
Mi 7, 14-15.18-20; Lc 15, 1-3.11-32
A veces suceden catástrofes importantes: incendios, inundaciones, terremotos, derrumbamiento de edificios…
La actitud de los hombres es ver la dimensión y extensión de lo ocurrido y ponerse en marcha para la reconstrucción de lo dañado.
Sobre la desgracia de la catástrofe siempre revolotea la esperanza de la recuperación.
El pueblo de Israel está pasando una mala época. Sufre una verdadera catástrofe religiosa, ética, de falta de lealtad a Dios.
Pero el profeta Miqueas, un humilde y pobre hombre de pueblo, levanta la voz de la esperanza.
Dios sigue manteniendo su presencia en el pueblo y su promesa de liberación.
El Señor tendrá compasión de su pueblo y perdonará sus muchos pecados e infidelidades.
A veces resaltamos excesivamente las consecuencias desastrosas del pecado y no prestamos la debida atención a la inmensidad de la misericordia de Dios y de su perdón.
Cuando nos confesamos lo hacemos «para quitamos un peso de encima» o para «evitar los daños que el pecado pueda acarreamos». Influye en nosotros el miedo y no tanto la esperanza.
Hoy, con la parábola del hijo pródigo, se nos manifiesta: la gran misericordia de Dios; el deseo de perdonar hasta el punto de salir corriendo a abrazar a su hijo cuando le ve regresar a casa; la gran alegría de volver a tener a su lado al hijo, organizando fiesta en la casa; la gran comprensión con aquel que ha pecado: no reprocha, no pide cuentas, sino que resalta la importancia del regreso a casa; la gran confianza que manifiesta al hijo mayor, porque «todo lo mío es tuyo».
El Evangelio nos ofrece un mensaje de esperanza pensando en el perdón de Dios.
Sobre las ruinas del pecado se ha construido «la fiesta de la vida».

