Jueves de la III Semana de Cuaresma

Jer 7, 23-28

El reproche y lamentación de Dios no sólo fue para el pueblo de Israel sino para todos aquellos que todavía hoy continúan cerrando su corazón a su amor y a sus enseñanzas.

Dios continua mostrándonos su amor e invitándonos a vivir en comunión con Él, a tenerlo verdaderamente como Dios, y no como un ídolo inerte.

Lo hace y ha hecho a través de los sacerdotes, de nuestros padres, de muchos de nuestros amigos. Pensemos por un momento ¿cuál ha sido nuestra respuesta a este amor ilimitado e infatigable de Dios por nosotros?

Aprovecha este tiempo para volverte al Señor, para responder con más generosidad a sus mandamientos, para crecer en el amor a tus hermanos, para ser más de Él.

Lucas 11, 14-23

A Jesús algunos tampoco lo escuchan ni le hacen caso. Para no tener que prestar atención a lo que dice porque es incómodo buscan excusas. Hoy el evangelio nos presenta una que es realmente poco razonable: quien expulsa demonios está en conformidad con el mismo Satanás. La respuesta de Jesús está llena de sentido común: un reino divido no podrá subsistir.

A veces resultan incomprensibles las actitudes de los testigos de las curaciones de Jesús, cuando Él ha hecho hablar a un mudo. Es cierto que algunos se quedan maravillados, pero otros se ponen a jugar y a criticar hasta acusarlo de hacer prodigios por arte del demonio. ¿Pretextos para no acercarse a Jesús? ¿Temor a que los que no hablan puedan expresarse?

No es raro que aún con pretextos religiosos, pretendamos solamente nosotros tener la razón y descalificar a los demás argumentando sus intereses oscuros, su mala vida o malas influencias.

Lo que sucedió a Jesús hoy mismo puede suceder, llevarnos a descalificar a quiénes realmente buscan justicia, verdad y paz.

Los primeros cristianos, frecuentemente, se vieron señalados como secta y partidarios de las malas artes, sin embargo ellos querían mantenerse fieles a Jesús. Desde ellos se entienden estas palabras y nos ayudan a visualizar mejor lo que Cristo nos enseña. No es fácil seguirlo, pero cuando estemos decididos, debemos hacerlo con coherencia y no con antigüedades

Somos muy dados a apostar a dos o más seguridades, queremos estar con Dios y estar con el mundo y sus encantos, queremos como dicen encenderle una vela a Dios y otra al diablo.

Jesús es consciente de que seguirlo implica renuncias, implica claridad de intenciones e implica asumir las consecuencias. Nos pide que nos definamos claramente y asumamos su misma forma de actuar. No podemos en un momento estar con Él y después hacernos los desentendidos, sobre todo cuando debemos asumir como Él actitudes que liberan, que comprometen y que deben dar vida.

Hacer hablar a los mudos que están condenados al silencio por nuestra sociedad nos puede costar persecuciones. Asumir los criterios de Jesús pueden causarnos burlas y desprecios, seguir su búsqueda de justicia trae sus consecuencias.

Hoy nos acercamos a Jesús y le decimos que queremos ser de los suyos, de los suyos de verdad, aunque implique riesgos y consecuencias. Le pedimos que nos de la fortaleza y la sabiduría necesarias para que le seamos fieles.

Miércoles de la III Semana de Cuaresma

Dt 4, 1; 5-9

Si nos preguntásemos por qué vivimos en un mundo tan corrupto, lleno de injusticia, infidelidad, violencia, etc., quizás la respuesta sería: porque nos hemos olvidado de transmitir a nuestros hijos la verdad y la fe.

Es triste que muchos de nosotros la única instrucción que hayamos tenido sobre la fe haya sido la catequesis apresurada para hacer la Primera Comunión.

En muchas de nuestras casas nunca se habla de Dios, de sus mandamientos, de los valores y fundamentos del Evangelio. El autor del Deuteronomio, ya le advertía al pueblo de Israel: «No olvides ni dejes que se aparte de tu corazón estos mandamientos… sino transmítelos a tus hijos».

Cuando el hombre se aleja de Dios y de sus mandamientos, todo se convierte en relativismo. Démonos tiempo para compartir en nuestra casa la oración y la fe.

Mt 5, 17-19

 En ocasiones Jesús critica las interpretaciones exageradas que los maestros de su época hacen de la disciplina. Pero en esta ocasión la defiende diciendo que hay que cumplir los mandamientos de Dios. Él no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud, a perfeccionarla.

Hay personas a quienes no les gustan los Mandamientos. Basta que nos manden algo para que se transforme en difícil, odioso y molesto. Podríamos hacer los mismos actos con gusto, pero no porque nos lo manden. Si además a esos preceptos no les encontramos razón de ser, es peor.

Parecemos adolescentes que en cuanto el papá o la mamá ordenan algo, eso basta para que se haga lo contrario. Sin embargo nuestra vida está llena de recomendaciones, mandamientos o precauciones que debemos tomar, desde el que conduce un coche, a quién va por la calle, quien no quiere enfermarse, la forma de tomar una medicina, todo tiene sus normas para que puedan ser útiles.

¿Porque nos oponemos tanto a los mandamientos? Quizás porque, supuestamente, coartan nuestra libertad. Pero el verdadero mandamiento no sería para coartar la libertad, sino para hacer un uso correcto de ella. Un uso que nos lleve a la vida y también que nos lleve a cuidar y dar vida a los demás.

Desde el Antiguo Testamento se nos presentan los mandamientos para que puedas vivir con sabiduría y rectitud. Cuando estos mandamientos se transforman en una carga y no parecen dar vida sino solo aprisionar y restringir, pierden su sentido.

Es lo que pasaba en tiempos de Jesús, los mandamientos habían perdido su espíritu y se convertían en carga. Cristo asegura que no viene a abolir los mandamientos sino a darles vida. Imaginemos, por ejemplo, el precepto de no matarás. Cuando tenemos al enemigo enfrente, cuando sentimos sus agresiones, instintivamente buscaremos la manera de hacerlo desaparecer.

Viene Jesús y nos enseña el mandamiento del amor. Quien ama, no mata; quien ama cuida la vida de los cercanos y de los lejanos; quien ama se preocupa por su prójimo. Pero si además nos asegura que debemos de amar hasta los enemigos, lo que nos está pidiendo Jesús es mucho más: que convirtamos a aquellos que nos odian en objeto de nuestros cuidados y de nuestro amor; que quitemos de en medio a nuestros enemigos, no destruyéndolos sino convirtiéndolos en amigos.

Jesús supo llevar a plenitud el mandamiento que le daba su padre y lo hizo con alegría y lo vivió a plenitud.

¿Cómo podemos hoy, en esta sociedad, que parece tan reacia a leyes y mandamientos, encontrar el verdadero sentido del mandamiento de Dios? ¿Cómo poder cuidar la vida según nos lo pide el Señor? ¿Cómo vivir en una relación amorosa, cuidadosa de unos con otros, cómo lo espera de nosotros Jesús? Solo siguiendo su ejemplo, solo viviendo con la misma libertad que Él lo hizo

Martes de la III Semana de Cuaresma

Dn 3, 25; 34-43

En la primera lectura del Libro del profeta Daniel se cuenta de Azarías que, arrojado al horno ardiente por no haber renegado del Señor, no se queja con Dios por el trato sufrido, ni se lo echa en cara, reivindicando su fidelidad. Continúa profesando la grandeza de Dios y va a la raíz del mal diciendo: Tú nos has salvado siempre, pero desgraciadamente hemos pecado. Se acusa a sí mismo y a su pueblo. La acusación de nosotros mismos es el primer paso hacia el perdón. Acusarse a uno mismo es parte de la sabiduría cristiana; no acusar a los demás, no…; a uno mismo: ¡he pecado! Y cuando nos acercamos al sacramento de la penitencia, tengamos esto en mente: Dios, que es grande, nos ha dado tantas cosas, pero desgraciadamente yo he pecado, he ofendido al Señor, y le pido la salvación.

Recuerdo que una señora fue al confesionario y se puso a contar largo y tendido los pecados de la suegra, intentando justificarse, hasta que el sacerdote le dijo: Ya está bien, ahora confiese sus pecados. Acusarse uno mismo. Eso le gusta al Señor, ya que Él acoge el corazón contrito, como dice Azarías, porque los que en ti confían no quedan defraudados. El corazón contrito que dice la verdad al Señor: He hecho esto, Señor. He pecado contra ti. El Señor le tapa la boca, como el padre al hijo pródigo; no lo deja hablar. ¡Su amor lo cubre, lo perdona todo!

No debemos tener vergüenza de decir nuestros pecados, porque es el Señor quien nos justifica perdonándonos no una vez, sino siempre. Pero con una condición: el perdón de Dios viene fuerte a nosotros con tal de que nosotros perdonemos a los demás. Y eso no es tan fácil, porque el rencor anida en nuestro corazón y deja siempre esa amargura. Tantas veces llevamos con nosotros la lista negra de las cosas que me han hecho: Y ese me hizo esto, y aquel lo otro… ¡Atentos a que el diablo no nos encadene al odio, porque el odio esclaviza!

Así pues, estas son las dos cosas que nos ayudarán a entender el camino del perdón: Tú eres grande Señor, pero desgraciadamente de pecado; y sí, te perdono, setenta veces siete, con tal de que tú perdones a los demás.

Mt 18, 21-35

Quizás una de las cosas de las que más adolece el mundo hoy es la Misericordia.

Nos hemos vuelto duros, rígidos, muchas veces intolerantes e insensibles. Es triste ver que algunos cristianos, que debían de estar llenos del amor misericordioso de Dios, continúan actuando como este hombre de la parábola.

Quizás nos parece exagerada esta parábola, pero solamente así podremos entender la gravedad de las ofensas al Señor. La obstinación de nosotros al exigir a nuestros deudores y la incongruencia ante lo que ofrecemos y lo que exigimos.

¿Cómo explicar la gravedad de nuestros pecados? Muchos millones es poco decir. Las consecuencias son muy claras, se implica a la propia persona, familia, casa, hijos, todo queda perjudicado por nuestros pecados y todo queda salvado por pura misericordia de Dios.

El contraste con la pequeña deuda que no es capaz de perdonar, también parece exagerado, pero si miramos nuestros actos cotidianos, comprenderemos muy bien lo que esta parábola nos enseña.

¿No es verdad que llevamos muchos años de resentimiento con determinada persona porque un día no nos saludó o nos hizo un desaire? ¿No es cierto que le vamos guardando una a una todas las ofensas que nos ha hecho la pareja o el compañero?

Somos muy complacientes con lo que nosotros ofendemos y hasta nos disculpamos, pero somos intolerantes ante las ofensas y errores de los demás.

Perdonar exige grandeza de corazón, pero perdonar también engrandece el corazón y proporciona una gran paz. Muchas veces he pensado cómo podríamos romper la cadena de violencia que tanto afecta a nuestra sociedad. Si no somos capaces de perdonar, si no reconocemos en el otro a un hermano, si no pedimos perdón a Dios, todo será inútil. Pedir perdón y perdonar serían los dos ejes sobre los que se construye la comunidad. Reconocerse pecador delante de Dios, saberse pequeño e insignificante y vivir agradecido por su gran misericordia, es el inicio para también nosotros ser capaces de perdonar.

¿Hay alguien que te haya ofendido? ¿Su ofensa la consideras como lo más grave del mundo? ¿Qué pensará Dios de esa ofensa?

Demos gracias a Dios por Su perdón y pidamos nos conceda un corazón generoso, capaz de perdonar. Entonces encontraremos verdadera paz.

Lunes de la III Semana de Cuaresma

2 Re 5, 1-15

En este pasaje, es claro lo que significa tener fe y el apoyo de la comunidad. Fe es obedecer aunque lo que se nos pide parezca una tontería, algo fuera de sentido.

Naamán pensó que era una tontería lo que Elíseo le pedía y ya había decidido marcharse enfermo. Sin embrago sus siervos (que podríamos identificar con la comunidad), lo convenció de que hiciera lo que se le pedía. Resultado: quedó sano.

En ocasiones nos encontramos con hermanos para los cuales la voluntad de Dios en ese momento, resulta difícil de aceptar; decisiones que resultan ilógicas.

Es entonces cuando la fe alcanza su valor máximo y es cuando nosotros podemos ser el instrumento para ayudar a quien duda a continuar adelante y así llevarlo a hacer la voluntad de Dios.

Recuerda que la vida del Evangelio está llena de proposiciones que nos parecerían ilógicas (Para vivir hay que morir… por ejemplo), pero es en la obediencia de éstas en donde encontramos la felicidad. Déjate conducir por Dios.

Lc 4, 24-30

La historia se repite, quizás, la diferencia sea que hoy la manera en que se rechaza al profeta es diferente.

Hoy ya no se les busca para matarlos… simplemente se les ignora. Pensemos en cuántas veces hemos escuchado a Jesús en la Misa, en un retiro, en una conversación, etc., y cuántas veces hemos hecho caso de sus palabras.

¿Cuántas veces nos ha mandado diferentes profetas en la persona de nuestros padres, maestros, amigos, sacerdotes buscando un cambio en nuestra vida, buscando nuestra conversión y nosotros simplemente hemos dejado que la palabra o el consejo entre por un oído y salga por otro?

Ciertamente nosotros no hemos despeñado a Jesús desde la barranca, pero ¿cuántos de nosotros lo tenemos silenciado dentro de un cajón o lleno de polvo en un librero?

La Cuaresma nos invita a abrir no solo nuestro corazón sino toda nuestra vida al mensaje de los profetas… al mensaje de Cristo, a su evangelio y a su amor. No desaprovechemos esta oportunidad.

Sábado de la II Semana de Cuaresma

Mi 7, 14-15.18-20; Lc 15, 1-3.11-32

A veces suceden catástrofes importantes: incendios, inundaciones, terremotos, derrumbamiento de edificios…

La actitud de los hombres es ver la dimensión y extensión de lo ocurrido y ponerse en marcha para la reconstrucción de lo dañado.

Sobre la desgracia de la catástrofe siempre revolotea la esperanza de la recuperación.

El pueblo de Israel está pasando una mala época. Sufre una verdadera catástrofe religiosa, ética, de falta de lealtad a Dios.

Pero el profeta Miqueas, un humilde y pobre hombre de pueblo, levanta la voz de la esperanza.

Dios sigue manteniendo su presencia en el pueblo y su promesa de liberación.

El Señor tendrá compasión de su pueblo y perdonará sus muchos pecados e infidelidades.

A veces resaltamos excesivamente las consecuencias desastrosas del pecado y no prestamos la debida atención a la inmensidad de la misericordia de Dios y de su perdón.

Cuando nos confesamos lo hacemos «para quitamos un peso de encima» o para «evitar los daños que el pecado pueda acarreamos». Influye en nosotros el miedo y no tanto la esperanza.

Hoy, con la parábola del hijo pródigo, se nos manifiesta: la gran misericordia de Dios; el deseo de perdonar hasta el punto de salir corriendo a abrazar a su hijo cuando le ve regresar a casa; la gran alegría de volver a tener a su lado al hijo, organizando fiesta en la casa; la gran comprensión con aquel que ha pecado: no reprocha, no pide cuentas, sino que resalta la importancia del regreso a casa; la gran confianza que manifiesta al hijo mayor, porque «todo lo mío es tuyo».

El Evangelio nos ofrece un mensaje de esperanza pensando en el perdón de Dios.

Sobre las ruinas del pecado se ha construido «la fiesta de la vida».

Viernes de la II Semana de Cuaresma

Gen 37,3-4.12-13.17-28

Ya en los primeros capítulos del Génesis, hemos visto hasta donde es capaz de
llegar el hombre cuando se deja llevar por la envidia.

La historia de José no es diferente a la de Caín y a muchas historias que se continúan escribiendo hoy en día, en las cuales, la envidia y el interés desmedido siguen llevando a muchos a vender a sus hermanos por un poco de dinero.

La envidia y el afán de riquezas y de poder continúan siendo una de las principales causas de injusticia en muchos ambientes de nuestra sociedad económica.

Pudiera ser que nosotros no seamos directamente los causantes de estas injusticias, sin embargo, como en el caso de los hermanos de José, nuestro silencio avala y coopera a que la injusticia se realice.

Aprovecha esta Cuaresma para crecer en el amor a los hermanos y así ser un instrumento de Dios para que la justicia sea una realidad en tu medio

Mt 21,33-43. 45-46

Entender que este evangelio es dicho para nosotros, cómo lo entendían los fariseos y los sumos sacerdotes, sería el primer paso. Pero reaccionar de acuerdo a lo que espera Jesús sería, sería el segundo y más importante paso, porque de nada nos serviría entender y no convertirnos.

Debemos vernos nosotros mismos como viña amada y querida por Dios. Entender nuestra vida y nuestras cosas cómo bienes que son para que los hagamos producir fruto, no en el sentido comercial actual, si no los frutos que son justicia, verdad, fraternidad. Dar esos frutos a su tiempo y no querer abalanzarnos sobre ellos. Percibir la importancia de corresponder al amor de Dios, sería actitudes básicas en la vida de todo cristiano. Y, finalmente comprender que toda nuestra vida está afincada sobre la roca firme que es Jesús. Sería alguna de las reflexiones que nos deja esta parábola.

Pero a nosotros nos pasa igual que a los dirigentes del pueblo judío, igual que a los viñadores, nos sentimos dueños de lo que no somos. Destruimos, usurpamos, golpeamos y herimos con tal de defender nuestras posesiones. Somos capaces también de enfadarnos contra Dios y contra su Hijo y hasta buscamos destruirlo, y negar su existencia porque parece perjudicar nuestros intereses.

Hay quien lucha contra Dios como si le estorbara en su vida; hay quien se siente amo y señor del mundo que le fue dado en custodia; hay quien se lo apropia y despoja a sus hermanos de lo justo; hay quien se convierte en homicida porque se le ha llenado el corazón de ambición.

Está parábola está dicha sobre todo para los dirigentes, autoridades que deberán responder de su responsabilidad al tener al pueblo a su cuidado.

Pero también es parábola dirigida a cada uno de nosotros porque nosotros podemos, porque también nosotros podemos convertirnos en malos administradores y arrojar a Dios de nuestra vida.

¿Qué sentimientos se me quedan en el corazón al escuchar esta palabra? ¿He puesto a Jesús como la piedra angular de mi existencia?

Quizás, y a propósito de esta parábola de Jesús, sería bueno el preguntarnos: ¿qué hemos hecho de nuestra vida, de la viña que el Señor nos confió el día de nuestro bautismo?

¿Podríamos decir que hemos o estamos produciendo frutos? O ¿Nos hemos apoderado de ella, sin respetar a aquellos que nos han sido enviados para pedirnos cuentas (padres, hermanos, amigos, sacerdotes)?

Y ¿qué podríamos decir de la viña que nos entregó nuestro Señor en nuestra familia, en la esposa, en los hijos, y en general en todo lo que poseemos?

Es bueno recordar siempre que no somos dueños sino administradores y que al menos una parte de los frutos le tocan al Señor.

Jueves de la II Semana de Cuaresma

Jer 17,5-10

Quizás la causa de que muchos hermanos vivan en una constante zozobra, llenos de miedos y angustia, es el querer construir su vida y realizar sus proyectos con sus propias fuerzas. Parecería que después de tantos años y de tantos intentos fallidos no nos hemos dado cuenta de lo débiles que somos para realizarlo.

Si queremos que nuestra vida sea una vida plena, llena de paz, de alegría, y sobre todo de esperanza, es necesario que le dejemos más espacio a Dios para obrar en ella.

Hoy, más que nunca, el hombre tiene que dejar que sea Dios quien construya su vida y quien dé impulso a sus proyectos, pues solo Dios es poderoso y capaz de hacer lo que para nosotros no es posible. Poner nuestra confianza en Dios implica soltar, dejar que Dios vaya tomando el control de nuestra vida.

«Pon todo tu esfuerzo – decía un santo – como si todo dependiera de ti, pero confía totalmente en Dios como si todo dependiera de él». Esta es la clave para que nuestra vida transcurra en la paz de Dios.

Lc 16,19-31

La enseñanza de Jesús es clara: las cosas hay que hacerlas en este mundo,
después ya no tiene sentido.

Dos ideas surgen de este texto; la primera sería el revisar nuestra vida para ver si no estamos dejando nuestras obras de caridad para cuando no tendrán ya ningún valor. Y esto, porque en el mundo materialista y tan veloz en el que vivimos, quizás como este hombre rico, no nos damos cuenta de cuánta miseria está a nuestro alrededor.

«Nos gusta confiar en nosotros mismo, confiar en ese amigo o confiar en esa situación buena que tengo o en esa ideología, y en esos casos el Señor queda un poco de lado.

El hombre, actuando así, se cierra en sí mismo, sin horizontes, sin puertas abiertas, sin ventanas y entonces no tendrá salvación, no puede salvarse a sí mismo.

Esto es lo que le sucede al rico del Evangelio: tenía todo: llevaba vestidos de púrpura, comía todos los días, grandes banquetes. Estaba muy contento pero, no se daba cuenta de que en la puerta de su casa, cubierto de llagas, había un pobre. El Evangelio dice el nombre del pobre: se llamaba Lázaro. Mientras que el rico no tiene nombre.

Esta es la maldición más fuerte del que confía en sí mismo o en las fuerzas, en las posibilidades de los hombres y no en Dios: perder el nombre. ¿Cómo te llamas? Cuenta número tal, en el banco tal. ¿Cómo te llamas? Tantas propiedades, tantos palacios, tantas… ¿Cómo te llamas? Las cosas que tenemos, los ídolos. Y tú confías en eso, y este hombre está maldito.

Todos nosotros tenemos esta debilidad, esta fragilidad de poner nuestras esperanzas en nosotros mismos o en los amigos o en las posibilidades humanas solamente y nos olvidamos del Señor. Y esto nos lleva al camino de la infelicidad.

Hoy, nos hará bien preguntarnos: ¿dónde está mi confianza? ¿En el Señor o soy un pagano, que confía en las cosas, en los ídolos que yo he hecho? ¿Todavía tengo un nombre o he comenzado a perder el nombre y le llamo «Yo»? ¿Yo, me, conmigo, para mí, solamente yo? Para mí, para mí… siempre ese egoísmo: «yo». Esto no nos da la salvación.

Miércoles de la II Semana de Cuaresma

Jer 18,18-20

Hay ocasiones en nuestra vida en la que sentimos que todo se derrumba a nuestro alrededor: Nuestra salud de debilita, nuestros negocios no van bien, la economía se viene abajo, problemas con la familia, con la comunidad, etc.

Es precisamente en estos momentos en los que el ser cristiano se pone totalmente de manifiesto, ya que mientras el común de la gente se desespera y busca solucionar la crisis por sus propias manos, el cristiano invita a Dios a intervenir para que juntos se pueda superar.

Esto hace que la paz permanezca en el corazón del hombre, pues sabe que Dios es poderoso, sabe que lo ama, y que no lo abandonará jamás. Cuando te sientas atribulado y no encuentres solución para tus problemas, clama a Dios como el Profeta: «Señor, Atiéndeme». Serás entonces testigo del poder y de la infinita misericordia de Dios.

Mt 20,17-28

Una de las imperfecciones que causan mucho retraso en la vida espiritual y
que se mezclan de manera muy sutil en nuestra vida es la envidia. Es increíble
que aun como cristianos no sepamos alegrarnos de los bienes y de las bendiciones que reciben nuestros hermanos, sino incluso que en ocasiones sintamos hasta coraje de que Dios los haya bendecido.

Caminar con Jesús Camiancaa siempre ha sido un riesgo.  Será entregado en manos de los sumos sacerdotes y de los escribas, lo condenarán a muerte, se burlarán, lo azotarán y lo crucificarán.

¿Qué queda en el corazón de los discípulos cuando escuchan hablar así a Jesús?

El desconcierto es evidente en muchas ocasiones y en ésta aparece más en contraste. Mientras Jesús habla de la cruz, la madre de los hijos del Zebedeo se acerca para pedirle el privilegio.  Es una constante nuestra rehuir el dolor, el compromiso y buscar los primeros lugares.

La madre anhela las mejores oportunidades para sus hijos y pide a Jesús que le concede ese privilegio. Como es natural y cómo nos pasaría también nosotros, los discípulos protesta y se enfadan con quienes quieren estar por encima.

A nosotros nos pasaría también lo mismo cuando alguien quiere sobresalir, cuando alguien quiere estar por encima, nos enfadamos y se suscitan los conflictos.  Baste pensar en nuestras reuniones, nuestros grupos o aún en la misma familia: peleas fuertes por saber quién manda o sacar provecho de las situaciones. 

A los listos de nuestro tiempo viene a decirles Jesús que su práctica tiene otros principios que van más allá de esa ley de la selva donde sobreviven los más fuertes, que su Reino se basa en el servicio, en la búsqueda del encuentro con el otro, en asumir la cruz como escuela de donación y de entrega.

Es triste contemplar en la clase política las trampas y corrupciones que se dan en la búsqueda de los primeros puestos.  Aunque se argumenta que se quiere servir al pueblo, la forma en que se busca despiadadamente el poder, nos hace temer que no se entiende qué es el servicio y que no se piensa al estilo de Jesús.

¿Qué le decimos hoy a Jesús?  Es cierto tenemos miedo al servicio y a la cruz, pero Él nos ha dado ejemplo y nos asegura que hay otro camino para darle vida al pueblo y que este camino es el mismo que Él ha elegido.

Este día contemplémonos en nuestras diferentes situaciones y busquemos también nosotros imitar a Jesús que ha venido a servir y no a ser servido.

Martes de la II Semana de Cuaresma

Is 1, 10; 16-20

El Señor nunca se cansa de llamarnos a la conversión, a cambiar de vida. Y todos debemos cambiar de vida: todos necesitamos convertirnos, dar un paso adelante en el camino del encuentro con Jesús. La Cuaresma nos ayuda a esto, a cambiar de vida. Es una gracia que pedimos al Señor porque, como hemos rezado en la colecta, la Iglesia no puede sostenerse sin el Señor: es Él quien nos da la gracia.

En la primera Lectura (Is 1,10.16-20) hemos escuchado una llamada a la conversión, pero una llamada con un estilo especial: no amenaza, sino que llama con dulzura, dando confianza. “Venid pues, y discutiremos”, son las palabras del Señor a Sodoma y Gomorra, a quienes ya había indicado el mal que deben evitar y el bien que deben seguir. Y así hace con nosotros. El Señor dice: “Venid y discutamos. Hablemos un poco”. No nos asusta. Es como el padre del hijo adolescente que ha hecho una trastada y debe regañarle. Pero sabe que si va con el palo la cosa no irá bien, así que debe ir con confianza. El Señor nos llama así: “Ven. Tomemos un café juntos. Hablemos, discutamos. No tengas miedo, no quiero pegarte”. Y, como sabe que el hijo piensa: “Pero es que he hecho tantas cosas…”, enseguida añade: “Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana”.

Como el padre con el hijo adolescente, Jesús con un gesto de confianza acerca al perdón y cambia el corazón. Así lo hizo con Zaqueo: “Eh tú, Zaqueo, baja. Baja, ven conmigo, vamos a comer juntos”. Y Zaqueo llamó a todos sus amigos — ¡que no eran precisamente de Acción católica!— y escucharon al Señor. Y lo mismo con Mateo, diciéndole: “Tengo que ir a tu casa”. Es decir, que el Señor siempre busca el modo; en cambio, otras veces advierte: “alejaos malditos, porque no hicisteis esto o lo otro…”», que es una advertencia fuerte. Pues en nuestra vida el Señor adopta esa actitud de padre con el hijo adolescente, procurando hacerle ver con persuasión que debe dar un paso adelante en el camino de la conversión.

Demos gracias al Señor por su bondad. Él no quiere pegarnos ni condenarnos; al contrario, dio su vida por nosotros, y esa es su bondad. Y siempre busca el modo de llegar al corazón. Y cuando los sacerdotes, en el puesto del Señor, debemos oír confesiones, también debemos tener esa actitud de bondad, como dice el Señor: “Venid, discutamos, no hay problema, el perdón está”, pero no la amenaza desde el principio. Hace unos días me emocioné cuando un cardenal que confiesa por las tardes aquí en Roma —dos horas de confesionario, cada día— me contó cómo es su actitud: “Cuando veo a una persona que le cuesta decir algo, y se ve que es algo gordo, y yo comprendo enseguida qué es, le digo: Lo he entendido, está bien, ¿qué más?”. Esa actitud abre el corazón y la otra persona se siente en paz y sigue adelante y continúa el diálogo. Y eso es lo que el Señor hace con nosotros, y nos dice: “Venid, discutamos, hablemos. Toma el recibo del perdón, el perdón ya está. Ahora hablemos un poco para que no lo hagas otra vez”.

A mí me ayuda ver esa actitud del Señor: el padre con el hijo que se cree mayor, que se cree crecido, pero que todavía está a medio camino. Y el Señor sabe que todos estamos a mitad de camino y que muchas veces necesitamos oír esa palabra: “Ven, no te asustes, ven. El perdón está”. Y esto nos anima. Ir al Señor con el corazón abierto: es el padre que nos espera.

Mt 23, 1-12

Aunque este evangelio está referido especialmente a los líderes religiosos (sea o no clérigo) no podemos negar que presenta la realidad de la soberbia que existe en todos nosotros.

O, ¿quién podría negar, que cuando se presenta la ocasión, no busca tomar los puestos de honor, que su nombre esté entre luces de colores, que toda la gente hable de él… ser la estrella de su propia película?

Sobre todo, esto ocurre en aquellos a los que Dios ha puesto al frente de cualquier grupo humano, desde el padre de familia hasta el ejecutivo, el político y el sacerdote.

Se nos olvida con frecuencia que nuestra vida cristiana se manifiesta en la humildad.

Humillarse es ante todo el estilo de Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus infidelidades.

Esto se aprecia bien leyendo la historia del Éxodo: Qué humillación para el Señor oír todas aquellas murmuraciones, aquellas quejas. Estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra él, contra su Padre, que los había sacado de la esclavitud y los guiaba en el camino por el desierto hasta la tierra de la libertad.

Esta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación.

Al recorrer hasta el final este camino, el Hijo de Dios tomó la condición de siervo. En efecto, humildad quiere decir también servicio, significa dejar espacio a Dios negándose a uno mismo, despojándose, como dice la Escritura. Este vaciarse es la humillación más grande.

Hay otra vía, contraria al camino de Cristo: la mundanidad. La mundanidad nos ofrece el camino de la vanidad, del orgullo, del éxito. Es la otra vía.

El maligno se la propuso también a Jesús durante cuarenta días en el desierto. Pero Jesús la rechazó sin dudarlo.

Y, con Jesús, sólo con su gracia, con su ayuda, también nosotros podemos vencer esta tentación de la vanidad, de la mundanidad, no sólo en las grandes ocasiones, sino también en las circunstancias ordinarias de la vida.

Lunes de la II Semana de Cuaresma

Dn 9, 4-10

Quizás uno de los grandes problemas con los que se enfrenta la conversión es el reconocer desde lo más profundo de nuestro corazón, que somos pecadores.

Y es que no es fácil reconocer que somos débiles, y por ello generalmente buscamos excusar nuestras culpas y esto hace que sea difícil salir de nuestro pecado o superar nuestras debilidades.

En este pasaje que nos presenta la Sagrada Escritura, vemos con que humildad y sencillez el profeta reconoce no solo el pecado personal sino el colectivo… él sabe que el destierro que padecen es el fruto de su pecado, pero al mismo tiempo sabe que su Dios es un Dios de misericordia.

No sigamos enmascarando o justificando nuestro pecado y debilidad, seamos honestos con nosotros mismos y declaremos delante de Dios y de su ministro nuestra debilidad… Dios es amor, y por ese amor nos perdonará, pero más aún, esta acción es la que nos permitirá superar nuestro pecado y vivir de continuo en la gracia y el amor de Dios.

Lc 6, 36-38

El tiempo de la cuaresma nos invita a descubrirnos como pecadores, como personas necesitadas del amor y la misericordia de Dios.

Y es importante llegar a ser conscientes de esta realidad ya que solamente cuando uno reconoce lo miserable que es, su corazón se puede abrir a los hermanos.

Ordinariamente las personas, soberbias, déspotas y egoístas no han tenido nunca la experiencia de encontrarse con sus debilidades y darse cuenta que no solo no son mejores que las gentes a las que han juzgado o maltratado sino que incluso muchas veces han sido peores que ellas mismas.

Cuando sientas el impulso de juzgar o de condenar, mira un poco en tu interior y descubrirás que no eres mejor que él, y que a pesar de esto, Dios te ama y te muestra su misericordia… seguramente esta mirada interior te llevará a amar, a perdonar y a ayudar a tu hermano.