Sábado de la III Semana de Cuaresma

Oseas 6,1-6; San Lucas 18,4-18

El profeta Oseas exhorta a la conversión no bajo amenazas, sino basándose en el amor que Dios nos tiene, que le arrastra hacia el perdón. Pero lo que descubre, y denuncia, en el pueblo de Israel es el presentarse ante el Señor en actitud de aparente y superficial conversión.

Sucede en ocasiones que acudimos al Señor cuando nos agobia una preocupación o nos afecta un problema intranquilizante. Encendemos velas al Señor o a los santos. Pasado el apuro, se enfría nuestro fervor y olvidamos nuestros buenos propósitos.

Por eso, el Señor, repite una vez más, desea una verdadera conversión de corazón por la firmeza del amor, y no una aparente religiosidad basada en sacrificios o velas encendidas en momentos de apuro.

Jesús, el Señor, confirma lo que manifestaba el profeta Oseas. Dios está junto al que se reconoce con sinceridad pecador y le concede su gracia y perdón.

Aquel que «ofrece acción de gracias a Dios» porque es distinto de los demás, está lejos de la auténtica conversión de corazón.

Dios se hace cercano a los humildes, a los pobres, y se mantiene distanciado de quienes creen que no le necesitan porque «ya son buenos».

A veces he pensado por qué los evangelios hablan tanto de los fariseos, cuando eran simplemente unos personajes del tiempo de Jesús, un grupo religioso entre la constelación de grupos que pululaban en Israel, saduceos, escribas, esenios, ancianos…

Pero los evangelios no refieren sólo unos personajes hostiles a Jesús, sino que ponen en guardia sobre una actitud que se da de hecho dentro de la Iglesia.

Para evitar esta deformación, no se cansan los evangelios de insistir en este pecado de orgullo religioso y de desprecio sistemático del otro, que se llama fariseísmo. Para corregir esta deformación sólo vale hincarse de rodillas, sentirse profundamente pecador y pedir perdón. Como hizo el publicano.

Viernes de la III Semana de Cuaresma

Os 14,2-10

Una da las cosas que más impresionan en este pasaje es la ternura de Dios para el pecador.

Quizás algo que todavía debamos cambiar en nuestro corazón es nuestro concepto de Dios y de su amor infinito.

Muchos de nosotros nos pareceríamos al Hijo prodigo de la parábola contada por Jesús, él cual mientras caminaba de regreso al Padre todavía iba preparando su «excusa» o su defensa.

El final de la parábola nos muestra que no necesitamos defensa ni excusa con Dios, pues Dios es un padre tierno y amoroso que nos ama incondicionalmente. Nos ama por lo que somos; sus hijos y no por lo que hayamos o no hecho.

Aprovecha esta Cuaresma para recibir el amor y el perdón incondicional de Dios a través del Sacramento de la Reconciliación y déjate abrazar por Él.

Mc 12,28-34

No es extraña la pregunta que le hace el escriba a Jesús, puede resonar como pregunta apremiante para nuestro tiempo, ¿qué es lo más importante de nuestra religión? Para ser verdadero cristiano, ¿qué debo hacer?

Si hiciéramos esta pregunta a cualquier persona de la calle, de nuestro barrio o a nosotros mismos, descubriríamos la gran variedad de respuestas y cómo muchas de ellas quedan en la ambigüedad o en cosas superficiales.

Jesús repite los mandamientos al escriba, no porque no los conozca, pues es su profesión conocerlos perfectamente, sino porque muchas veces aunque los conozcamos no los practicamos.

Los judíos habían multiplicado tanto los mandamientos y decían que todos se debían de cumplir igualmente, por lo tanto una pregunta como la que hemos escuchado en el Evangelio no tendría sentido.

Jesús orienta al escriba, y a cada uno de nosotros, a que descubramos qué es lo realmente importante. Algunos se preocupan más de los ritos y de lo exterior, de la religión y de los mandamientos, que olvidamos el amor a Dios. Quizás deberíamos decir que nos olvidamos del amor de Dios, porque lo primero que Jesús nos pide es que nos reconozcamos amados por Dios y que vivamos cada momento de nuestra vida sabiéndonos amados por Dios, como en la atmósfera del amor de Dios.

Claro que si me reconozco amado por Dios, mi respuesta será el amor, limitado, pero que quiere corresponder. Pero el amor de Dios y el amor a Dios no pueden estar divorciados del amor al prójimo.

Hay quienes se dicen religiosos y odian a su prójimo, a su vecina, a su pareja, a los cercanos o a los lejanos y viven tan tranquilos, como calmando su conciencia con ritos y oraciones.

Jesús, hoy nos centra en lo más importante que sostiene nuestra vida espiritual, son esos dos ejes sobre los que se desliza nuestra existencia. El amor a Dios se hace concreto en las personas más cercanas: pareja, hijos, vecinos, compañeros, los pobres y necesitados.

No podemos amar a Dios si no se hace concreto nuestro amor en los mismos que Dios ama. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

¿Cómo es mi amor a Dios? ¿Cómo es mi amor al prójimo? Respondamos a Jesús.

Jueves de la III Semana de Cuaresma

Jer 7, 23-28

El reproche y lamentación de Dios no sólo fue para el pueblo de Israel sino para todos aquellos que todavía hoy continúan cerrando su corazón a su amor y a sus enseñanzas.

Dios continua mostrándonos su amor e invitándonos a vivir en comunión con Él, a tenerlo verdaderamente como Dios, y no como un ídolo inerte.

Lo hace y ha hecho a través de los sacerdotes, de nuestros padres, de muchos de nuestros amigos. Pensemos por un momento ¿cuál ha sido nuestra respuesta a este amor ilimitado e infatigable de Dios por nosotros?

Aprovecha este tiempo para volverte al Señor, para responder con más generosidad a sus mandamientos, para crecer en el amor a tus hermanos, para ser más de Él.

Lucas 11, 14-23

A Jesús algunos tampoco lo escuchan ni le hacen caso. Para no tener que prestar atención a lo que dice porque es incómodo buscan excusas. Hoy el evangelio nos presenta una que es realmente poco razonable: quien expulsa demonios está en conformidad con el mismo Satanás. La respuesta de Jesús está llena de sentido común: un reino divido no podrá subsistir.

A veces resultan incomprensibles las actitudes de los testigos de las curaciones de Jesús, cuando Él ha hecho hablar a un mudo. Es cierto que algunos se quedan maravillados, pero otros se ponen a jugar y a criticar hasta acusarlo de hacer prodigios por arte del demonio. ¿Pretextos para no acercarse a Jesús? ¿Temor a que los que no hablan puedan expresarse?

No es raro que aún con pretextos religiosos, pretendamos solamente nosotros tener la razón y descalificar a los demás argumentando sus intereses oscuros, su mala vida o malas influencias.

Lo que sucedió a Jesús hoy mismo puede suceder, llevarnos a descalificar a quiénes realmente buscan justicia, verdad y paz.

Los primeros cristianos, frecuentemente, se vieron señalados como secta y partidarios de las malas artes, sin embargo ellos querían mantenerse fieles a Jesús. Desde ellos se entienden estas palabras y nos ayudan a visualizar mejor lo que Cristo nos enseña. No es fácil seguirlo, pero cuando estemos decididos, debemos hacerlo con coherencia y no con antigüedades

Somos muy dados a apostar a dos o más seguridades, queremos estar con Dios y estar con el mundo y sus encantos, queremos como dicen encenderle una vela a Dios y otra al diablo.

Jesús es consciente de que seguirlo implica renuncias, implica claridad de intenciones e implica asumir las consecuencias. Nos pide que nos definamos claramente y asumamos su misma forma de actuar. No podemos en un momento estar con Él y después hacernos los desentendidos, sobre todo cuando debemos asumir como Él actitudes que liberan, que comprometen y que deben dar vida.

Hacer hablar a los mudos que están condenados al silencio por nuestra sociedad nos puede costar persecuciones. Asumir los criterios de Jesús pueden causarnos burlas y desprecios, seguir su búsqueda de justicia trae sus consecuencias.

Hoy nos acercamos a Jesús y le decimos que queremos ser de los suyos, de los suyos de verdad, aunque implique riesgos y consecuencias. Le pedimos que nos de la fortaleza y la sabiduría necesarias para que le seamos fieles.

Miércoles de la III Semana de Cuaresma

Dt 4, 1; 5-9

Si nos preguntásemos por qué vivimos en un mundo tan corrupto, lleno de injusticia, infidelidad, violencia, etc., quizás la respuesta sería: porque nos hemos olvidado de transmitir a nuestros hijos la verdad y la fe.

Es triste que muchos de nosotros la única instrucción que hayamos tenido sobre la fe haya sido la catequesis apresurada para hacer la Primera Comunión.

En muchas de nuestras casas nunca se habla de Dios, de sus mandamientos, de los valores y fundamentos del Evangelio. El autor del Deuteronomio, ya le advertía al pueblo de Israel: «No olvides ni dejes que se aparte de tu corazón estos mandamientos… sino transmítelos a tus hijos».

Cuando el hombre se aleja de Dios y de sus mandamientos, todo se convierte en relativismo. Démonos tiempo para compartir en nuestra casa la oración y la fe.

Mt 5, 17-19

 En ocasiones Jesús critica las interpretaciones exageradas que los maestros de su época hacen de la disciplina. Pero en esta ocasión la defiende diciendo que hay que cumplir los mandamientos de Dios. Él no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud, a perfeccionarla.

Hay personas a quienes no les gustan los Mandamientos. Basta que nos manden algo para que se transforme en difícil, odioso y molesto. Podríamos hacer los mismos actos con gusto, pero no porque nos lo manden. Si además a esos preceptos no les encontramos razón de ser, es peor.

Parecemos adolescentes que en cuanto el papá o la mamá ordenan algo, eso basta para que se haga lo contrario. Sin embargo nuestra vida está llena de recomendaciones, mandamientos o precauciones que debemos tomar, desde el que conduce un coche, a quién va por la calle, quien no quiere enfermarse, la forma de tomar una medicina, todo tiene sus normas para que puedan ser útiles.

¿Porque nos oponemos tanto a los mandamientos? Quizás porque, supuestamente, coartan nuestra libertad. Pero el verdadero mandamiento no sería para coartar la libertad, sino para hacer un uso correcto de ella. Un uso que nos lleve a la vida y también que nos lleve a cuidar y dar vida a los demás.

Desde el Antiguo Testamento se nos presentan los mandamientos para que puedas vivir con sabiduría y rectitud. Cuando estos mandamientos se transforman en una carga y no parecen dar vida sino solo aprisionar y restringir, pierden su sentido.

Es lo que pasaba en tiempos de Jesús, los mandamientos habían perdido su espíritu y se convertían en carga. Cristo asegura que no viene a abolir los mandamientos sino a darles vida. Imaginemos, por ejemplo, el precepto de no matarás. Cuando tenemos al enemigo enfrente, cuando sentimos sus agresiones, instintivamente buscaremos la manera de hacerlo desaparecer.

Viene Jesús y nos enseña el mandamiento del amor. Quien ama, no mata; quien ama cuida la vida de los cercanos y de los lejanos; quien ama se preocupa por su prójimo. Pero si además nos asegura que debemos de amar hasta los enemigos, lo que nos está pidiendo Jesús es mucho más: que convirtamos a aquellos que nos odian en objeto de nuestros cuidados y de nuestro amor; que quitemos de en medio a nuestros enemigos, no destruyéndolos sino convirtiéndolos en amigos.

Jesús supo llevar a plenitud el mandamiento que le daba su padre y lo hizo con alegría y lo vivió a plenitud.

¿Cómo podemos hoy, en esta sociedad, que parece tan reacia a leyes y mandamientos, encontrar el verdadero sentido del mandamiento de Dios? ¿Cómo poder cuidar la vida según nos lo pide el Señor? ¿Cómo vivir en una relación amorosa, cuidadosa de unos con otros, cómo lo espera de nosotros Jesús? Solo siguiendo su ejemplo, solo viviendo con la misma libertad que Él lo hizo

Martes de la III Semana de Cuaresma

Dn 3, 25; 34-43

En la primera lectura del Libro del profeta Daniel se cuenta de Azarías que, arrojado al horno ardiente por no haber renegado del Señor, no se queja con Dios por el trato sufrido, ni se lo echa en cara, reivindicando su fidelidad. Continúa profesando la grandeza de Dios y va a la raíz del mal diciendo: Tú nos has salvado siempre, pero desgraciadamente hemos pecado. Se acusa a sí mismo y a su pueblo. La acusación de nosotros mismos es el primer paso hacia el perdón. Acusarse a uno mismo es parte de la sabiduría cristiana; no acusar a los demás, no…; a uno mismo: ¡he pecado! Y cuando nos acercamos al sacramento de la penitencia, tengamos esto en mente: Dios, que es grande, nos ha dado tantas cosas, pero desgraciadamente yo he pecado, he ofendido al Señor, y le pido la salvación.

Recuerdo que una señora fue al confesionario y se puso a contar largo y tendido los pecados de la suegra, intentando justificarse, hasta que el sacerdote le dijo: Ya está bien, ahora confiese sus pecados. Acusarse uno mismo. Eso le gusta al Señor, ya que Él acoge el corazón contrito, como dice Azarías, porque los que en ti confían no quedan defraudados. El corazón contrito que dice la verdad al Señor: He hecho esto, Señor. He pecado contra ti. El Señor le tapa la boca, como el padre al hijo pródigo; no lo deja hablar. ¡Su amor lo cubre, lo perdona todo!

No debemos tener vergüenza de decir nuestros pecados, porque es el Señor quien nos justifica perdonándonos no una vez, sino siempre. Pero con una condición: el perdón de Dios viene fuerte a nosotros con tal de que nosotros perdonemos a los demás. Y eso no es tan fácil, porque el rencor anida en nuestro corazón y deja siempre esa amargura. Tantas veces llevamos con nosotros la lista negra de las cosas que me han hecho: Y ese me hizo esto, y aquel lo otro… ¡Atentos a que el diablo no nos encadene al odio, porque el odio esclaviza!

Así pues, estas son las dos cosas que nos ayudarán a entender el camino del perdón: Tú eres grande Señor, pero desgraciadamente de pecado; y sí, te perdono, setenta veces siete, con tal de que tú perdones a los demás.

Mt 18, 21-35

Quizás una de las cosas de las que más adolece el mundo hoy es la Misericordia.

Nos hemos vuelto duros, rígidos, muchas veces intolerantes e insensibles. Es triste ver que algunos cristianos, que debían de estar llenos del amor misericordioso de Dios, continúan actuando como este hombre de la parábola.

Quizás nos parece exagerada esta parábola, pero solamente así podremos entender la gravedad de las ofensas al Señor. La obstinación de nosotros al exigir a nuestros deudores y la incongruencia ante lo que ofrecemos y lo que exigimos.

¿Cómo explicar la gravedad de nuestros pecados? Muchos millones es poco decir. Las consecuencias son muy claras, se implica a la propia persona, familia, casa, hijos, todo queda perjudicado por nuestros pecados y todo queda salvado por pura misericordia de Dios.

El contraste con la pequeña deuda que no es capaz de perdonar, también parece exagerado, pero si miramos nuestros actos cotidianos, comprenderemos muy bien lo que esta parábola nos enseña.

¿No es verdad que llevamos muchos años de resentimiento con determinada persona porque un día no nos saludó o nos hizo un desaire? ¿No es cierto que le vamos guardando una a una todas las ofensas que nos ha hecho la pareja o el compañero?

Somos muy complacientes con lo que nosotros ofendemos y hasta nos disculpamos, pero somos intolerantes ante las ofensas y errores de los demás.

Perdonar exige grandeza de corazón, pero perdonar también engrandece el corazón y proporciona una gran paz. Muchas veces he pensado cómo podríamos romper la cadena de violencia que tanto afecta a nuestra sociedad. Si no somos capaces de perdonar, si no reconocemos en el otro a un hermano, si no pedimos perdón a Dios, todo será inútil. Pedir perdón y perdonar serían los dos ejes sobre los que se construye la comunidad. Reconocerse pecador delante de Dios, saberse pequeño e insignificante y vivir agradecido por su gran misericordia, es el inicio para también nosotros ser capaces de perdonar.

¿Hay alguien que te haya ofendido? ¿Su ofensa la consideras como lo más grave del mundo? ¿Qué pensará Dios de esa ofensa?

Demos gracias a Dios por Su perdón y pidamos nos conceda un corazón generoso, capaz de perdonar. Entonces encontraremos verdadera paz.

Viernes de la II Semana de Cuaresma

Gen 37,3-4.12-13.17-28

Ya en los primeros capítulos del Génesis, hemos visto hasta donde es capaz de
llegar el hombre cuando se deja llevar por la envidia.

La historia de José no es diferente a la de Caín y a muchas historias que se continúan escribiendo hoy en día, en las cuales, la envidia y el interés desmedido siguen llevando a muchos a vender a sus hermanos por un poco de dinero.

La envidia y el afán de riquezas y de poder continúan siendo una de las principales causas de injusticia en muchos ambientes de nuestra sociedad económica.

Pudiera ser que nosotros no seamos directamente los causantes de estas injusticias, sin embargo, como en el caso de los hermanos de José, nuestro silencio avala y coopera a que la injusticia se realice.

Aprovecha esta Cuaresma para crecer en el amor a los hermanos y así ser un instrumento de Dios para que la justicia sea una realidad en tu medio

Mt 21,33-43. 45-46

Entender que este evangelio es dicho para nosotros, cómo lo entendían los fariseos y los sumos sacerdotes, sería el primer paso. Pero reaccionar de acuerdo a lo que espera Jesús sería, sería el segundo y más importante paso, porque de nada nos serviría entender y no convertirnos.

Debemos vernos nosotros mismos como viña amada y querida por Dios. Entender nuestra vida y nuestras cosas cómo bienes que son para que los hagamos producir fruto, no en el sentido comercial actual, si no los frutos que son justicia, verdad, fraternidad. Dar esos frutos a su tiempo y no querer abalanzarnos sobre ellos. Percibir la importancia de corresponder al amor de Dios, sería actitudes básicas en la vida de todo cristiano. Y, finalmente comprender que toda nuestra vida está afincada sobre la roca firme que es Jesús. Sería alguna de las reflexiones que nos deja esta parábola.

Pero a nosotros nos pasa igual que a los dirigentes del pueblo judío, igual que a los viñadores, nos sentimos dueños de lo que no somos. Destruimos, usurpamos, golpeamos y herimos con tal de defender nuestras posesiones. Somos capaces también de enfadarnos contra Dios y contra su Hijo y hasta buscamos destruirlo, y negar su existencia porque parece perjudicar nuestros intereses.

Hay quien lucha contra Dios como si le estorbara en su vida; hay quien se siente amo y señor del mundo que le fue dado en custodia; hay quien se lo apropia y despoja a sus hermanos de lo justo; hay quien se convierte en homicida porque se le ha llenado el corazón de ambición.

Está parábola está dicha sobre todo para los dirigentes, autoridades que deberán responder de su responsabilidad al tener al pueblo a su cuidado.

Pero también es parábola dirigida a cada uno de nosotros porque nosotros podemos, porque también nosotros podemos convertirnos en malos administradores y arrojar a Dios de nuestra vida.

¿Qué sentimientos se me quedan en el corazón al escuchar esta palabra? ¿He puesto a Jesús como la piedra angular de mi existencia?

Quizás, y a propósito de esta parábola de Jesús, sería bueno el preguntarnos: ¿qué hemos hecho de nuestra vida, de la viña que el Señor nos confió el día de nuestro bautismo?

¿Podríamos decir que hemos o estamos produciendo frutos? O ¿Nos hemos apoderado de ella, sin respetar a aquellos que nos han sido enviados para pedirnos cuentas (padres, hermanos, amigos, sacerdotes)?

Y ¿qué podríamos decir de la viña que nos entregó nuestro Señor en nuestra familia, en la esposa, en los hijos, y en general en todo lo que poseemos?

Es bueno recordar siempre que no somos dueños sino administradores y que al menos una parte de los frutos le tocan al Señor.

Sábado de la I Semana de Cuaresma

Mateo 5, 43-48

Amar a todos. Amar a ejemplo del Señor. Este es el resumen del mensaje que Cristo ha traído al mundo. Cristo nos pone primero el ejemplo de su Padre que hace el bien sobre buenos y malos.

Cristo mismo desde la cruz me enseña el valor redentor del amor. Más aún, todos los días en cualquier sagrario el amor de Cristo, hecho pan, está presente para ser consuelo de justos y pecadores.

Ciertamente no podemos quedar indiferentes ante la magnitud del amor de Cristo. Tomemos su invitación, hagámosla nuestra: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¡Qué gran invitación! Encierra, en pocas palabras, el camino de la santidad, de nuestra salvación, la forma para acercarse a Dios.

Pero, ¿cómo ser santo hoy, en mi sociedad? ¿cómo llegar a Dios en el ambiente en que vivo? La forma más fácil es imitando al mismo Dios que es amor (1Jn 4, 8). Amando como auténtico cristiano a mi prójimo que es el vecino, el compañero de estudios o trabajo, el empleado de limpieza con el que me encuentro, etc.

Todos los días me encuentro con una multitud de prójimos y con la oportunidad de amar a ejemplo del Señor y empezar o continuar el camino de la santidad.

Viernes de la I Semana de Cuaresma

Ez 18, 21-28

Si algún defecto podríamos encontrarle a Dios ese sería su falta de memoria para nuestros pecados. Dios, como nos lo dice hoy el Profeta, no está buscando el castigarnos o el enviarnos a la muerte eterna, sino todo lo contrario: continuamente, y desde la creación del hombre, ha buscado por todos los modos el que el hombre lo ame, lo escuche, lo obedezca y tenga con ello la felicidad en este mundo y la vida eterna.

La prueba máxima de este proyecto de Dios es el habernos enviado a su propio Hijo para que por Él tuviéramos esta vida profunda y llena de paz. Más aun, conoce nuestra debilidad, y como dice el salmo 103, sabe de qué barro estamos hechos, por ello no nos trata como merecemos.

Cuando nosotros vamos al sacramento de la Reconciliación con un profundo arrepentimiento, Dios nos perdona y no se vuelve a acordar de nuestras faltas jamás. La Cuaresma es un tiempo propicio para reconciliarnos no sólo con Dios y con los hermanos, sino incluso con nosotros mismos, es tiempo de perdonar nuestros errores, de aceptarnos como somos y proponernos o reproponernos nuevas metas. Animo… Dios quiere que tengas vida y que la tengas en abundancia.

Mt 5, 20-26

El cristiano, como nos lo muestra este evangelio, es una persona con criterios mucho muy diferentes a los del mundo y que va llevando un verdadero progreso en su conversión.

Y es que el cristiano no es solamente una persona buena, que no mata, que no roba, que en suma, cumple la Ley de Dios, es ante todo, un hombre o una mujer que está en búsqueda de la santidad… de la perfección, para el cual no cabe ni siquiera el insulto para el hermano.

Cuando empezamos a hablar en términos de justicia, muchas veces nos confundimos y acabamos creyendo que justicia es lo mismo que venganza o resarcimiento.

Para Jesús justicia tiene un sentido mucho más amplio porque brota de la misma esencia de Dios y está en relación muy íntima como la verdad, no habla en términos judiciales ni de venganza, sino que su palabra se refiere más a la profunda sintonía del corazón, con la verdad, con su propia verdad, con su esencia misma y también en su relación con Dios y con las demás personas vistas como hermanos.

Es triste cuando una persona se retira de Dios, no se quiere confesar, no participa en misa, porque tiene un resentimiento contra su hermano. Así, en lugar de buscar la reconciliación, se alejan el único que le puede dar la verdadera paz.

Vista la justicia en tono positivo, nos llevará a un gran compromiso de construcción de un mundo nuevo.

Desgraciadamente nosotros nos regimos más por las prohibiciones, por las limitaciones y las negativas: No hagas, no digas, no mates, no robes. Un constante no que nos agobia y limita. Jesús propone que nuestra justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos, ellos se limitan a llevar cuentas a la ley del talión, al ojo por ojo, al diente por diente.

Mucho me temo que nosotros hemos ido mucho más allá. Si me hiciste una ofensa te hago dos, si me insultas te devuelvo doble insulto. La violencia crece y crece hasta acabarnos. Jesús nos propone romper esa escalada de violencia y ponernos frente a Dios Padre que ama a todos los hermanos.

¿Debemos tener nuestro estamos en presencia de Dios? ¿Podremos exigir venganzas cuando Dios Padre envía a su Hijo a rescatar y a amar a ese que nosotros quisiéramos que estuviera casi muerto?

La cruz de Jesús, su amor incondicional es la única respuesta que podremos encontrar para frenar la cadena de la violencia.

Hoy pongámonos ante el altar de Dios y miremos sinceramente si frente a la cruz de Jesús podemos sostener nuestros deseos de venganza, de rencores y discriminaciones.

Miércoles de la I Semana de Cuaresma

Jon 3,1-10

Con este pasaje, la escritura nos muestra, a través de la actitud del Rey de
Nínive lo que significa e implica el convertirse de corazón. Al leer el pasaje vemos como lo primero que hace el rey, es «levantarse de su trono y sentarse sobre cenizas». Con este signo, reconoce que él no es Dios y que su vida (y en este caso, incluso su reino) debe ser dirigida por el único Rey: Dios mismo.

Esta actitud del rey debe servirnos de ejemplo y dejar que Dios se siente en el trono de nuestro corazón. Esto implica reconocer que su palabra es la única que debe regir nuestra vida, lo cual no podrá ser realidad si no tenemos contacto con la Sagrada Escritura.

Esto nos lleva a que un principio de conversión es tomar primero la decisión de seguir la palabra de Dios, y tenerla como el valor central de nuestra vida, y en seguida, tomar la decisión de leer y meditar todos los días está Palabra, con el ánimo de obedecerla y hacerla vida. ¿Qué te parecería intentarlo?

Lc 11,29-32

¿Cuál es la señal del profeta Jonás?  Si recordamos un poco ese pequeño librito contiene más que una historia que pueda comprobarse. Contiene muchos signos y enseñanzas que fortalecían la fe del pueblo de Israel.

Jonás, el protagonista, se encuentra de pronto enviado a una misión que no quiere cumplir. Jonás pensaba que tenía las ideas claras: la doctrina es ésta, se debe creer esto. Si ellos son pecadores, que se las arreglen; ¡yo no tengo que ver! Este es el síndrome de Jonás. Se embarca para el rumbo contrario y suceden aquellos muy citados acontecimientos: el gran pez que lo come y que lo arroja a los 3 días.  Entonces sí Jonás se ve obligado a ir a predicar conversión y cuando Nínive se convierte, Jonás se siente defraudado porque no ha llegado el castigo y él puede quedar en ridículo.

El pueblo se arrepiente ante la predicación de un hombre que no se toma muy en serio su mensaje y que no es capaz de comprender la misericordia divina. 

En cambio ante aquellas gentes, quién prédica es el mismo Jesús, acreditado por sus palabras y sus obras, y su mensaje anuncia una misericordia de Dios, su Padre, que no nos habíamos atrevido a soñar. Los ninivitas creyeron y se arrepintieron, en cambio, los hombres de esta generación perversa, no son capaces de comprender todo el mensaje y no se arriesgan a una conversión.

¿Cómo Nínive se convierte en una señal? Por su prontitud ante la conversión, por su radicalidad para dejar las malas obras, porque todos se ponen en actitud de penitencia y porque a cada uno se le exige que se arrepienta de su mala vida.

Nosotros, ¿seremos capaces de tomarnos en serio el mensaje de esta Cuaresma? ¿También nosotros nos pondremos en una actitud de penitencia y de arrepentimiento? ¿Reconoceremos nuestras faltas y pediremos perdón?

Quizás nosotros estemos más cerca de las posturas incrédulas y orgullosas de la generación de Jesús que del bello ejemplo que nos proporciona la literatura hebrea.

Detrás de este bello ejemplo, quizás entreverada, pero como una esperanza, se deja ver la gran señal del cristiano: La resurrección del Señor.

Nuestra conversión tiene un sentido: morir al pecado para participar con Jesús de su nueva vida. Nuestra conversión tiene el sentido de creer en el Evangelio y participar de la vida de Jesús.

Martes de la I Semana de Cuaresma

Is. 55, 10-11

El tiempo de cuaresma, de una forma especial, nos urge a reflexionar sobre nuestra vida. Nos exige que cada uno de nosotros llegue al centro de sí mismo y se ponga a ver cuál es el recorrido de la propia vida. Porque cuando vemos la vida de otras gentes que caminan a nuestro lado, gente como nosotros, con defectos, debilidades, necesitadas, y en las que la gracia del Señor va dando plenitud a su existencia, la va fecundando, va haciendo de cada minuto de su vida un momento de fecundidad espiritual, deberíamos cuestionarnos muy seriamente sobre el modo en que debe realizarse en nosotros la acción de Dios. Es Dios quien realiza en nosotros el camino de transformación y de crecimiento; es Dios quien hace eficaz en nosotros la gracia.

La acción de Dios se realiza según la imagen del profeta Isaías: así como la lluvia y a la nieve bajan al cielo, empapan la tierra y después da haber hacho fecunda la tierra para poder sembrar suben otra vez al cielo.  La acción de Dios en la Cuaresma, de una forma muy particular, baja sobre todos los hombres para darnos a todos ya a cada uno una muy especial ayuda de cara a la fecundidad personal.

La semilla que se siembra y el pan que se come, realmente es nuestro trabajo, lo que nosotros nos toca poner, pero necesita de la gracia de Dios. Esto es una verdad que no tenemos que olvidar: es Dios quien hace eficaz la semilla, de nada serviría la semilla o la tierra si no fuesen fecundadas, empapadas por la gracia de Dios.

Nosotros tenemos que llegar a entender esto y a no mirar tanto las semillas que nosotros tenemos, cuanto la gracia, la lluvia que las fecunda. No tenemos que mirar las semillas que tenemos en las manos, sino la fecundidad que viene de Dios Nuestro Señor. Es una ley fundamental de la Cuaresma el aprender a recibir en nuestro corazón la gracia de Dios, el esfuerzo que Dios está haciendo con cada uno de nosotros.

Mt. 6, 7-15

Después de mostrarnos en el Sermón de la Montaña las indicaciones para ser verdaderamente hombres y encontrar la felicidad, en su resumen de las bienaventuranzas, Jesús nos indica que la relación con Dios es parte esencial de la humanidad y que se hace necesario hablar a Dios y escuchar a Dios. 

Cristo nos habla de Dios, no como el ser lejano que merece toda nuestra honra, pero que no parecería familiar.  Cristo habla de Dios como el papá o la mamá que se acerca a sus hijos, que le gusta escucharlos, que le podemos contar todas nuestras pequeñeces, aunque a nosotros nos parezcan los más grandes problemas.

En el Padrenuestro nos enseña cómo debemos orar.  Después de ponernos en guardia contra las formas equivocadas de oración, como el exhibicionismo o la forma mecánica, nos acerca a cada una de esas palabras tan llenas de sentido.

El Padrenuestro se recita en comunidad, para sentir que es Padrenuestro, de todos, de los presentes y de los ausentes, de los lejanos y cercanos.

Padrenuestro es la forma comunitaria de orar, aunque estemos solos; es la forma de sentirse hermano con todos aunque mi oración sea en la intimidad; es acercarme a Dios no para mis propios problemas o ventajas, sino en familia, en amistad y en comunidad.

Decir Padre, tiene que estar cargado de un amor filial que nos proteja de las forma mecánicas y hasta mágicas de la oración o los rituales.  Pensar y sentir a Dios como Papá tiene que ponernos en sintonía con ese amor que generosamente nos ofrece.  Y al hacer la oración, en cada momento revivimos y actualizamos nuestra total dependencia de Dios y nuestro compromiso de hacerlo actuante en nuestra vida.

Esta oración debe salir, sobretodo, de nuestro corazón, de las penas, las esperanzas, los gozos y los sufrimientos.  Debe expresar tanto la vergüenza de nuestro pecado, como la gratitud por el bien recibido.

El Padrenuestro, al mismo tiempo que es plegaria, es compromiso de vivir cada momento, cada día y cada instante en la presencia amorosa de Dios.

Y al pedir que venga tu Reino, no permanecemos inactivos e indiferentes, sino que nos comprometemos a construir en medio de nosotros el Reino que estamos invocando.

El Padrenuestro es traer a nuestra mente y a nuestro corazón la presencia del amor incondicional de un Papá que nos acompaña, que nos ama y está en todo momento con nosotros.

Que en esta Cuaresma hablemos con Dios tanto en la intimidad como en la comunidad con esta oración que Jesús nos enseña “Padrenuestro…”