Jueves de la III Semana Ordinaria

2 Sam 7, 18-19. 24-29

Hoy hemos oído la respuesta oracional de David a la profecía de Natán, en la que el Señor le prometía una descendencia y un reino para su dinastía.

La oración de David, como se ha hecho notar, tiene tres partes:

Primero, un acto de humildad ante los beneficios recibidos: «¿Quién soy yo, Señor… para que me hayas favorecido tanto…?»

Segundo,  un himno de alabanza: «Nadie hay como tú, ni hay otro Dios fuera de ti».

Y tercero,  una súplica para que Dios guarde sus promesas: «Dígnate, pues, ahora, bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca siempre ante ti, porque tú, Señor, Dios, lo has dicho, y con tu bendición, la casa de tu siervo será bendita para siempre».

Esta es una oración modelo: reconocer la grandeza del Señor y reconocer la propia pequeñez, reconocer su misericordia, alabándola y, como expresión de esos reconocimientos, la expresión de la súplica confiada.

Mc 4, 21-25

Hoy San Marcos nos narra unas sentencias que han quedado en la memoria de los discípulos. La primera tomada del diario vivir y de la necesidad de la luz. No se puede, ni se debe esconder la luz. Es para que alumbre a toda la casa. Igual el discípulo de Jesús no debe permanecer en la oscuridad y en la indiferencia. Con sus obras y sus palabras debe mostrarse como seguidor de Jesús.

El sentido de la luz no es el de maravillar y aparecer, deslumbrar, no, es el de iluminar y ayudar a ver. No se trata de esas manifestaciones a veces hasta agresivas diciéndonos católicos. Se trata de hacer ver en nuestras obras que realmente estamos viviendo la palabra de Jesús.

La segunda sentencia parecería aún de sentido común y muy humano: tratar al otro como quieres que te traten a ti. Y esto que parece sencillo y hasta humano, muchas veces no lo encontramos en hombres que parecerían sumamente religiosos. Se nos olvidan los sentimientos del otro; no pensamos en su particular situación. Solamente queremos imponer nuestras ideas y nuestros intereses.

¿No es verdad que a veces los diálogos parecen discursos entre sordos? Se habla y se habla y no se escuchan las razones del otro. Se nos olvida que Dios nos dio dos oídos y solamente una lengua. Debemos escuchar doblemente antes de hablar. Hay que ponernos en los zapatos del otro.

Termina el pequeño pasaje de este día con un proverbio que parecería contrario a la predicación de Jesús: “al que tiene, se le dará…” ¿No es injusto lo que dice Jesús? Si lo miramos en el sentido del que recibe y hace fructificar un don, encontraremos que es una realidad. Una gracia desperdiciada trae consecuencias funestas; un don bien recibido atrae más dones. ¿Qué nos dirá hoy a cada uno de nosotros el Señor?

Miércoles de la III Semana Ordinaria

2 Sam 7, 4-17

Hemos escuchado uno de los textos más importantes de la Biblia: el oráculo de Natán.

El reino de David se había consolidado.  Había unidad política y paz.  David se había construido un palacio, y se proponía construir un templo para el arca.  Pero la respuesta de Dios ante la proposición de David fue negativa.  Dios había compartido con su pueblo la vida nómada y había habitado siempre en una tienda.  No le correspondía a David el construirle una casa estable, sino que sería Dios el que le daría a David una «casa», es decir, una descendencia más estable que una casa de piedra.  En esta promesa se fundará la esperanza mesiánica de Israel.

Del linaje de David, descenderá el Mesías esperado: Cristo.

Mc 4, 1-20

Hoy hemos iniciado una serie de cinco parábolas de Jesús.

La parábola del sembrador, que tal vez habría que llamar mejor la de las distintas clases de tierra, nos enfrenta a un cuestionamiento: ¿qué clase de tierra soy yo?

Jesús utiliza imágenes que para el pueblo son conocidas.  Todos habían experimentado la alegría de sembrar.  Sembrar es despertar la esperanza, aún con los riesgos de un mal tiempo o las adversidades que pueden dañar las plantas.  Sembrar es querer cambiar el destino y forjar un mundo diferente.  Sembrar es tener confianza en la tierra que recibe la semilla.

Si hoy nos fijamos en esta bella imagen descubriremos la gran confianza que nos tiene nuestro Padre Dios, que pone en nuestro corazón su Palabra esperando con ilusión que de fruto.  No se fija en si somos buenos o malos, simplemente a todos nos da la oportunidad de recibir esa Palabra, hacerla germinar y dar frutos.

Los frutos en el contexto bíblico, desde el Antiguo Testamento, están relacionados directamente con la justicia y la actitud a nuestros hermanos.  No se puede decir que se recibe y asimila la Palabra cuando no produce frutos de comprensión, armonía, reconocimiento y amor por el hermano.

La parábola de este día nos insiste en la necesidad de dar frutos y en los obstáculos que se pueden encontrar para hacer germinar esa semilla.  Son las dificultades reales del tiempo de Jesús, pero también son las dificultades reales de nuestro tiempo.  La superficialidad que no permite la entrada al corazón, que se queda por encima, que aparenta solamente una postura; la inconstancia, la falta de perseverancia; la facilidad con que se cambia de ideales y se deja los verdaderos valores que sostienen la propia decisión.

Las preocupaciones de la vida y el excesivo apego al dinero, que ahogan y hacen estéril la Palabra, son problemas reales, muy actuales que debemos enfrentar y tener muy en cuenta para dar fruto.

Finalmente, de modo admirable y con un aire de optimismo, nos presenta a quienes dan fruto.  La alegría no se basa en la cantidad, sino en que se ha dado fruto.

Hoy es una oportunidad maravillosa, para decir nosotros: ¿Qué frutos estamos dando?  Una ocasión para reflexionar: ¿Cómo estamos dando ese fruto y cuáles son las dificultades que tenemos para recibir y hacer vida la Palabra?

SANTOS TIMOTEO Y TITO

Mc 3, 22-30

El amor contagia, la pasión por el Evangelio también.  Cómo es importante la relación de las personas.  Al reunirnos con personas que viven el Evangelio, fácilmente podremos también enamorarnos nosotros de la Palabra de Dios.  Al hacernos amigos de los poderosos, de los ricos y de los amantes del dinero, también empezaremos nosotros a tener esas preocupaciones y prioridades.

Hoy celebramos a dos santos que vivieron de muy cerca la pasión de Pablo enamorado de Jesús y ellos también se nos manifiestan como grandes enamorados del Evangelio: Timoteo y Tito.

Al mismo tiempo que nos manifiestan cómo se va propagando la Palabra de Dios y cómo hay discípulos capaces de entregar la vida en la difusión del Evangelio, nos muestran también el rostro de las primeras comunidades, llenas de entusiasmo, pero enfrentadas a graves dificultades tanto internas como externas.

El Espíritu Santo va suscitando nuevos servicios y ministerios en una Iglesia frágil, pero llena de ilusiones y de fuerzas en Jesús resucitado.

Las narraciones nos presentan a estos dos grandes apóstoles de una manera muy humana, con defectos y virtudes, con anhelos y fracasos.  A ellos, san Pablo busca sostenerlos en la fe y les confía el cuidado de una porción de la Iglesia.  Contemplando a estos dos grandes santos se nos hace muy presente nuestra iglesia actual, también enfrentada a dificultades externas, en un mundo que parecería que se cierra al Espíritu, pero que manifiesta hambre de verdad, de justicia y de paz.

Nuestra Iglesia, igual que la primitiva Iglesia debe enfrentar también a sus propias deficiencias, los errores de nosotros, miembros frágiles, pero no debe nunca caer en el pesimismo ni en la desesperación.  Deberemos sentirnos todos los miembros de la Iglesia muy unidos, fortalecidos en la esperanza, en un Dios que no miente y que se hace presente en medio de nosotros.  Y también nosotros, al igual que Pablo que Timoteo o Tito, nos sostengamos unos a otros no haciéndonos cómplices del mal, sino buscando la verdad, la justicia, la solidaridad y la verdadera fraternidad.

Que al contemplar la fidelidad de la primitiva Iglesia nos fortalezca también a nosotros.  Las dificultades son muy parecidas y el que nos sostiene es el mismo: Cristo Resucitado

Pidamos al Señor, que por intercesión de San Timoteo y Tito, nosotros seamos también esos evangelizadores audaces y valientes que el Señor espera de cada uno de nosotros.

Sábado de la II Semana Ordinaria

2Sam. 1, 1-4. 11-12. 17. 19. 23-27.

A David le duele la muerte de Saúl, que se había levantado en contra suya, pero en contra del cual él jamás quiso levantar la mano, pues, decía, era el ungido de Dios; y por eso, mientras fuera el Rey de Israel, merecía todo respeto; lo contrario sería ir en contra de la voluntad de Dios.

Esto es para nosotros un gran ejemplo de cómo hemos de amar y respetar a las autoridades legítimamente constituidos, especialmente dentro de la Iglesia, viviendo sin rebeldía en contra de quienes Dios puso al frente de su Pueblo, conforme a su voluntad soberana. Puesto que ha muerto también Jonatán, su amigo íntimo, David eleva una elegía de dolor tanto por él como por su padre.

En el fondo vislumbramos aquellas palabras en las que se nos dirá que a Dios le llena de pesar la muerte de los suyos. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y no importan nuestras grandes miserias; Dios simplemente quiere que estemos con Él eternamente, pues a nadie creó para su condenación; por eso Dios no se recrea en la muerte de los suyos. Dejémonos amar por Dios y permitámosle llevar adelante en nosotros su obra de salvación.

Marcos 3, 20-21

A primera vista parece que este Evangelio habla mal de Cristo en vez de hablar bien. Pero si leemos entre líneas encontraremos que no es así.

Cristo se consagró al Padre para cumplir una misión dada, concreta e importantísima, que era precisamente la salvación de todos los hombres.

Y Cristo, sabiendo la responsabilidad que tenía y teniendo un amor infinito hacia el Padre, no dudaba en sacrificar nada para cumplir su misión, por amor al Padre y a los hombres.

Si tenía que predicar todo el día, lo hacía, aunque esto implicara quedarse sin comer, aunque no durmiera, aunque apenas tuviera tiempo para descansar.

Hasta cierto punto, es normal que sus parientes, al verle, dijeran “está fuera de sí.” Y claro, una persona apasionada por llevar el Evangelio a todas las gentes no puede hacer otra cosa que aparecer como un loco delante de los hombres.

Pero delante de Dios, es un héroe, pues su principal motivación es el amor. Contemplemos el ejemplo de Cristo e imitémosle en esa locura por hacer el bien a los que nos rodean, por amor a Cristo y su Reino.

Viernes de la II Semana Ordinaria

1Sam. 24, 3-21.

David, según el texto del libro de Samuel,  es un ejemplo de honestidad: respeta al rey, ungido del Señor; trabaja por él y por el pueblo en las batallas; no se aprovecha de oportunidades que le facilitarían la venganza a su ofensor…

¿Quién es justo, sino sólo Dios? ¿Quien de nosotros pudiera decir que no tiene pecado, para lanzar la primera piedra contra los pecadores? Dios quiere que reconozcamos nuestra propia realidad, aquella que sólo Él conoce, pues ante Él estamos como desnudos: todo está patente ante sus ojos.

Él podría habernos condenado; pero el amor que nos tiene le llevó a enviarnos a su propio Hijo para que, libres de pecado, podamos presentarnos santos, purificados y hechos hijos suyos ante Él.

No condenemos y no seremos condenados; no juzguemos y no seremos juzgados. Y aun cuando tengamos a nuestro enemigo a la altura de nuestra mano jamás nos hagamos justicia, pues nosotros hemos sido enviados como signos del amor de Cristo.

El juicio le corresponde a Dios; y Él nos tiene paciencia y retarda su juicio hasta el final de nuestra vida. Mientras, como un Padre amoroso, espera nuestro retorno para recibirnos llenos de alegría en su casa. Amemos, por tanto, a nuestros hermanos, como nosotros hemos sido amados por Dios.

Mc 3, 13-19

¿En qué te fijas tú para escoger a tus amigos? ¿Qué cualidades y condiciones le pondrías a una para tenerle tanta confianza para encargarle lo más importante?

Siempre sorprende la forma de actuar de Dios Padre, que es la misma forma de actuar de Jesús.

San Marco comienza la narración del evangelio de hoy de una manera solemne, haciéndonos subir al monte con Jesús.  En un monte se había hecho la primera Alianza, en un monte se había dado los mandamientos.  En la montaña se siente más la presencia de Dios.  A la montaña se va para orar en los momentos decisivos.  Y después de esta solemne introducción, San Marcos nos dice que Jesús llamó a los que Él quiso.

Curiosidad grande tendríamos de ver quiénes son los elegidos.  Empezamos a ver los nombres y encontramos representantes de todos los estilos, de todos los caracteres, de todas las tendencias, pero todos, como un día alguien dijo, de bajo perfil.

¿Por qué los llamó?  Porque Él quiso.  Quizás podríamos decir porque Él los quiso y los quiere.

Entre los doce escogidos, número más simbólico que necesario, tenemos toda la gama de personas, pero todos reconociéndose amados por Jesús.  No destruye sus familias, pero sí constituye una nueva familia.  De ahora en adelante los encontraremos a todas horas con Jesús, estando de acuerdo con Él o mirándolo con desconfianza y perplejidad; aprobando sus decisiones o teniendo miedo ante sus actuaciones.

Los ha invitado para que se quedarán con Él.  San Juan nos había dicho en días pasados que los había invitado a que vieran dónde vivía y que después pudieron estar más.  “Hemos encontrado al Mesías”

Estar con Jesús es la primera tarea de todo discípulo.  Reconocerse amado, querido, escogido por Él, sin mayor mérito que su gratuito amor.

Quizás este día podríamos repetir como un estribillo “Jesús me ha escogido porque me ama”.  Quizás podríamos a todas horas vivir en la atmósfera de su amor.  No se necesita dejar de hacer, se necesita interiorizar ese amor.

Las otras finalidades es esta lección se pueden decir que brotan espontáneamente después de saberse amado: proclamar el Evangelio y expulsar a los demonios.  Si me reconozco y experimento amado por Jesús, necesariamente tendré que manifestar ese amor; si he convivido con Él, que es el Santo de Dios, no permitiré que los demonios de la mentira, de la injusticia, de la corrupción se aniden en mi corazón o en mi familia.

Hoy me siento escogido por Dios

Jueves de la II Semana Ordinaria

1Sam 18,6-9;19,1-7

El libro de los Proverbios dice: «Quien encuentra un amigo encuentra un tesoro». Este pasaje nos muestra lo que implica una verdadera amistad, pues en él vemos cómo Jonatán, interesado por el bien de su amigo, no solo lo esconde y lo previene sobre el peligro que corre, sino que busca con todos sus medios de salvarlo.

Nuestro mundo superficial no nos permite muchas veces el llegar a crear una amistad verdadera lo cual es una gran perdida.

Pensemos que la mayoría de nuestras relaciones son solo esporádicas y faltas de compromiso, cosa que tristemente ocurre en las relaciones de noviazgo e incluso en el mismo matrimonio.

Es pues necesario salir de nuestra superficialidad y buscar crecer en el amor, para que nuestra amistad crezca y se robustezca. Jesús mismo, expresó a sus apóstoles que la relación que Él mismo quería tener con ellos no era formal, como la que tiene un siervo con su Señor, sino profunda y cordial como la del amigo. Esto requiere oración y dedicarle tiempo, comprensión y generosidad… no es poco, pero la verdad vale la pena.

Mc 3, 7-12

El pasaje que nos presenta hoy san Marcos nos dice que: «Una multitud lo seguía». Y nos aclara que lo seguían «porque había sanado a muchos» por lo que todos querían tocarlo.

Sin embargo, ¿cuántos de esta multitud estaban dispuestos a vivir de acuerdo con la enseñanza del Maestro, a vivir de acuerdo con el Evangelio?

Al proclamar el evangelio de hoy no puedo dejar de pensar en una pregunta ¿Por qué los jóvenes no siguen a Jesús? Y hay que hacerse otra pregunta ¿es culpa de los jóvenes o es culpa de los adultos el que los jóvenes no sigan a Jesús? O ¿ya Jesús no responde a las inquietudes de hoy?

Mientras en el Evangelio se manifiestan las multitudes con deseos de encontrar a Jesús, vemos ahora a los jóvenes que no quieren oír hablar de valores, de religión ni tampoco de Jesús.  ¿Les ha fallado Jesús?  Creo que no.  Jesús tendría ahora respuestas muy válidas para las profundas inquietudes de los jóvenes.  Pero me parece que estamos equivocando el camino en la educación de los jóvenes.

Los niños y los jóvenes de ahora han vivido ya sumergidos en un mundo de tecnología, de imágenes, de cambios y se han acomodado ya a este estilo de vida, a tal grado que parecen fundirse con los mismos aparatos, con el móvil, la televisión y con el internet.

Es el vertiginoso cambio de escenas, de novedades, de placeres lo que satura el ambiente de los jóvenes y que no les permite detenerse a mirar qué es lo que quieren para el futuro. A veces, muchos de ellos, te dan la impresión de que son eternos niños que no asumen sus responsabilidades y solamente quieren divertirse.

El sumario que este día nos ofrece san Marcos presenta a Jesús como la fuente oculta de la salud y como el médico de la humanidad.  Nos narra el desbordante entusiasmo con que las multitudes se aglomeran en torno a Jesús que lo obligan a subirse a la barca para desde ahí, proclamar la Palabra.

No creo que Jesús les haya fallado a aquellas personas y tampoco creo que Jesús nos falle a nosotros o le falle a nuestros jóvenes.  Más bien, me da la impresión, de que estamos tan llenos de cosas que no hemos despertado ni en ellos ni en nosotros el deseo ardiente de valores que vayan más allá.  Nos hemos saturado de menudencias y hemos atrofiado el gusto por las cosas espirituales.

No podemos estar en contra del progreso ni de los maravillosos medios de comunicación para estar en contacto unos con otros.  Lo que hay que estar en contra es de la manipulación de la conciencia, de la dependencia que crea y de la superficialidad que generan.

Como padres de familia, como educadores y como maestros tenemos el gran reto de acercar a los jóvenes a Jesús para que lo toquen, para que lo experimenten, para que se enamoren de Él ¿Podremos lograrlo?

Miércoles de la II Semana Ordinaria

1Sam 17,32-33.37.40-51

Uno de los grandes errores del mundo de hoy es pensar que puede realizar su vida con sus propias manos: que puede prescindir de Dios, que puede hacer frente a sus problemas sin más ayuda que su débil voluntad. Cree que la técnica, la ciencia y su inteligencia pueden darle la victoria, la alegría y la paz.

El pasaje que hemos leído nos muestra que esto es un error. Es la fuerza, de Dios, la fe, y el poder del Espíritu Santo el que salen en defensa nuestra, aun en contra de nuestros más fieros adversarios, como pueden incluso ser nuestras pasiones y debilidades.

Este pasaje nos recuerda lo que había proclamado el salmista: «No vence el hombre por su mucha fuerza, sino por su confianza y entrega a Dios». Si el hombre se acobarda como Saúl ante sus problemas, es porque como él, ha olvidado que tiene como aliado al Señor, al Rey del universo para quien todo es posible.

No te dejes atemorizar por tus problemas y dificultades, hazles frente, pero hazlo como David, con la fuerza y el poder de Dios.

Mc 3,1-6

Hoy la Palabra de Dios en el Antiguo Testamento nos presenta una escena estremecedora: el enfrentamiento entre David y Goliat. Es todo un símbolo de la lucha entre el bien y el mal, del que confía en Dios o en sus propias fuerzas. ¿De quién será la victoria? De quien confía en Dios, tal como recuerda el salmo: “Dios salva a David su siervo”.

En el evangelio de hoy aparece Jesús curando a un enfermo que tenía una mano paralizada. Hay un alboroto en la sinagoga donde están reunidos porque esa acción que realiza Jesús, no está permitido realizarla en el día sábado. Con esta sanación Jesús quiere demostrar a sus oponentes que los excluidos por una falsa interpretación de la Ley, son el centro de su preocupación. En su esfuerzo por educar las conciencias Jesús no escatima explicaciones para hacer reflexionar a quienes le escuchan, a fin de que no se dejen manipular. El que busca la voluntad de Dios nunca se equivoca.

Curar aquella mano paralizada tiene un significado decisivo para el enfermo, pues la mano simboliza nuestra capacidad de trabajar, de construir, pero también de dar, de aportar algo, de hacer el bien. Por eso, con este milagro Jesús curaba mucho más que una mano. Promovía a esa persona para que pudiera vivir con dignidad y sentirse fecunda en la sociedad. Sin embargo los fariseos eran incapaces de alegrarse por el bien de la persona curada. Esto indignó a Jesús, que los miró lleno de enojo. Cómo se entristece Jesús cuando nos volvemos incapaces de alegrarnos por el bien ajeno.

El endurecimiento de los fariseos es tan grande que deciden terminar con Jesús y eliminarlo. ¿Es posible tanta ceguera, tanta maldad? ¿Cómo pueden pensar que honran a Dios impidiendo el bien de una persona que está enferma?

Cristo no ha venido para abolir la antigua ley, sino a darle plenitud. Este pasaje lo deja en evidencia. Los fariseos se molestan porque Cristo hace algo prohibido por la ley. Y Cristo pone de relieve que lo más importante es hacer el bien; en este caso, salvar una vida.

Martes de la II Semana Ordinaria

1Sam 16,1-13

En algunas ocasiones nos encontramos con hermanos que por alguna circunstancia no se sienten «dignos» o capaces para realizar algún apostolado o algún servicio de tipo apostólico e incluso indignos de recibir tal o cual gracia espiritual.

El pasaje de hoy nos muestra que no son nuestros pobres criterios de «idoneidad» los que Dios sigue para encargarnos un ministerio o para otorgarnos una gracia espiritual.

David, con todo y ser el más pequeño y quizás, a los ojos de sus hermanos y del mundo en general, el menos apto para ser ungido como rey, Dios que ve su corazón lo elige.

Pudiera incluso ocurrir que efectivamente no fuera el mejor para ello, pero Dios siempre, junto con el ministerio, da la gracia necesaria para realizarla. Por ello hemos leído que «desde ese momento el Espíritu de Dios estuvo con él». Si Dios te llama, no tengas miedo a responder y a abrir tu corazón, pues si tú o los demás no te consideran apto, Dios te dará su gracia y con su poder podrás realizar lo que Él mismo te ha pedido.

Mc 2,23-28

La verdad, a los fariseos no les importaba transgredir la ley, sin embargo la
sabían usar muy bien para su propio beneficio, habían olvidado que la ley nunca puede ser más importante que la caridad.

Quizás en nuestro tiempo no tendrían mucho sentido estas palabras de Jesús, ni aun diciendo que el domingo se hizo para el hombre y no el hombre para el domingo.  Hemos dejado a un lado estas celebraciones y nos hemos enfocado en otros ritos y celebraciones. 

Pero creo que las mismas palabras de Jesús tendrían mucho sentido si miramos lo que ahora nos esclaviza y quizás podríamos parodiar su reflexión diciendo: “el dinero se hizo para el hombre y no el hombre para el dinero”, o quizás también podríamos aplicarla a otras esclavitudes modernas: “el placer se hizo para el hombre y no el hombre para el placer”.

El domingo es para muchos, sinónimo de futbol y diversión.  Son muchas las esclavitudes que ahora sujetan y oprimen al hombre y lo más triste es que él mismo se ha colocado esas cadenas.  La misma miopía con que veían las autoridades judías el sábado, que se convirtió de un día de descanso y de liberación, en un día de opresión, lo mismo sucede en la actualidad. Revisemos nuestra vida y encontraremos nuevas esclavitudes.

La política es ciertamente un bien muy necesario para el progreso y bienestar de los pueblos, pero cuando se manipula la política y se la convierte en instrumento de opresión, pierde todo su sentido.

Los bienes materiales, la producción, están dentro del plan de Dios para alimentar al hombre, para otorgarle los bienes necesarios para su salud, para su bienestar, pero después convertimos en un dios al comercio, a la empresa y al negocio, a tal punto que acaban destrozando a las personas en aras del negocio.  Y así, muchas cosas se convierten en opresión.

El deporte, que debería ser descanso y convivencia, se convierte en fanatismo, causa de divisiones y abandono del hogar, de la familia y de Dios.

El vino, signo de alegría, se apodera de las personas y las embrutece; el poder que debería ser servicio, se transforma en opresión.  Y cada uno de nosotros puede revisar si lo que nos mueve o atrae está en función de la realización de la persona, o bien si ya se ha convertido en fuente de esclavitud.

Hay cosas muy buenas: el estudio, la religión o el servicio, pero cuando se vuelven obsesión e ideología llegan a ser cadenas.

¿Qué nos diría Jesús?  ¿Tenemos el corazón libre?

Lunes de la II Semana Ordinaria

1Sam 15,16-23

La Primera Lectura (1S 15,16-23) recoge el rechazo de Saúl como rey por parte de Dios, profecía confiada a Samuel. El pecado de Saúl fue la falta de docilidad a la Palabra de Dios, pensando que su propia interpretación de la misma fuese más correcta. Esa es la sustancia del pecado contra la docilidad: el Señor le había dicho que no tomara nada del pueblo que había sido vencido, pero no fue así. Cuando Samuel va a reprocharle de parte del Señor, él se excusa: “Pero mira, había bueyes y muchos animales cebados y buenos, y con esos he hecho un sacrificio al Señor”. Él no se llevó nada, los demás sí. Es más, con esa actitud de interpretar la Palabra de Dios como a él le parecía correcta permitió que los demás se llevasen en los bolsillos algo del botín. Son los pasos de la corrupción: se empieza con una pequeña desobediencia, una falta de docilidad, y se sigue adelante, adelante…

 Después de haber exterminado a los amalecitas, «el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo más selecto del anatema, para ofrecérselo en sacrificio al Señor». Samuel le dice: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz?», aclarando la jerarquía de valores: es más importante tener un corazón dócil y obedecer que hacer sacrificios, ayunos, penitencias. El pecado de la falta de docilidad está en preferir lo que yo pienso y no lo que me manda el Señor y que quizá no entiendo: cuando nos rebelamos a la voluntad del Señor no somos dóciles, es como si fuese un pecado de adivinación. Como si, a pesar de decir que creemos en Dios, vamos a la adivina a que nos lea las manos, por seguridad. No obedecer al Señor, faltar a la docilidad es como una adivinación. Cuando te obstinas ante la voluntad del Señor eres un idólatra, porque prefieres lo que piensas tú, ese ídolo, a la voluntad del Señor. Y a Saúl esa desobediencia le costó el reino: «Por haber rechazado la palabra del Señor, te ha rechazado como rey». Esto nos debe hacer pensar un poco en nuestra docilidad. Muchas veces preferimos nuestras interpretaciones del Evangelio o de la Palabra del Señor al Evangelio y a la Palabra del Señor. Por ejemplo, cuando caemos en la casuística, en la casuística moral… Esa no es la voluntad del Señor. La voluntad del Señor es clara, la hace ver con los mandamientos en la Biblia y te la hace ver con el Espíritu Santo dentro de tu corazón. Pero cuando soy obstinado y transformo la Palabra del Señor en ideología soy un idólatra, no soy dócil. La docilidad, la obediencia.

Mc 2,18-22

En el Evangelio (Mc 2,18-22) los discípulos son criticados porque no ayunaban. El Señor explica que «nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto (…) y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos». La novedad de la Palabra del Señor –porque la Palabra del Señor siempre es nueva– nos lleva adelante, vence siempre, es mejor que todo. Vence la idolatría, vence la soberbia y vence esa actitud de estar demasiado seguros de sí mismos, no por la Palabra del Señor sino por las ideologías que me he construido en torno a la Palabra del Señor. Hay una frase de Jesús (Mt 9,13) muy buena que explica todo esto y que viene de Dios, sacada del Antiguo Testamento: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Os 6,6).
 
Ser un buen cristiano significa entonces ser dócil a la Palabra del Señor, escuchar lo que el Señor dice sobre la justicia, sobre la caridad, sobre el perdón, sobre la misericordia, y no ser incoherentes en la vida, usando una ideología para poder ir adelante. Es verdad que la Palabra del Señor a veces nos pone en apuros, pero también el diablo hace lo mismo, engañándonos. Ser cristiano es pues ser libres, mediante la confianza en Dios.

Sábado de la I Semana Ordinaria

Mc 2, 13-17.

Jesús no se cansa de repetirnos que viene a llamarnos, que sale a nuestro encuentro. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores”. ¿Quién se siente abandonado o condenado después de estas palabras?  Jesús llama a los pecadores. Por eso llama a Leví; come con los pecadores, los acoge, los ama, los perdona. Por eso hoy también te llama a ti.

Él es el médico de tu alma. Pero no va a entrar en tu casa si tú no le dejas entrar. Cristo te busca, sale a tu encuentro, pero te respeta. Respeta tu libertad.

Deja a Cristo entrar en tu alma. Dale el gusto de curarte. Date el gusto de verte sano y feliz. Ojalá no respondas como el poeta: “mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana”.  ¿Cuál debe ser nuestra respuesta? Abrirle completamente las puertas. Seguir sus consejos, probablemente costosos, pero seguros; difíciles, pero consoladores; sacrificados, pero llenos de felicidad.

Quieren los escribas desprestigiar al Maestro ante los ojos de sus discípulos, socavar la fe y minar la admiración que sentían por Jesús. Jesús responde con su ejemplo y con su palabra.

Con su ejemplo: llama a su seguimiento a un publicano, es decir, a un pecador «público y oficial». Después acepta la invitación de Leví, y se sienta a comer entre publicanos y pecadores, gente de mala fama. Comiendo entre ellos, Jesús los levanta de su postración, los dignifica, les da el asiento del perdón. Comen juntos en la misma mesa con el Señor de la gracia. ¿Qué otra cosa si no es la Iglesia, donde todos, reconciliados ya entre nosotros, comemos el Pan del Señor y del amor fraterno?

Cristo te llama para que recobres la salud y la felicidad con Él. Y está esperando tu respuesta.