Sábado después de Ceniza

Is 58, 9b-14; Lc 5, 27-32

Jesús llama a Mateo, un publicano, un pecador. El banquete que ofrece en agradecimiento, y al que invita a gente de su misma condición -los malos-, levanta las sospechas y las críticas de los fariseos -los íntegros, los buenos-: «Este come con publicanos y pecadores».

Ya saben la respuesta: «No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores».

Pero me temo que seguimos con la manía de dividir el mundo en buenos y malos. Nosotros, claro, nos apuntamos a los primeros. ¡Hombre, con nuestras cosillas…, pero buenos, o al menos pasables! Es importante, para entender del todo la enseñanza de Jesús, recordar la frase con que san Mateo, el protagonista de la escena, el llamado a la conversión, termina este pasaje: «Aprendan lo que significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios». Ese es el termómetro que no falla para medir los grados de nuestra religiosidad.

Jesús declara el sentido de su venida a este mundo, el objetivo de su misión. Ha venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores «para la conversión». Y puntualmente el evangelio refiere ya el primer fruto de la conversión: Leví, un pecador público, un publicano es perdonado y reconciliado, ofrece un banquete en señal de gratitud.

Todo el evangelio será una ininterrumpida historia de hombres y mujeres que se convierten al amor misericordioso del Señor, la mujer pecadora, Zaqueo, el hijo pródigo. Otros en cambio se cierran en su egoísmo, como el rico Epulón.

Señor, haz que mi vida pecadora sirva de ocasión para acercarme y pedirte perdón a ti que has venido a llamar a los pecadores. Que no me encierre en el egoísmo de mi propia miseria.

No tengamos miedo a dar la misma respuesta de Mateo. Él era un publicano y, para los judíos de su tiempo, un pecador. Sigamos su ejemplo de conversión y abramos la puerta de nuestra casa, de nuestro corazón, a un gran banquete con Nuestro Señor. Un banquete en el que sin duda gozaremos de su presencia, a pesar de lo que digan los demás.

No tengamos miedo de ser cristianos, de seguir a Cristo, de convertirnos, de manifestar nuestra fe; y gozaremos así de la felicidad que Jesucristo nos proporciona. Una felicidad como la de Mateo.

Sábado después de Ceniza

Lc 5, 27-32

En el comentario del evangelio de san Lucas que hoy meditamos, descubrimos varios signos que nos hablan de conversión.

“Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos”. Sabemos, por otros pasajes de la Escritura (recordemos a Zaqueo), que los publicanos cobraban al pueblo los impuestos determinados por los invasores romanos, por lo que se los consideraba “colaboracionistas”. Además, se ocupaban de cobrar los impuestos al pasar las mercaderías de un pueblo a otro, los que los hacía impuros, con el agravante de que fijaban los cobros según les interesaba. Eran calificados de pecadores.

En los evangelios de Lucas y Marcos, al narrar el mismo episodio, el publicano, recibe el nombre de Leví; en el de Mateo, este escribe su propio nombre. Porque el publicano, al escuchar al Maestro, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió”. Ante la mirada de Jesús, mirada adorable, vivificadora, mirada amorosa y transformadora, Leví se convirtió en seguidor de Dios, en el apóstol Mateo.

La Caridad es una virtud teologal que Dios infunde en nuestra voluntad para que lo amemos sobre todas las cosas y a nosotros y al prójimo por amor suyo. La caridad nos transforma la vida, dándonos la prontitud, el ánimo, la generosidad, las fuerzas para realizar la voluntad divina. El amor de caridad nos convierte en los apóstoles que nuestros ambientes y el mundo necesitan.

Otro signo de conversión es la escena en la casa del antiguo publicano. En efecto, Leví, lleno de alegría, ofreció un banquete en honor de Jesús, banquete del que participaban sus amigos, publicanos y pecadores como él. Y con esa participación en la fiesta, Jesús y sus discípulos, escandalizaron nuevamente a los fariseos. “¿Cómo es que coméis con publicanos y pecadores?”.

Qué maravillosa respuesta les da el Señor. ¡Viene a llamarnos a nosotros, a los pecadores para que nos convirtamos, viene a llamarnos a nosotros, los enfermos, para curarnos!  ¡Qué infinita es su misericordia!  Su Amor es incansable. Una y otra vez, nos mira y nos llama: “Sígueme”.

Contemplando esa mirada y escuchando su llamada… ¿cómo le responderemos hoy, en esta Cuaresma que recién se inicia?

Sábado después de Ceniza

Lc 5, 27-32

Todo ser humano, cualquiera sea su condición, es capaz de entregarse completamente a Dios; hasta el pecador más empedernido, al verse frente a la condenación, puede cambiar e iniciar una vida nueva.

Esto lo vemos en la práctica cuando el Señor fue a cenar en casa del publicano Leví, aunque ese proceder era escandaloso para los jefes religiosos, se levantó y lo siguió. Sólo un corazón disponible es capaz de levantarse. Levantarse implica dejar todo lo que estás haciendo, dar prioridad a quien te llama, renunciar. No se puede permanecer sentado en el mostrador de los impuestos y seguir a Jesús al mismo tiempo.

El seguimiento implica cambio de dirección. Este es el problema que, en ocasiones, nos impide avanzar en la vida de fe: nos da miedo levantarnos y abandonar nuestras seguridades, a veces preferimos una “mediocridad” segura a arriesgarnos por una vida en plenitud.

Aprendamos a salir de nosotros mismos y amar a los demás como lo hizo Jesús. No juzgues a las personas; solamente demuéstreles el amor de Cristo y se sorprenderá de lo poderoso que resulta el efecto que su actitud puede tener en ellas. No hay nadie que no pueda ser conducido a la rectitud de vida mediante el amor y la fidelidad de Dios.

Sábado después de Ceniza

Is 58, 9-14; Lc 5, 27-32

Supongamos que no te sientes bien y vas a ver al médico; tras un examen, dictamina que padeces una diabetes avanzada.  Te receta un dieta muy estricta.  Tendrás que dejar de comer tus condimentados platillos favoritos y no podrás beber lo que tanto te gusta.  Supongo que obedecerás al pie de la letra lo que el doctor te ha ordenado, porque sería una verdadera tontería pasar por alto el diagnóstico del médico y fingir que no estás enfermo.  Ni el mejor médico del mundo podría ayudarte, a no ser que estuvieras dispuesto a admitir que estás enfermo y que necesitas la atención médica.

En el evangelio de hoy, los escribas y fariseos se nos presentan como personas insensatas.  Ellos se creían muy buenos a su propios ojos, pero no lo eran a los ojos de Dios.  Cuando Jesús les dijo que «los sanos no necesitan del médico», hablaba con sentido irónico, porque quería decir precisamente lo contrario, ya que los fariseos y los escribas no tenían absolutamente nada de sanos.  Estaban gravemente enfermos, atacados por el mal del egoísmo y el orgullo.  Era necesario someterlos a una rigurosa dieta espiritual, como la que receta la primera lectura de hoy.  Era necesario que se abstuvieran de imponer sus propios gustos y criterios y de buscar su propio interés.  Pero ni siquiera Jesús podía curarlos, porque de ninguna manera querían admitir que estaban enfermos.

Jesús es nuestro médico espiritual.  Tiene la habilidad y los medios para curarnos del pecado, a condición de que sigamos sus consejos y obedezcamos sus mandamientos.  Ante todo, debemos ser suficientemente humildes y sinceros para aceptar su diagnóstico.  En la Misa de hoy, antes de la comunión, admitimos que estamos espiritualmente enfermos y que necesitamos su ayuda.  Le decimos: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».  Esa humilde súplica es el primer paso en el camino de la completa recuperación de la enfermedad que nos produce el pecado.