Feria Privilegiada 23 de Diciembre

Mal. 3, 1-4. 23-24.

Al paso del tiempo, retornados del destierro, el pueblo volvía a sus abominables costumbres. ¿Qué caso había tenido clamar al Señor para que los librara de sus enemigos prometiéndole serle en adelante fieles cuando, al volver a casa se inicia un nuevo camino de infidelidades? La purificación es un vaivén entre la fidelidad e infidelidad. Finalmente, quienes en verdad queremos un compromiso con el Señor, debemos saber que hemos de estar en una continua conversión.

Juan Bautista preparó el camino al Señor. Jesús mismo nos invita a la conversión. El Reino de Dios se va abriendo paso, día a día, en el corazón del hombre. Cristo se ha levantado victorioso, de un modo definitivo, sobre el pecado y la muerte, y nos ha hecho partícipes de esa victoria. Pero ¿vivimos santos como el Señor es Santo? Nuestra respuesta a esta pregunta no se puede dar con palabras, sino con la vida, con la que manifestamos si en verdad estamos o no con el Señor, y si estamos haciendo de nuestra existencia una ofrenda agradable a Dios. Ojalá y en verdad Dios habite en nosotros y nos santifique. Y que, santificados por Aquel que hecho uno de nosotros entregó su vida para salvarnos, podamos esforzarnos en hacer un continuo llamado a todos a preparar su corazón para que el Señor llegue a ellos como huésped y les ayude a ser motivo, no de división, sino de reconciliación fraterna.

Lc. 1, 57-66.

Muchas veces es necesario callar para escuchar la voz de Dios en nuestro propio interior. Debemos apropiárnosla, debemos dejarla producir fruto abundante en nosotros mismos. La Palabra que Dios pronuncia sobre nosotros, nos santifica. Y eso ha de ser como un idilio de amor, en silencio gozoso, con Aquel que nos ama. Pero no podemos quedarnos siempre en silencio, pues nuestro silencio se haría mudez y eso no es algo que el Señor quiera de nosotros. Después de experimentar la Palabra de Dios en nosotros hemos de reconocer a nuestro prójimo por su propio nombre; reconocer que, a pesar de que muchas veces lo veamos deteriorado por el pecado, lleva un nombre que no podemos dejar de reconocer: es hijo de Dios por su unión a Cristo.

Ese reconocimiento nos ha de llevar a hablar, no sólo con palabras articuladas con la boca, sino con el lenguaje de actitudes llenas de cariño, de amor, de respeto, dándole voz a los desvalidos y preocupándonos del bien de todos. Entonces seremos motivo de bendición para el Santo Nombre de Dios desde aquellos que reciban las muestras del amor del mismo Dios desde nosotros. Tratemos de vivir abiertos al Espíritu de Dios para que sea Él el que nos conduzca por el camino del servicio en el amor fraterno, a imagen del amor que Dios nos manifestó en Jesús, su Hijo.

En esta Eucaristía el Señor nos ha llamado por nuestro nombre para que estemos con Él. Su Palabra se pronuncia para nosotros como palabra creadora y santificadora.

Feria Privilegiada 23 de Diciembre

Lc 1, 57-66

Es nuestro turno. ¿Cómo vivo mi condición de mensajero? ¿Qué mensaje estoy trasmitiendo? ¿Anuncio a Jesús o mi mensaje es confuso, nebuloso? ¿Es mi vida un testimonio auténtico de la verdad del evangelio? Hoy se precisa mucha luz evangélica, en medio de tanta tiniebla y desconsuelo. También es tiempo de reconocer a aquellos que fueron mensajeros para mí y me enseñaron el camino de Jesús. ¿Quiénes están siendo mensajeros en este momento de mi vida?

¿Qué va a ser este niño?

Cerca ya el nacimiento de Jesús, hoy se nos ofrece el otro nacimiento: el del precursor, el del mensajero del que nos habló Malaquías. Su llegada está rodeada de señales desconcertantes: madre con años de infertilidad, padre servidor del templo y con desconfianza ante el anuncio del ángel, su imposibilidad de expresarse con palabras… Todo parecen dificultades para que las cosas sean como se nos cuenta. Dios cumple su promesa y ese niño, Juan, llega a este mundo entre el asombro y la admiración. Él cumplirá su misión de anunciar al Mesías. Lo hará con sobriedad y exigencia; vivirá alejado de la sociedad y el desierto será su morada. Todos los hechos que se nos narran en este evangelio nos hablan de fenómenos extraordinarios, como ocurría en todo el Antiguo Testamento cuando se hablaba de alguien significativo en su historia. En esos fenómenos sus paisanos han querido ver la mano de Dios. De ahí la admiración y la sorpresa ante lo que está sucediendo. La pregunta que se formulan todos es la que suele acompañar la llegada de todo niño a este mundo: ¿Qué va a ser de este niño? La mano del Señor estaba con él.

La llegada de Juan manifiesta que Dios se ha acordado de su pueblo y envía a un mensajero que preparará el camino para la irrupción del tiempo definitivo. Él fue fiel a su condición de mensajero, no buscó nada ni usurpó el papel del Mesías. Se reconoció como la “voz que clama en el desierto”. Solo eso.

Cada uno de nosotros podemos dar respuesta a esa pregunta referida a nosotros mismos. ¿Qué fue de aquel niño que yo fui? Hoy, ante la inminente fiesta del Nacimiento del Hijo de Dios, podemos reflexionar la respuesta y podemos, también, encauzar nuestra propia realidad de acuerdo con ese examen. Es una buena forma de comenzar estas fiestas.

Dios nos muestra su amor incondicional en el esperado nacimiento de su Hijo. Nosotros debemos responder a ese amor. Solo necesitamos sentirnos, de verdad y en profundidad, amados por Él. Después, responder a ese Amor con magnanimidad. Es lo que se espera de todo creyente en la vivencia cristiana de las fiestas de Navidad.

FERIA PRIVILEGIADA 23 DE DICIEMBRE

Lc. 1, 57-66.

La figura de Juan Bautista no es siempre fácil de entender. Cuando pensamos en su vida es un profeta, un hombre que fue grande y luego termina como un desgraciado.

Entonces ¿quién es Juan? Él mismo lo explica: «Yo soy una voz, una voz en el desierto», pero es una voz sin Palabra, porque la Palabra no es Él, es otro.

He aquí cual es el misterio de Juan: Jamás se apodera de la Palabra, Juan es aquel que indica, aquel que señala.

El sentido de la vida de Juan es indicar a otro… Juan era el hombre de la luz, llevaba la luz, pero no era luz propia, era una luz reflejada. Juan es como una luna y cuando Jesús comenzó a predicar, la luz de Juan comenzó a disminuir y a apagarse». Voz no Palabra, luz, pero no propia.

La Iglesia existe para proclamar, para ser voz de una Palabra, de su esposo, que es la Palabra. Y la Iglesia existe para proclamar esta Palabra hasta el martirio. Martirio precisamente en las manos de los soberbios, de los más soberbios de la Tierra.

Juan podía hacerse importante, podía decir algo por sí mismo… sólo esto: indicaba, se sentía voz, no Palabra. El secreto de Juan. ¿Por qué Juan es santo y no ha pecado? Porque jamás, tomó una verdad como propia. No quiso hacerse ideólogo. El hombre que se negó a sí mismo, para que la Palabra descienda.

Y nosotros, como Iglesia, podemos pedir hoy la gracia de no convertirnos en una Iglesia ideologizada…

La Iglesia debe escuchar la Palabra de Jesús y hacerse voz, proclamarla con coraje. Aquella es la Iglesia sin ideologías, sin vida propia: la Iglesia que es el misterio de la luz, que tiene la luz de su Esposo y debe disminuir, para que Él crezca.

Este es el modelo que Juan nos ofrece hoy, para nosotros y para la Iglesia. Una Iglesia que esté siempre al servicio de la Palabra. Una Iglesia que jamás tome nada para sí misma.

Hoy en la oración hemos pedido la gracia del gozo, hemos pedido al Señor de alegrar esta Iglesia en su servicio a la Palabra, de ser voz de esta Palabra, predicar esta Palabra.

Pidamos la gracia de imitar a Juan, sin ideas propias, sin un Evangelio tomado como propiedad, sólo una Iglesia voz que indica la Palabra… Así sea.