
Lam 2, 2. 10-14.18-19
Para cerrar las lecturas históricas de esta semana que culminará en las narraciones de la caída de los reinos de Israel y Judá, en la destrucción de Jerusalén y del Templo y en la deportación del pueblo, hoy hemos escuchado una página del libro de las Lamentaciones atribuido tradicionalmente al profeta Jeremías.
En forma dramática y con ropaje poético, el profeta muestra el gran dolor de la desolación.
Es notable la alusión que hace a las falsas profecías, que no eran realmente la Palabra de Dios, sino que se escudaron en ese nombre y estaban movidas por oportunismos, ventajas personales y búsqueda de lo propio, miedo a la denuncia y a encarar los problemas reales.
Pero no es un clamor desesperado y sin aliento. Se sabe en quien confiar y a quien acudir.
A nuestro alrededor, en la historia de nuestro mundo, vemos tragedias muy parecidas: guerras fratricidas, enconos raciales, hambre extrema, organizaciones de lucro maligno y destructivo, catástrofes naturales, etc. En estas circunstancias, la palabra de Dios nos orienta: «Clama al Señor con toda tu alma».
Mt 8, 5-17
Ayer escuchamos la narración de la curación que Jesús hizo a un leproso del pueblo de Israel. Hoy, en primer lugar, oímos otro milagro, ahora en favor de un pagano, expresión de la fuerza de dominio. Visto con ojos judíos, el oficial romano era rechazable por los cuatro costados, pero tiene fe, una fe ciertamente inicial, pero lo que cuenta es la apertura sencilla y humilde, plena de confianza, expresada en la oración que hacemos siempre antes de comulgar: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa».
Por esto el elogio de Jesús, que es toda una enseñanza: «En ningún israelita he hallado una fe tan grande». Revisemos nuestras actitudes: tal vez algunos «de fuera» estén más cerca del Señor que nosotros, que nos decimos «dentro».
En forma muy rápida también se mencionó la curación de la suegra de Pedro y, luego, la de muchos endemoniados y de otros enfermos.
Jesús es el Salvador total del alma y del cuerpo de cada persona y de la sociedad. Acerquémonos a Él con la actitud de fe del oficial romano.










