Jueves de la IX Semana Ordinaria

2 Tim 2, 8-15

San Pablo recomienda a Timoteo, en la Lectura de hoy: “Haz memoria de Jesucristo el Señor”. Es un ir atrás con la memoria para encontrar a Cristo, para encontrar fuerzas y poder caminar hacia adelante. La memoria cristiana es siempre un encuentro con Jesucristo. La memoria cristiana es como la sal de la vida. Sin memoria no podemos ir adelante. Cuando encontramos cristianos “desmemoriados”, enseguida vemos que han perdido el sabor de la vida cristiana y acaban en personas que cumplen los mandamientos, pero sin mística, sin encontrar a Jesucristo. Y debemos encontrar a Jesucristo en la vida. Son tres las situaciones en las que podemos encontrar a Jesucristo: en los primeros momentos, en nuestros antepasados y en la ley.

La Carta a los Hebreos (10,31) nos indica qué hacer: “Traed a la memoria aquellos primeros días de vuestra conversión”, que erais tan fervientes… Todos tenemos momentos así: cuando encontró a Jesucristo, cuando cambió su vida, cuando el Señor le hizo ver su vocación, cuando el Señor lo visitó en un momento difícil… No olvidar esos momentos: debemos ir atrás y retomarlos porque son momentos de inspiración. En el corazón llevamos esos momentos. Busquémoslos. Contemplemos esos momentos. Memoria de esos momentos en los que encontré a Jesucristo. Memoria de esos momentos en los que Jesucristo me encontró a mí. Son la fuente del camino cristiano, la fuente que me dará las fuerzas. ¿Recuerdo esos momentos? ¿Momentos de encuentro con Jesús cuando me cambió la vida, cuando me prometió algo? Si no los recordamos, busquémoslos. Cada uno los tiene.

El segundo encuentro con Jesús viene a través de la memoria de los antepasados, que la Carta a los Hebreos (13,7) dice: “Acordaos de vuestros pastores, que os proclamaron la palabra de Dios, e imitad su fe, considerando el buen final de su conducta”. También Pablo, en esta segunda epístola a Timoteo (1,5), lo dice así: “Me viene a la memoria tu fe sincera, que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que también en ti”. La fe no la hemos recibido por correo, sino de hombres y mujeres que nos han trasmitido la fe, y dice la Carta a los Hebreos: “Mirad a los que son una multitud de testigos y sacad fuerza de ellos, que sufrieron el martirio”. Siempre que el agua de la vida se vuelve un poco turbia es importante ir a la fuente y encontrar la fuerza para seguir adelante. Podemos preguntarnos: ¿Yo vuelvo la memoria a nuestros jefes, a mis antepasados? ¿Soy un hombre o una mujer con raíces? ¿O me he desarraigado? ¿Solo vivo en el presente? Si es así, pide enseguida la gracia de volver a las raíces, a aquellas personas que nos trasmitieron la fe.

Finalmente, la ley, que Jesús nos hace recordar en el Evangelio de Marcos (12,28b-34). El primer mandamiento es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios”. La memoria de la ley. La ley es un gesto de amor que hizo el Señor con nosotros porque nos señala el camino, nos dice: por esta senda no te equivocarás. Volver a la memoria la ley. No a la ley fría, la que parece simplemente jurídica. No. La ley del amor, la ley que el Señor ha inscrito en nuestros corazones. ¿Soy fiel a la ley, recuerdo la ley, repito la ley? A veces a los cristianos, incluso consagrados, nos cuesta decir de memoria los mandamientos: ‘Sí, sí, los recuerdo’, pero luego me equivoco, no recuerdo.

Acuérdate de Jesucristo, significa tener la mirada fija en el Señor en los momentos de mi vida en los que lo encontré, momentos de prueba, en mis antepasados y en la ley. Y la memoria no es solo ir atrás. Es ir atrás para seguir adelante. Memoria y esperanza van juntas. Son complementarias, y se completan. Acuérdate de Jesucristo, el Señor que vino, pagó por mí y que vendrá. El Señor de la memoria, el Señor de la esperanza. Cada uno puede hoy tomarse unos minutos para preguntarse cómo va la memoria de los momentos en los que encontré al Señor, la memoria de mis antepasados, la memoria de la ley. Y luego, cómo va mi esperanza, en qué espero. Que el Señor nos ayude en este trabajo de memoria e de esperanza.

Mc 12, 28-34

El Evangelio nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo.  Algunos fariseos se pusieron de acuerdo para poner a Jesús a una prueba. Uno de ellos, un doctor de la Ley le dirigió esta pregunta: «¿Maestro, en la Ley cual es el gran mandamiento?».

Jesús, citando el Libro del Deuteronomio respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento»

Y podría haberse detenido aquí. En cambio Jesús añade algo que no había sido solicitado por el doctor de la ley: Dice de hecho: «El segundo es similar a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Tampoco este segundo mandamiento es inventado por Jesús, pues lo toma del Libro del Levítico.

La novedad consiste justamente en poner juntos estos dos mandamientos (el amor de Dios y el amor por el prójimo) revelando que estos son inseparables y complementarios, son dos caras de una misma moneda.

No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero, no porque está encima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo pone encima, pero sí en el centro, porque del corazón todo tiene que partir y al cual todo tiene que retornar y hacer referencia.

Ya en el Antiguo Testamento, la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, incluía también el deber de tomarse cuidado de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda.

Jesús lleva a cumplimiento esta ley de alianza, Él une en sí, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un mismo misterio de amor.

Así, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. No podemos separar más la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos.

No podemos más dividir la oración y el encuentro con Dios en los sacramentos, de escuchar al otro, de la proximidad a su vida, especialmente de sus heridas.

Acordaos de esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto me amas tú? Y cada uno se dé la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

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