REALISMO EXISTENCIAL

¿ADULTOS ADULTERADOS? (IIPARTE)

Ni siquiera conservarlos o repararlos muchas veces. Esta otra concepción de la existencia la han percibido ya en los adultos actuales, lanzados a menudo a una dinámica con visos de imparable. Aquellos estarán sin duda más preparados para vivirla y, puede ser, navegarán con más dominio sobre esas aguas.

Si grande es la sorpresa que nos pueden producir descubrimientos técnicos o hallazgos cósmicos inesperados, mayor es sin duda la que nos aportan las personas nuevas, los seres que nacen, los que aún no existen. ¡Y qué novedades traen en su interior las jóvenes generaciones! Ciertamente no son para quedarse marginadas sino para entrar en la sociedad; son parte de ella misma. Muchos sociólogos, incluso, anuncian ya inminente la irrupción social de la infancia. ¿Qué actitud se tomará? ¿Cuál es la postura adulta ante las nuevas generaciones?

Ni abandono ni represiones o sofocaciones. Más aún. La sorpresa, el impacto que produce en los adultos presentes el surgimiento de los adultos próximos, no es sólo causado por un fenómeno exterior, objetivo solamente, que «está ahí», sino que tiene un aliado en el interior de cada adulto: el niño que todo humano lleva dentro. Ante los otros niños, éste que estaba dormido o perdido, o marginado, despierta, retorna y emerge. No podemos evitarlo.

Se cuestiona, pues, hoy día, nuestra calidad de adultos que como otras tantas cosas, puede estar adulterada, aumentada artificialmente para dar la talla. Adulterar, dice el diccionario, es «desnaturalizar una cosa mezclándole una sustancia extraña».

No por el hecho de crecer, o de que discurran los años, se llega a adulto auténtico. Los adultos presentes somos, en multitud de facetas, adultos adulterados. Dos son las deformaciones más comunes contra la adultez auténtica: las fijaciones infantiles que impiden el desarrollo armónico y continuado del ser por un lado, y por otro, la concepción de la adultez como alternativa excluyente de la niñedad. Ambas se encuentran con harta frecuencia tanto en las mujeres como en los hombres. Proclamamos y vivimos como propios de plenitud y madurez, actitudes y criterios que son más bien justificaciones de posturas erróneas, inadultas.

Hay que desenmascarar los modelos falsos de adulto. Hay que vivir y ofrecer a las generaciones que nacen –¡nosotros les hacemos nacer!– el espectáculo de adultos crecidos armónicamente.

Podríamos iniciar la lista de algunos elementos que ineludiblemente patentizan la necesidad de esta psicoterapia de la adultez.

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