Viernes de la V Semana Ordinaria

1 Rey 11, 29-32. 12, 19

La infidelidad siempre tiene consecuencias negativas en la vida del hombre. Cuando, seducidos por el pecado, olvidamos nuestra alianza bautismal y nos enrolamos en la vida mundana, nuestra vida se divide de la misma manera que se dividió el reino de Israel, y como producto de esta división se pierde la paz y la armonía interior, lo que tarde o temprano terminará por extinguir en nosotros la felicidad.

Y es que, como diría Jesús, no podemos servir a dos amos pues con alguno de ellos se quedará mal. En una vida dividida no se puede ser feliz. Sin embargo, a pesar de nuestra infidelidad Dios no cancela el compromiso de amor que hizo con nosotros el día de nuestro bautismo y continua manifestándose lleno de misericordia para conducirnos de nuevo a Él.

Y así, de la misma manera que dejó una tribu a la casa de David, así también el Señor con su gracia, que nunca se extingue en nosotros, nos mueve a la conversión.

Si piensas que tu vida está lejos de Dios, recuerda que dentro de ti está la llama de su Espíritu que te invita hoy mismo a regresar a su amor mediante un acto de fe; si en tu vida se ha manifestado la infidelidad a Dios o a tus seres queridos, déjate llevar por el amor inextinguible de Dios y con humildad regresa al amor y a la fidelidad.

Mc 7, 31-37

Este pasaje nos muestra de manera indirecta los dos elementos fundamentales de la construcción del Reino: oír y hablar.

¿Has experimentado algún día esa sensación de llegar hasta los extremos y querer taparte los oídos para no escuchar nada más?  ¿Te has sentido decepcionado y has prometido no abrir la boca pues todo parece inútil?

Es curioso que en la época de las grandes comunicaciones, de los medios extraordinarios para hablar, para escuchar y ver al otro, tengamos que admitir que nos estamos quedando sordos y mudos.

La soledad es una de las enfermedades más actuales, la incomunicación es uno de los problemas que más nos hacen sufrir.  Estamos sordos, mudos y lo más triste es que no percibimos estos problemas.  Entonces se agrava mucho más la enfermedad porque nos aspiramos a tener curación.

Hoy, tendríamos que acercarnos a Jesús y pedirle que meta sus dedos en lo profundo de nuestros oídos para que se abran y sean capaces de escuchar el grito doloroso de sus hermanos.  Que podamos percibir los silencios resentidos de nuestros familiares y las protestas angustiosas de nuestros cercanos.

Hemos perdido la capacidad de escuchar lo que sale del corazón del otro, preferimos estar atentos a las noticias intrascendentes, al estado del tiempo, a las novedades de la política o de los deportes, pero no tenemos tiempo de escucharnos en familia, de percibir los latidos del corazón adolorido de quien llega hasta nosotros del clamor de quienes viven en la miseria.

Por eso hay que pedirle a Jesús que meta su dedo profundo muy adentro de nuestros oídos para que se abran, para que se limpien, para que se purifiquen y sean capaces de escuchar la palabra de Jesús y las palabras de nuestros hermanos.

También tenemos necesidad de hablar, no de superficialidades, sino de lo que es verdaderamente importante.  Necesitamos proclamar la palabra de Jesús.  Es urgente que alcemos nuestra voz por los que están sufriendo.  Es necesario que nuestras palabras abran un diálogo con los cercanos, con los tímidos, con los que se esconden.

La saliva de Jesús es señal de su Espíritu y nosotros necesitamos el Espíritu del Señor para hablar, para romper hielos, para abrir caminos de reconciliación, para denunciar injusticias.

Que el Señor Jesús toque con su saliva nuestra lengua endurecida y encallecida por tanto silencio.  Que el Señor abra nuestros oídos, abra nuestra boca y abra sobre todo nuestro corazón para anunciar a nuestros compañeros y vecinos, la buena noticia del Evangelio.

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