Viernes de la VI Semana de Pascua

Hech 18, 9-18

Jesús ya les había advertido a sus Discípulos que iban a ser perseguidos y que los llevarían a los tribunales, pero también les aseguró que Él mismo estaría con ellos y que el Espíritu Santo les daría palabras y sabiduría a las que no podrían hacer frente sus enemigos.

Pablo, es este pasaje, es nuevamente testigo de que este aviso y esta promesa de Jesús se realizan en la vida de aquel que lo testifica con su palabra y con su vida.

Jesús nos dice hoy a nosotros también como lo hizo con Pablo: «No tengan miedo de hablar con valentía. Hablen y no callen, yo estoy con ustedes.» Es pues necesario que lo anunciemos con valentía en nuestras oficinas, en nuestros barrios, en las escuelas y universidades, etc.

Si el mundo de hoy vive en esta oscuridad y soledad, que lo empuja a buscar el mal que lo destruye, es porque nosotros los cristianos hemos estado por mucho tiempo callados. Es necesario despertar de nuestro letargo y ponernos a hablar del amor de Jesús; es necesario anunciarlo y dejar que se transparente en nuestra vida, aunque esto nos lleve a tener problemas. Estamos seguros que de la misma manera que Dios libró a Pablo y a sus compañeros, así también lo hará con nosotros.

Jn 16, 20-23

La alegría de Dios es algo duradero, no es temporal ni esporádica… no se parece, de hecho, a la que el mundo y sus pasatiempos pueden producir. La razón es que esta alegría es interior pues es producida directamente por el Espíritu Santo.

¿Eres feliz? Es una pregunta a la que no fácilmente respondemos. Casi siempre podemos decir si estamos contentos por algún acontecimiento o por la situación que estamos pasando, pero la felicidad va más allá de esos momentos. La felicidad de vivir es quizá la aspiración más honda y determinante de todo ser humano.

La mercadotecnia, los anuncios, el capital y el consumo se aprovechan de esta aspiración tan fuerte del ser humano, ofreciéndonos soluciones inmediatas y fáciles que prometen alcanzar la felicidad con el bienestar material. La promesa que hoy hace Jesús a sus discípulos va más allá. Promete que van a ser tan plenamente felices que nadie les podrá quitar su alegría. Una dicha tan completa que no necesitará justificantes ni explicaciones porque encuentra su fuente en el corazón.

No habla Jesús de que no habrá problemas ni dificultades, ni dolor, todo lo contrario, hace saber a sus discípulos que el logro de esta felicidad exige pasar dolores semejantes a los del parto de una madre.

Para alcanzar la plena alegría se tienen que superar los obstáculos y los dolores propios de este camino. En la Biblia la alegría es siempre una señal del Nuevo Mundo, del mundo prometido, pero nos dice que nace de la tribulación.

El sufrimiento es casi como una ley de la vida desde el nacimiento, pero ¿el sufrimiento y los obstáculos son capaces de quitarnos la felicidad?  ¿Cómo puede estar en el inicio de la construcción del Reino el dolor y el sufrimiento?

Sería falso decir que Dios se sirve del sufrimiento como una etapa para instaurar su Reino, pero sería igualmente falso afirmar que sólo con creer evitaremos el sufrimiento y el dolor. Es más, vivir el Reino produce siempre esas luchas, esa oposición que desencadenan las estructuras del mal. Pero eso no debe quitarnos la paz interior y la verdadera felicidad.

Contemplemos a Jesús, nadie ha encontrado más oposición y dolores que Él, sin embargo, es un Hombre plenamente feliz porque vive en plena armonía interior.

Pidamos hoy al Señor que nos enseñe a ser felices y que nos conceda la armonía interior.

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