
1Sam 8,4-7.10-22
De nuevo nos encontramos con un texto que retrata la actitud de nuestro mundo moderno, de un mundo que no permite a Dios actuar con libertad, de un mundo que lo quiere tener como Dios, pero no como Rey y Señor.
Llama sobre todo la atención en este pasaje las palabras del pueblo: «Queremos tener un rey y ser como las demás naciones». Con ello están negando la elección de Dios sobre ellos.
Hoy pasa algo semejante, cuando nosotros queremos ser cristianos, pero al mismo tiempo vivir de acuerdo a como vive el mundo, vivir como aquellos que no conocen y no aman al Dios revelado por Cristo. Jesús, en su oración final al Padre ya les hacía ver a sus discípulos que ellos no son del mundo, que vivían en él, pero que le pertenecen al Padre y que su ciudadanía es el Cielo.
Es pues necesario que nos hagamos conscientes de esta realidad y que no busquemos imitar a aquellos que no conocen o no aman a Dios, sino que busquemos con todo nuestro corazón tener a Dios como nuestro Rey y Señor. Dios, desde su encarnación nos ha mostrado que no quiere vivir lejos de nosotros, sino en medio de nosotros, que quiere ser el Emmanuel.
Mc 2, 1-12
¡Qué atrayente es la persona de Jesús! ¡Se juntaron tantos que ni aún junto a la puerta cabían! Es cautivadora su figura porque refleja el amor del Padre. Él les hablaría del amor misericordioso de Dios que perdona al que lo ofende y luego de perdonarlo lo ama como al más querido de sus hijos. No le guarda resentimiento, sino que le da todo lo que daría al hijo fiel y todavía más porque sabe que es débil y necesita de un mayor amor y cuidado.
El evangelio de hoy impresiona porque encierra muchos signos que nos descubren el verdadero espíritu de Jesús y la disposición generosa de muchas personas para llevar al incapacitado ante la presencia del Salvador.
Si hacemos una comparación de los cuatro que con una serie de dificultades llevan al paralítico y los escribas que sentados comienzan a murmurar, tendremos una clara descripción de lo que con frecuencia sucede en nuestros ambientes. Mientras unos pocos se esfuerzan por ser creativos y cargan con los demás, otros critican y trabajan para destruir.
Hay graves problemas en nuestra sociedad y hay pequeños signos que despiertan esperanza; hay personas que desde su pequeñez aportan todo lo que tienen para ayudar a los que lo necesitan, pero hay quienes todo lo juzgan y todo lo condenan. ¿Cuál es nuestra actitud? ¿Estamos proponiendo en estas situaciones difíciles y hasta donde nos comprometemos?
En cambio Jesús ni tiene las limitaciones del que no puede, ni tiene el egoísmo del que no quiere. Jesús va a fondo y busca solucionar los problemas, no solamente a ofrecer paliativos que alivien un poco el dolor.
Jesús nos muestra que el verdadero problema es el mal que se anida en el corazón. No podremos solucionar nunca los problemas de la sociedad, si no logramos cambiar el corazón de los ciudadanos.
¿Cómo podremos superar las situaciones de pobreza si la ambición sigue creando nuevos acaparadores que esconden alimentos y bienes de consumo? ¿Cómo eliminar la gran brecha entre pobres y poderosos si está sostenida por la estructura económica injusta? Se tiene que ir a fondo y denunciar que hay mal.
Jesús primeramente ofrece el perdón de los pecados, la pureza del corazón y ante el reproche injusto de los escribas, también ofrece la curación corporal, la atención integral a la persona. No se queda solamente en necesidades físicas, ni tampoco ofrece una atención espiritualista. Para hacerlo sentir como hijo de Dios, es necesario darle de comer, pues, desde ahí se comienza a restablecer la dignidad.
Que este ejemplo de Jesús nos lleve a una atención plena e integral a quienes nos rodean.










