¿CÓMO ES?
En un momento concreto del crecimiento, el niño entra en la etapa evolutiva de los “por qué”. Han sido muchos los psicólogos y pedagogos que han estudiado esta necesidad racional del niño de buscar respuestas a todo aquello que le interpela. Y han sido numerosos los quebraderos de cabeza que muchos padres han pasado al quedar aturdidos ante cuestiones ciertamente irresolubles, para las cuales el ingenio infantil buscaba respuesta con anhelo. Si en algunos momentos la perplejidad los sobrepasa, en otros, la sonrisa aparece ante el descubrimiento que los pequeños hacen del mundo adulto y de todo lo que les rodea.
Nunca había vivido tan de cerca como ahora esta etapa evolutiva de un niño. Pero mi perplejidad está ya en la misma formulación de la pregunta: “¿Cómo es?”. Y seguro que por la cabeza del pequeño no pasa nada más que la misma cuestión del “¿por qué?”. Pero, a mí me sorprende que en vez de una cuestión orientada a la racionalidad, a buscar el motivo último de…, a los pequeños le surjan un “¿cómo es?”. Y no sabría si transcribir este “cómo es” con interrogantes o con signos de exclamación. ¿Depende de la entonación? ¿O es el oído el que también traiciona lo que quiere escuchar?
Para los pequeños quizás no es otra cosa que un aprendizaje por impregnación, el entorno, lo que han oído decir o formular. A pesar de todo, el “¿cómo es?2 me sugiere una connotación más de sorpresa ante lo que pasa, lo que ocurre, lo que hay. Si es así, la vertiente emotiva, de los sentimientos, de dejar fluir el entusiasmo, la sorpresa, debe haber pasado más por la cabeza de los niños que la frialdad racional de quien busca razones donde quizás ni siquiera las hay.
Si ante una puesta de sol nos surge un “cómo es”, si ante una noticia de conflicto entre países nos surge un “cómo es”, si ante la notificación de una enfermedad terminal nos surge un “cómo es”, si ante una muerte repentina pronunciamos un “cómo es”, si en situaciones tan diversas y plurales formulamos una expresión de sorpresa, de perplejidad, de maravilla o de no comprender, quizás saldremos del vicio racionalista que ha imperado durante tantos años, y haremos un salto cualitativo para buscar el equilibrio entre el mundo de las emociones y la razón. Pronunciar un “cómo es” en una sociedad postmoderna donde los valores económicos, pragmáticos y de inmediatez toman tanta fuerza es dejarse impregnar por la belleza, por los sentimientos, por la capacidad de sentir e incluso de ser utópicos.
Si ante la existencia nos cuestionamos un “¿por qué?” querremos investigar las razones de vivir, cuando en definitiva se trata de una evidencia. Si delante de la existencia pronunciamos un “cómo es” estaremos más abiertos a la sorpresa, al entusiasmo, y predispuestos a que pueda brotar la alegría y la fiesta.

