Martes VII Semana de Pascua

Hech 20, 17-27

El texto de la Primera Lectura de hoy recoge el momento en que Pablo se despide de los ancianos de la Iglesia para ir a Jerusalén “forzado por el Espíritu”, dice. El Apóstol manifiesta su obediencia al Espíritu Santo y el amor a su grey. Pidamos que todos los obispos sean así. Porque es un pasaje fuerte, es un texto que llega al corazón; y también una escena que nos hace ver el camino de cada obispo a la hora de despedirse.

En el texto se cuenta que Pablo convoca en Éfeso a los ancianos de la Iglesia, a los presbíteros. Hace una reunión del Consejo presbiteral para despedirse de ellos, y lo primero que hace es una especie de examen de conciencia, dice lo que ha hecho por la comunidad y lo somete a su juicio. Aunque pueda parecer un poco orgulloso, en cambio, Pablo es objetivo. Solo se gloría de dos cosas: de sus propios pecados y de la cruz de Jesucristo que le salvó.

Luego explica que ahora, “forzado por el Espíritu”, debe ir a Jerusalén. Es la experiencia del obispo, del obispo que sabe discernir el Espíritu, que sabe discernir cuándo es el Espíritu de Dios el que habla y sabe defenderse cuando habla el espíritu del mundo.

Pablo sabe, de algún modo, que está yendo a la tribulación, a la cruz, y eso nos hace pensar en la entrada de Jesús en Jerusalén: Él entra para padecer, y Pablo también va a la pasión. El Apóstol se ofrece al Señor, obediente, “forzado por el Espíritu”. El obispo que va siempre adelante, pero según el Espíritu Santo. Eso es Pablo.

Finalmente, el Apóstol se despide, entre el dolor de los presentes, y da unos consejos, su testamento, que no es un testamento mundano, un legado de cosas. No aconseja: “Este bien que dejo dádselo a este, esto a aquel, lo otro…”: eso sería un testamento mundano. Su gran amor es Jesucristo. El segundo amor, la grey. Vigilad sobre vosotros mismos y sobre toda la grey. Haced vela sobre le grey; sois obispos para la grey, para proteger le grey, no para trepar en una carrera eclesiástica, ¡no!

Pablo encomienda a Dios a los presbíteros, seguro de que Él los protegerá y los ayudará. Luego, vuelve a su experiencia diciendo que no había deseado para sí ni plata ni oro ni el vestido de nadie. El testamento de Pablo es un testimonio. Es también un anuncio. Es también un reto: Yo he hecho este camino. Continuad vosotros. Cuán lejos está este testamento de los testamentos mundanos: Esto lo dejo a ese, aquello al otro…, muchos bienes. Pablo no tenía nada, solo la gracia de Dios, el valor apostólico, la revelación de Jesucristo y la salvación que el Señor le había dado.

Jn 17, 1-11

Hay momentos que se prestan para hablar de intimidad, hay momentos en el que el corazón habla libremente y hace confesiones.

Hoy nos encontramos tanto a Jesús como a Pablo en situaciones parecidas. Despedidas muy emotivas que se prestan para dar consejos, para dejar hablar al corazón.

San Juan presenta una escena donde Jesús se encuentra en este ambiente de despedida y de nostalgia y hace una oración a su Padre Dios, una oración de agradecimiento, de reconocimiento y también de súplica. Todo en un ambiente de mucha intimidad.

Manifiesta las razones profundas de todo su actuar y anuncia el momento culminante que ya se acerca.

¿Qué es lo que más resalta? Primeramente habla de la glorificación del Padre. Toda la actuación de Jesús tiene como objeto la glorificación del Padre y la vida de quienes les ha sido confiados. Al acercarse al final, quiere llevar a plenitud esa misión y manifiesta la estrecha unión que hay entre Él y su Padre. De esa unión participan también todos sus discípulos. La glorificación del Padre será también la principal tarea de cada uno de nosotros, porque la glorificación del Padre será también nuestra felicidad.

La gloria del Padre, la gloria del Hijo será también nuestra tarea. “He manifestado tu nombre». El nombre en la experiencia bíblica representa e indica toda la persona.

Jesús nos ha manifestado y ha dado a conocer el nombre de Dios, nos ha dado a conocer al mismo Padre y nos invita a participar de su misma vida.

Muy tierna y profunda la oración con que termina el Evangelio, » te pido por ellos que tú me diste y son tuyos» y los pone en las manos del mismo Padre.

Hoy, acerquémonos todos a Jesús, dejemos que sus palabras de confidencia entren en nuestros corazones y despertemos el deseo de participar en esa misma vida divina a la que nos ha llamado.