Lunes de la II Semana de Cuaresma

Dn 9, 4-10

Quizás uno de los grandes problemas con los que se enfrenta la conversión es el reconocer desde lo más profundo de nuestro corazón, que somos pecadores.

Y es que no es fácil reconocer que somos débiles, y por ello generalmente buscamos excusar nuestras culpas y esto hace que sea difícil salir de nuestro pecado o superar nuestras debilidades.

En este pasaje que nos presenta la Sagrada Escritura, vemos con que humildad y sencillez el profeta reconoce no solo el pecado personal sino el colectivo… él sabe que el destierro que padecen es el fruto de su pecado, pero al mismo tiempo sabe que su Dios es un Dios de misericordia.

No sigamos enmascarando o justificando nuestro pecado y debilidad, seamos honestos con nosotros mismos y declaremos delante de Dios y de su ministro nuestra debilidad… Dios es amor, y por ese amor nos perdonará, pero más aún, esta acción es la que nos permitirá superar nuestro pecado y vivir de continuo en la gracia y el amor de Dios.

Lc 6, 36-38

El tiempo de la cuaresma nos invita a descubrirnos como pecadores, como personas necesitadas del amor y la misericordia de Dios.

Y es importante llegar a ser conscientes de esta realidad ya que solamente cuando uno reconoce lo miserable que es, su corazón se puede abrir a los hermanos.

Ordinariamente las personas, soberbias, déspotas y egoístas no han tenido nunca la experiencia de encontrarse con sus debilidades y darse cuenta que no solo no son mejores que las gentes a las que han juzgado o maltratado sino que incluso muchas veces han sido peores que ellas mismas.

Cuando sientas el impulso de juzgar o de condenar, mira un poco en tu interior y descubrirás que no eres mejor que él, y que a pesar de esto, Dios te ama y te muestra su misericordia… seguramente esta mirada interior te llevará a amar, a perdonar y a ayudar a tu hermano.

Sábado de la I Semana de Cuaresma

Mateo 5, 43-48

Amar a todos. Amar a ejemplo del Señor. Este es el resumen del mensaje que Cristo ha traído al mundo. Cristo nos pone primero el ejemplo de su Padre que hace el bien sobre buenos y malos.

Cristo mismo desde la cruz me enseña el valor redentor del amor. Más aún, todos los días en cualquier sagrario el amor de Cristo, hecho pan, está presente para ser consuelo de justos y pecadores.

Ciertamente no podemos quedar indiferentes ante la magnitud del amor de Cristo. Tomemos su invitación, hagámosla nuestra: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¡Qué gran invitación! Encierra, en pocas palabras, el camino de la santidad, de nuestra salvación, la forma para acercarse a Dios.

Pero, ¿cómo ser santo hoy, en mi sociedad? ¿cómo llegar a Dios en el ambiente en que vivo? La forma más fácil es imitando al mismo Dios que es amor (1Jn 4, 8). Amando como auténtico cristiano a mi prójimo que es el vecino, el compañero de estudios o trabajo, el empleado de limpieza con el que me encuentro, etc.

Todos los días me encuentro con una multitud de prójimos y con la oportunidad de amar a ejemplo del Señor y empezar o continuar el camino de la santidad.

Viernes de la I Semana de Cuaresma

Ez 18, 21-28

Si algún defecto podríamos encontrarle a Dios ese sería su falta de memoria para nuestros pecados. Dios, como nos lo dice hoy el Profeta, no está buscando el castigarnos o el enviarnos a la muerte eterna, sino todo lo contrario: continuamente, y desde la creación del hombre, ha buscado por todos los modos el que el hombre lo ame, lo escuche, lo obedezca y tenga con ello la felicidad en este mundo y la vida eterna.

La prueba máxima de este proyecto de Dios es el habernos enviado a su propio Hijo para que por Él tuviéramos esta vida profunda y llena de paz. Más aun, conoce nuestra debilidad, y como dice el salmo 103, sabe de qué barro estamos hechos, por ello no nos trata como merecemos.

Cuando nosotros vamos al sacramento de la Reconciliación con un profundo arrepentimiento, Dios nos perdona y no se vuelve a acordar de nuestras faltas jamás. La Cuaresma es un tiempo propicio para reconciliarnos no sólo con Dios y con los hermanos, sino incluso con nosotros mismos, es tiempo de perdonar nuestros errores, de aceptarnos como somos y proponernos o reproponernos nuevas metas. Animo… Dios quiere que tengas vida y que la tengas en abundancia.

Mt 5, 20-26

El cristiano, como nos lo muestra este evangelio, es una persona con criterios mucho muy diferentes a los del mundo y que va llevando un verdadero progreso en su conversión.

Y es que el cristiano no es solamente una persona buena, que no mata, que no roba, que en suma, cumple la Ley de Dios, es ante todo, un hombre o una mujer que está en búsqueda de la santidad… de la perfección, para el cual no cabe ni siquiera el insulto para el hermano.

Cuando empezamos a hablar en términos de justicia, muchas veces nos confundimos y acabamos creyendo que justicia es lo mismo que venganza o resarcimiento.

Para Jesús justicia tiene un sentido mucho más amplio porque brota de la misma esencia de Dios y está en relación muy íntima como la verdad, no habla en términos judiciales ni de venganza, sino que su palabra se refiere más a la profunda sintonía del corazón, con la verdad, con su propia verdad, con su esencia misma y también en su relación con Dios y con las demás personas vistas como hermanos.

Es triste cuando una persona se retira de Dios, no se quiere confesar, no participa en misa, porque tiene un resentimiento contra su hermano. Así, en lugar de buscar la reconciliación, se alejan el único que le puede dar la verdadera paz.

Vista la justicia en tono positivo, nos llevará a un gran compromiso de construcción de un mundo nuevo.

Desgraciadamente nosotros nos regimos más por las prohibiciones, por las limitaciones y las negativas: No hagas, no digas, no mates, no robes. Un constante no que nos agobia y limita. Jesús propone que nuestra justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos, ellos se limitan a llevar cuentas a la ley del talión, al ojo por ojo, al diente por diente.

Mucho me temo que nosotros hemos ido mucho más allá. Si me hiciste una ofensa te hago dos, si me insultas te devuelvo doble insulto. La violencia crece y crece hasta acabarnos. Jesús nos propone romper esa escalada de violencia y ponernos frente a Dios Padre que ama a todos los hermanos.

¿Debemos tener nuestro estamos en presencia de Dios? ¿Podremos exigir venganzas cuando Dios Padre envía a su Hijo a rescatar y a amar a ese que nosotros quisiéramos que estuviera casi muerto?

La cruz de Jesús, su amor incondicional es la única respuesta que podremos encontrar para frenar la cadena de la violencia.

Hoy pongámonos ante el altar de Dios y miremos sinceramente si frente a la cruz de Jesús podemos sostener nuestros deseos de venganza, de rencores y discriminaciones.

Jueves de la I Semana de Cuaresma

Est 14, 1.3-5.12-14

La Cuaresma nos cuestiona acerca de nuestro crecimiento y madurez en la fe. Y es que la mayoría de nosotros decimos que somos hombres y mujeres de fe, sin embargo, solo cuando la crisis cala profundo es cuando realmente podemos saber hasta donde ha madurado en nosotros la fe.

Nuestro texto nos muestra a una mujer cuya fe es total confianza y abandono. Es el relato de alguien que ha oído que el Dios de sus padres es un Dios poderoso que no abandona a su pueblo en situaciones difíciles. Ahora es el momento de experimentarlo, pero para ello tiene que confiar ciegamente en que solo Dios la puede ayudar.

Podríamos decir que la fe es como una cuenta en el banco, de la cual podremos depender en el momento de la necesidad. Por ello, aunque te parezca que todos tus actos de piedad, tus oraciones y sacrificios, las horas ante el Santísimo, la meditación diaria de la Escritura, etc., han quedado estériles, piensa que solo has hecho una inversión que en el momento de la crisis se transformará en gracia y luz para tu vida que te ayudarán a superar todos los obstáculos.

Ponerse en las manos de Dios también es un ejercicio que requiere práctica y la Cuaresma se presenta como un espacio ideal para desarrollarla.

Mt 7,7-12

En días pasados muy llena de tristeza me comentaba una señora que estaba perdiendo la fe porque había hecho mucha oración y ayuno, incluso se levantaba muy de madrugada a pedirle a Dios y que “Dios no cumplía su promesa”.

A ella le parecía que pedía “cosas” buenas, pero era eso, “cosas”, y me dio la impresión que, como muchas veces lo hacemos, quería manipular a Dios para que le concediera su capricho.

¿Se contrapone el pasaje de este día con lo que nos sucede?

Cristo nos insiste que a quien pida se les dará y que el que busque encontrará. Pero la oración y el ejemplo de Jesús nos enseñan mucho más. El mismo ejemplo que pone Jesús a continuación diciendo que un padre no puede darle una serpiente a su hijo, podría ser una insinuación de mirar lo que estamos pidiendo.

La primera lectura de este día tomada del libro de Ester nos presenta una bellísima oración de la reina a favor de su pueblo. Ella misma se pone en peligro para buscar la salvación del pueblo. Pide: “Dios de Abraham… protégeme porque estoy sola y no tengo más defensor que tú, Señor, y voy a jugarme la vida”

Así es la verdadera oración: continua, confiada y comprometedora. No es una especie de amuleto que nos ganará lo que pretendemos; no es una compraventa de favores que alcanzaremos con “rezar”. Es una relación amorosa que nos pone en manos de nuestro Padre y así esperamos confiados su intervención.

En estos días de cuaresma hagamos así nuestra oración y encontraremos a nuestro buen Dios que es un Padre que con mucha mayor razón sabe dar cosas buenas.

El pasaje de este día se cierra con una frase que convendría también tener en cuenta: “todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos”. Es una regla sencillísima de poner en práctica y de examinar.

¿Esto que le estoy haciendo a mi hermano lo quiero para mí? Entonces lo haré con mucho gusto. Pero si encuentro que es desagradable para mí ¿por qué hacérselo al hermano?

Miércoles de la I Semana de Cuaresma

Jon 3,1-10

Con este pasaje, la escritura nos muestra, a través de la actitud del Rey de
Nínive lo que significa e implica el convertirse de corazón. Al leer el pasaje vemos como lo primero que hace el rey, es «levantarse de su trono y sentarse sobre cenizas». Con este signo, reconoce que él no es Dios y que su vida (y en este caso, incluso su reino) debe ser dirigida por el único Rey: Dios mismo.

Esta actitud del rey debe servirnos de ejemplo y dejar que Dios se siente en el trono de nuestro corazón. Esto implica reconocer que su palabra es la única que debe regir nuestra vida, lo cual no podrá ser realidad si no tenemos contacto con la Sagrada Escritura.

Esto nos lleva a que un principio de conversión es tomar primero la decisión de seguir la palabra de Dios, y tenerla como el valor central de nuestra vida, y en seguida, tomar la decisión de leer y meditar todos los días está Palabra, con el ánimo de obedecerla y hacerla vida. ¿Qué te parecería intentarlo?

Lc 11,29-32

¿Cuál es la señal del profeta Jonás?  Si recordamos un poco ese pequeño librito contiene más que una historia que pueda comprobarse. Contiene muchos signos y enseñanzas que fortalecían la fe del pueblo de Israel.

Jonás, el protagonista, se encuentra de pronto enviado a una misión que no quiere cumplir. Jonás pensaba que tenía las ideas claras: la doctrina es ésta, se debe creer esto. Si ellos son pecadores, que se las arreglen; ¡yo no tengo que ver! Este es el síndrome de Jonás. Se embarca para el rumbo contrario y suceden aquellos muy citados acontecimientos: el gran pez que lo come y que lo arroja a los 3 días.  Entonces sí Jonás se ve obligado a ir a predicar conversión y cuando Nínive se convierte, Jonás se siente defraudado porque no ha llegado el castigo y él puede quedar en ridículo.

El pueblo se arrepiente ante la predicación de un hombre que no se toma muy en serio su mensaje y que no es capaz de comprender la misericordia divina. 

En cambio ante aquellas gentes, quién prédica es el mismo Jesús, acreditado por sus palabras y sus obras, y su mensaje anuncia una misericordia de Dios, su Padre, que no nos habíamos atrevido a soñar. Los ninivitas creyeron y se arrepintieron, en cambio, los hombres de esta generación perversa, no son capaces de comprender todo el mensaje y no se arriesgan a una conversión.

¿Cómo Nínive se convierte en una señal? Por su prontitud ante la conversión, por su radicalidad para dejar las malas obras, porque todos se ponen en actitud de penitencia y porque a cada uno se le exige que se arrepienta de su mala vida.

Nosotros, ¿seremos capaces de tomarnos en serio el mensaje de esta Cuaresma? ¿También nosotros nos pondremos en una actitud de penitencia y de arrepentimiento? ¿Reconoceremos nuestras faltas y pediremos perdón?

Quizás nosotros estemos más cerca de las posturas incrédulas y orgullosas de la generación de Jesús que del bello ejemplo que nos proporciona la literatura hebrea.

Detrás de este bello ejemplo, quizás entreverada, pero como una esperanza, se deja ver la gran señal del cristiano: La resurrección del Señor.

Nuestra conversión tiene un sentido: morir al pecado para participar con Jesús de su nueva vida. Nuestra conversión tiene el sentido de creer en el Evangelio y participar de la vida de Jesús.

Martes de la I Semana de Cuaresma

Is. 55, 10-11

El tiempo de cuaresma, de una forma especial, nos urge a reflexionar sobre nuestra vida. Nos exige que cada uno de nosotros llegue al centro de sí mismo y se ponga a ver cuál es el recorrido de la propia vida. Porque cuando vemos la vida de otras gentes que caminan a nuestro lado, gente como nosotros, con defectos, debilidades, necesitadas, y en las que la gracia del Señor va dando plenitud a su existencia, la va fecundando, va haciendo de cada minuto de su vida un momento de fecundidad espiritual, deberíamos cuestionarnos muy seriamente sobre el modo en que debe realizarse en nosotros la acción de Dios. Es Dios quien realiza en nosotros el camino de transformación y de crecimiento; es Dios quien hace eficaz en nosotros la gracia.

La acción de Dios se realiza según la imagen del profeta Isaías: así como la lluvia y a la nieve bajan al cielo, empapan la tierra y después da haber hacho fecunda la tierra para poder sembrar suben otra vez al cielo.  La acción de Dios en la Cuaresma, de una forma muy particular, baja sobre todos los hombres para darnos a todos ya a cada uno una muy especial ayuda de cara a la fecundidad personal.

La semilla que se siembra y el pan que se come, realmente es nuestro trabajo, lo que nosotros nos toca poner, pero necesita de la gracia de Dios. Esto es una verdad que no tenemos que olvidar: es Dios quien hace eficaz la semilla, de nada serviría la semilla o la tierra si no fuesen fecundadas, empapadas por la gracia de Dios.

Nosotros tenemos que llegar a entender esto y a no mirar tanto las semillas que nosotros tenemos, cuanto la gracia, la lluvia que las fecunda. No tenemos que mirar las semillas que tenemos en las manos, sino la fecundidad que viene de Dios Nuestro Señor. Es una ley fundamental de la Cuaresma el aprender a recibir en nuestro corazón la gracia de Dios, el esfuerzo que Dios está haciendo con cada uno de nosotros.

Mt. 6, 7-15

Después de mostrarnos en el Sermón de la Montaña las indicaciones para ser verdaderamente hombres y encontrar la felicidad, en su resumen de las bienaventuranzas, Jesús nos indica que la relación con Dios es parte esencial de la humanidad y que se hace necesario hablar a Dios y escuchar a Dios. 

Cristo nos habla de Dios, no como el ser lejano que merece toda nuestra honra, pero que no parecería familiar.  Cristo habla de Dios como el papá o la mamá que se acerca a sus hijos, que le gusta escucharlos, que le podemos contar todas nuestras pequeñeces, aunque a nosotros nos parezcan los más grandes problemas.

En el Padrenuestro nos enseña cómo debemos orar.  Después de ponernos en guardia contra las formas equivocadas de oración, como el exhibicionismo o la forma mecánica, nos acerca a cada una de esas palabras tan llenas de sentido.

El Padrenuestro se recita en comunidad, para sentir que es Padrenuestro, de todos, de los presentes y de los ausentes, de los lejanos y cercanos.

Padrenuestro es la forma comunitaria de orar, aunque estemos solos; es la forma de sentirse hermano con todos aunque mi oración sea en la intimidad; es acercarme a Dios no para mis propios problemas o ventajas, sino en familia, en amistad y en comunidad.

Decir Padre, tiene que estar cargado de un amor filial que nos proteja de las forma mecánicas y hasta mágicas de la oración o los rituales.  Pensar y sentir a Dios como Papá tiene que ponernos en sintonía con ese amor que generosamente nos ofrece.  Y al hacer la oración, en cada momento revivimos y actualizamos nuestra total dependencia de Dios y nuestro compromiso de hacerlo actuante en nuestra vida.

Esta oración debe salir, sobretodo, de nuestro corazón, de las penas, las esperanzas, los gozos y los sufrimientos.  Debe expresar tanto la vergüenza de nuestro pecado, como la gratitud por el bien recibido.

El Padrenuestro, al mismo tiempo que es plegaria, es compromiso de vivir cada momento, cada día y cada instante en la presencia amorosa de Dios.

Y al pedir que venga tu Reino, no permanecemos inactivos e indiferentes, sino que nos comprometemos a construir en medio de nosotros el Reino que estamos invocando.

El Padrenuestro es traer a nuestra mente y a nuestro corazón la presencia del amor incondicional de un Papá que nos acompaña, que nos ama y está en todo momento con nosotros.

Que en esta Cuaresma hablemos con Dios tanto en la intimidad como en la comunidad con esta oración que Jesús nos enseña “Padrenuestro…”

Lunes de la I Semana de Cuaresma

Lev 19, 1-2; 11-18

Podríamos decir que toda la ley y todos los preceptos que Dios ha dado a su pueblo tienen como único fin conducir a su pueblo a la santidad, de manera que la observancia de estos, manifiestan el estado de santidad que Dios quiere de cada uno de nosotros.

En esta primera semana de Cuaresma, la liturgia nos invita a preparar y a trabajar sobre un proyecto de vida que nos vaya conduciendo a la santidad o que logre que ésta continúe desarrollándose en nosotros. Es por ello que en esta lectura se nos propone lo que está o debe estar a la base de toda vida santa, y que es el cumplimiento de la Ley de Dios.

No podemos aspirar a cosas mayores cuando lo mínimo, lo básico, no estamos siendo capaces de cumplir. Es pues necesario que antes de realizar cualquier proyecto veamos en dónde estamos primeramente con respecto a los mandamientos. ¿Los estamos cumpliendo? Y este cumplimiento, ¿es hecho por amor? Pensemos, pues, cuáles serían las primeras acciones concretas que tendríamos que hacer para que el o los mandamientos que no estamos observando puedan ser vividos en la alegría de Dios. Recuerda que la Cuaresma es un tiempo de trabajo espiritual que nos ha de llevar a vivir de una manera más plena la vida evangélica.

Mt 25, 31-46

Cuando uno lee este pasaje, no queda duda que la vida cristiana está o ha de estar cimentada en el amor y en la caridad sobre todo a los más necesitados. La liturgia nos propone este texto al inicio de la cuaresma, para que trabajemos en esta área tan importante de nuestra vida ya que nuestro juicio no estará fincado ni en cuanta Biblia sabíamos, ni en cuantas misas asistimos, ni en cuantos grupos participamos: El juicio finalmente será en base a la caridad.

Y esto no significa que las prácticas religiosas o nuestro conocimiento bíblico o teológico no sea importante… por supuesto que lo es, pues debe ser un medio para que crezca en nosotros la fe y con ello la caridad.

Empecemos por cosas simples, como es el visitar a los miembros de nuestra propia familia. ¿Hace cuánto que no visitas a tus abuelos, tíos, etc., que están enfermos o necesitados? y ¿qué calidad de visita es la que has venido teniendo con ellos: La clásica visita de doctor?

Si no somos capaces de vivir lo más sencillo, atendiendo a nuestra propia familia, que difícil será que lo hagamos por los demás. No olvidemos que en esto se está decidiendo nuestra felicidad.

Sábado después de Ceniza

Is 58, 9b-14; Lc 5, 27-32

Jesús llama a Mateo, un publicano, un pecador. El banquete que ofrece en agradecimiento, y al que invita a gente de su misma condición -los malos-, levanta las sospechas y las críticas de los fariseos -los íntegros, los buenos-: «Este come con publicanos y pecadores».

Ya saben la respuesta: «No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores».

Pero me temo que seguimos con la manía de dividir el mundo en buenos y malos. Nosotros, claro, nos apuntamos a los primeros. ¡Hombre, con nuestras cosillas…, pero buenos, o al menos pasables! Es importante, para entender del todo la enseñanza de Jesús, recordar la frase con que san Mateo, el protagonista de la escena, el llamado a la conversión, termina este pasaje: «Aprendan lo que significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios». Ese es el termómetro que no falla para medir los grados de nuestra religiosidad.

Jesús declara el sentido de su venida a este mundo, el objetivo de su misión. Ha venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores «para la conversión». Y puntualmente el evangelio refiere ya el primer fruto de la conversión: Leví, un pecador público, un publicano es perdonado y reconciliado, ofrece un banquete en señal de gratitud.

Todo el evangelio será una ininterrumpida historia de hombres y mujeres que se convierten al amor misericordioso del Señor, la mujer pecadora, Zaqueo, el hijo pródigo. Otros en cambio se cierran en su egoísmo, como el rico Epulón.

Señor, haz que mi vida pecadora sirva de ocasión para acercarme y pedirte perdón a ti que has venido a llamar a los pecadores. Que no me encierre en el egoísmo de mi propia miseria.

No tengamos miedo a dar la misma respuesta de Mateo. Él era un publicano y, para los judíos de su tiempo, un pecador. Sigamos su ejemplo de conversión y abramos la puerta de nuestra casa, de nuestro corazón, a un gran banquete con Nuestro Señor. Un banquete en el que sin duda gozaremos de su presencia, a pesar de lo que digan los demás.

No tengamos miedo de ser cristianos, de seguir a Cristo, de convertirnos, de manifestar nuestra fe; y gozaremos así de la felicidad que Jesucristo nos proporciona. Una felicidad como la de Mateo.

Viernes después de Ceniza

Is. 58, 1-9

Si el ayuno ha perdido espacio en la vida del cristiano, muy posiblemente es
porque se ha convertido en una práctica ritual desconectada de la vida, siendo
que como nos lo refiere hoy el texto bíblico, éste debe tener una referencia
directa a nuestra situación y actividad concreta.

¿De qué le puede servir al cristiano el privarse durante la Cuaresma de no comer «dulces» o no «fumar» (ejemplos clásicos de penitencia cuaresmal, que para lo único que sirven es muchas veces sólo para buscar bajar unos kilos o mejorar la salud), si no está dispuesto o si estas práctica no le ayudan a cambiar su comportamiento y actitud tanto hacia Dios como hacia el prójimo?

Conocemos personas que se abstienen de fumar, lo que les cambia el carácter y se la pasan todo el día de un genio que ni ellos mismo se aguantan. Nuestras prácticas ascéticas tienen que estar enfocadas a mejorar nuestra vida espiritual y a crecer en el amor. Serían muchos los ayunos que podríamos hacer y que verdaderamente podrían cambiar nuestra vida y nuestra relación con Dios y con los demás. Piensa qué cosas necesitaras eliminar, agregar o potenciar para que tu relación con Dios y con tu familia crezca en esta cuaresma, esa será una buena penitencia, será la penitencia que Dios quiere para ti.

Mt 9,14-15

Este tiempo de cuaresma, muchas personas acostumbran a hacer ayuno y abstinencia recordando el ayuno que Jesús hizo durante 40 días en medio del desierto.  Es una sana costumbre el ayuno, para otros ya no tiene sentido el ayuno ni la oración, ni el sacrificio.

El texto de san Mateo, parecería darles la razón a estos que piensan que ya no tiene sentido ayunar, al constatar que los discípulos no ayunan y que Jesús los defiende ante los discípulos de Juan y los fariseos.

Jesús, nunca negó la validez del ayuno y la oración, es más Él mismo hizo grandes periodos de ayuno y muchos momentos de oración.  Contra lo que habla Jesús es de un falso ayuno que no está acorde con un arrepentimiento y conversión del corazón. 

Jesús sigue la misma línea de los profetas, en especial del texto que hemos leído hoy como primera lectura.  Isaías nos transmite cuál es el ayuno que quiere el Señor: “que rompan las cadenas injustas y levantes los yugos opresores, que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos, que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al sin techo, que vistas al desnudo y no des la espalda a tu prójimo”

El sentido del ayuno y la penitencia es compartir con el hermano.  Si hoy no comemos carne, pero nos hartamos de manjares más costosos y más sabrosos que los que comemos ordinariamente, no tiene ningún sentido el ayuno.  El sentido es privarnos de algo para compartirlo con el hermano que está necesitado.

El ayuno y llevar una vida mortificada y moderada, tiene ahora mucho más sentido que nunca, pues nos hemos acostumbrado a buscar una vida cómoda, sin compromisos y sin dificultades.

El fuerte reclamo que hacen los profetas debe resonar también en nuestros días, pues también para nosotros son aquellas duras palabras: “es que el día que vosotros ayunáis, encontráis la forma de hacer negocios dudosos y oprimir a los trabajadores.  Es que ayuna para luego pelearse y discutir; para dar golpes sin piedad.

Que hoy ayunemos para mortificar nuestro cuerpo, pero también abramos nuestro corazón al prójimo necesitado, al oprimido, pues en cada pequeño está el mismo Jesús.

Que ayunemos hoy de la soberbia, de la mentira, de placeres, de críticas y que podamos con entusiasmo dedicarnos a construir el Reino de Dios, a descubrir al hermano y a ayudar a mi prójimo.

En esta Cuaresma, busquemos ayunar de las cosas que le quitan espacio a Dios en nuestra vida para que al llegar a la Pascua estemos totalmente llenos de Dios.

Jueves después de Ceniza

Dt 30, 15-20

La conversión, no debe ser sólo exterior, sino que debe ir sobre todo hacia la conversión del corazón. La conversión del corazón que viene a ser el núcleo de toda la Cuaresma, es vista por la Escritura, como un momento de elección por parte del hombre que debe dirigir a Alguien. La pregunta es: ¿A quién dirigimos el corazón? ¿Hacia quién me estoy dirigiendo yo? En este período en el cual la Iglesia nos invita a reflexionar más profundamente tenemos que preguntarnos: ¿Hacia dónde voy yo?

En la primera lectura Dios pone delante del pueblo de Israel el bien y el mal, diciéndole que puede elegir, decir a quién quiere servir, qué quiere hacer de su vida. Tú también vas a decidir si quieres vivir tu vida amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a Él, o vas a tener un corazón que se resiste. Es en lo profundo de nuestra intimidad donde acabamos descubriendo hacia quién estamos orientando nuestra vida.

La Escritura nos habla por un lado de un corazón que se resiste a Dios y por otro lado de un corazón que se adhiere a Dios. Mi corazón se resiste a Dios cuando no quiero ver su gracia, cuando no quiero ver su obra en mi vida, cuando no quiero ver su camino sobre mi existencia. Mi corazón se adhiere a Dios, cuando en medio de mil inquietudes, vicisitudes, en medio de mil circunstancias yo voy siendo capaz de descubrir, de encontrar, de amar, de ponerme delante de Él y decirle: “aquí estoy, cuenta conmigo”.

Jesús en el Evangelio nos presenta esta elección, entre resistencia del corazón y la adhesión del corazón como una adhesión por Él o contra Él: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue su cruz cada día y se venga conmigo.” Una conversión que no es solamente el cambiar el comportamiento; una conversión que no es simplemente el tener una doctrina diferente; una conversión que no es buscarse a sí mismo, sino seguir a Jesucristo. Esta es la auténtica conversión del corazón.

Jesús pone como polo opuesto, como manifestación de la resistencia del corazón el querer ganar todo el mundo. ¿Qué prefieres tú? ¿Cuál es la opción de tu vida, cuál es el camino por el cual tu vida se orienta, ganar todo el mundo si no te ganas a ti mismo?, pero si has perdido a base de la resistencia de tu corazón lo más importante que eres tú mismo, ¿cómo te puedes encontrar? Solamente te vas a encontrar adhiriéndote a Dios.

Deberíamos entrar en nuestra alma y ver que estamos ganando o qué estamos perdiendo, a qué nos estamos resistiendo y a quién nos estamos adhiriendo.

Son dos caminos. A nosotros nos toca elegir: “Dichoso el hombre que confía en el Señor, éste será dichoso; en cambio los malvados serán como paja barrida por el viento. El Señor protege el camino del justo y al malo sus caminos acaban por perderlo”: ¿Qué camino llevo en este inicio de Cuaresma? ¿Es un camino de seguimiento? Me dice Nuestro Señor: ¿Eres de los que quieren estar conmigo, de los que quieren adherirse a Mí? ¿O eres de los que se resisten?

Lucas 9, 22-25

Nuestra vida tiene muchos momentos de elección que nos producen crisis, dudas y tensiones.  Cada elección optamos por un bien, pero dejamos también alguna otra cosa que queremos también tener.  A veces pasamos demasiado tiempo sin decidirnos y acabamos por perder las opciones.  Nos quedamos con las manos vacías por querer atrapar las dos cosas.  En cambio, otras veces elegimos un bien pero quedamos suspirando por el que hemos abandonado.  Pero también hay quien juega a dos fuegos y quisiera estar en ambos lados.

La primera lectura de este día nos coloca en el ambiente de cuaresma para revisar cuáles han sido nuestras elecciones, qué preferimos en realidad y cuál es el camino que vamos haciendo.

Dice el Señor: “hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… bendición o maldición”

Nosotros quisiéramos escoger el camino fácil y tener vida o bien escoger el camino de la vida y entregarnos a los placeres que nos llevan a la muerte.  Somos como una contradicción.  Decimos tender hacia una meta y caminamos hacia la otra.  No somos firmes en nuestros propósitos.

Cristo nos presenta todavía de una manera más clara y decisiva: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”.  Nosotros amamos a Cristo y quisiéramos seguirlo, pero al mismo tiempo quisiéramos seguir los proyectos y las tentaciones que el mundo nos ofrece.  Nos atraen las enseñanzas de Jesús, pero también quisiéramos seguir los caminos de nuestros propios instintos.

La Cuaresma es tiempo de definición, de desierto, de prueba.  Necesitamos revisar si nuestras elecciones son bien definidas y se respaldan después por nuestras acciones.

Hoy Jesús nos invita a tener una vida libre, pero nos exige libertad de corazón, porque “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo o se destruye?”

De nuestras elecciones dependerá si somos libres o somos o somos esclavos, si tenemos vida o tenemos muerte.

Por eso hoy pidámosle al Señor que podamos encontrar la paz, que escojamos la vida, que nuestras decisiones sean firmes en búsqueda de una vida verdadera.