Viernes de la VI Semana de Pascua

Hech 18, 9-18

Jesús ya les había advertido a sus Discípulos que iban a ser perseguidos y que los llevarían a los tribunales, pero también les aseguró que Él mismo estaría con ellos y que el Espíritu Santo les daría palabras y sabiduría a las que no podrían hacer frente sus enemigos.

Pablo, es este pasaje, es nuevamente testigo de que este aviso y esta promesa de Jesús se realizan en la vida de aquel que lo testifica con su palabra y con su vida.

Jesús nos dice hoy a nosotros también como lo hizo con Pablo: «No tengan miedo de hablar con valentía. Hablen y no callen, yo estoy con ustedes.» Es pues necesario que lo anunciemos con valentía en nuestras oficinas, en nuestros barrios, en las escuelas y universidades, etc.

Si el mundo de hoy vive en esta oscuridad y soledad, que lo empuja a buscar el mal que lo destruye, es porque nosotros los cristianos hemos estado por mucho tiempo callados. Es necesario despertar de nuestro letargo y ponernos a hablar del amor de Jesús; es necesario anunciarlo y dejar que se transparente en nuestra vida, aunque esto nos lleve a tener problemas. Estamos seguros que de la misma manera que Dios libró a Pablo y a sus compañeros, así también lo hará con nosotros.

Jn 16, 20-23

La alegría de Dios es algo duradero, no es temporal ni esporádica… no se parece, de hecho, a la que el mundo y sus pasatiempos pueden producir. La razón es que esta alegría es interior pues es producida directamente por el Espíritu Santo.

¿Eres feliz? Es una pregunta a la que no fácilmente respondemos. Casi siempre podemos decir si estamos contentos por algún acontecimiento o por la situación que estamos pasando, pero la felicidad va más allá de esos momentos. La felicidad de vivir es quizá la aspiración más honda y determinante de todo ser humano.

La mercadotecnia, los anuncios, el capital y el consumo se aprovechan de esta aspiración tan fuerte del ser humano, ofreciéndonos soluciones inmediatas y fáciles que prometen alcanzar la felicidad con el bienestar material. La promesa que hoy hace Jesús a sus discípulos va más allá. Promete que van a ser tan plenamente felices que nadie les podrá quitar su alegría. Una dicha tan completa que no necesitará justificantes ni explicaciones porque encuentra su fuente en el corazón.

No habla Jesús de que no habrá problemas ni dificultades, ni dolor, todo lo contrario, hace saber a sus discípulos que el logro de esta felicidad exige pasar dolores semejantes a los del parto de una madre.

Para alcanzar la plena alegría se tienen que superar los obstáculos y los dolores propios de este camino. En la Biblia la alegría es siempre una señal del Nuevo Mundo, del mundo prometido, pero nos dice que nace de la tribulación.

El sufrimiento es casi como una ley de la vida desde el nacimiento, pero ¿el sufrimiento y los obstáculos son capaces de quitarnos la felicidad?  ¿Cómo puede estar en el inicio de la construcción del Reino el dolor y el sufrimiento?

Sería falso decir que Dios se sirve del sufrimiento como una etapa para instaurar su Reino, pero sería igualmente falso afirmar que sólo con creer evitaremos el sufrimiento y el dolor. Es más, vivir el Reino produce siempre esas luchas, esa oposición que desencadenan las estructuras del mal. Pero eso no debe quitarnos la paz interior y la verdadera felicidad.

Contemplemos a Jesús, nadie ha encontrado más oposición y dolores que Él, sin embargo, es un Hombre plenamente feliz porque vive en plena armonía interior.

Pidamos hoy al Señor que nos enseñe a ser felices y que nos conceda la armonía interior.

San Matías

Jn 15, 9-17

Matías, un nombre muy común entre los hebreos, significa “don del Señor”; en realidad este apóstol recibió el don de ser agregado al grupo de los Doce, en remplazo de Judas, para ser con los demás apóstoles, testigo de la resurrección del Señor.

Después de la Ascensión del Señor, Pedro propuso que se eligiera el remplazo del traidor. Dijo, entre otras cosas: “Conviene, pues, que de los varones que nos han acompañado todo el tiempo que entre nosotros permaneció el Señor, Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado a lo alto, sea constituido uno de ellos testigo de su resurrección, con nosotros”. Presentaron a dos: José, llamado Barsabá, y a Matías. Y concluye el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Lo echaron a suertes, y cayó la suerte sobre Matías, que fue contado con los Once Apóstoles”.

Matías, pues, estuvo constantemente cerca de Jesús, desde el comienzo hasta el final de la vida pública del Redentor. Testigo de Cristo, y sobre todo de su resurrección, porque la resurrección del Salvador es la razón misma del cristianismo. Matías vivió con los Once el milagro de la Pascua, y con todo derecho podrá anunciar a Cristo, por haber sido espectador de la vida y de la obra de Jesús “desde el bautismo de Juan”.

Esta era la primera condición que proponía Pedro. La segunda y la tercera eran el llamamiento divino y la invitación, y que vemos en la oración del colegio apostólico: “Muéstranos, Señor, a quien has elegido”.

A nosotros nos puede maravillar el modo de elegir a Matías: echando a suertes. Interrogar a la suerte para conocer la divina voluntad un método conocido en la Sagrada Escritura. La división misma de la Tierra prometida se hizo por medio de la suerte; y los apóstoles pensaron que era oportuno seguir el mismo método. La comunidad propuso dos candidatos: José, hijo de Sabas, llamado el Justo, y Matías. La suerte cayó sobre Matías. EL nuevo apóstol, cuyo nombre brilla en la Escritura sólo en el momento de la elección, vivió con los Once la fulgurante experiencia de Pentecostés antes de emprender, como los otros, los caminos del mundo a anunciar “las glorias del Señor “.

No se sabe nada de su actividad apostólica, ni si murió mártir o de muerte natural, porque las narraciones sobre él pertenecen a escritos apócrifos. A la tradición de la muerte por decapitación con una hacha se une el patrocinio especial que le atribuyen los carniceros y los carpinteros.

Miércoles de la VI Semana de Pascua

Hech 17,15-16.22-18, 1

Los atenienses, al igual que quizás la mayoría de los hombres, eran personas muy religiosas, las cuales creían fervientemente en Dios.

Hoy en día es triste darnos cuenta que los hombres van perdiendo su interés por Dios, por las cosas divinas y trascendentes. El materialismo que vivimos está llevando al hombre a una increencia tal en la que se pierde de vista lo sobrenatural y con ello Dios y nuestro destino final.

Por otro lado nos encontramos, incluso dentro de nuestra misma Iglesia, hermanos que aun creyendo en Dios, viven con una imagen equivocada de Él.

Pablo en el Aerópago, les anuncia la auténtica visión de Dios, del Dios amoroso que en su misericordia resucitó a su Hijo y los constituyó Señor, para que todos los que crean en Él tengan vida y la tengan en abundancia.

No dejes que el materialismo te haga perder el sentido de lo espiritual; y si conoces a alguien que no tiene una idea clara del Dios Amor, háblale de su misericordia y de con cuanto amor lo está buscando.

Jn 16,12-15

El hombre de nuestros tiempos, ¿será menos religioso que antiguamente? Encontramos con frecuencia afirmaciones que nos aseguran que el hombre actual se ha alejado de supersticiones y que considera la fe como un atraso y ataduras que no permiten avanzar. Pero si escuchamos con atención sus objeciones y sus dudas comprenderemos que lo que ellos consideran religión o Dios, dista mucho de ser el verdadero Dios que ha proclamado y manifestado Jesús y que los valores que proclaman como la verdad, la fraternidad, la justicia son propiamente los valores del Reino.

Quizás tendríamos que decirles, a quién con sincero corazón busca la verdad y la justicia, que precisamente Jesús tiene como principales enseñanzas esa misma verdad y esa misma justicia. Quizás hoy tendríamos que afirmar, cómo San Pablo, que Jesús ha manifestado el rostro de Dios muy cercano al hombre, que lejos de alienarlo o despojarlo, lo llena de plenitud y de sentido.

En el mundo que se dice ateo y materialista, el hombre suspira y busca la verdad que lo fortalezca y que alimente su espíritu. No puede llenarse de materialismo y egoísmo, su misma naturaleza le lleva a descubrir algo, a alguien superior que le dé sentido a su existencia. Muchos lo busca en meditaciones, en ejercicios psicológicos, en terapias, pero mientras no descubran a Dios como alguien cercano que se deja encontrar seguirán con esa ansia y sed de Dios.

Jesús se hace rostro de ese Dios Creador del que habla San Pablo; Jesús se hace diálogo y palabra para que nosotros podamos conversar y comunicarnos con Dios.  Jesús es el camino de encuentro entre la humanidad y Dios.

El pasaje de este día nos muestra a Jesús en su despedida de los discípulos, no como abandono, sino como una señal del destino del hombre. Ofrece la presencia del Espíritu para iluminar nuestras mentes y para que podamos descubrir en medio de nosotros la presencia de Dios Padre.

No ahoguemos esas ansias de Dios que tiene nuestro corazón, no dejemos oscurecer vidas por ambiciones materiales que ocultan la luz de nuestro Dios.

Hoy aceptemos la propuesta de Jesús y por medio de su Espíritu descubramos a Dios en nuestras vidas.

¿Cómo vives tú hoy esa presencia de Dios?

Martes de la VI Semana de Pascua

Hech 16, 22-34

Definitivamente que no hay experiencia más gozosa en el hombre que la que produce Dios en el corazón del creyente… y en aquel que lo lleva a la fe.

En este pasaje, en el cual hemos visto cómo Dios toca el corazón del carcelero y lo lleva a la fe, podemos percibir el gozo que se generó no solo en el hombre sino en Pablo y Silas, de tal modo que después de curarles las heridas preparó una fiesta, por el hecho de «haber creído».

Por ello te invito a que vayas perdiendo el miedo de hablar de Jesús, de aprovechar toda oportunidad que Dios te presenta para ser su testigo y para ayudar a tu comunidad a conocer y a amar a Dios.

Yo te aseguro que no cabrás de gozo el día que Dios te conceda que por tu medio otros hermanos lleguen a aceptar la vida conforme al Evangelio.

Jn 16, 5-11

Las despedidas siempre nos producen tristeza y dolor, aunque sepamos que quién se va, va en busca de un bien mayor o nos puede traer algún bien.

Al despedirse Jesús de sus discípulos obviamente se llenan de tristeza y no entienden que pueda Jesús abandonarlos. Las palabras de consuelo de Jesús los lleva a asegurarles la presencia del Espíritu Santo, el Defensor, a quién muestra como el que viene a sostener a los discípulos, a esclarecer lo que han aprendido y a fortalecerlos en el seguimiento.  Jesús no abandona sus discípulos ni tampoco nos abandona a nosotros, al contrario, nos da una presencia y una luz que nos ayudarán a caminar con mayor seguridad. El Espíritu Santo es esa luz.

Claro que algunos tenemos miedo porque ante la claridad qué aporta una luz, aparecen las deficiencias y los pecados.  Por eso también Jesús nos dice que cuando el Espíritu venga con su luz nos hará reconocer la culpa y lo precisa en tres aspectos muy concretos. El primero en materia de pecado. Quién no reconoce a Jesús y su verdad está cometiendo un pecado, quien no acepta sus mandamientos y su proyecto está cometiendo un pecado.

Segundo, en materia de justicia. Él ha venido del padre y va al Padre. Quien no reconoce la misión de Jesús que es darnos a conocer al Padre, quien desconoce a Dios como su Padre y quién niega a los hombres como sus hermanos está cometiendo una injusticia y estorba a la misión de Jesús.

Tercero, en materia de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado. Un juicio donde se da a conocer quién es el verdadero Señor del universo y que descubre las artimañas del mal que engaña a los hombres. No puede prevalecer una cultura de muerte.

La venida del Espíritu Santo nos ayudará con su luz a distinguir claramente estas culturas que se oponen a la vida. La vida en Dios no puede ser vencida por la cultura de la muerte. Pero también, el Espíritu nos hará ver claramente cuál es nuestra postura ante la vida y nos descubrirá cómo es nuestro actuar.

Dejémonos iluminar por este espíritu. Pidámoslo con mucha ansia y devoción. Con ansia de que ya esté presente en medio de nosotros.

Lunes de la VI Semana de Pascua

Hech 16,11-15

En el pasaje que acabamos de leer podemos apreciar cómo para Pablo toda ocasión es una oportunidad para hacer conocer el Evangelio. De hecho, busca insistentemente que se presente esta oportunidad.

Sin embargo nosotros, muchas veces, actuamos de modo contrario: cuando sale a la conversación algún tema de fe o de religión preferimos escabullirnos, con la típica excusa: «En cuestiones de política y religión no se pude discutir pues nunca se llega a nada».

Pensemos que si este hubiera sido el pensamiento de los primeros cristianos, todavía nosotros viviríamos en la ignorancia del amor de Dios. Quizás nosotros no nos sintamos llamados como Pablo a ir a buscar «por las orillas del río» a aquellos que no conocen a Jesús, pero lo que por vocación universal tenemos los bautizados es el aprovechar toda oportunidad que se presenta para anunciar el amor de Dios.

Aprovecha hoy todas las oportunidades que Dios te presente para hacer conocer el amor de Dios. Recuerda que la fe nace de la predicación.

Jn 15,26-16,4

Jesús, como parte de la preparación final a sus apóstoles antes de la pasión (que lo podemos decir también para antes de separarse físicamente de ellos en la Ascensión), los instruyó sobre dos cosas: la primera y más importante, es que serían revestidos de una fuerza interior que los convertiría en auténticos testigos de su amor y de su Reino; por otro lado que el convertirse en auténticos testigos los llevará a afrontar una serie de dificultades, incluso aperder la vida como prueba de fidelidad.

Estos dos elementos han estado presentes siempre en la Iglesia: el testimonio de Cristo, Mesías, llevado hasta las últimas consecuencias y la presencia activa del Espíritu que conforta, anima, e impulsa a testificar que Jesús es el Señor y que solo en Él hay Vida en Abundancia.

Quizás sería bueno esta semana reflexionar sobre la eficacia de nuestro testimonio ante los demás. Nuestro testimonio con nuestros compañeros de trabajo y en nuestra misma familia.

Y por otro lado hacernos conscientes de la presencia activa del Espíritu que obra en nosotros y nos asegura que solo en Jesús hay vida.

Sábado de la V Semana de Pascua

Hch 16, 1-10; Juan 15, 18-21

Se ha hecho proverbial la sentencia del Señor cuando dice que «el siervo no puede ser superior a su señor».

Y si al Señor («que acaba de lavar los pies a sus discípulos») el mundo le ha odiado hasta llevarle a la cruz por «pasar haciendo el bien», a sus seguidores les sucederá lo mismo.

El mundo que vive tranquilo en su oscuridad, no puede soportar el escozor de la luz que proviene de Cristo-Jesús.

Por eso, cuando el ciego de nacimiento fue iluminado por la fe en Cristo, se le expulsó de la sinagoga porque confesó que Jesús era Hijo de Dios; y cuando los Apóstoles iluminados por la luz del Espíritu en Pentecostés, proclaman a voz en grito el mensaje de salvación, serán perseguidos porque se han salido de las normas del mundo y viven bajo la luz de Dios.

El odio existente en el mundo es la antítesis del amor expresado por el Evangelio de Jesús. El evangelio de hoy nos dice claramente lo que cada día estamos experimentando y ya lo estaba viviendo la comunidad cristiana del evangelista Juan: aquellos que vivan bajo la luz del evangelio sufrirán incomprensión y persecución de los que viven en la oscuridad de los criterios de este mundo.

El evangelio da un gran salto. Un trasvase transcendental, cultural… Pasa por vez primera de Asia a Europa. En el año 49 d.C. Pablo visita la antigua ciudad de Neápolis. Actualmente se llama Kavala. Es una populosa ciudad marinera, que recuerda a cualquiera de nuestras ciudades bañadas por la cultura y el agua del Mediterráneo.

Una pequeña iglesia ortodoxa conmemora el evento. El evangelio se abre paso, traspasa fronteras, naciones, tierra y mar, se hace universal porque el Espíritu Santo no deja de empujar a la Iglesia y porque hay también apóstoles valientes, que se atreven a dar el salto, es decir, que están atentos a escuchar la voz de los más pobres, que hoy como ayer siguen gritando al corazón: «Ven y ayúdanos».

Que no le pongamos puertas al campo de la evangelización. Nosotros somos los portadores de esa buena noticia.

Viernes de la V Semana de Pascua

Hech 15, 22-31

La Primera Lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, describe un momento difícil dentro de la comunidad de Antioquía. “Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertando vuestros ánimos…”, escriben Pedro y los apóstoles a aquellos cristianos, decidiendo, junto al Espíritu Santo, reaccionar para recuperar la paz. En Antioquía, con la carta, enviada a Bernabé, a Pablo y a otros hombres de confianza, “al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras alentadoras”. Esos que se habían presentado a defender a la gente como ortodoxos de la verdadera doctrina, creyendo ser verdaderos teólogos del cristianismo, habían desorientado al pueblo: en cambio, los apóstoles –los obispos de hoy– los confirman en la fe.

El obispo es el que está en vela, el que vigila, el centinela, el que sabe mirar para defender la grey de los lobos que vienen. La vida del obispo está implicada en la vida de la grey. Pero el obispo hace algo más: como el pastor, está en vela. Una bonita palabra para describir la vocación del obispo. Hacer vela significa involucrarse en la vida de la grey. Jesús distingue bien al verdadero pastor del mercenario, del que va a cobrar y no le interesa si viene el lobo y se come una: no le importa. En cambio, el verdadero pastor que está en vela, que se implica en la vida de la grey, defiende no solo a todas las ovejas, las defiende a cada una, fortalece a cada una, y si una se va o se pierde, va a buscarla y la trae de vuelta. Está tan implicado que no deja que se le pierda ni una.

El verdadero obispo conoce el nombre de cada oveja, y esto nos hace comprender cómo Jesús concibió al obispo: cercano. El Espíritu Santo dio al pueblo cristiano el olfato, la capacidad de saber dónde hay un verdadero obispo. Cuántas veces hemos oído: “¡Oh, este obispo! Sí, es bueno, pero no cuida mucho de nosotros, siempre está tan ocupado”, o “este obispo se inmiscuye en los negocios, es un poco comerciante, y eso no va”, o “este obispo se ocupa de cosas que no van con su misión”, o “este obispo siempre está con la maleta en la mano, siempre de viaje por todas partes”, o “con la guitarra en la mano”, que cada uno piense… ¡Es así! El pueblo de Dios sabe cuándo el pastor es pastor, cuándo el pastor es cercano, cuándo el pastor sabe estar en vela y dar su vida por ellos. ¡La cercanía!

Así debe ser la vida de un obispo… y su muerte. Conocemos el ejemplo de Santo Toribio de Mogrovejo, muerto en una pequeña Aldea indígena, rodeado de sus cristianos que le tocaban la chirimía para que muriese en paz.

Pidamos al Señor que nos dé siempre buenos pastores, que no falte en la Iglesia la protección de los pastores: no podemos avanzar sin ellos. Que sean hombres así: trabajadores, de oración, cercanos, cercanos al pueblo de Dios… En una palabra: ¡hombres que sepan estar en vela!

Jn 15, 12-17

El amor cristiano tiene una característica muy particular: ha de ser semejante al de Cristo. Jesús en este evangelio no deja lugar a dudas de cómo ha de ser nuestro amor: «ámense… de la misma manera que yo los he amado».

Entre las notas que nos pudieran ayudar a entender y a vivir este tipo de amor, te propongo: El amor de Cristo fue un amor solidario. Dejó su trono del cielo para servirnos, para ser uno de nosotros. Renunció a su «dignidad» para ser uno más entre los humanos.

Fue un amor compasivo. Por ello no podía ver un enfermo, un hambriento, un atormentado sin que Él hiciera algo concreto por éste. No vino solo a darnos órdenes y sermones sino a aplicar su amor y caridad con los más necesitados.

Fue un amor total y envolvente. Para Jesús no había clases sociales, culturas, buenos o malos, justos o pecadores, romanos o judíos.

Los amó a todos, los envolvió a todos de manera total. Junto a Él nadie se sentía excluido.

Si verdaderamente queremos cumplir el mandamiento de Jesús nuestro amor ha de ser también: Solidario, Compasivo, Total y Envolvente.

Jueves de la V Semana de Pascua

Hech 15,7-21

Este discurso que hemos escuchado es lo que luego se conocerá en la Iglesia como el primer Concilio o el Concilio de Jerusalén.

A partir de entonces, cuando ha habido diferencias en la Iglesia, o cuando ha sido necesario clarificar, sea la doctrina como la acción pastoral en el pueblo de Dios, todos los obispos, sucesores de los apóstoles y encargados del pastoreo del rebaño del Señor, se han reunido a fin de clarificar, iluminar o dar la correcta dirección a los asuntos de la Iglesia.

Desde ese primer concilio en el que se clarifica cual es la doctrina de la Justificación (que es por medio de la fe en Cristo y no por la observancia de la circuncisión), han existido 21 Concilios Ecuménicos en la Iglesia.

Todo buen cristiano debía tener una copia de los documentos del último concilio celebrado en la Ciudad del Vaticano y que es conocido como Concilio Vaticano II en el cual se trataron temas que han venido a devolverle la frescura del Espíritu a la Iglesia. De particular interés para todos nosotros es la Constitución «Lumen Gentium» sobre el papel de la Iglesia en el mundo.

Jn 15,9-11

Uno de los conceptos que tendríamos que cambiar en nuestra vida es el que los mandamientos que Dios nos ha dado limitan y coartan nuestra libertad.

En el pasaje que hemos leído hoy, escuchamos como Jesús dice: «Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría de plena». Es decir la alegría y la felicidad plena la podemos alcanzar solo si cumplimos los mandamientos.

Y es que los mandamientos nos previenen de las consecuencias que el pecado trae a nuestra vida, Y así por ejemplo, cuando Dios dice: «no robarás», lo que está buscando es evitar todos los daños que el robar trae para nosotros y para nuestro prójimo.

De tal manera que cuando le hacemos caso y obedecemos sus mandamientos, estamos construyendo nuestra felicidad y nuestra paz interior. De la misma manera que nuestros padres nos cuidan advirtiéndonos de los peligros (advertencias que en ocasiones se convierten en prohibiciones), y con ello nos muestran que nos aman, así Dios también, al habernos dado los Mandamientos, nos ha mostrado que nos ama.

Mostrémosle ahora que nosotros lo amamos, obedeciendo.

Miércoles de la V Semana de Pascua

Hech 15,1-6

En los próximos pasajes veremos lo importante que es la Jerarquía de la Iglesia
para que el Espíritu pueda construir la Iglesia. En nuestra lectura hemos visto
como ha surgido una diferencia en la comunidad: los paganos convertidos ¿se
deben circuncidar? ¿Quién ha de decidir esto? ¿qué grupo es el que tiene la
razón?

Movidos por el Espíritu, deciden no tomar esta decisión por su cuenta
sino consultarla con la Jerarquía de la Iglesia.

Hoy en día las decisiones difíciles en materia de fe y costumbres continúan siendo puestas en claro por los obispos, sucesores de los Apóstoles. La obediencia a la jerarquía de la Iglesia es la garantía de la unidad.

Es posible que «nuestra opinión» sea contraria, pero ni aun teniendo una revelación privada podemos ir contra el magisterio de la Iglesia. Si verdaderamente queremos hacer la voluntad de Dios y no vernos envueltos en las mentiras del demonio que se viste de luz, debemos confiar en que el poder de discernir lo dejó el Señor en la Jerarquía Eclesiástica (a pesar de ser como nosotros, hombres pecadores y débiles).

Jn 15, l-8

En nuestro mundo tecnificado y autosuficiente, en donde los ordenadores y la
ciencia moderna a veces nos hacen creer que somos autosuficiente, las palabras del evangelio de hoy nos recuerdan una de las verdades que jamás debemos de olvidar: «Sin Jesús no podemos hacer nada».

El Evangelio de hoy nos invita a permanecer unidos a Jesús, mientras que el mundo nos invita a un cambio frenético, a una carrera loca, nuevas y más fuertes emociones, Jesús nos invita a permanecer con Él en su amor, en su fidelidad.

Permanecer en Jesús no es quedarse indiferente ante las situaciones de injusticia o de dolor, sino todo lo contrario, es comprometerse en serio y con decisión en la lucha por un mundo mejor.

Permanecer no quiere decir inmovilidad, sino todo lo contrario, es un dinamismo que surge del interior y que no se queda en agitaciones externas, sino que es una fuente que mana desde lo más profundo del yo porque está animada por el Espíritu de Jesús.

Permanecer es estar cerca de Jesús y conocer sus pensamientos, sus opciones y sus criterios.

Muchas veces hemos equivocado el sentido de las palabras de Jesús y nos hemos escudado en ella para no asumir nuestras responsabilidades y quedarnos anquilosados en estructuras, en posturas e intransigencias. Nada más falso. Así como la vid se extiende con nuevos retoños y cada día tiene nuevos brotes, quién permanece unido a Jesús cada día tendrá nuevas ilusiones, nuevos planes y nuevas opciones para llevar vida, pero siempre unidos a Jesús, a la savia de Jesús que sostiene, que hace crecer y amina y nos lleva por caminos nuevos e insospechados.

Por eso debemos pedirle a Jesús que nos ayude a dar frutos. Nos atemoriza que los frutos que damos no sean los que Jesús espera, que nuestros frutos solo queden en apariencia, en follaje, o todavía peor, que se vuelvan frutos amargos, frutos de hipocresía, de orgullo, de injusticia y falsedad.

Pidámosle al Señor que nos conceda este día permanecer unidos a Él. Hay muchas cosas que nos invitan a separarnos y alejarnos de Él, principalmente nuestro egoísmo y nuestras propias inclinaciones, pero también las falsas promesas de felicidad de un mundo que me seduce con sus luces y que me invita a alejarme de Ti y a separarme de mis hermanos.

Señor Jesús concédenos permanecer unidos a Ti, junto a Ti, siempre contigo.

Martes de la V Semana de Pascua

Hech 14,19-28

Algo que es necesario que recuperemos todos los cristianos, es el celo por la
predicación y por la evangelización; el deseo ferviente de que todos los hombres conozcan la verdad de Jesús y vivan de acuerdo al evangelio.

Que recordemos que la vida evangélica y el seguimiento de Jesús nace de la predicación y no de una legislación. Es necesario que el hombre escuche hablar de Jesús y que lo acepte personalmente, de modo que se llegue a convertir en un autentico discípulo de Jesús.

En esto, tú y yo tenemos una gran responsabilidad, pues así como San Pablo, debemos aprovechar todo momento y toda circunstancia para hablar de Jesús, para invitar a nuestros amigos y familiares a tener un encuentro personal con Jesús.

Hablemos con valentía y sobre todo con amor, de aquello que ha cambiado nuestra vida, del mensaje que ilumina y llena de paz el corazón: No tengamos miedo de anunciar el Evangelio.

Jn 14,27-31

Quizás uno de los regalos más grandes que Jesús nos ha dejado, sea la paz. La paz profunda en el corazón que hace que el hombre, aun en medio da las más duras pruebas, no se sienta turbado ni con miedo.

La paz de Dios es una paz diferente a la que de ordinario se busca. Es un don divino que produce en el cristiano la certeza de la presencia de Dios y de la ayuda divina. No es una paz artificial producto del no afrontar nuestras responsabilidades y compromisos, paz que muchas veces es cobardía o evasión.

Un rostro sereno en medio de una tormenta, de una crisis, es la mejor señal de la presencia de Dios en él.

Algo que ha asombrado a los hombres de ciencia que han estudiado la «Sabana de Turín» o «Sabana Santa», es la enorme paz que refleja el rostro del hombre «retratado» en este lienzo.

Un hombre que al parecer fue martirizado de una manera atroz y que sin embargo muere con un rostro sereno. Es una paz que se consigue haciendo la guerra a nuestro egoísmo a fin de dar espacio al Espíritu, para que éste crezca en nosotros y nos pacifique interiormente.

Te invito a que le pidas al Señor esta paz, la paz que hace de nuestra vida, preámbulo del cielo.