sabe que no puede alardear de nada, que no puede andar por ahí sintiéndose superior a nadie, que no puede pretender que todo el mundo le venere y le diga que es un personaje extraordinario.

La experiencia de san Pablo y la experiencia de Santiago, la experiencia de todos los apóstoles, es ante todo la experiencia de su debilidad: «Vasijas de barro.» Vasijas débiles y de muy poco valor, que pueden romperse, que pueden echar a perder lo que llevan dentro. La fuerza viene de Dios y no de las vasijas.

Por eso no debemos soñar medios poderosos para transmitir la fe, ni en vasijas que llamen la atención por la nobleza de sus materiales o de sus adornos. Porque esas vasijas débiles, decía también la lectura, llevan dentro un tesoro. Esa es la segunda experiencia de los apóstoles. Ellos, hombres con los demás hombres, capaces de fallar y de estropearse como los demás hombres, se han encontrado con Jesús, y Jesús les ha derramado dentro un tesoro, les ha confiado ser portadores del tesoro inmenso de la fe, de la esperanza, del amor inagotable de Dios. El tesoro del Evangelio. El Apóstol ha creído –y ha creído existencialmente– y por eso habla. Santiago, pues, desde su debilidad nos acerca a Jesús, hombre e Hijo de Dios.

Realmente, cuando san Pablo escribía estas frases que hemos leído, y les hablaba a sus corintios del tesoro que Dios había confiado y depositado en ellos, débiles y perecederas vasijas de barro, debía sentir una gran alegría. Porque, desde luego, no puede producir más que alegría el saberse depositario de la confianza de Dios, elegido por Dios para llevar su gran noticia a los demás.

No podríamos imaginar hoy al apóstol Santiago predicando el Evangelio, a veces con más ánimo y a veces con menos, a veces viendo el fruto y a veces sin ver nada, a veces tranquilo y a veces con el temor de la muerte que le acechaba, pero siempre llevando dentro el sentimiento fuerte de la alegría por saberse enviado por Dios, deseado por Dios, necesitado por Dios para hacer presente su Reino.

Y luego, junto con este sentimiento de alegría que nada ni nadie puede oscurecer, estaría también sin duda el sentimiento de la responsabilidad. Porque, desde luego, qué gran responsabilidad saberse escogido por Dios para llevar su tesoro. ¡Qué gran responsabilidad para la vasija de barro saber que lleva dentro algo infinitamente valioso que podría estropearse y perderse si la vasija se cayera y se rompiera!

Desde luego, el apóstol Santiago y los demás apóstoles fueron muy fieles a esa responsabilidad. Movidos por el Espíritu de Jesús, sostenidos por la fuerza de Dios, dedicaron su vida entera a transmitir la buena noticia del Evangelio que llevaban dentro. Ellos daban a conocer a Jesús, transmitían el entusiasmo de la fe, creaban comunidades cristianas, sostenían esas comunidades y las animaban a ser ejemplo de amor y vida nueva para los demás. Y llegaron hasta entregar la vida por mantenerse firmes en el seguimiento de Jesús.

Hoy, al celebrar la fiesta del apóstol Santiago, debemos agradecer a Dios el ejemplo y el testimonio de aquellos primeros seguidores de Jesús, y agradecer también, sobre todo, la fe que de ellos hemos recibido. Y vivir la alegría y la responsabilidad de ser también nosotros, vasijas de barro como ellos, portadores del tesoro de la vida nueva de Dios.

LUNES DE LA 17ª SEMANA ORDINARIA

Jer 3, 1-11

Que triste que Dios tenga que hablarle así a su pueblo, que triste que un pueblo al que Dios ha protegido, cuidado, alimentado y llevado a gozar de la tierra en la que mana la leche y la miel, no haya querido responderle, y por el contrario se haya pervertido siguiendo a otros dioses y obrando al margen de la ley de amor que Él les había dado.

Pero, quizás lo más triste es que en muchos cristianos esto continúe sucediendo, ahora de manera más grave pues la ley de Dios no está solo en el exterior sino que ha sido grabada con el fuego del Espíritu Santo en nuestro interior.

Es triste que muchos hermanos nuestros hayan desviado su corazón y se lo hayan entregado a las riquezas, al poder, a la lujuria, a los vicios, en fin a todos los dioses modernos, abandonando al Dios verdadero que los esperó en la Eucaristía, en la oración y en los hermanos necesitados.

Es triste ver como el mundo va pervirtiendo a los cristianos de la misma manera que los pueblos paganos pervirtieron al pueblo de Israel. No permitamos que esto pase en nosotros, no dejemos que el mundo pudra nuestro ser, y corrompa nuestra alma. Tengamos siempre puestos nuestros ojos en el Señor y busquemos con todo nuestro ser vivir de acuerdo al Evangelio de Jesús.

Mt 13, 31-35

Cada una de las parábolas de Jesús busca ilustrar por medio de imágenes algo que sobrepasa a nuestro limitado conocimiento. Por ello Jesús siempre dice: «Es semejante a…» y con ello nos da una idea de que es o que significa el Reino. Jesús hoy propone dos ideas que están unidas por el termino: Crecer. El Reino no es algo estático sino es algo vivo y que se desarrolla (imagen del árbol), y al mismo tiempo es algo que tiene que abarcarlo todo (imagen de la levadura). Las dos ideas tienen en común que comienza con algo muy pequeño pero que termina por abarcarlo todo y ser la casa de todos.

A veces, pensando en nuestros ambientes poco cristianos, podríamos sentir la tentación de decir: «Todo mi esfuerzo por instaurar los valores del Reino en mi medio (escuela, oficina, barrio, etc.) es tan poco… soy el único.., etc. Jesús te dice; tú eres ese grano de mostaza, tu acción en tu propio ambiente es la levadura… si eres fiel y constante, el grano crecerá y la levadura terminará por fermentar a toda la sociedad. La obra de Dios siempre empieza con poco. Nuestra evangelización empezó con solo 12 hombres que actuando como levadura llagaron a impregnar a toda la sociedad con los valores del Reino.

Tú y yo, a pesar de nuestra pequeñez y miseria, podemos ser también los elementos para que el Reino llegue a abarcarlo todo. ¡Animo!

MARTES DE LA 17ª SEMANA ORDINARIA

Jer 14, 17-22

La primera lectura de hoy nos indica cómo hemos de reaccionar en tiempo de una grave adversidad.  No son claras las circunstancias concretas, pero parece que Judea sufría por la guerra y la sequía.  Siendo la naturaleza humana como es, no es inconcebible que algunos sencillamente le echaran la culpa a Dios.  Pero Jeremías no.  Un grupo pensaba que había otros a quienes culpar de la catástrofe, pero no a ellos mismos, y por eso se indignaban de que, siendo inocentes, tuvieran que sufrir.  Pero Jeremías no.  Hubo quienes pensaron que tenían que buscar ayuda en otra persona, pero no en Dios.  Pero Jeremías no.

En la oración de Jeremías encontramos algunos importantes elementos para cuando nos va mal.  El primer pensamiento de Jeremías fue volverse a Dios.  Es cierto que le preguntó al Señor por qué había sobrevenido aquel desastre.  Pero sus preguntas demuestran que él creía que Dios es el que manda y que no ha de ser abandonado.  Enseguida, admite que él y su pueblo están muy lejos de ser perfectos.  Dice: “Reconocemos, Señor, nuestras maldades y las culpas de nuestros padres; hemos pecado contra ti”.  No pretende ser un inocente que es injustamente castigado.  Jeremías reconoce que sólo Dios es la fuente de la esperanza: “Tú sólo, Señor y Dios nuestro, haces todas estas cosas, por eso en ti tenemos puesta nuestra esperanza”

Mt 13, 36-43

Hoy escuchamos la explicación que Jesús hace de la parábola de la cizaña.  Los discípulos quieren una explicación más detallada y profunda, y Jesús no deja de iluminar a quien se le acerca en humildad y apertura.

Vimos cómo el mundo aparece dividido en dos bandos: por una parte, el buen sembrador y la buena semilla: el Hijo de Hombre, Jesús mismo y los ciudadanos del Reino.  Por otra parte, el demonio y sus partidarios.  Esta división entre el bien y el mal, entre los seguidores del Señor y los que lo rechazan, está en pugna; sabemos que no sólo existe a nivel mundial, sino también dentro de cada uno de nosotros.

La parábola nos habla de la tolerancia de Dios, de su paciencia, pero nos insinúa también la paciencia y tolerancia que debemos tener nosotros y que debe ser reflejo de la de Dios.  Todo es en vista de la salvación del malo; esta misma paciencia va a estimular a la conversión.

Pero llegará el «tiempo de la cosecha» y allí quedará llanamente determinado lo que es cizaña y lo que es buen grano.  «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino del Padre».

Seamos, con la palabra y con el sacramento, buen trigo para nosotros y para los demás.

MIÉRCOLES DE LA 17ª SEMANA ORDINARIA

Hoy celebramos a una santa «evangélica», amiga del Señor.  Escuchábamos en la lectura como Santa Marta aparece como ejemplo de vida cristiana.

No podíamos leer todos los momentos evangélicos en los que aparece santa Marta, pero al meditar el que se proclamó hoy podemos recordar los demás.

Vemos a Jesús muy a gusto con la familia de Betania, en un clima lleno de cariño hacia Él.

Marta es la que dirige todo, es «su casa», y se afana en diversos quehaceres.

A veces se ha presentado el contraste Marta- María como una ejemplificación de dos aspectos contrarios de la vida cristiana: el activo y el contemplativo, pero en realidad no se trata de aspectos contrarios sino complementarios; son los dos aspectos de una sola realidad: el amor a Cristo.

Hoy hemos visto en el evangelio un ejemplo de esta entrega al Señor.  Marta cree firme y profundamente en Jesús pues le dice: «estoy segura que Dios te concederá cuanto le pidas», y en medio del dolor por la pérdida de su querido hermano, hace una profesión de fe – que es todo un modelo- en la misión de Jesús y en el centro de esa misión: su misterio pascual de muerte y vida nueva.   Marta le dice: «creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo».

Al celebrar la Eucaristía, presencia de Cristo en su Pascua, conmemoramos a esta gran amiga de Cristo, la vemos como un modelo de servicio a Cristo, modelo aplicable a todas las maneras como Él se nos hace presente hoy.  Su fe firme en la Pascua es también un modelo para la nuestra.

Que de esta Eucaristía saquemos la fuerza y el valor para ser, cada vez más, unos auténticos testigos de Cristo.

JUEVES DE LA 17ª SEMANA ORDINARIA

Jer 18, 1-6

En el siglo XX se hicieron grandes progresos en el campo de las ciencias y uno de los más fascinantes descubrimientos es el “robot”, no el artefacto imaginario que presentan las películas, sino el robot que trabaja, calcula y recuerda.

Así como el robot es creatura del hombre, así el hombre es creatura de Dios.  Dios no forma al ser humano de la misma manera que el hombre lo hace con el robot.  Dios ha adaptado dentro de nuestro cuerpo, increíblemente eficiente, una mente y un corazón.  Dios no nos programa.  Nosotros podemos pensar por nosotros mismo.  Hemos sido creados con libertad, de suerte que podemos servir a Dios, no con servicio obligatorio, como el robot.  Podemos, además, corresponder a nuestro creador con nuestro corazón, de modo que no sólo le servimos, sino lo amamos.

La imagen del alfarero, que presenta la primera lectura, nos dice que el alfarero modela el barro como él quiere.  Pues nosotros podemos, por amor y con toda nuestra libertad, ponernos en manos de Dios, para que Él modele nuestra vida como mejor le parezca.  Esta es la mejor forma de usar nuestra libertad: no alejarnos de Dios, sino volvernos a Él, nuestro creador, para que en esta forma nuestra vida coincida con el plan que Dios ha dispuesto para nosotros.

Mt 13, 47-53

Toda nuestra vida es un constante discernimiento. A cada momento debemos decidir si una acción, si un instrumento, si un pensamiento, es bueno o malo.

Lo hacemos muchas veces de modo inconsciente y de manera mecánica. Pero hay momentos en que necesitamos detenernos y juzgar a conciencia si lo que estamos haciendo está de acuerdo con lo que Dios espera de nosotros, o por el contrario nos hemos alejado de sus mandamientos.

Los ejemplos de la Biblia son numerosos y el de este día es muy claro: los pescadores, después de haber pescado, se sientan a escoger los buenos y los malos.

Quienes hemos vivido esta experiencia, o alguna otra parecida por ejemplo al escoger el maíz bueno y separarlo del podrido; igualmente al escoger la fruta y tener que tirar la que no sirve; nos damos cuenta cómo se sufre al descubrir que algo que pudo ser muy bueno, no sirvió para nada.

El dolor de no ver alcanzado un objetivo para lo que fue hecho, el fracaso de haberse quedado a la mitad del camino. Cada acción nuestra, nuestras tradiciones, nuestras fiestas, nuestros propósitos, tendrían que ser evaluados para ver si nos acercan al Reino o estamos muy distantes.

Muchas veces se juzga algo o alguien a la primera y nos podemos equivocar. Jesús nos enseña con sus ejemplos que debemos dar una prioridad muy clara al momento de la elección y de la decisión.

Me impresiona que la parábola de estos pescados termina de una manera muy drástica y condenando los malos peces al horno encendido, sin ninguna oportunidad de cambio o de conversión. Esa será la última y definitiva etapa de nuestra vida. Pero mientras estamos en camino siempre tendremos la oportunidad del cambio y del arrepentimiento.

Hoy en la primera lectura se nos ofrece un pasaje de Jeremías muy enriquecedor. Dios envía a Jeremías a casa del alfarero para que contemple cómo cuando se estropea una vasija, la vuelve a hacer como mejor le parece. Y concluye el Señor diciendo a Jeremías: “¿Acaso no puedo hacer yo con ustedes lo mismo que hace este alfarero? Como está el barro en las manos del alfarero, así ustedes están en mis manos”. No nos da una condena definitiva, siempre nos da la oportunidad para dejarnos modelar por las manos cariñosas de su amor.

VIERNES DE LA 17ª SEMANA ORDINARIA

Jer 26, 1-9

Cuando Jeremías predicaba, no tenía la menor idea de que todo su trabajo realmente iba a producir fruto en una persona.  Ni tampoco sospechó que entre esa persona y él habría un parecido.  Si lo hubiera sabido, quizá su misión le hubiera sido más fácil y su carga más ligera.

Esa persona es, obviamente, Jesucristo.  Como Jeremías, Jesucristo predicó un mensaje de arrepentimiento, pero casi sin aspereza.  Su mensaje estaba desbordante de amor, que a veces no aparecía claramente en el mensaje de Jeremías.  Pero Jesús encontró, como Jeremías, rechazos y desprecios.

Siempre somos así: no aceptamos a un profeta si no tiene algo clamoroso que se imponga. No nos fijamos en la coherencia de su vida, en su espíritu, en las obras de justicia y santidad que hace y que enseña a hacer.

Somos superficiales por lo que se refiere al conocimiento y reconocimiento de los demás.

Mt 13, 54-58

¿Cómo escuchar la Palabra de Dios? ¿Cómo reconocer que es Él el que nos habla y no dejar desperdiciadas sus palabras?

Hoy la liturgia nos presenta dos pasajes en que se ponen serios cuestionamientos, no tanto sobre la Palabra sino sobre los mensajeros de esa Palabra. Al fin de cuentas, por mirar al mensajero, la Palabra es escuchada.

Jeremías, cumpliendo la misión que Dios le da, va a predicar al Templo y a exigir una conversión. Cuando los sacerdotes, los profetas y el mismo pueblo escuchan, no se ponen a reflexionar sobre su vida, sino que atacan directamente al profeta como si matando al profeta pudieran callar la Palabra, como si matando a sus enviados pudieran callar la voz del Señor.

Las palabras acusadoras del profeta son fuertes porque amenazan con la destrucción del Templo y del pueblo si no se convierten. La respuesta es más dura, y en lugar de mirar la conversión como camino de salvación quieren callar al profeta.

Algo semejante ocurre en el pasaje del Evangelio: Los paisanos de Jesús escuchan admirados la sabiduría de Jesús. No sabiduría de libros, ni de escuelas de su tiempo, sino sabiduría de descubrir a Dios en la vida sencilla del pueblo; sabiduría de encontrar a todos como hermanos; sabiduría de amar y de servir. Y las críticas no se dejan esperar. Lejos de escuchar lo que Jesús dice y de asimilar el mensaje, se ponen a cuestionar el origen de Jesús, a su familia, a sus parientes y a la forma en que lo han conocido. No han escuchado entonces el Mensaje y la realidad queda manifiesta al final: “Jesús no pudo hacer muchos milagros a causa de la incredulidad de ellos”

A una recepción del mensaje a la fe corresponde la posibilidad de efectuar y recibir milagros. A la cerrazón, a la oposición frente a la Palabra, a la negativa para arrepentirse vienen trágicas consecuencias.

Quizás ahora nos pase algo parecido. El Mensaje nos llega por medio de personas sencillas, por sacerdotes, por hombres y mujeres que conocemos, que nos parecen sin mucho poder y entonces los despreciamos. Creemos más en el internet, en la televisión, en los noticieros que en la Palabra de Dios. Esas cosas nos darán una información, quizás dudosa, en cambio, la Palabra de Dios nos dará sabiduría para actuar en la vida.

Dispongamos hoy nuestro corazón a recibir la Palabra, escuchemos la Palabra así se presente el lenguaje sencillo.

SÁBADO DE LA 17ª SEMANA ORDINARIA

Jer 26, 11-16.22; Mt 14, 1-12

A veces todo nos parece mal en este mundo. Los ricos se enriquecen más, los pobres se empobrecen más, los poderosos se hacen más poderosos y los débiles se debilitan más.  Parece que triunfa el mal y que el bien es derrotado.

Jeremías era un hombre bueno, dedicado a Dios y a su pueblo.  Con su predicación trataba de llamar especialmente a los ricos y poderosos de su tiempo, para que se acercaran, arrepentidos, al Señor.  En realidad, él les estaba haciendo un favor, pero ellos respondieron persiguiéndolo y a veces arrojándolo de su patria.  Juan el Bautista trató en vano de alejar de sus malos caminos al rico y al poderoso rey Herodes.  El resultado de su esfuerzo fue que Herodes lo mandó matar.  El mismo Jesús, a pesar de que sólo había hecho el bien durante toda su vida, murió en la cruz, débil y pobre.

Y poniéndonos ya en nuestro tiempo, vemos con pena que los pobres sufren mucho en esta vida.  No pueden convertirse en “jugadores independientes”, como los modernos atletas que exigen salarios de millones y prologados contratos que les den seguridad.  Si se quedan sin trabajo unos cuantos días, se ven al borde del desastre económico.  Los pobres de este mundo, que no tienen influencia política o social, nunca reciben un trato preferencial como las grandes figuras de nuestro tiempo.  Y ¿por qué no buscan el dinero y el poder por el camino que sea?

Dios mira las cosas en forma diferente y debemos abrazar sus valores.  Reflexionemos en lo siguiente: ¿Qué preferíamos ser, Jeremías o el pueblo que los persiguió?  ¿Qué preferíamos ser, Juan el Bautista o el rey Herodes, que lo mandó matar? ¿Qué preferíamos ser, Jesús o aquellos funcionarios que tramaron su muerte y lo mataron?  Es mejor tener a Dios de nuestro lado siendo pobres, que ser ricos.  Es mejor tener a Dios de nuestro lado siendo débiles, que ser poderosos.  Es mejor que seamos como Jesús y no cualquier cosa.

Sábado de la XII Semana Ordinaria

Lam 2, 2. 10-14.18-19

Para cerrar las lecturas históricas de esta semana que culminará en las narraciones de la caída de los reinos de Israel y Judá, en la destrucción de Jerusalén y del Templo y en la deportación del pueblo, hoy hemos escuchado una página del libro de las Lamentaciones atribuido tradicionalmente al profeta Jeremías.

En forma dramática y con ropaje poético, el profeta muestra el gran dolor de la desolación.

Es notable la alusión que hace a las falsas profecías, que no eran realmente la Palabra de Dios, sino que se escudaron en ese nombre y estaban movidas por oportunismos, ventajas personales y búsqueda de lo propio, miedo a la denuncia y a encarar los problemas reales.

Pero no es un clamor desesperado y sin aliento.  Se sabe en quien confiar y a quien acudir.

A nuestro alrededor, en la historia de nuestro mundo, vemos tragedias muy parecidas: guerras fratricidas, enconos raciales, hambre extrema, organizaciones de lucro maligno y destructivo, catástrofes naturales, etc.  En estas circunstancias, la palabra de Dios nos orienta: «Clama al Señor con toda tu alma».

Mt 8, 5-17

Ayer escuchamos la narración de la curación que Jesús hizo a un leproso del pueblo de Israel.  Hoy, en primer lugar, oímos otro milagro, ahora en favor de un pagano, expresión de la fuerza de dominio.  Visto con ojos judíos, el oficial romano era rechazable por los cuatro costados, pero tiene fe, una fe ciertamente inicial, pero lo que cuenta es la apertura sencilla y humilde, plena de confianza, expresada en la oración que hacemos siempre antes de comulgar: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa».

Por esto el elogio de Jesús, que es toda una enseñanza: «En ningún israelita he hallado una fe tan grande».  Revisemos nuestras actitudes: tal vez algunos «de fuera» estén más cerca del Señor que nosotros, que nos decimos «dentro».

En forma muy rápida también se mencionó la curación de la suegra de Pedro y, luego, la de muchos endemoniados y de otros enfermos.

Jesús es el Salvador total del alma y del cuerpo de cada persona y de la sociedad.  Acerquémonos a Él con la actitud de fe del oficial romano.

Viernes de la XII Semana Ordinaria

2 Re 25, 1-12; Mt 8, 1-4

No hay duda que la vida de los hombres está llena de sufrimientos más o menos visibles, físicos, mentales, morales. El leproso del evangelio de hoy es una de estas miserias.

Aunque los hombres se afanen por buscar las riquezas y finjan vivir en un mundo inmortal, los signos de la muerte que cada hombre lleva en sí mismo son inevitables. Los encontramos en cada paso de nuestra vida. Drogas, matrimonios deshechos, suicidios, abusos, enfermedades y un sin fin de desgracias que hasta el hombre más famoso, más rico, más sabio y más sano conoce personalmente. Para muchas personas muchas de estas realidades son hechos de cada día. Sin embargo, ellas mismas saben que a pesar de ello se debe ir adelante en la vida lo mejor posible.

Por eso, Jesús pone en sus manos este elenco de desdichas y lo transforma en gracias y en bendiciones. Realiza milagros para que veamos que es capaz de darnos una vida que no sólo es sufrimiento sino que también hay consuelos físicos y morales que, son más profundos porque tocan el alma misma. Para esto ha venido a esta vida, para traernos un reino de amor y unión.

 Basta que nosotros usemos correctamente nuestra libertad para que se realicen todas las gracias que Cristo quiere darnos. Basta confiar en Él, en su palabra que nos habla del Padre misericordioso e interesado por nuestra felicidad.

Este es uno de los ejemplos de lo que significa reconocer realmente quien es Jesús. El leproso de nuestro pasaje, sabe con certeza que Jesús «puede» curarlo.

Si bien no podemos decir que ya hubiera reconocido que Él era Dios, ha visto en Él la presencia poderosa de Dios; por ello le dice: «Si tú quieres». Es importante entonces que nosotros de cuando en cuando nos repreguntemos ¿cuál es la imagen que nos hemos formado de Jesús? ¿Es para nosotros verdaderamente Dios; el Dios verdadero para el que nada es imposible?

La respuesta es importante pues, si verdaderamente consideramos a Jesús, al que proclamamos como nuestro Señor, verdaderamente Dios, entonces su palabra tiene poder, sus promesas se realizan, su presencia es verdadera todos los días junto a nosotros, su cuerpo y su sangre están presentes en todos los altares, etc… Si lo reconocemos como verdadero Dios, nuestro trato con Él estará basado en la confianza amorosa, pues sabremos que «si Él quiere», todo cuanto nos parece necesario, nos será dado, para testimonio de su amor entre nosotros.

Pongamos nuestras necesidades ante Él diciendo con humildad: «Señor, si tú quieres…».

Jueves de la XII Semana Ordinaria

Mt 7, 21-29

Cuando construimos una casa que no tienes buenos cimientos, que no tiene solidez, viene una borrasca y la destruye.  Una casa construida sobre arena se la lleva el viento y el agua. 

También todos somos conscientes que en nuestra vida seguimos construyendo sobre arena, en prisa, en lo aparente y no somos capaces de cimentar nuestra vida en Cristo, que es nuestra roca.  Así cualquier pequeña dificultad nos hace derrumbarnos, no estamos centrados en Cristo sino en nosotros mismos. Una enfermedad, una tentación, la ambición nos puede hacer caer.

Para hacer una casa fuerte y consistente, se requieren planos, se necesita un arquitecto, poner fuertes cimientos y que los albañiles se dedican a hacer bien su tarea. 

Para construir la propia vida, se requieren también todos esos elementos, pero sobre todo estar bien cimentados en Cristo, que es nuestra Roca.

Hoy parecemos más bien veletas que nos dirigimos a donde nos lleve el viento y que nos hace cambiar de rumbo a cualquier brisa y que nos derrumba el más leve soplo.  No tenemos cimientos.  ¿Qué hay en nuestro corazón para sostenerlo en las dificultades?  Jesús habla claramente a quien quiere ser su discípulo y afirma que “no todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquel que cumpla la voluntad de mi Padre”

Es fácil la palabra, es fácil decir que sí, es difícil comprometernos.  Por eso es que somos tan contradictorios en nuestra religión y en nuestras amistades.  Parecería que somos todos muy religiosos, la mayoría bautizados, pero no llevamos nuestras creencias hasta sus últimas consecuencias. 

El Papa León XIV insiste en que pongamos a Cristo como la roca, hay que obrar y no tanto hablar.  No se puede comulgar y vivir una vida de pecado, de egoísmo, de desprecio a los demás y sin embargo muchos hacemos eso.  Tenemos que reconocer que estamos a merced del pecado porque nuestra espiritualidad queda, a veces, en sentimentalismos, más que en compromisos y acciones.

Es triste que amparándonos en imágenes o en aparentes actos de alabanza a Dios, justifiquemos injusticias, violaciones y asesinatos.

Natividad de San Juan Bautista

Lc 1, 57-66. 80

Juan el Bautista tiene un lugar especial dentro de la liturgia de la Iglesia.  Juan el Bautista es el único santo de quien celebramos su nacimiento.  Normalmente de los demás santos recordamos el día de su muerte o nacimiento para el cielo.

San Juan Bautista es el precursor del Señor y es el mayor de los nacidos de mujer.  Juan es el hombre del desierto, el buscador de los planes de Dios, el que grita la conversión y la urgencia de un cambio de vida porque se acerca el Salvador de los hombres.

Juan Bautista se presenta como el elegido por Dios para mostrar a los hombres a Cristo, que es el que quita el pecado del mundo.  Juan el Bautista pone a Dios en el centro de su vida, y para no crear confusión o crear falsas esperanzas en sus seguidores, afirma con firmeza desde el primer momento de su predicación que él no es el importante, sino un simple instrumento en las manos de Dios.  Por eso Juan el Bautista dirá que él no se considera digno ni de desatar la correa de sus sandalias.

El Evangelio de hoy nos decía que la gente se preguntaba: “¿Qué va a ser de este niño?”  El mismo Juan el Bautista da respuesta a esta pregunta: “Yo no soy quien pensáis vosotros” En más de una ocasión hemos oído esta misma respuesta, en algunas personas, pero dicha en sentido contrario, cargada de prepotencia como diciendo: ¿no sabéis quién soy yo?  ¿No sabéis con quien estáis hablando?

San Juan pronuncia esta frase aclarando que él no es importante.  Él sólo es un precursor.  Uno que prepara el camino para otro.  Uno que llega antes que el otro.

Cada quien tiene una misión en la vida y nadie es más importante que otro.  Los papás lo son no para ellos mismos, sino para vuestros hijos; los maestros, no son maestros para ellos sino para los alumnos; los sacerdotes, no lo somos para nosotros mismos, sino para los feligreses; los políticos, los alcaldes, los diputados, no son elegidos para ellos, sino para el bien del pueblo.  Cuando queremos pasar en nuestra vida de precursores a protagonistas nuestra misión suele convertirse en fracaso, porque hemos equivocado nuestra misión.

La figura de Juan Bautista es, según como se mire, contradictoria.  Por una parte, es grande y extraordinaria, pero al mismo tiempo, se presenta humilde y totalmente subordinado a Jesús.

Al igual que Juan el Bautista, cada uno de nosotros, ha sido llamado por Dios, y hemos de tomar conciencia de la grandeza de nuestra vocación.  Cada uno de nosotros también ha sido amado, llamado y elegido desde el seno materno para vivir como hijo de Dios y para proclamar las maravillas de Dios a favor de la humanidad hasta los últimos confines de la tierra.

Como seguidores de Jesús, tenemos que tomar conciencia de que hemos sido llamados por Dios y así no cesaremos nunca de dar gracias a Dios por el don de ser sus hijos, ni caeremos en el orgullo de pensar que el fruto de nuestro apostolado, o el fruto de lo que hacemos depende de nuestras obras, sino que depende de Dios.  Al sabernos llamados por Dios, no dejaremos que el desánimo se apodere de nosotros cuando lo que estemos haciendo no dé el fruto que esperábamos o el resultado previsto.  Lo importante es vivir en Dios, permanecer en su amor y dejar que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón y nuestra mente según los criterios del Señor.

El hombre de hoy vive falto de sentido en su vida, vive adormecido por la cultura del consumo y del bienestar material.  Hay tantos seres humanos insatisfechos porque necesitan a Dios y no lo encuentran donde lo buscan.  Hay tanto que aún no han tomado conciencia de que son hijos de Dios.  Por ello, los que tenemos la suerte y la dicha de conocer al Señor, tenemos el compromiso de ofrecer a todo hombre el amor de Dios y la luz que hemos recibido de Dios para que sea conocido en todas partes.

Pero esta misión no podremos hacerla si no somos testigos auténticos, como lo fue Juan el Bautista.  Lo que decimos con la palabra, lo tenemos que hacer vida.  No podemos pedir a los demás que se amen, si nosotros no nos amamos; no podemos invitar a otros a que sirvan, si nosotros no servimos al prójimo y a nuestra Iglesia; no podemos pedir a otros que escuchen al Señor, si nosotros no escuchamos la voz del Señor, o estamos siempre tan ocupados en tantas cosas que no encontramos tiempo para meditar la Palabra de Dios.

Pidamos que la celebración de la memoria de san Juan Bautista nos ayude a seguir, algo más, su ejemplo y aprendamos a ser humildes y cumplidores fieles de nuestra misión en el mundo.

Martes de la XII Semana Ordinaria

2 Re 19, 9-11. 14-21. 31-35.36

El reino de Israel se dividió en dos reinos: el reino del Norte y el reino del Sur.  El reino de Norte cayó y su gente fue deportada.

Hoy escuchábamos la temible carta de amenaza de Senaquerib.  El rey había ido en campaña contra Palestina en el año 701 A.C.  Había ido tomando una a una las fortalezas de Judá y había ya mandado un ultimátum al rey Ezequias.  Este consultó al profeta Isaías y su respuesta fue: «Esto dice Yahvé: no tengas miedo por las palabras que has oído, con las que me insultaron los criados del rey de Asiria.  Voy a poner en él un espíritu, oirá una noticia y se volverá a su tierra y en su tierra yo le haré caer a espada».

Cuando el rey recibió el nuevo mensaje, llevó el texto al templo e hizo la oración llena de confianza que escuchamos.

Oímos igualmente la esperanzadora respuesta del Señor dada por boca de Isaías.  Cuando se pone toda la confianza en Dios, hay repuestas sorprendentes.

Ahora, Jerusalén fue salvada por la llegada de un ejército egipcio y por una epidemia de peste que diezmó a los hombres de Senaquerib y le obligó a levantar el sitio.

¿Tenemos esa confianza en el Señor’

Mt 7, 6; 12-14

¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? ¿Y por qué Jesús habla de una puerta estrecha?

La imagen de la puerta vuelve varias veces en el Evangelio y se remonta a la de la casa, a la del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor y calor.

Jesús nos dice que hay una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Y esa puerta es el mismo Jesús. Él es la puerta. Él es el pasaje para la salvación. Él nos conduce al Padre.

Y la puerta que es Jesús jamás está cerrada, esta puerta jamás está cerrada. Está abierta siempre y a todos sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios.

Porque saben, Jesús no excluye a nadie. Alguno quizá podrá decir: «pero, yo estoy excluido, porque soy un gran pecador. He hecho cosas feas. He hecho tantas en la vida…» No, no estás excluido.

Precisamente por esto eres el preferido. Porque Jesús prefiere al pecador. Siempre, para perdonarlo, para amarlo. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo. Él te espera. Anímate, ten coraje para entrar por su puerta.

Todos somos invitamos a pasar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerlo entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le de alegría plena y duradera.

En la actualidad pasamos ante tantas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que después, nos damos cuenta de que duran un instante. Que se agota en sí misma y que no tiene futuro.

Pero yo os pregunto: ¿Por cuál puerta queremos entrar? Y ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida?

Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de atravesar la puerta de la fe en Jesús, de dejarlo entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga jamás.

A la Virgen María, Puerta del Cielo, le pedimos que nos ayude a pasar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como ha transformado la suya para llevar a todos la alegría del Evangelio

Lunes de la XII Semana Ordinaria

Mt 7, 1-5

Con este ejemplo, Jesús nos enseña cómo se ha de hacer y en que consiste la «corrección fraterna».

La primera cosa que debemos entender es que nosotros estamos llenos de defectos, muchas veces más grandes que nuestros propios hermanos (tenemos una viga en el ojo).

Esto nos ha de hacer humildes y no juzgar a los demás por sus debilidades e imperfecciones (cualesquiera que estas sean) pensando que nosotros somos mejores.

Sin embargo, esto no quiere decir que no los podamos ayudar, o que primero debemos resolver nuestros propios problemas antes de poder empezar a ayudar a nuestros hermanos; significa, que la ayuda ha de ser hecha, primero, sabiendo que no podemos ver bien (es decir que nuestro juicio puede estar viciado por nuestro propio pecado) y segundo que la ayuda debe ser hecha con mucha caridad (pensemos en lo delicado que debemos de ser para ayudar a una persona a sacar una basurita del ojo… una de las partes más sensibles y delicadas de nuestro cuerpo).

Estos son los dos elementos que debemos de tener en cuenta cuando verdaderamente queremos ayudar a nuestros hermanos a ser mejores, a superar sus imperfecciones, sus faltas.

Para resolver nuestros problemas y superar nuestras debilidades necesitamos de la ayuda de los demás… sin embargo esta ha de ser dada con mucha caridad, prudencia, paciencia y delicadeza, pues en esto nos reconocerán verdaderamente como hermanos.

Sábado de la XI Semana Ordinaria

Mt 6, 24-34

Dios no se olvida de nosotros, de ninguno de nosotros. De ninguno de nosotros, nos recuerda con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. Que hermoso es pensar en esto. Dice Jesús: «Miren los pájaros del cielo ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta.… Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos». (Mt 6,26.28-29).

Pero pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias.

En realidad son más que nunca actuales. Nos recuerdan que no se puede servir a dos patrones: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia.

Debemos escuchar bien esto, ¿eh? Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por la furia de poseer es un corazón lleno de esta furia de poseer, pero vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad en los bienes de este mundo, y la seguridad, la seguridad definitiva, está en Dios.

En un corazón poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe. Todo está ocupado por las riquezas, no hay lugar para la fe.

Si en cambio se deja a Dios el lugar que le espera, o sea el primer lugar, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, también recientes, en la historia de la Iglesia.

Y así, la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas solamente para sí sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible como un gesto de solidaridad.

Si en cambio alguien acumula solo para sí, ¿qué le pasará cuando será llamado por Dios? No podrá llevarse las riquezas consigo porque, sepan, la mortaja no tiene bolsillos.

Es mejor compartir, porque solamente llevamos al cielo aquello que hemos compartido con los demás.

Viernes de la XI Semana Ordinaria

2 Re 11, 1-4. 9-18. 20

San Juan nos dice que «el Verbo se hizo carne» y vamos a ver que entre los predecesores de Cristo, en su árbol genealógico, hay personas que no son ejemplares o no son consideradas buenas personas.

En esta realidad concretísima de nuestra historia, con sus luces y sus sombras, con sus elementos positivos y negativos, con su bien y su mal, es donde se va tejiendo la historia de la salvación desde Dios.

Oímos cómo, providencialmente, la descendencia de David se conserva en Joás.

Oímos acerca de la muerte de Atalía, que para quedarse con el poder, había mandado matar a todos sus nietos.

Y oímos también una más de las renovaciones de la alianza con el Señor.  Él nunca la debilitó ni menos la negó, pero el pueblo sí se alejaba y la rompía.  El sacerdote Yehoyadá renovó la alianza entre el Señor, el rey del pueblo, con cual ellos serían el pueblo del Señor.

Nosotros somos del pueblo nuevo de la nueva y definitiva alianza.  Personalmente, ¿somos fieles a ella?

Mt 6, 19-23

Hay expresiones en nuestro mundo que encajan perfectamente con el pensamiento judío que muestran los evangelios.  Cuando una persona no es sincera, que es hipócrita o se deja llevar por la ambición, lo expresamos diciendo que camina con doble corazón.  Así expresan también el dolor y la intranquilidad que esto ocasiona.

Al contrario, cuando alguien es sincero y está contento, se le dice que tiene un solo corazón.

¿Cómo puede alguien ser feliz con un corazón apegado a las riquezas?  “Donde está tu tesoro ahí está tu corazón”, dice el Señor.  Esto contradice y está fuera de lugar del pensamiento y deseo actual que supone que con las riquezas llega la felicidad, pero es una clara aclaración de que el corazón humano no está hecho para permanecer esclavo de las cosas, sino para ser su dueño y señor.

El hombre fue creado para parecerse a Dios, que es dueño y Señor, que da vida y sostiene, que con generosidad y gratuitamente da a todos sus dones.

Cuando miramos a través del cristal del dinero, todo se cambia y pierde su sentido.  Si miramos a las personas con el signo de Euros, les quitamos su dignidad.  Si las riquezas prevalecen sobre la verdad, los engaños y los fraudes destruyen las relaciones.  Si importa más el negocio y las ganancias que la justicia, se rompen todos los lazos de la fraternidad y nos hacemos unos esclavos de los otros.

Todos experimentamos esta grave tentación del dinero, del bienestar y todo lo que traen las riquezas y buscamos justificar su posesión.  Pero hoy dejemos entrar estas palabras de Jesús en nuestro corazón y miremos si no han invadido las riquezas, como un cáncer, nuestro corazón.  No es necesario tener grandes riquezas para decir que nuestro corazón es esclavo de las riquezas.  El dinero también esclaviza y hace egoísta a los pobres.

Miremos nuestra relación con el dinero y los problemas que esto nos ocasiona, por ejemplo, en la misma familia, entre los amigos, entre los compañeros.  Muchas veces una amistad termina por la ambición de una de las partes.

Pidamos al Señor que tengamos un corazón libre, generoso, dispuesto al amor, que busquemos la verdadera libertad de nuestro corazón para seguir el camino del Señor.

Jueves de la XI Semana Ordinaria

Eclo (Sir) 48, 1-15

Este himno que hemos escuchado, escrito por Jesús, hijo de Sirac hacia el año 180 A.C., viene a resumir el espíritu y la obra de Elías y Eliseo.

Se enumeran los principales gestos de Elías, todo resumido en la palabra «fuego», fuego purificador que separa definitivamente el buen metal de lo que no vale, fuego que ilumina y guía.  Elías es el que anunció las sequías y el hambre para llamar al pueblo a la conversión, él es el que resucitó al hijo de la viuda, el que luchó contra la impiedad de Acab y de Ocozías, el que ungió como reyes a Jazael y a Jehu y el que ungió como profeta y como sucesor suyo a Eliseo.  Por último está su subida misteriosa al cielo en el fuego.  Eliseo quiere conducir al pueblo al arrepentimiento para preparar la venida del Mesías.

Vienen luego las alabanzas de Eliseo.  Nos habla de su testimonio intrépido y de lo que nos cuenta el segundo libro de los Reyes (13,21).  Se dice ahí que al ir a sepultar a un difunto, el miedo a una banda de moabitas hizo que lo dejaran al muerto en el sepulcro de Eliseo y el muerto recuperó la vida. Todo esto nos está apuntando hacia Cristo, la Palabra misma del Padre, el manifestador de la salvación de Dios, el donador de una vida nueva, gloriosa, la suya propia.

Mt 6, 7-15

Una de las grandes cosas que tenemos los cristianos es la oración.  En la eucaristía podemos acercarnos a Jesús como al amigo que nos puede escuchar, al que podemos contarle nuestras penas y nuestras alegrías; al que podemos decirle nuestras dudas y quedarnos con Jesús largos rato de diálogo es una experiencia necesaria fruto de la oración.

Cristo mismo nos lleva por este camino con su ejemplo y su enseñanza.  Hoy nuevamente, nos acercamos al padrenuestro como modelo de oración y debemos de rezar con mucha atención fijándonos en cada una de las palabras, descubriendo su sentido, descubriendo lo más importante para mí en este momento.  Quizás para alguno las palabras que más le lleguen sean las del abandono confiado que comporta decir: Padre; otro quizás le convenga insistir en la relación que implica decir “nuestro”, que nos lleva la reconocimiento del otro como hermano.

“Venga tu Reino” en estos días será una angustiosa súplica ante tanta violencia e intolerancia.

Son muchos aquellos, cuya principal preocupación y lo que quieren compartir con el Señor, es la necesidad imperiosa del alimento de este día.

Una de las riquezas que nos muestra el Padrenuestro es la capacidad de dar y recibir perdón.

¿Quién se siente más feliz el que da o el que recibe perdón?  Contrariamente a lo que se piensa la venganza nos trae más intranquilidad y dolor que la satisfacción que pudiera producir.

San Mateo al concluir la oración del Padrenuestro, resalta este aspecto del perdón que tanto necesitamos.  No podemos vivir en un mundo de violencia.  Pero no podremos encontrar la armonía si no somos capaces de dar y recibir perdón.  En nuestra oración de cada día, pidamos al Señor que nos conceda ese gran regalo de sabernos perdonados a pesar de nuestras grandes ofensas, que nos sintamos en armonía con Dios, pero también pidamos la gracias de saber perdonar y que pueda estar en paz nuestro corazón.

Digamos hoy de corazón: Padrenuestro.