Lunes de la V Semana de Cuaresma

Dan 13,1-9.15-17.19-30.33-62

Esta historia de Susana, nos deja ver lo que significa el haber tomado la
decisión de no pecar, llegando incluso a preferir la muerte que serle infiel al Señor.

Al ir llegando al final de nuestra cuaresma, que bueno sería que cada uno de nosotros haya progresado lo suficiente en su proceso de conversión que lo lleve a tomar la decisión de no pecar más.

Si bien es cierto que esto no depende exclusivamente de nuestras fuerzas, pues siempre el pecado será más fuerte y astuto que nosotros, pero con la gracia de Dios si es posible.

Una de las razones por las que no se avanza en el camino de la gracia es el hecho de no haber tomado la resolución concreta y decirle a Dios: «Con tu gracia no volveré a pecar nunca más». Esta decisión es la más importante de nuestra vida pues es la que nos separa de la felicidad del Reino.

Ciertamente que el decir «no pecaré más», implica el dejar muchas o algunas cosas que nos atraen e incluso nos fascinan pero si de veras queremos ser Santos y vivir la plenitud del amor de Dios, no queda otro camino. ¡Decídete!

Jn 8,1-11

Si ya san Lucas en el pasaje del «Hijo prodigo» nos mostraba en una parábola el amor de Dios, en este pasaje de Juan, Jesús mismo lo encarna y nos recuerda que «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y tenga vida». Pensamiento totalmente contrario no solo a la cultura «legalista» del tiempo de Jesús, sino que incluso se extiende hasta nuestros días.

Es fácil apuntar con el dedo a la mujer que ha sido engañada y seducida; al muchacho que en su ignorancia ha cometido un error; al empleado que presa de su desesperación ha obrado inadecuadamente…

En un pasaje Jesús decía: «Si su misericordia no es más grande que la de los fariseos no entrarán en el Reino». Dios nos ama y nos perdona, nos invita a enmendar nuestra falta; pero también nos invita a perdonar de corazón y en lugar de ser piedra de tropiezo para los demás, a ser un instrumento de su amor y misericordia… a levantar a los que se hayan caídos.

No pensemos que somos mejores que los demás, o que estamos inmunes al pecado, pues la debilidad nos rodea y en una fracción de segundo podríamos estar en una situación más grave de aquella que con tanto desprecio señalamos un día.

Sábado de la IV Semana de Cuaresma

Jer 11, 18-20; Jn 7, 40-53

El profeta Jeremías se encuentra en situación difícil. Ha estado intercediendo por el pueblo y exhortándole a que se convierta al Señor.

Ahora parece que todos se han vuelto contra él y no siente cercana la protección del Señor.

Por ello el profeta presenta su queja a Dios diciendo que ha sido un ingenuo al aceptar y llevar a cabo la misión que el Señor le encomendó. Pero la confianza en Dios no ha desaparecido y el profeta hace una plegaria rogando al Señor que le defienda de sus enemigos ya que Dios juzga rectamente las conductas.

Jesús está dando sus últimas enseñanzas y se manifiesta abiertamente poseedor y dador del Espíritu. De ahí, dice, que «brotarán ríos de agua viva» en aquel que crea en Él.

De este modo, el mensaje mesiánico es ofrecido claramente por Jesús. La respuesta de los oyentes se divide, como sucedió en otras ocasiones cuando les proponía alguna doctrina difícil de entender.

El Señor ofrece la vida para quienes reciben su mensaje salvador y la muerte para quienes lo rechacen.

Aunque la guardia del templo está presente, no llegan a detenerle porque «todavía no ha llegado la hora decisiva».

La gente más sencilla, unos pobres guardias del templo reconocen la sabiduría de Jesús. Y confiesan: «Nunca nadie ha hablado como este hombre». En este hombre concreto, de carne y hueso, en Jesús de Nazaret descubren la Palabra de Dios que habla a toda la humanidad.

Unos hombres rudos, los más pobres, ven dentro, no fuera, ni al margen, de la humanidad de Jesús la presencia de Dios, que se inclina benevolente hacia todos ellos. Y mientras, como cruel contrapunto, los más sabios y engreídos, los escribas y fariseos discuten y quieren acallar con su pretendido prestigio la aclamación de la gente más sencilla que se entusiasma por Jesús.

Danos, Señor, la fe de los sencillos, la de los que saben ver con ojos abiertos y escuchar con oídos atentos, y acogerte con un corazón limpio, como el corazón de María, tu madre y madre nuestra.

Viernes de la IV Semana de Cuaresma

Sabiduría 2,1.12-22

Este hermoso pasaje referido sin lugar a dudas a Cristo, es perfectamente
aplicable a todos lo que como Jesús buscan vivir de acuerdo al proyecto de Dios. Y es que un cristiano que vive de acuerdo al Evangelio, será siempre contestado y rechazado por los demás ya que su manera de vivir los pone en evidencia.

La manera en que concibe la justicia, el amor, la verdad hace que los que viven de acuerdo a este mundo se sientan agredidos y en muchas ocasiones, hasta
descubiertos en sus malas acciones. Por ello, los rechazan, los segregan de sus grupos sociales, y los tienen por menos.

Este rechazo del mundo es de alguna manera la prueba sustancial de nuestra pertenencia a Cristo y ésta pertenencia es la que hace que la vida de los discípulos del Señor sea plena, recibiendo de Él, el amor, la consolación y la paz perdurable.

No te dejes engañar por los criterios de este mundo que te ofrecen felicidad pasajera y placer que solo corrompe. Sé fiel al Señor y él te mostrara la gloria y producirá en tu corazón el gozo y la paz que no pasan nunca.

Jn 7,1-2.10.25-30

Uno de los elementos que podemos destacar de este evangelio es el hecho de que Jesús quería pasar desapercibido, pues decía: que llegó no abiertamente sino en secreto, como de incógnito.

Sin embargo el resultado es que todo el pueblo se dio cuenta de que él ahí estaba. A pesar de que su idea era no ser visto, el celo por la predicación lo lleva al templo, y todos lo reconocen.

Para nosotros, ¿cuál sería la más grave acusación que pudieran hacer los judíos en contra de Jesús? Sí, ya sé que muchos diríamos que ninguna acusación es válida, pero también nosotros condenamos a Jesús y casi por las mismas razones que lo hacían los judíos. También a nosotros nos lástima que cuestionen nuestra religiosidad sin compromisos; también para nosotros son sus acusaciones de incongruencias y de mentiras. A nosotros también se nos puede aplicar las duras palabras de hipócrita y sepulcros blanqueados.

Jesús no teme nuestras iras ni tampoco nuestras amenazas, ni los insultos de los hombres de aquella época o de este tiempo. Jesús, hombre que vive en el conflicto, sabe vivir con verdadera libertad, no condicionarse por prejuicios o temores convencionales o convenencieros.

Jesús es hombre libre, aunque sabe que su misión lo puede llevar al sacrificio supremo, a la condena total. Sin embargo, se entrega libremente y por amor a su misión. Y asume todas las consecuencias que pueda traer. Lo contemplamos predicando abiertamente en Jerusalén.

¿Podríamos nosotros imitar a Jesús y actuar rectamente y con toda libertad, en todas las circunstancias de nuestra vida? ¿Podemos comprometernos en la lucha por la verdad, por la paz, por el reino, sin temor a lo que pueda pasar?

Ciertamente, nosotros muchas veces, parecemos demasiado prudentes o quizás hasta se nos pueda acusar de indiferentes ante las propuestas que nos presenta Jesús.

Está Cuaresma nos lleva a un compromiso serio para buscar ser libres para el compromiso. Acerquémonos hoy a Jesús, contemplemos su predicación. Pidamos que nos ayude a tener muy claro cuál es nuestra misión y que nos atrevamos a asumir los riesgos que ella implica. Que no vivamos con temor, sino que nos atrevamos a vivir con valentía las opciones del Reino.

Contemplemos a Jesús, ¿qué nos dice hoy frente a la actitud que tomamos ante su reino?

San José

Mt 1, 16. 18-21. 24a

En el interior de este tiempo cuaresmal, celebramos hoy la fiesta de san José. Nuestra curiosidad instintiva que quisiera saber muchos detalles de su vida queda desde luego bastante decepcionada. Es muy poco lo que los evangelios nos dicen de él. La vida del carpintero de Nazaret no sobresale ni destaca por su espectacularidad, sino por su fidelidad.

José puede ser para nosotros un ejemplo. Podemos descubrir en su vida unas actitudes profundas que deberían ser también nuestras actitudes. Los textos que hemos escuchado nos dan la pista de nuestra búsqueda: José es un hombre justo. Un hombre que se deja conducir por Dios. Un hombre que responde con generosidad a su llamada.

Creo que hoy nos podríamos fijar en dos aspectos de la figura de José que pueden iluminar nuestra propia vida. En primer lugar, José es un hombre abierto al misterio de Dios, que acoge su llamada con espíritu de disponibilidad.

Cuando Dios se manifiesta, siempre cambia nuestra vida, siempre nos sorprende. Cuando Dios se hace presente en la vida de los hombres, lo que cuenta, lo que es decisivo no son nuestros preparativos, nuestros proyectos, sino la acogida que damos a su llamada. Cuando Dios se manifiesta, «todo es gracia» y por lo tanto, todo depende de la fe.

Esta fue la actitud de José. Él supo acoger el misterio de Dios que irrumpía en su vida. Confió en la Palabra de Dios.

Aceptó el riesgo que siempre supone la fe, sin verlo todo claro de una vez para siempre, asumiendo con coraje las dificultades y las oscuridades del camino que emprendía. Su confianza, su disponibilidad, su actitud de dejarse guiar por Dios lo convierte para nosotros en un modelo, un punto de referencia.

Nos podríamos fijar todavía en un segundo aspecto. El evangelio nos dice brevemente que José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado. Su fe se transforma y se traduce en fidelidad. Ha acogido con confianza la llamada de Dios y empieza a seguir con generosidad los caminos que Dios le señala.

Acepta la misión que Dios le da y la cumple sin ruido. No se pierde en discursos. Habla el lenguaje que mejor conoce, el que en definitiva importa: el lenguaje de los hechos. Su santidad radica precisamente en esta vida anónima y entregada, de trabajo y preocupación por la familia, vivida como una respuesta fiel y generosa a la llamada de Dios.

Todos y cada uno de nosotros somos también llamados por Dios.

Tenemos cada uno un lugar y una misión irremplazables en el plan de Dios. Debemos tener un espíritu atento para saber descubrir en nuestro trabajo y en nuestra familia, en nuestros ambientes y en nuestra comunidad las llamadas que Dios nos dirige a asumir, nuestra responsabilidad y nuestros compromisos.

Debemos tener también un corazón generoso que nos haga avanzar con decisión para hacer de nuestra vida una respuesta fiel y generosa a la llamada de Dios.

Que esta eucaristía nos ayude a dar esta respuesta.

Miércoles de la IV Semana de Cuaresma

Is 49, 8-15

Dentro de la riqueza de este pasaje de Isaías destinado al pueblo de Israel mientras estaba en el Exilio, centremos nuestra atención en la misión redentora del Profeta: «Yo te formé y te he destinado para que seas alianza del pueblo: para restaurar la tierra… para decir a los prisioneros: ‘Salgan’, y a los que están en tinieblas: ‘Vengan a la luz'».

Esta también es nuestra misión como bautizados, ser un instrumento de Dios para todos aquellos que viven aún prisioneros de sus vicios y defectos; ser luz para aquellos que viven en las tinieblas del pecado; ser alianza para que los que no conocen a Jesús, no sólo lo conozcan sino lo lleguen a amar profundamente y de esta manera tengan vida y la tengan en abundancia.

Tú y yo, en el medio en el que nos desenvolvemos diariamente debemos, primero que nada con nuestro testimonio de vida y luego si es posible con nuestra palabra profética, ser portadores del evangelio y del amor de Dios para los demás… Él cuenta con nosotros.

Jn 5, 17-30

Hay personas que acaban por desconcertarnos. En una ocasión hablaba con un joven y le preguntaba cuáles eran sus ideales y que se proponía en la vida, esperaba yo una respuesta entusiasta y miles de planes e ilusiones y propósitos, tareas monumentales. Sin embargo, grande fue mi sorpresa y hasta desilusión al escuchar sus respuestas evasivas, sin compromiso, con muchas condiciones y con evidente indiferencia. No le entusiasmaba nada, no está dispuesto a luchar en serio por nada, se conforma con irla pasando, decía «para que preocuparse tanto, ya irá saliendo algo más adelante»

Ante tanta indiferencia y tibieza de aquel joven, me quedé preocupado. Sé que hay muchos jóvenes que tendrán grandes ideales y que lucharán por conseguirlos, pero me preocupa mucho que haya jóvenes sin entusiasmo y sin ganas de luchar y cambiar la historia.

Al escuchar el evangelio de hoy, me parece contemplar a un Jesús joven, idealista, entusiasta y lleno de energía, que a pesar de todos los obstáculos que va encontrando sigue muy firme en su misión y por eso afirma «que mi padre siempre trabaja, y yo también trabajo»

Su misión es hacer realidad hoy y aquí la palabra de su Padre. Bella misión si pensamos que esto dará vida a todos los hombres y los alentará a levantarse de su abatimiento y liberarse de todas las cadenas: Crear, salvar, redimir, liberar, dar vida en la misma forma que lo hace Dios Padre, esta es la misión de Jesús.

La misión de cada uno de nosotros será la misma de Jesús y la misma de Dios Padre.

Que hoy cada uno de nosotros, sus discípulos, no llenemos de ilusión y de entusiasmo porque tenemos una tarea importante. Claro que creer en otro mundo como lo quiere Jesús implica el riesgo de la cruz, pero tendremos la certeza de que Él camina con nosotros.

¿Podremos entusiasmarnos con sus ideales?

Martes de la IV Semana de Cuaresma

Ez 47, 1-9; 12

Jesús ha venido, para hacerlo todo nuevo, para darnos una vida nueva.

De la misma manera como el agua de la profecía de Ezequiel cambiaba el mar en agua dulce, así el amor y la gracia de Dios transforman nuestra amargura, soledad y frustración en paz y gozo.

Nos fecunda para que nuestra vida estéril dé fruto y para que este fruto permanezca. Esta pausa que hace la Cuaresma nos recentra en nuestra vida cristiana y nos hace desear con todas nuestras fuerzas que los frutos de la redención se hagan presentes en nosotros, en nuestra vida y en nuestra familia.

El Agua pura del Espíritu vivifica, renueva, sana… Si quieres que este efecto vivificador de Dios se vaya realizando en tu vida, incrementa un poco tu oración, verás entonces grandes y profundos cambios en tu vida.

Jn 5, 1-3; 5-16

Hoy día nos encontramos con muchas personas que saben amar y comprender a los demás. Son unos profesionales en el amor. Pero qué hermoso si fuesen mucho más las personas que prestasen atención a los pequeños detalles, si hubiese muchas más personas que bajasen a los más pequeños detalles de la vida ordinaria.

La realidad de Israel podría, en muchos sentidos, parecerse a nuestra realidad actual. Hay hombres y mujeres que padecen enfermedades crónicas y que pierden la esperanza; hombres y mujeres que no tienen el privilegio de tener un lugar donde haya salvación y alivio; hombres y mujeres que quedan a la orilla buscando una oportunidad que nunca obtienen.

Jesús, aparece con frecuencia acercándose a estos que ya han perdido la esperanza y que pareciera que ya no quieren luchar. A estos, Jesús les devuelve no solo la salud, sino que también les devuelve la fe y la alegría de vivir.

Hay señales que nos pueden llamar la atención y que implican observaciones que debemos de tomar muy en cuenta. Varias de esas curaciones se llevan a cabo en sábado, como para enseñarnos que más allá de la ley, está la persona.

El sábado se había instituido como un espacio de descanso y socialmente como protección sobre todo para quienes más trabajaban: obreros, campesinos y esclavos. Se le había dado además el sentido religioso de dedicar este espacio al Señor. Sin embargo, perdiendo su sentido original, se llegó a convertir en fuente de esclavitud y al romperlo Jesús ocasiona el mayor de los escándalos. No miraban al hombre curado sino que miraban al mandamiento quebrantado.

No eran capaces de descubrir la salvación ni la salud a quien se encontraba desahuciado, si no que les interesaba más la observancia de una ley.

Las palabras de Jesús al paralítico implican una curación a fondo, integral que invitan a mantenerse en la senda recta.

Hay formas de quebrantar las leyes y de esta nos quiere liberar Jesús. Esto nos ha de llevar a descubrir la forma de su actuar y la recta forma que nosotros debemos imitar en nuestras acciones. No debemos esclavizarnos a las normas y a las leyes. Para Jesús es más importante la salvación que ofrece y el camino que lleva a la plenitud.

Que esta Cuaresma nos lleve a descubrir lo que hay en el interior del hombre, que debe ser sanado y que así acompañemos a Jesús en su misión.

Lunes de la IV Semana de Cuaresma

Is 65, 17-21

Esta semana, después de haber ya trabajado en nuestra vida de conversión por espacio de tres semanas, la liturgia no invita a reflexionar sobre los frutos de esta conversión.

Inicia presentándonos este pasaje de Isaías en el cual nos dice que el Señor: «no se recordara de nuestra vida pasada» es decir de nuestras infidelidades, de nuestra falta de amor y compromiso… de haber estado lejos de Él.

Dios nos ofrece «un cielo nuevo y una tierra nueva, que es decir una nueva vía vivida en su amor y en su paz. Para ello, es necesario que también nosotros nos perdonemos.

Es increíble la cantidad de personas que acuden al sacramento de la reconciliación en donde recibe en perdón de Dios y con ello, Dios olvida sus faltas, pero que apenas salen de ahí y continúan llenas de remordimientos y sin paz.

Esto es porque no se han perdonado a sí mismos… esto es dudar del perdón, del amor y de la misericordia de Dios. Si bien es cierto que el pecado nos lastima y hiere también lo es que el amor de Dios todo lo sana y todo lo perdona. Reconoce en ti el amor y el perdón de Dios y disfruta ya en esta tierra de la felicidad de Dios.

Jn 4, 43-54

Ya en otras ocasiones hemos dicho que no es lo mismo «creer en Jesús» que «creerle a Jesús». Creerle a Jesús implica aceptar su palabra por ilógica e irracional que ésta pudiera parecer.

El padre de este muchacho le «creyó a Jesús» y se encontró con su hijo sano. Un problema que se extiende en nuestro cristianismo es la falta de congruencia entre nuestra fe y nuestra vida.

Si nosotros preguntamos a nuestro alrededor nos encontraremos, sin mucha sorpresa, que la mayoría son cristianos, es decir hombres y mujeres que creen a Jesús.

Sin embrago con tristeza nos damos cuenta que algunos (que a veces deberíamos de decir: muchos) dan un testimonio de vida bastante lejano a lo que Jesús nos ha enseñado. Ser buen cristiano implica creer en Jesús pero también creerle a Jesús y hacer lo que Él nos pide en el evangelio… tenerlo como verdadero maestro y señor de nuestras vidas. ¿Tú eres de los que simplemente cree en Jesús, o de los que han decidido hacer de su Palabra una norma de vida?

Sábado de la III Semana de Cuaresma

Oseas 6,1-6; San Lucas 18,4-18

El profeta Oseas exhorta a la conversión no bajo amenazas, sino basándose en el amor que Dios nos tiene, que le arrastra hacia el perdón. Pero lo que descubre, y denuncia, en el pueblo de Israel es el presentarse ante el Señor en actitud de aparente y superficial conversión.

Sucede en ocasiones que acudimos al Señor cuando nos agobia una preocupación o nos afecta un problema intranquilizante. Encendemos velas al Señor o a los santos. Pasado el apuro, se enfría nuestro fervor y olvidamos nuestros buenos propósitos.

Por eso, el Señor, repite una vez más, desea una verdadera conversión de corazón por la firmeza del amor, y no una aparente religiosidad basada en sacrificios o velas encendidas en momentos de apuro.

Jesús, el Señor, confirma lo que manifestaba el profeta Oseas. Dios está junto al que se reconoce con sinceridad pecador y le concede su gracia y perdón.

Aquel que «ofrece acción de gracias a Dios» porque es distinto de los demás, está lejos de la auténtica conversión de corazón.

Dios se hace cercano a los humildes, a los pobres, y se mantiene distanciado de quienes creen que no le necesitan porque «ya son buenos».

A veces he pensado por qué los evangelios hablan tanto de los fariseos, cuando eran simplemente unos personajes del tiempo de Jesús, un grupo religioso entre la constelación de grupos que pululaban en Israel, saduceos, escribas, esenios, ancianos…

Pero los evangelios no refieren sólo unos personajes hostiles a Jesús, sino que ponen en guardia sobre una actitud que se da de hecho dentro de la Iglesia.

Para evitar esta deformación, no se cansan los evangelios de insistir en este pecado de orgullo religioso y de desprecio sistemático del otro, que se llama fariseísmo. Para corregir esta deformación sólo vale hincarse de rodillas, sentirse profundamente pecador y pedir perdón. Como hizo el publicano.

Viernes de la III Semana de Cuaresma

Os 14,2-10

Una da las cosas que más impresionan en este pasaje es la ternura de Dios para el pecador.

Quizás algo que todavía debamos cambiar en nuestro corazón es nuestro concepto de Dios y de su amor infinito.

Muchos de nosotros nos pareceríamos al Hijo prodigo de la parábola contada por Jesús, él cual mientras caminaba de regreso al Padre todavía iba preparando su «excusa» o su defensa.

El final de la parábola nos muestra que no necesitamos defensa ni excusa con Dios, pues Dios es un padre tierno y amoroso que nos ama incondicionalmente. Nos ama por lo que somos; sus hijos y no por lo que hayamos o no hecho.

Aprovecha esta Cuaresma para recibir el amor y el perdón incondicional de Dios a través del Sacramento de la Reconciliación y déjate abrazar por Él.

Mc 12,28-34

No es extraña la pregunta que le hace el escriba a Jesús, puede resonar como pregunta apremiante para nuestro tiempo, ¿qué es lo más importante de nuestra religión? Para ser verdadero cristiano, ¿qué debo hacer?

Si hiciéramos esta pregunta a cualquier persona de la calle, de nuestro barrio o a nosotros mismos, descubriríamos la gran variedad de respuestas y cómo muchas de ellas quedan en la ambigüedad o en cosas superficiales.

Jesús repite los mandamientos al escriba, no porque no los conozca, pues es su profesión conocerlos perfectamente, sino porque muchas veces aunque los conozcamos no los practicamos.

Los judíos habían multiplicado tanto los mandamientos y decían que todos se debían de cumplir igualmente, por lo tanto una pregunta como la que hemos escuchado en el Evangelio no tendría sentido.

Jesús orienta al escriba, y a cada uno de nosotros, a que descubramos qué es lo realmente importante. Algunos se preocupan más de los ritos y de lo exterior, de la religión y de los mandamientos, que olvidamos el amor a Dios. Quizás deberíamos decir que nos olvidamos del amor de Dios, porque lo primero que Jesús nos pide es que nos reconozcamos amados por Dios y que vivamos cada momento de nuestra vida sabiéndonos amados por Dios, como en la atmósfera del amor de Dios.

Claro que si me reconozco amado por Dios, mi respuesta será el amor, limitado, pero que quiere corresponder. Pero el amor de Dios y el amor a Dios no pueden estar divorciados del amor al prójimo.

Hay quienes se dicen religiosos y odian a su prójimo, a su vecina, a su pareja, a los cercanos o a los lejanos y viven tan tranquilos, como calmando su conciencia con ritos y oraciones.

Jesús, hoy nos centra en lo más importante que sostiene nuestra vida espiritual, son esos dos ejes sobre los que se desliza nuestra existencia. El amor a Dios se hace concreto en las personas más cercanas: pareja, hijos, vecinos, compañeros, los pobres y necesitados.

No podemos amar a Dios si no se hace concreto nuestro amor en los mismos que Dios ama. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

¿Cómo es mi amor a Dios? ¿Cómo es mi amor al prójimo? Respondamos a Jesús.

Jueves de la III Semana de Cuaresma

Jer 7, 23-28

El reproche y lamentación de Dios no sólo fue para el pueblo de Israel sino para todos aquellos que todavía hoy continúan cerrando su corazón a su amor y a sus enseñanzas.

Dios continua mostrándonos su amor e invitándonos a vivir en comunión con Él, a tenerlo verdaderamente como Dios, y no como un ídolo inerte.

Lo hace y ha hecho a través de los sacerdotes, de nuestros padres, de muchos de nuestros amigos. Pensemos por un momento ¿cuál ha sido nuestra respuesta a este amor ilimitado e infatigable de Dios por nosotros?

Aprovecha este tiempo para volverte al Señor, para responder con más generosidad a sus mandamientos, para crecer en el amor a tus hermanos, para ser más de Él.

Lucas 11, 14-23

A Jesús algunos tampoco lo escuchan ni le hacen caso. Para no tener que prestar atención a lo que dice porque es incómodo buscan excusas. Hoy el evangelio nos presenta una que es realmente poco razonable: quien expulsa demonios está en conformidad con el mismo Satanás. La respuesta de Jesús está llena de sentido común: un reino divido no podrá subsistir.

A veces resultan incomprensibles las actitudes de los testigos de las curaciones de Jesús, cuando Él ha hecho hablar a un mudo. Es cierto que algunos se quedan maravillados, pero otros se ponen a jugar y a criticar hasta acusarlo de hacer prodigios por arte del demonio. ¿Pretextos para no acercarse a Jesús? ¿Temor a que los que no hablan puedan expresarse?

No es raro que aún con pretextos religiosos, pretendamos solamente nosotros tener la razón y descalificar a los demás argumentando sus intereses oscuros, su mala vida o malas influencias.

Lo que sucedió a Jesús hoy mismo puede suceder, llevarnos a descalificar a quiénes realmente buscan justicia, verdad y paz.

Los primeros cristianos, frecuentemente, se vieron señalados como secta y partidarios de las malas artes, sin embargo ellos querían mantenerse fieles a Jesús. Desde ellos se entienden estas palabras y nos ayudan a visualizar mejor lo que Cristo nos enseña. No es fácil seguirlo, pero cuando estemos decididos, debemos hacerlo con coherencia y no con antigüedades

Somos muy dados a apostar a dos o más seguridades, queremos estar con Dios y estar con el mundo y sus encantos, queremos como dicen encenderle una vela a Dios y otra al diablo.

Jesús es consciente de que seguirlo implica renuncias, implica claridad de intenciones e implica asumir las consecuencias. Nos pide que nos definamos claramente y asumamos su misma forma de actuar. No podemos en un momento estar con Él y después hacernos los desentendidos, sobre todo cuando debemos asumir como Él actitudes que liberan, que comprometen y que deben dar vida.

Hacer hablar a los mudos que están condenados al silencio por nuestra sociedad nos puede costar persecuciones. Asumir los criterios de Jesús pueden causarnos burlas y desprecios, seguir su búsqueda de justicia trae sus consecuencias.

Hoy nos acercamos a Jesús y le decimos que queremos ser de los suyos, de los suyos de verdad, aunque implique riesgos y consecuencias. Le pedimos que nos de la fortaleza y la sabiduría necesarias para que le seamos fieles.