Miércoles de la II Semana de Pascua

Hech 5, 17-26

¿Quién podrá detener el anuncio de la Palabra de Dios? ¡Nadie!… excepto nosotros mismos.

El episodio de hoy nos narra como Dios incluso mandó un ángel a sacar de la prisión a los apóstoles y les dijo: Vayan a predicar.

Hoy están faltando muchos cristianos valientes que anuncien la palabra de Dios en sus comunidades, en sus escuelas, en sus oficinas y negocios; cristianos que sin temor al «que dirán» sean capaces de vivir de tal manera el evangelio en sus propios medios, que llamen la atención de los demás; cristianos que no tengan temor de hablar abiertamente de Jesús a sus amigos y conocidos; cristianos que no se avergüencen de ser testigos del Resucitado.

No permitamos que nuestros temores detengan el anuncio de la Vida, el Amor, la Paz traídas por Cristo. Recuerda siempre que la única oportunidad que tiene el hombre de vivir la vida en plenitud está en Cristo… y que su anuncio también depende de ti.

Jn 3,16-21

San Pablo en su carta a los romanos no sale del asombro en cuanto al desmedido amor de Dios, pues dice: «Por un hombre bueno alguien estaría dispuesto a dar su vida, pero Dios probó que nos ama, dando a su Hijo por nosotros que somos malos».

¿Quién puede entender un amor como este, un amor que no reclama sino que
se goza en dar, y en dar incluso lo que más ama? Esta es la locura del amor de
Dios: amarnos a nosotros, pobres pecadores.

Hay quien se aleja de la religión y de Dios porque quieren una mayor libertad. Quizás mucho culpa la hemos tenido nosotros al presentar un Dios, y al mismo Jesús, como si nos ataran y encasillaran en estructuras y mandamientos inflexibles. Pero hoy Jesús nos presenta un rostro de Dios completamente diferente: Es un Dios de amor que nos ama hasta el extremo de entregarnos a su Hijo con la finalidad de que tengamos vida y una vida plena.

Esta página del Evangelio la deberíamos de meditar una y otra vez hasta que calara muy hondo el nuestro corazón. Dios me ama hasta el extremo.

No viene Jesús para condenar, sino para dar vida y salvación. Dios no entrega a su Hijo al mundo para hacer justicia sino para dar amor.

Qué equivocados estamos cuando ofrecemos nuestros dones para satisfacer a un Dios que está eternamente enojado. Si pudiéramos experimentar este grande amor que Dios nos tiene, cambiaríamos muchas de nuestras actitudes y formas de relacionarnos con Él.

Cuando miramos la vida como si fuera un logro nuestro, cuando nos atribuimos los logros y los triunfos, cuándo pareciera que estamos compitiendo con Dios, estamos muy equivocados, porque Dios está de nuestro lado y camina con nosotros. Para eso ha enviado a su Hijo y creyendo en Él alcanzaremos vida eterna.

Hay muchas formas en que vamos limitando la vida y coartando la libertad porque nos hemos vuelto egoístas y ambiciosos y queremos todos los bienes sólo para nosotros y no somos capaces de comprender nuestros límites de tiempo y de historia.

Jesús viene a caminar en nuestra historia y a abrir el horizonte. Cuando creemos en Él, cuando amamos como Él, cuando nos dejamos llevar de su presencia, podremos vivir de manera plena.

Muchas veces he pensado que el hombre camina en la oscuridad por su propio gusto, cuándo podríamos caminar en la luz de Jesús, pero a veces tenemos miedo a la transparencia, a la luz y a la verdad.

Este día podemos colocarnos frente a Jesús y decirle que gracias porque se ha hecho rostro del amor del Padre, porque se ha hecho caricia para cada uno de nosotros, y porque lejos de condenarnos, viene a ofrecernos salvación.

Martes de la II Semana de Pascua

Hech 4, 32-37

En una ocasión decía Jesús: «Quien encuentra la Perla Preciosa, vende todo para poder comprarla». Esta es la gran realidad que vivían y que viven los que descubren lo que significa en realidad poseer el espíritu.

La felicidad, la paz y el gozo que Dios regala al hombre no tienen ni precio, ni comparación, por lo que la libertad que se experimenta lleva al hombre a cambiar su valoración no solo sobre los bienes, sino sobre las mismas personas.

Para el cristiano que deja que Dios tenga verdaderamente un espacio en su corazón, las cosas son solo instrumentos para la construcción del Reino y para el uso de aquellos que los necesitan.

Por ello la idea de atesorar es totalmente contraria al Evangelio. Y es que cuando el amor penetra en el corazón del hombre se acaba la idea del «mío» y del «tuyo» para darle cabida al «nuestro».

Si queremos que la situación de miseria que flagela nuestra sociedad se termine, es necesario que tú y yo abramos el corazón a la fuerza del amor del Jesús Resucitado.

Jn 3, 7-15

Si contemplamos la escena que nos presenta hoy la narración de los hechos de los apóstoles, en la primera lectura, podremos comprender mejor las expresiones que dejan atónito, no solo a Nicodemo sino también a todos nosotros.

No podían imaginar los israelitas que el cumplimiento de la ley, alcanzara su plenitud en la vida presentada como ideal en los Hechos de los Apóstoles: Vivían con un solo corazón y una sola alma. El amor a Dios hecho fraternidad resume la práctica de todos los mandamientos.

El dar testimonio de la resurrección, no con palabras, sino con los signos que todos podían contemplar, era el mejor anuncio del Reino de Dios. Y detrás de todo esto como motor y fuente el Espíritu Santo.

Podrían parecernos muy abstractas las palabras que hoy nos ofrece el Evangelio, pero si tomamos en cuenta que el viento es uno de los signos de la presencia del Espíritu, estaremos en camino de comprenderlo mejor.

El que nace del Espíritu, es una persona libre, sin ataduras que rompe los esquemas, que abre caminos.

La contraposición entre cielo y tierra es muy clara. Hay personas inteligentísimas, sin más, que tienen sus objetivos puestos en las cosas del mundo. Jesús propone otros valores; propone otra forma de vivir. Solo mediante el viento, el Espíritu Santo, que no proviene de la tierra sino del cielo, podremos construir un mundo nuevo.

Cuando nos mueven intereses económicos, materiales, mezquinos podemos tener una gran unión, pero no tendremos un solo corazón. Cuando nos mueve el Espíritu lograra que tengamos un solo corazón y una sola alma.

Es necesario revisar como hemos abierto el corazón al Espíritu y si estamos dispuestos a dejarnos mover por su fuerza, o si nosotros lo queremos manipular.

Hoy, busquemos un momento de silencio para sentir la brisa del viento y dejarme invadir por la presencia del Espíritu.

¿Estoy viviendo de acuerdo a lo que quiere Jesús? ¿Mis valores son mezquinos, egoístas?

Que el Espíritu Santo venga y nos llene de su fuerza, de su sabiduría.

Lunes de la II Semana de Pascua

Hech 4, 23-31

Ya en la antigüedad decía Orígenes: «Antes de la predicación de la Palabra de Dios, todo estaba en paz; mientras no sonó la trompeta, no hubo lucha; pero desde entonces el reinado de Dios sufre violencia». Esto ya nos lo había advertido Jesús cuando dijo: «A mí me persiguieron, lo mismo harán con ustedes».

Una de las causas por las que nuestra cultura no vive un cristianismo más auténtico es por el miedo, por el temor a ser rechazado, criticado, excluido de los grupos sociales.

Los apóstoles hoy nos dan muestra de valor… pero de un valor que no les viene de sus propias fuerzas sino de Dios. Si verdaderamente queremos mostrarnos como testigos y seguidores de Cristo necesitamos, como ellos, pedir continuamente esta fuerza de lo Alto.

La oración tiene el poder de fortalecer nuestra voluntad para que en todo momento podamos portarnos, pensar y hablar como auténticos cristianos. Date tiempo para orar e invita a unirse a ti a los que viven cerca de ti.

 Jn 3, 1-8

Jesús, dice a Nicodemo, que hay dos maneras de vivir la vida humana: o movido por los impulsos naturales del hombre (vida de acuerdo a la carne), o movido por la gracia de Dios, por la acción del Espíritu (Vida en el Espíritu). Para san Pablo esta será la gran novedad del cristianismo.

El hombre ahora puede enfrentar la vida, que es en sí difícil pues está marcada por el pecado (personal y social), con la fuerza divina. Mientras el hombre no «renace» a esta vida, continua sujeto, dirá san Pablo; Esclavo, de sus pasiones y busca resolver sus problemas con sus propias fuerzas.

El «renacido», es una nueva criatura en Cristo. Su manera de pensar, de actuar de dirigir su vida, está ahora marcada por la presencia del poder de Dios, el cual se manifiesta en amor.

Ciertamente al ser bautizados, esta nueva vida se ha hecho una realidad en nosotros, pero es necesario que como toda vida: crezca, se desarrolle y dé fruto.

Abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu. Hagámonos conscientes, que la muerte no reina más en nosotros y dejemos que El Espíritu Santo crezca y conduzca nuestra vida.

Sábado de la Octava de Pascua

Hch 4, 13-21; Mc 16, 9-15

En este sábado de la octava de Pascua leemos la narración que nos ofrece el evangelista san Marcos sobre las apariciones de Cristo resucitado a distintas personas y varios escenarios.

En estas cortas líneas que nos presenta el evangelista, se nos manifiesta una vez más la dificultad que se advierte en los discípulos para admitir la resurrección del Señor. Al mismo tiempo nos recuerda la misión evangelizadora que el Señor les confiere.

Aquella narración detallada que los otros evangelistas hacen sobre la aparición de Jesús a María Magdalena y a los discípulos que van camino de Emaús, aquí solamente se hace una breve mención. Pero se destaca la incredulidad de los Apóstoles y la misión encomendada por Jesús.

Según la lectura evangélica de hoy, Jesús abre los ojos a los discípulos respecto a la realidad de su resurrección y les encarga que vayan al mundo entero a anunciar esta gran noticia como fundamento de la fe en Cristo, Señor y Salvador.

Todo encuentro con Jesús resucitado acaba con un mandato de misión. Jesús se deja encontrar para suscitar apóstoles, perdonarles, quitarles el miedo y la cobardía, llenarlos de coraje y de evangélica intrepidez, eso se llama en el Nuevo Testamento: «parresía». Para enviarlos a todo el mundo a predicar el evangelio.

Ni un solo lugar de la tierra debe quedar a oscuras, sin oír el mensaje de salvación. No estamos solos ni desamparados en esta hermosa tarea. Él está con nosotros, trabaja con nosotros, nos anima, nos unge de fortaleza y esperanza. En su nombre seguimos echando la red, pues somos pescadores de hombres, y el mar es inmenso, profundo.

Llénanos de urgencia, Señor. El mundo aguarda impaciente tu Palabra de salvación. Danos audacia para anunciar tu evangelio sin desfallecer.

Viernes de la Octava de Pascua

Hech 4, 1-12

Ni parecería que el Pedro que está hablando fuera aquel mismo Pedro que por miedo a correr la misma suerte que Jesús, lo negó tres veces; el mismo hombre que después de la resurrección estaba escondido a puerta cerrada por miedo a los judíos.

La diferencia entre uno y el otro, es que ha tenido un encuentro «personal» con Jesús resucitado. Ahora conoce a Jesús no solo como «un profeta poderoso en obras delante de Dios y de los hombres», sino como su Dios y su Señor.

Es por ello necesario que todos y cada uno de nosotros tenga también este encuentro personal, como decía el Papa Paulo VI; «de ojos abiertos y corazón palpitante», con Jesús resucitado, ya que este encuentro es el elemento que transforma nuestra vida.

La Pascua es un tiempo propicio para que este encuentro se realice en lo profundo de nuestro ser. Simplemente hay que estar atentos, Jesús nos saldrá al encuentro en cualquier momento… no lo dejemos pasar sin que nos cambie el corazón.

Jn 21, 1-14

Es una equivocada creencia que a Jesús solo se le puede encontrar en los templos, o en los momentos de mucha intimidad dentro de la oración.

Jesús, Carpintero, hombre de trabajo y de fatiga, se hace presente en nuestros mismos lugares de trabajo. Aunque su presencia escapa a nuestra vista, su acción creadora, está siempre lista para atendernos, y ayudarnos en nuestras labores diarias, para que a pesar de que nuestros esfuerzos no hayan rendido el fruto esperado, Él hará lo que para nosotros no fue posible.

La gran novedad de encontrarnos con Cristo resucitado, viene a cambiar todas las expectativas que tenía nuestra vida. Pedro vuelve a sus ocupaciones cotidianas y no está mal que lo haga, pero Jesús le pide que lo haga de un modo nuevo. Toda una noche y no ha pescado nada. Es natural que haya desaliento para quien no logra sus objetivos. Pero Jesús propone que lo haga de nuevo, pero ahora en su nombre y a su estilo.

Al amanecer se aparece Jesús y aunque ellos no lo reconocen, da nuevas posibilidades ante el fracaso. Echar las redes en su nombre es abrir nuevas posibilidades a la esperanza, es negarse a sufrir el fracaso como fin, es que de levantar nuevas ilusiones en nuestra manera de actuar. Jesús resucitado es quien nos ofrece estas nuevas posibilidades.

Ciertamente volveremos a nuestras actividades diarias, pero con la nueva fortaleza del Resucitado.

Juan lo reconoce, no solamente por la pesca milagrosa sino porque el amor le hace descubrir al maestro y lo comunica.

La espontánea y atrevida acción de Pedro nos hace imaginar todo lo que significa la presencia de Jesús. Un gesto familiar y de amistad nos ofrece Jesús al presentar el fuego encendido, al ofrecer el pescado y el pan. Este es Jesús, el que desde lo cotidiano nos hace vivir una nueva forma, dando esperanza, restaurando la ilusión ofreciendo el pan y el pescado.

Al encontrarnos hoy con Cristo resucitado también nosotros despertemos ilusión para retomar con mayor ahínco los trabajos diarios dándoles un nuevo sentido y también nosotros seguir su ejemplo de ofrecer una hoguera que no se apague para quién se siente solo y abandonado; un pan y un pescado para quien sufre el hambre y el abandono.

Miércoles de la Octava de Pascua

Hech 3, 1-10

El tiempo de la Pascua nos regresa a la frescura de vida evangélica vivida por la primera comunidad, en donde lo sobrenatural era la cosa más natural, en donde los milagros eran el medio para que el mundo creyera en la resurrección y se adhiriera a la Iglesia.

Hoy en día la comunidad cristiana se asombra por una curación milagrosa, de que una persona tenga visiones o revelaciones de Dios cuando que esto, para una persona que vive en el Espíritu, puede ser la cosa más natural.

Esto no quiere decir que todas las visiones y milagros que la gente dice tener o realizar tengan como fuente a Dios, sin embargo no debía de extrañarnos de que cosas como estas sucedan, ya que en medio de un mundo incrédulo en el que vivimos, Dios se continúa mostrando con poder.

Jesús había dicho a sus apóstoles; «Ustedes harán cosas más grandes que las que yo hice». Los signos y prodigios que Dios sigue realizando entre nosotros tienen como objetivo manifestarle al mundo que su Palabra es actual y verdadera, que Él continúa actuando en todos aquellos que se ofrecen a ser sus mensajeros, y tú puedes ser uno de ellos.

Lc 24, 13-35

Lucas, en este pasaje, sintetiza lo que ya desde el principio de su evangelio ha venido diciendo: Dios se ha acercado a nosotros, nos ha salido al camino haciéndose uno de nosotros.

Sentirnos acompañados por Jesús, sentarnos a su mesa a compartir su pan es la más bella experiencia de Resurrección.

El evangelio de los caminantes de Emaús, tan sumergidos en la tristeza y en el fracaso, pudiera ser el de cualquiera de nosotros que hemos pasado por frustraciones y tropiezos. Jesús se acerca, se involucra con los caminantes, los cuestiona y acopla su paso a los de los desconsolados; escucha con atención y comparte la pena, pero no solo comparte, ofrecer respuestas y proporciona luces.

Ya en esos momentos comienza a arder el corazón de los que estaban tan fríos, pero la culminación llega manifestar su necesidad, al reconocer la oscuridad que se avecina y pedir que se quede con ellos: » quédate con nosotros porque ya es tarde y pronto va a anochecer». Y a la petición hecha por temor hay una respuesta que supera toda la imaginación. No solo se queda por un momento, sino que Hecho pan se ofrece para hacer partido y repartido.

No solo vence la oscuridad, sino que enciende el fuego y la luz en los corazones que ahora se sienten capaces de retomar el camino que habían desandado por el fracaso.

El partir el pan, el acoger la palabra, el sentarse a la mesa ha transformado el corazón de aquellos dos hombres que se sentían desahuciados. ¿Porque no hacer nosotros la misma petición?

Jesús también a nosotros nos da compañía, nos da su palabra que ilumina, tiene puesta la mesa y el pan que compartirá.

¿Nos acercamos a Jesús?

Martes de la Octava de Pascua

Hech 2, 36-41

En la antigüedad bastaba un sermón, una predicación para convertir a miles de personas, hoy ni con mil sermones logramos convertir a una persona. Quizás la causa sea que Pedro realmente estaba convencido de lo que decía.

Para él Cristo no era o había sido una filosofía, sino una persona real, alguien que le había cambiado su vida, de ser pescador de peces a pescador de hombres. No solamente sabía que había recibido el Espíritu Santo, sino que experimentaba su poder en él.

Por ello cuando hablaba, la fuerza del mensaje iba cargada de la presencia de Dios, pues hablaba de su experiencia. Reconocer que Jesús ha resucitado, significa aceptar su vida y amor, y dejarse transformar por Él.

La Iglesia continua necesitando hombres y mujeres que estén profundamente convencidos de la resurrección de Cristo y que lo testifiquen en sus oficinas, en sus escuelas en la misma casa, viviendo de acuerdo al mensaje del evangelio y siendo valientes para en el momento que se requiera puedan dar razón de su fe.

Tú eres una de estas personas.

Jn 20, 11-18

En los últimos años la Iglesia ha insistido continuamente en la importantísima función que tienen los laicos dentro del proyecto salvífico de Dios como anunciadores y testigos de la resurrección de Cristo, como nos lo muestra hoy el evangelio.

Muy significativa la narración que nos presenta san Juan de este encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado. María magdalena, cómo muchos de nosotros, permanece en el llanto y la tristeza, sin imaginarse que Jesús pudiese resucitar. Todo lo da por perdido y ahora nada tiene sentido de aquel bello sueño deformar un mundo nuevo, diferente. Sin embargo, se queda junto al sepulcro, no huye, no abandona, aunque esté sumergida en el dolor y en el desconsuelo.

En su tristeza no es capaz de reconocer los grandes prodigios que se están realizando junto a su alrededor; los ángeles en el sepulcro no le causa ninguna sorpresa y solo mira en una dirección: Cristo muerto y ya nada tiene sentido. Sus reclamos y frustraciones no cesan al acercarse a Jesús, también para Él es la pregunta y la acusación velada: “ si tú te lo llevaste…” le han quitado a su maestro y ella se aferra a su soledad, a la ausencia. No es capaz de reconocer al mismo Jesús.

Ciertamente, la resurrección de Jesús no es un simple volver a la vida y tener el mismo cuerpo. La resurrección implica una nueva vida, diferente, plena, como nos lo muestran las narraciones en las que se aparece a sus discípulos.

María Magdalena es capaz de reconocer a Jesús solo cuando escucha su voz pronunciando su nombre y entonces todo se transforma en alegría y felicidad; todo es plenitud y confianza. Adiós a los temores, adiós a la ceguera, adiós al fracaso. Se sabe amada, pronunciada por Jesús que ha resucitado y le encomienda una nueva misión.

Esta experiencia de vida es la que hoy nos ofrece Jesús: No está muerto sino que está al lado nuestro, en nuestros aparentes fracasos, en nuestros desalientos, en su aparente ausencia.

Cristo está con nosotros y también pronuncia nuestro nombre de una forma única y especial, porque su amor por cada uno de nosotros es irrepetible.

Experimentemos hoy este encuentro con Jesús, que seamos capaces de descubrirlo a pesar de las apariencias en que se presente, cómo la sencillez de un jardinero, el dolor de un fracaso o la sonrisa de un niño.

Cristo está vivo y te habla por tu nombre. ¿No te llena de ilusión y vida nueva?

Lunes de la Octava de Pascua

Hch 2, 14.22-23

La lectura de hoy nos ofrece un parte del discurso de san Pedro el día de Pentecostés.  La interpretación teológica que da a lo que ocurrió aquel día tiene un núcleo central que es claramente una referencia a Cristo.  El Espíritu que ha sido dado nos introduce en la perfecta inteligencia del misterio de Jesús de Nazaret: verdadero hombre y verdadero Dios, sanador y Salvador, llevado a la muerte por los hombres pero resucitado por Dios.

De ese modo, Dios ha realizado las promesas hechas a David: en Jesús resucitado se inaugura la plenitud de los tiempos.

Los apóstoles dan testimonio del cumplimiento de las profecías.

Mt 28, 8-15

El mundo de muchas maneras ha tratado y seguirá tratando de detener el anuncio del reino, de negar de una o de otra forma que Jesús ha resucitado, que la vida en abundancia es posible, que hemos sido perdonados de nuestros pecados, que el Espíritu vive en nosotros… en fin, que somos una nueva criatura en Cristo.

Sin embargo, Jesús continúa saliéndonos al camino, para decirnos: «No tengan miedo». Por ello, debemos ahora más que nunca mostrar con nuestra vida, con nuestras palabras que Cristo verdaderamente ha resucitado, que vive en nosotros, que nuestra vida está unida a la de Él.

Jesús nos sale al encuentro en la Eucaristía, en la Sagrada Escritura, en nuestro mismo interior, para enviarnos a testificar que la muerte no lo retuvo, que ha vencido el pecado y nos ha dado vida, y vida en abundancia.

Nada detendrá este anuncio… Jesús está vivo y es mi Señor. Amén.

VIGILIA PASCUAL

Esta noche, es la noche más importante del año.  Esta noche es más importante aún que la noche de Navidad.  En la noche de Navidad celebramos el nacimiento del Señor, pero, como se nos dice en el Pregón Pascual, “¿de qué nos serviría haber nacido, si no hubiésemos sido rescatados?”

Estamos pues, viviendo esta noche, la celebración más importante del año, culminación de la Semana Santa y eje de toda nuestra vida cristiana.  Esta es una noche de fiesta y de esperanza, una noche de vela ante el paso del mundo viejo al nuevo, de la esclavitud a la libertad, de la desesperación a la esperanza y de la muerte a la vida.  Cristo ha vencido a los poderes de la muerte.

En la liturgia de la Palabra, las diversas lecturas que hemos proclamado nos han ido recordando la historia del pueblo de Israel, las grandes hazañas que el Señor ha hecho por la humanidad.  La primera de todas fue la creación del mundo.  Dios por amor, ha creado el mundo y ha puesto al hombre como dueño, como Señor de las cosas.  Hemos oído también el paso de la esclavitud a la libertad del pueblo de Israel con la salida de Egipto y el paso del mar Rojo.  El pueblo de Israel queda libre.

Todas esas hazañas que Dios hizo con el pueblo de Israel son como antecedentes de lo que el Señor realizará después con nosotros. Esta noche, se nos invita a nosotros a salir de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Hoy es una noche santa para recordar esas hazañas de Dios, las maravillas que Dios ha hecho por nosotros. 

Desde que hemos empezado la liturgia, hemos realizado varios signos que nos hablan de la Noche Santa: hemos encendido el fuego; fuego nuevo, del cual hemos encendido el Cirio Pascual, símbolo de la luz; hemos entrado en procesión en la Iglesia, que estaba a oscuras, con la sola luz de Cristo, con la del Cirio Pascual; de esa luz hemos ido encendiendo después nuestras velas hasta que se ha iluminado toda la Iglesia, hasta que nos ha iluminado la Luz, símbolo de Cristo resucitado, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha iluminado el mundo con su luz.

Hoy es Pascua.  Hoy celebramos que Cristo “pasa”, que Cristo atraviesa los umbrales de la muerte y sale a la vida.  Cristo vence la muerte y resucita: es la Pascua, el “paso” del Señor.  El bautismo es pasar de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz.  Esta noche es noche de gozo y de alegría.

Esta noche no estamos celebrando algo que ocurrió en el pasado como cuando celebramos el día de la patria, o el cumpleaños de un personaje histórico.  Celebrar la Pascua es tomar conciencia que también nosotros estamos llamados a resucitar a una vida nueva.  Creer en la resurrección es creer en la acción de Dios en la historia.  Es creer en el poder de Dios que actúa en los pequeños y en los más débiles.  Es creer que la lucha a favor de la vida y de los pobres y desvalidos es mucho más fuerte que las bombas más poderosas de cualquier pueblo o nación.  Es creer que hasta de lo más débil y frágil, Dios puede hacer surgir algo nuevo.

En esta noche santa, vamos a pedirle al Señor del fuego y de la luz, que ilumine los corazones y las inteligencias de los hombres, para que a nadie le falte el calor de una mirada atenta y de una mano generosa, para que nadie muera por falta de pan y de misericordia, para que brille siempre en el mundo el fuego del amor y de la generosidad.  Encendamos en el corazón de todas las personas del mundo la luz y la llama de este Cirio Pascual, la Luz de Cristo, para que arda e ilumine la vida de todas las personas de buena voluntad.

En esta noche Santa demos gracias a Dios por la resurrección de Jesucristo y porque Él nos ha unido a su misma resurrección, nos ha tomado de la mano y nos ha salvado, nos ha redimido, nos ha liberado de las cadenas que nos ataban.  ¡Feliz Pascua de resurrección!

VIERNES SANTO

Hoy, Viernes Santo, recordamos la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.  Ayer veíamos a Cristo dándose en el sacramento de la Eucaristía sobre el altar, hoy el altar está desnudo, única vez que sucede esto en todo el año, hoy está desnudo el altar, como Cristo está sólo en la cruz.

En este día de Viernes Santo, nos podemos preguntar: ¿por qué tenía que morir Cristo en la cruz? ¿Por qué tanto dolor, tanto sufrimiento?  Ya el mismo Jesús había anunciado que “era necesario que el Hijo del Hombre padeciese y muriese”.

La muerte de Jesús en la cruz es la mayor prueba del amor de Dios por nosotros, porque nos ama.  Jesús entrega su vida en la cruz.  Pero en esa misma cruz Dios acaba con el poder de la muerte, y Jesús muriendo destruyó nuestra muerte y nos abrió el camino del cielo y de la esperanza en la vida eterna.  Jesús murió por nosotros, porque nos ama y murió por nuestra salvación, para rescatarnos del poder de la muerte y del mal y así darnos una vida sin miedo.  La promesa de Jesús al buen ladrón, es la promesa para todos nosotros: hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.

Cristo desde la cruz no solamente manifiesta cuánto nos ama sino que además asume en sí mismo y en su corazón cada uno de los dolores de las personas, cada uno de nuestros sufrimientos, todo el dolor del mundo.  Cristo, el inocente, el que no tenía por qué sufrir nada, ha sido capaz de cargar con los dolores de la humanidad.  Cristo ha soportado lo que nosotros debíamos sufrir.  Pero además de cargar con nuestro dolor físico, con nuestras enfermedades, ha cargado con nuestras culpas.  Porque eran nuestras culpas las que Él llevaba como dice el profeta Isaías y nuestros pecados los que lo golpearon.  Han sido nuestras rebeldías quienes lo han herido.  Cristo ha soportado el castigo, que nosotros merecíamos por nuestras culpas.

Cristo no carga solamente con el dolor, sino con el dolor y el pecado.  Y Cristo, nos dice la carta a los Hebreos que hemos proclamado, aprendió sufriendo a obedecer.  El Señor dirigió súplicas a su Padre para que lo librara de la muerte, pero Dios Padre quiere que pase por la prueba final y no quiere ahorrar a su Hijo el paso de la muerte ni tampoco el dolor.  Y Jesús en el huerto de Getsemaní, le dice: “Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Cristo ha venido al mundo para quitar a los hombres sus cargas y para cargar con nuestras cruces, para cargar con los pesos del mundo, para carga con las muertes del mundo.  Ha venido para salvar y redimir al hombre y dar un sentido al sufrimiento.

Desde la cruz, Cristo continúa siendo nuestro maestro.  Desde la cruz sigue enseñándonos, nos da lecciones de oración y de perdón.  Le pide a Dios Padre que perdone a los que lo están crucificando.  Perdona al ladrón arrepentido, que le pide que lo lleve al Paraíso.  Desde la cruz, Jesús nos da lecciones de generosidad y entrega.  Entrega al cielo al ladrón arrepentido, entrega a su Madre al discípulo amado, a Juan, y con él nos la entrega a todos nosotros; entrega su sangre por cada uno de nosotros.  Cristo desde la cruz abre sus brazos para darnos el gran abrazo a toda la humanidad.

Asumiendo Cristo nuestro dolor, nuestros pecados, con esa entrega total, Él nos está redimiendo a cada uno de nosotros.  Cristo nos ha salvado.  No tengamos ya miedo al dolor, no tengamos ya miedo a la muerte, no tengamos ya miedo a las consecuencias del pecado, porque Cristo, con su cruz, con su donación total, ha redimido al mundo.

Vamos a pedir ahora por todas las necesidades del mundo y después adoraremos, con respeto y veneración, el árbol de la cruz y de la muerte, que se ha convertido para nosotros en árbol de salvación de vida eterna.