Jueves de la XXXIV Semana Ordinaria

Dan 6,12-28

San Pablo tiene una frase que debemos grabarla en nuestro corazón: «Si Dios está con nosotros, quién podrá estar contra nosotros».

En nuestros tiempos, como en los de Daniel y de san Pablo, en los cuales nos toca vivir en medio de un mundo no solamente incrédulo, sino en un mundo que rechaza los valores del Evangelio y de muchas maneras persigue y margina a los discípulos de Jesús, es necesario reafirmar todos los días nuestra decisión de permanecer fieles a nuestras promesas bautismales, y no dejarnos intimidar por las situaciones o las personas que pudieran ser obstáculo para que nuestra luz brille.

Jesús nos advirtió que en nuestra vida no faltarían las persecuciones, pero también nos prometió que Él estaría con nosotros hasta el final para sostenernos y consolarnos. Jesús te invita a no temer y a manifestarte siempre como su discípulo.

Lc 21,20-28

Este evangelio en sus últimos versículos nos presenta la actitud que el cristiano debe tener ante el fin del mundo. Para el cristiano, como diría san Pablo: «La vida es Cristo y la muerte una ganancia».

El cristiano vive gozosamente la llegada del Reino (cuando ésta sea), pues para él la llegada de Cristo es el momento más gozoso y esperado. Este encuentro con Aquel a quien tanto se ha amado y por quien tanto se puede haber sufrido, es el momento más preciosos del cristiano.

Este momento puede ocurrir de manera particular, es decir cuando una persona muere, o de manera colectiva, que será la llegada definitiva de Cristo. No sabemos que ocurrirá primero.

Los cristianos del tiempo de Lucas pensaban que era inminente, pero Jerusalén fue totalmente destruida (la profecía cumplida) y todavía estamos esperando.

Vivamos pues alegremente y con una esperanza llena de optimismo en el amor de Aquel que nos espera en la casa del Padre.

Nuestra espera, por tanto, es dinámica, activa, comprometida. Tenemos mucho que trabajar para bien de la humanidad, llevando a cabo la misión que inició Cristo y que luego nos encomendó a nosotros. Pero bien nos viene pensar que la meta es la vida, la victoria final, junto al Hijo del Hombre. Meta que nos conducirá a la paz eterna en la gloria de Dios.

Jueves de la XXXIV Semana Ordinaria

Lc 21, 20-28

El último discurso de Jesús en el evangelio de Lucas es también apocalíptico, y hoy escuchamos algunos versículos en el evangelio de la eucaristía.

Por un lado, la alusión a la destrucción de Jerusalén (sucedida ya cuando se escribió el evangelio), la ciudad infiel que no ha querido recibir al enviado de Dios, descrita como un escenario de todos los horrores, en el que no es posible encontrar lugar seguro, Y presentada, como hacían los profetas, en términos de castigo divino.

Pero no es el fin de la historia ni del mundo. La vida continúa y recibimos la oportunidad del tiempo para cambiar esa dinámica de infidelidad y abrir las puertas al que viene de parte de Dios.

De otro lado, el anuncio de la parusía, la venida definitiva de Jesús, no en debilidad como en Belén, sino con “gran poder y gloria”. Pero esa última venida nadie sabe cuándo será, ni cómo será. Lo definitivo es que Jesús “ya” está viniendo, y que cada uno podemos vivir ese encuentro con Él que ilumina y transforma la vida.

¿Tenemos algún signo que nos permita vislumbrarlo? “Habrá signos en el sol, la luna y las estrellas… las potencias celestes se tambalearán”. Cuando aquello que considerábamos firme, estable, seguro… se tambalea y va perdiendo significado, y al mismo tiempo comencemos a atisbar que lo único que da soporte, firmeza y sentido a nuestra vida es -en lo más profundo de nosotros- la presencia de Jesús en ella, ¡podemos alegrarnos porque nuestra liberación está cerca!