
1 Re 21, 1-16
Hoy hemos escuchado la primera parte del enfrentamiento decisivo entre los reyes Ajab y Jezabel y el profeta Elías, y lo que cada uno representa. El rey Ajab nos aparece como un hombre ambicioso pero débil. Había cedido al influjo religioso de su mujer Jezabel que había hecho todo lo posible por introducir los cultos de los dioses paganos de su tierra contra el culto de Dios.
Ahora lo vemos con el deseo de aumentar los terrenos de su palacio con la viña de la herencia de Nabot. Conservar el nombre familiar en la descendencia era una forma de permanecer, de trascender, pero igualmente lo era el conservar los bienes recibidos de los mayores y a su vez transmitirlos a la generación siguiente. Oímos del disgusto del rey y nos parece hoy un tanto cómico su «berrinche»: » se acostó en su cama, se volvió de cara a la pared y no quiso comer».
De nuevo nos aparece una historia de prepotencia y de injusticia, de atropellamiento del derecho y de los valores más fundamentales. La causa es el egoísmo y la avidez de la riqueza. Es muy fácil condenar a Ajab y a Jezabel. ¿Nosotros no hemos hecho también nuestros «pequeños” o no tan pequeños atropellos e injusticias?
M 5, 38-42
Debido a nuestra naturaleza herida por el pecado siempre ha existido en el hombre lo que se llama «el espiral de la violencia», es decir, cada acción violenta genera a su vez otra de mayor magnitud y que es a lo que nosotros llamamos «venganza».
Jesús en este pequeño pasaje nos da la fórmula para romper este espiral y es el del amor y el perdón: Si alguien te golpea en una mejilla, no hagas nada, no te defiendas; si alguien te quita algo, no vayas a quitárselo por la fuerza; si alguien te obliga a hacer algo, hazlo con gusto; después deja que Dios tome en sus manos la situación.
Ciertamente no es fácil hacer vida este pasaje, como no lo son todos aquellos en los que tenemos que dejar en las manos de Dios nuestra vida para que Él y solo Él la lleve adelante. Por ello esto será solo posible para aquellos que se dejan «poseer» totalmente por la acción del Espíritu Santo.
Solo cuando el hombre es impulsado por la acción de la gracia es posible romper el círculo de la violencia, de ahí la importancia de nuestra oración diaria y de la vida sacramental. Dios te ha llamado, por tu bautismo, a ser artífice de la paz, respóndele con generosidad y con amor.

