Martes de la IV Semana de Pascua

Hech 11, 19-26

Este pasaje de nuevo nos muestra cómo una situación que en sí misma es triste y dolorosa como es el martirio de Esteban, se convierte, por la gracia de Dios, en fuente de bendición para muchos.

Gracias a la persecución que se desata en Jerusalén contra los discípulos de Jesús por parte de las autoridades judías, es como el Evangelio sale de la ciudad para llegar a la que en ese tiempo sería la tercer ciudad romana en importancia.

Y es que Dios se vale de todos los acontecimientos de nuestra vida, incluso de los que podríamos considerar desagradables (casi podríamos decir que principalmente de éstos) para que el mensaje del evangelio llegue a aquellos que no lo conocen o no lo aman.

De nosotros solo espera docilidad a su Espíritu y que confiando plenamente en su amor hablemos a los demás del Evangelio. Deja que Dios convierta todo acontecimiento en tu vida en una oportunidad para que Él sea más conocido y más amado.

Jn 10, 22-30

La pregunta que hacen los judíos a Jesús parece brotar del extremo del cinismo. No quieren creer en Jesús y buscan pretextos para acusarlo en lugar de buscar la verdad para creer en Él. La respuesta de Jesús, los remite a sus obras: a todo lo que ha dicho y ha hecho delante de ellos y de todo el pueblo.

¿Cuáles son sus obras? No es solamente dar de comer, si no hacer comer a las personas con dignidad; no solamente es defender a una mujer de los abusadores, sino hacerla que se levante y que se reintegre; no es solamente devolver la vista a un ciego, sino enseñarle el camino de la luz. Son muchas las obras de Jesús y todas van encaminadas a dar plenitud de vida y dignidad a las personas.

Hoy debería de ser igual el testimonio que diéramos sus discípulos, no solamente en palabras, no en ayudas externas, no en gestos lastimeros por los más débiles, sino en una verdadera transformación de nuestro mundo y de sus estructuras.

La razón y la finalidad de las obras de Jesús las expresa en el Evangelio de hoy: “porque el Padre y yo somos uno solo”.  Es la última razón de todo el actuar de Jesús y debería de ser la razón de actuar de nosotros los cristianos, porque tenemos un solo Padre, porque nos unimos a Jesús nuestro hermano, porque estamos guiados por un mismo Espíritu.

Las otras razones humanitarias o sociales son muy válidas también y nos unimos a todos aquellos que luchan para que todos los hombres vivan como hermanos. Pero nuestra verdadera fortaleza está en el amor que Dios nuestro Padre nos tiene y ésta es la razón que mantiene y da vida a nuestro actuar.

Buscamos la vida eterna, que de ningún modo es olvidarnos del presente, sino que es entrar desde ahora en el misterio de amor del Padre que nos transforma y que nos une a Jesús.

Las obras de Jesús nunca fueron alienantes, nunca se desentienden del dolor presente en el pobre, muy por el contrario, anuncia y hace presente aquí y ahora el Reino de Dios. Todas sus obras devuelven la verdadera dignidad a cada persona que se encuentra con Jesús.

Ahora, debemos preguntarnos cada uno de nosotros: ¿cuáles son las obras que dan testimonio de nuestro ser de discípulos?

Lunes de la IV Semana de Pascua

Hech 11, 1-18

De nuevo aparece en escena el binomio: oración – Voluntad de Dios.

Fue precisamente estando en oración como Pedro y el hombre que fue bautizado por éste, fueron advertidos estando en oración.

Y es que la oración es el medio ordinario por el cual Dios va comunicando su voluntad a sus hijos, de manera que una persona que ora todos los días, y que busca con todo su corazón al Señor sin lugar a dudas que aun en la más oscura de las noches, encontrará el camino seguro; en medio de la crisis caminos de solución; en la pena y el dolor la consolación y sobre todo, en todo momento irá descubriendo la voluntad de Dios para cada uno de sus proyectos e iniciativas.

La oración es el «medio» en el cual el Espíritu se manifiesta, concediendo a sus fieles abundantes dones, carismas y consolaciones. De manera que no orar puede ser considerado como un verdadero suicidio espiritual.

Un santo sacerdote decía: «Nunca dejes lo importante por hacer lo urgente… recuerda siempre que lo más importante de tu día es tu oración».

Jn 10,11-18

En el pasaje de hoy, Jesús nos dice que Él conoce a sus ovejas y que sus ovejas lo conocen a Él.

Me pregunto, ¿es que realmente conozco a Jesús? ¿qué es en realidad lo que conozco de Él? La triste realidad de muchos de nuestros hermanos es que no conocen a Jesús porque no leen la Sagrada Escritura.

Por eso decía san Jerónimo, que desconocer la Escritura es desconocer a Jesús. Este conocimiento nos va llevando de la mano hasta llegar a tener la experiencia profunda e interior de Jesús, el conocimiento íntimo, que nos lleva a conocer y a gustar interiormente, como decía san Ignacio de Loyola, el amor de Dios.

Si todavía la lectura del Evangelio no es un hábito en tu vida, inicia hoy mismo un programa de estudio sistemático (ordenado) que te lleve a conocer a Jesús.

Si no tiene tu Biblia personal, una buena idea sería el comprarla. Conoce a Jesús, y verás, como dice el salmo: que bueno es el Señor.

San Marcos

Mc 16, 15-20

Hoy recordamos a un gran santo que nos ha legado palabras y hechos de Jesús que nos dan vida.

Los documentos más antiguos que hablan de San Marcos nos lo presentan como «el intérprete de Pedro». La tradición nos asegura que Marcos estuvo a su lado, en Roma, como intérprete y redactor de la «Buena Nueva», primeramente en la catequesis oral y después, en la composición, -guiado por el Espíritu Santo- de aquel admirable texto que es el Evangelio más condensado de la vida, los milagros y la muerte de Jesús.

San Marcos, desde ya hace algunos años, es considerado como el primer evangelio escrito y quienes se acercan a este evangelio se encuentran con un texto sencillo pero muy profundo. Es como tocar a Jesús en la sencillez de cada día, en lo rudimentario de un lenguaje, en la admiración de un discípulo.

Sabemos que Marcos no “se inventó” el texto del evangelio, sino que ya circulaban entre las comunidades relatos de la vida y obra de Jesús, en especial de su Pasión.

Quien se acerca a su texto, descubre a un Jesús muy humano, con el dolor y con la esperanza de todos los hombres, pero desde el inicio mismo de su evangelio nos habla de Jesucristo, Hijo de Dios y al ponernos en contemplación de Cristo en la cruz, nos hace exclamar con el centurión: “Verdaderamente Éste era el Hijo de Dios”. Confesión de fe para comunidades que necesitan vivir de fe, certeza de que Jesús es Dios, conciencia de que camina junto al pueblo que sufre, son algunos de los rasgos que Marcos ofrece a la comunidad para sostenerse en la vida diaria.

El pasaje con que termina su evangelio y que es el que escuchamos en este día, coloca a los discípulos en contemplación de Cristo vivo, resucitado, que es elevado al cielo. Desde esta escena y experiencia, son enviados a llevar Buena Nueva a todos los pueblos, a todo el mundo, a todas las creaturas.

Este tiempo pascual nos coloca a nosotros también en la experiencia y contemplación de Cristo vivo, pero no para quedarnos contemplando absortos a Jesús, sino para llevarlo a los lugares precisos donde nos encontramos. Las palabras de Jesús y su promesa de cuidado, de  protección y acompañamiento en cada momento, son también para nosotros.

Hoy el mundo se desmorona en la desesperanza y la desilusión y necesita la Buena Nueva, no la nuestra, sino la de Jesús.

Que San Marcos nos conceda traducir en hechos la Buena Nueva de Jesús para el mundo, que él nos anuncia en su evangelio.

Viernes de la III Semana de Pascua

Hech 9, 1-20

Hoy nos presenta la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, la conversión de San Pablo. Cristo, resucitado y vivo, se presenta ante Pablo que respira odio y deseos de muerte y de venganza. “¿Por qué me persigues?”, son las palabras que Jesús dirige a Pablo y cuando éste manifiesta su desconcierto ante la expresión de Jesús, el mismo Jesús aclara: “yo soy Jesús a quien tú persigues”.

Caído y por tierra, Pablo inicia el camino de la conversión, para descubrir a Jesús en aquellos que Pablo consideraba paganos y entenderlos como parte del Cuerpo Místico hasta llegar a afirmar que todos y cada uno de los hermanos forman el Cuerpo de Jesús, estrechamente enlazados.

¿Cómo vivir hoy la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros y descubrirlo en cada uno de los hermanos? ¿Cómo poder mirarlo si estamos divididos y llenos de resentimientos? Se necesitará también caer por tierra, desmontarnos de todo orgullo y discriminación y escuchar también para nosotros las palabras de Jesús: “¿por qué me persigues?”

Este día, ojalá, tengamos el suficiente valor para dejando atrás nuestros temores, podamos mirar el rostro de Jesús en los hermanos.

Por otra parte, el Evangelio nos coloca frente a Jesús que nos exige alimentarnos de su carne y de su sangre.

Los judíos abiertamente se oponen a comer la carne de Jesús y a beber su sangre. Está identificación con Jesús nos lleva a un compromiso serio, no es posible estar separado de Jesús y olvidarnos de su realidad actual viva en medio de nosotros.

La Eucaristía nos permite participar físicamente comiendo y bebiendo de su misma vida, pero también nos llevará a una identificación que nos una con Jesús.

Participar en la Misa es una gran riqueza que nos llenará de fuerza, pero que no puede quedar en la intimidad o en el individualismo.

Pensemos delante de Jesús escuchando sus palabras, reflexionemos qué significa para nosotros comulgar y reconozcamos si esto nos lleva a vivir en fraternidad y en unión con todos los hermanos. Si realmente vivimos unidos e identificados con Jesús

Juan 6, 52-59

Quien celebra la Eucaristía no lo hace porque sea mejor que los demás, sino porque se reconoce necesitado de la misericordia de Dios. La Eucaristía no es un mero recuerdo de algunos dichos y hechos de Jesús. Es obra y don de Cristo que sale a nuestro encuentro y nos alimenta con su Palabra y su vida

Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de aquello que Jesús ha dicho o hecho. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo que actúa ahí, que está sobre el altar. Y Cristo es el Señor.

Es un don de Cristo, el cual se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos de su Palabra y de su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia surgen de allí, de la Eucaristía, y allí toman siempre forma.

Una celebración puede resultar también impecable desde el punto de vista exterior. Bellísima. Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida.

A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vida.

El corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día»

Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los necesitados, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna.

Jueves de la III Semana de Pascua

Hech 8, 26-40

Acabamos de leer en los Hechos de los Apóstoles que «un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

Después del martirio de Esteban, estalló una gran persecución para los cristianos, y los discípulos se dispersaron un poco por todas partes, en Judea, en Samaría. Pero precisamente aquel viento de la persecución empujó a los discípulos a ir más allá. Como hace el viento con las semillas de las plantas, las lleva lejos y siembre, pues así sucedió aquí: se fueron lejos, con la semilla de la Palabra, y sembraron la Palabra de Dios. Y así podemos decir, un poco de broma, que nació “propaganda fide”. Así. De una persecución, de un viento, llevaron la evangelización los discípulos. Y este pasaje que hoy hemos leído es de una belleza grande… Y es un auténtico tratado de evangelización. Así evangeliza el Señor. Así anuncia el Señor. Así quiere el Señor que evangelicemos.

Es el Espíritu el que empuja a Felipe —y a todos los cristianos— a la evangelización. Esta se estructura en tres palabras clave: levántate, acércate y parte de esa situación. La evangelización no es un plan bien hecho de proselitismo: “Vamos y hagamos tantos prosélitos de acá y tantos de allá…”. No… Es el Espíritu quien te dice cómo debes ir a llevar la Palabra de Dios, a llevar el nombre de Jesús. Y comienza diciendo: “Levántate y ve”. Levántate y ve a aquel sitio. No existe una evangelización “de sillón”. Levántate y ve. En salida, siempre. Ve. En movimiento. Ve al lugar donde debes decir la Palabra.

Cuántos hombres y mujeres han dejado patria y familia para ir a tierras lejanas a llevar la Palabra de Dios. Y muchas veces, no preparados físicamente, porque no tenían anticuerpos para resistir las enfermedades de aquellas tierras, morían jóvenes o martirizados: se trata —como me decía un cardenal— de los “mártires de la evangelización”.

No hay ningún vademécum de la evangelización, sino que hace falta cercanía, aproximarse a ver qué pasa y partir de esa situación, no de una teoría. No se puede evangelizar en teoría. La evangelización es cuerpo a cuerpo, persona a persona. Se parte de una situación, no de teorías. Felipe anuncia a Jesucristo, y el valor del Espíritu lo empuja a bautizarlo. Va más allá, va, va, hasta que siente que su labor se acabó. Así se hace la evangelización. Estas tres palabras son claves para todos los cristianos, que debemos evangelizar con nuestra vida, con nuestro ejemplo, y también con nuestra palabra. Levántate, álzate; acércate: cercanía; y parte de la situación, la concreta. Un método sencillo, pero es el método de Jesús. Jesús evangelizaba así. Siempre en camino, siempre en la calle, siempre cerca de la gente, y siempre partía de las situaciones concretas, de lo concreto. Solo se puede evangelizar con esas tres actitudes, pero con la fuerza del Espíritu. Sin el Espíritu, ni siquiera esas tres actitudes sirven. Es el Espíritu el que nos empuja a levantarnos, a acercarnos y a partir de las situaciones.

Jn 6,44-51

Nada hay tan terrible como la muerte, es uno de los miedos que atenazan al hombre, mientras él busca olvidarse de que un día llegará el fin de su existencia. El hombre quisiera perdurar más allá de los límites que nos imponen los espacios del tiempo y del lugar. Hoy encontramos este anhelo frustrado de los grandes hombres del Antiguo Testamento, que los judíos miran como modelos. Sin embargo, murieron y no quedan huellas de ellos.

Jesús, por el contrario, habla de inmortalidad, de vida eterna y plena, pero no se trata de una evasión de la vida terrena o un desprecio al cuerpo, sino de darles su verdadera dimensión.

No podemos olvidarnos de la realidad temporal como si fuéramos Ángeles y despreciáramos el cuerpo, pero tampoco podemos anclarnos y quedar esclavizados a una realidad temporal y material.

Jesús nos enseña el camino de la fe, ofreciéndose Él mismo como el verdadero pan que ha bajado del cielo. Jesús se nos propone Él mismo como el único camino que nos puede dar esa vida plena, pero nos dice que es un regalo que nos ofrece Dios Padre.

A veces queremos prolongar la vida con alimentos especiales, con dietas integrales, con vitaminas y refuerzos especiales que prolongue la vida, pero nos olvidamos de vivir cada momento en plenitud y con plena identificación con Jesús.

Entonces, aunque prolonguemos nuestra vida, si no es una vida vivida en plenitud y armonía con Jesús, con nosotros mismos y con los demás, parecería como una especie de vida vegetativa. Y el verdadero discípulo de Jesús no puede vivir en ese estado vegetativo sino en constante relación.

La imagen de Jesús como pan está llena de implicaciones para el discípulo, pues al mismo tiempo que nos hace entrar en una relación íntima con Él, también nos lanza a una relación de pan compartido para los demás.

Los discípulos de Jesús debemos vivir como pan que comparte amor y vitalidad, sobre todo con los que más sufren en nuestra sociedad. Al dar vida, también nosotros prolongamos la propia vida.

Tenemos hambre, hambre de Dios. Necesitamos el pan de vida eterna. Quizás hemos probado otros “banquetes” y hemos descubierto que no sacian nuestro deseo plenamente. Pero Cristo se revela como el alimento que necesitamos, el único que puede colmar nuestras necesidades y darnos la fuerza para el camino.

Contemplemos a Jesús como pan que nos ofrece la resurrección, que vence la muerte y que nos da vida plena.

Miércoles de la III Semana de Pascua

Hech 8, 1-8

De nuevo vemos cómo dos situaciones que nos parecerían «adversas» como es el caso de una persecución, son precisamente éstas las que hacen posible que la salvación se extienda al resto de la comunidad.

Dios escribe derecho con renglones torcidos, dice un antiguo refrán que decían las personas mayores cuando las cosas no parecían ir según los criterios humanos, pero que al final resultaba una cosa positiva.

La primera lectura de este día nos ofrece un ejemplo muy claro: Una persecución a nadie se le desea y siempre es temida como una grande calamidad, sin embargo, la persecución que sufrieron los primeros cristianos al obligarlos a dispersarse, trajo el beneficio de que el Evangelio se fue difundiendo por todos los lugares a donde ellos huían. Cristianos que no se habían propuesto misionar pero que con su vida llevaban buena nueva y obraban los prodigios y señales del Evangelio.

A nosotros nos cuesta mucho entender los caminos de Dios y con frecuencia protestamos cuando las cosas no salen de acuerdo a nuestros planes y proyectos. Pero Dios nos tiene algo mejor, si de verdad nos ponemos en sus manos y en nuestro corazón está plantado el deseo de vivir conforme a su voluntad.

Que hay dificultades y rechazos, que las personas no actúan de acuerdo a lo que a mí me gustaría, es verdad, pero siempre trato de hacerme esta pregunta: ¿cómo quiere Dios que actúe yo frente a estas dificultades y aparentes fracasos? Y encuentro como una especie de consolación al tener la certeza de que Dios me tiene reservado algo mejor, y aunque de momento no tenga las luces para descubrir por donde van sus planes, me siento seguro, muy seguro en sus manos, claro si estoy haciendo todo lo posible por vivir conforme a su amor.

Otra cosa muy diferente es cuando yo me dejo llevar por mis caprichos o por mis placeres y por mis egoísmos.

Las palabras de Jesús después de haber afirmado que Él es el pan de vida vienen a confirmarnos en esta seguridad: La voluntad del Padre es que todos tengan vida. Estos son los proyectos de nuestro Padre Dios y para eso nos ofrece a Jesús hecho Palabra y he hecho Pan.

No me puedo imaginar a un Dios que sea venganza, que sea destrucción, todo lo contrario, siempre experimento a Dios como el Dios de la vida plena, de la vida total para todos los hombres.

Nos ponemos gustosamente, confiadamente, en manos de nuestro Padre Dios y asumimos que estamos bajo su providencia, aunque de momento aparezcan situaciones de oscuridad y de duda. Estamos en las manos de Dios.

Jn 6,35-40

La obediencia a la voluntad de Dios es la senda de Jesús, que comienza con esto: «Vengo para hacer la voluntad de Dios».

Y es también el camino de la santidad, del cristiano, porque fue precisamente el camino de nuestra justificación: que Dios, el proyecto de Dios, se realice, que la salvación de Dios se realice. Al contrario de lo que sucedió en el Paraíso terrestre con la no-obediencia de Adán: la desobediencia, que trajo el mal a toda la humanidad.

En efecto, también los pecados son actos de no obedecer a Dios, de no hacer la voluntad de Dios. En cambio, el Señor nos enseña que este es el camino, no existe otro.

Un camino que comienza con Jesús, en el cielo, en la voluntad de obedecer al Padre, y en la tierra comienza con la Virgen, en el momento en que ella dice al ángel: «Que se cumpla en mí lo que tú has dicho». (cf. Lc 1, 38), es decir, que se cumpla la voluntad de Dios. Y con ese SÍ a Dios, el Señor comenzó su itinerario entre nosotros.

Sin embargo, ni siquiera para Jesús fue fácil. «El diablo, en el desierto, en las tentaciones, le hizo ver otros caminos», pero no se trataba de la voluntad del Padre y Él lo rechazó.

Lo mismo sucedió cuando a Jesús no lo comprendieron y lo abandonaron; muchos discípulos se marcharon porque no entendían cómo es la voluntad del Padre, mientras que Jesús sigue cumpliendo esta voluntad.

Una fidelidad que vuelve también en las palabras: «Padre, que se cumpla tu voluntad», pronunciadas antes del juicio, la noche que rezaba en el huerto pidió a Dios que aleje este cáliz, esta cruz. Jesús sufre, sufre mucho. Pero dice: que se cumpla tu voluntad.

Ante todo pedir la gracia, rezar y pedir la gracia de querer hacer la voluntad de Dios. Esto es una gracia.

Sucesivamente hay que preguntarse también:«¿Pido que el Señor me done el querer hacer su voluntad? ¿O busco componendas, porque tengo miedo de la voluntad de Dios?».

Además, hay que rezar para conocer la voluntad de Dios para mí y para mi vida, acerca de la decisión que debo tomar ahora, sobre la forma de gestionar las situaciones.

Que el Señor nos dé la gracia a todos para que un día pueda decir de nosotros lo que dijo de ese grupo, de esa multitud que lo seguía, los que estaban sentados a su alrededor: «He aquí a mi madre y a mis hermanos. Porque quien cumple la voluntad de Dios, ese es para mí hermano, hermana y madre».

Hacer la voluntad de Dios nos hace formar parte de la familia de Jesús, nos hace madre, padre, hermana, hermano. 

Martes de la III Semana de Pascua

Hech 7, 51—8, 1

“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres”. No sois coherentes con la vida que viene de vuestras raíces. Esteban, el primer mártir de la Iglesia, acusaba así al pueblo, a los ancianos y a los escribas que le habían arrastrado al tribunal. Tenían el corazón cerrado, no querían escucharlo ni se acordaban de la historia de Israel. Lo acabamos de leer en la primera lectura de hoy, que narra precisamente el martirio de San Esteban (Hch 7,51–8,1). Y como los profetas anteriores habían sido perseguidos por sus padres, así estos ancianos y rescribas furibundos en su corazón, “dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo”.

Cuando el profeta dice la verdad y toca el corazón, o el corazón se abre o el corazón se vuelve de piedra y se desata la rabia, la persecución. Así acaba la vida de un profeta. La verdad molesta tantas veces, no es agradable de escuchar. Los profetas, siempre, han tenido esos problemas de persecución por decir la verdad.

¿Y cuál es el test para saber que un profeta, cuando habla fuerte, dice la verdad? Es cuando ese profeta es capaz no solo de hablar, sino de llorar sobre el pueblo que ha abandonado la verdad. Y Jesús, por una parte, reprocha con aquellas duras palabras cuando dice, por ejemplo: “generación perversa y adúltera”; y, por otra parte, lloró sobre Jerusalén. Ese es el test. Un verdadero profeta es el que es capaz de llorar por su pueblo y también de decir las cosas fuertes cuando debe decirlas. No es tibio; siempre es así: ¡directo!

Pero el verdadero profeta no es un profeta de desgracias, el verdadero profeta es un profeta de esperanza: Abrir puertas, resanar las raíces, resanar la pertenencia al pueblo de Dios para seguir adelante. No tiene por oficio regañar… No, es un hombre de esperanza. Reprocha cuando es necesario y abre las puertas mirando al horizonte de la esperanza. Pero el verdadero profeta, si hace bien su trabajo, se juega el pellejo. Así Esteban, que muere bajo los ojos de Saulo, por ser coherente con la verdad. Como decía uno de los primeros padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla de los cristianos” (Tertuliano).

La Iglesia necesita profetas. Diré más: necesita que todos seamos profetas. No críticos, eso es otra cosa. Una cosa es siempre el juez crítico al que no le gusta nada, nada le gusta: “No, esto no va bien, no va bien, no va bien, no va; esto debe ser así…”. Ese no es un profeta. El profeta es el que reza, mira a Dios, mira a su pueblo, siente dolor cuando el pueblo se equivoca, llora –es capaz de llorar por el pueblo–, pero también es capaz de jugarse la piel por decir la verdad. Que no falte a la Iglesia ese servicio de la profecía, para seguir siempre adelante.

Jn 6,30-35

El hombre de hoy está sediento, está hambriento y no sabe de qué. Por ello ha
desatado una búsqueda sin tregua tratando de encontrar algo que verdaderamente los sacie.

Además del hambre físico, el hombre lleva en sí otro hambre, un hambre que no puede ser saciado con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad.

Y el signo del maná contenía en sí también esta dimensión: representaba un alimento que satisface esta hambre profunda que hay en el hombre. Jesús nos dona este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo.

Su Cuerpo es el verdadero alimento en forma de pan; su Sangre es la verdadera bebida en forma de vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestros cuerpos, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la sustancia de este pan es Amor.

En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor tan grande que nos nutre con Sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar las propias fuerzas.

Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta que hay muchas ofertas de alimentos que no provienen del Señor y que aparentemente satisfacen más.

Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que nos nutre verdaderamente y que nos sacia es solamente aquel que nos da el Señor.

El alimento que nos ofrece el Señor es diferente de los otros, y tal vez no nos parece tan gustoso como ciertos manjares que nos ofrece el mundo.

Entonces soñamos con otros alimentos, como hacían los judíos en el desierto, que echaban de menos la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que aquellos alimentos los comían en la mesa de la esclavitud. El Padre nos dice: «Te he alimentado con maná que no conocías».

Recuperemos la memoria. Este es el deber, recuperar la memoria. Y aprendamos a reconocer el falso pan que ilusiona y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.

Lunes de la III Semana de Pascua

Hech 6, 8-15

Al escuchar esta lectura nos llena de admiración el odio que se puede llegar a crear sobre una persona por el simple hecho de creer en Jesús.

Sin embargo, que lejos estaban las comunidades cristianas de aquel tiempo en pensar que esto sucedido a Esteban lo haríamos nosotros los cristianos con nuestros propios hermanos cristianos.

Las divisiones que han existido y que aun desgraciadamente existen en la Iglesia, han sido motivo para calumniar, herir, desterrar e incluso llegar a matar aquellos que no profesan la fe de la misma manera. Las luchas religiosas en todo el mundo lo único que han dejado es hambre, miseria, muerte, desolación y sobre todo grandes heridas en el corazón de los creyentes. ¿La causa?, que no dejamos que Dios arregle las cosas, sino que las queremos arreglar nosotros y de esta manera el odio, solo engendra más odio.

Esteban, nos dice la escritura, lleno del Espíritu Santo, dejó que Dios hablara por medio de él, con palabra de amor, no con espadas y con lanzas. En tu trato con hermanos que nos profesan la fe como tú, permite a Dios actuar… si te atacan, siéntete feliz de padecer por el nombre de Jesús y tu caridad mostrará a tus adversarios, que Dios verdaderamente vive en ti. Recuerda que el amor siempre vence.

Jn 6, 22-29

La gente que había escuchado a Jesús durante todo el día, y luego había tenido esta gracia de la multiplicación de los panes y había visto el poder de Jesús, quería hacerlo rey. Primero fueron donde Jesús para escuchar la palabra y también para pedir la curación de los enfermos. Se quedaron todo el día escuchando a Jesús sin aburrirse, sin cansarse: estaban allí, felices. Cuando luego vieron que Jesús les daba de comer, y eso no se lo esperaban, pensaron: “Este sería un buen gobernante para nosotros y seguramente podrá liberarnos del poder de los romanos y sacar el país adelante”. Y se entusiasmaron por hacerlo rey. Su intención había cambiado, porque vieron y pensaron: “Una persona que realiza este milagro, que alimenta a la gente, puede ser un buen gobernante”. Pero habían olvidado en ese momento el entusiasmo que la palabra de Jesús hacía nacer en sus corazones.

Jesús se marchó y se fue a rezar. La gente se quedó allí y al día siguiente buscaba a Jesús, “porque debe estar aquí” decían, ya que habían visto que no subió a la barca con los demás. Y allí se había quedado otra barca. Pero no sabían que Jesús había alcanzado a los otros caminando sobre las aguas. Así que decidieron ir al otro lado del Mar de Tiberíades para buscar a Jesús y cuando lo vieron, la primera palabra que le dicen fue: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?», como diciendo: “No entendemos, esto parece una cosa extraña”.

 Y Jesús les hace volver al primer sentimiento, al que tenían antes de la multiplicación de los panes, cuando escuchaban la palabra de Dios: «En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no porque habéis visto signos —como al principio, los signos de la palabra, que les emocionaban, los signos de la curación—, sino porque habéis comido pan y os habéis saciado». Jesús les hace ver que han cambiado de actitud y ellos en vez de justificarse: “No, Señor, no…”, fueron humildes. Jesús continúa: «No trabajéis por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Y ellos, buena gente, le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?». “Que creáis en el Hijo de Dios”. Este es un caso en el que Jesús corrige la actitud de la gente, de la multitud, porque a mitad del camino se había desviado un poco del primer momento, del primer consuelo espiritual y había tomado un camino que no era el correcto, un camino más mundano que evangélico.

 Esto nos hace pensar que muchas veces en la vida empezamos a seguir a Jesús, vamos detrás de Jesús con los valores del Evangelio, y a mitad de camino se nos presenta otra idea, vemos otros signos y nos alejamos y nos conformamos con algo más temporal, más material, más mundano, tal vez, y perdemos el recuerdo de ese primer entusiasmo que tuvimos cuando escuchábamos hablar a Jesús. El Señor siempre nos hace volver al primer encuentro, al primer momento en que nos miró, nos habló e hizo nacer en nosotros el deseo de seguirle. Esta es una gracia que hay que pedirle al Señor, porque en la vida siempre tendremos la tentación de alejarnos porque vemos otra cosa: “Eso irá bien, esa idea es buena…”. Nos alejamos. La gracia de volver siempre a la primera llamada, al primer momento: no olvidar, no olvidar mi historia, cuando Jesús me miró con amor y me dijo: “Este es tu camino”; cuando Jesús, a través de tantas personas, me hizo comprender cuál era el camino del Evangelio y no otras sendas un poco mundanas, con otros valores. Volver al primer encuentro.

 Siempre me ha llamado la atención que —entre las cosas que Jesús dijo la mañana de la Resurrección— afirmara: “Id, anunciad a mis discípulos que vayan a Galilea, allí me verán”, Galilea era el lugar del primer encuentro. Allí habían conocido a Jesús. Y cada uno tiene su propia “Galilea” interior, nuestro momento propio, cuando Jesús se acercó y nos dijo:“Sígueme”. En la vida sucede lo que le pasó a esa gente —gente buena, porque luego le pregunta: “¿Qué hemos de hacer?”, y obedecieron inmediatamente—, nos alejamos y buscamos otros valores, otra hermenéutica, otras cosas, y perdemos la frescura de la primera llamada. El autor de la carta a los Hebreos también nos lo recuerda: “Acordaos de los días pasados”. La memoria, la memoria del primer encuentro, la memoria de “mi Galilea”, cuando el Señor me miró con amor y me dijo: “Sígueme”.

Sábado de la II Semana de Pascua

Hech 6, 1-7; Jn 6, 16-21

El evangelio de hoy nos presenta el episodio de Jesús que camina sobre las aguas del lago. Después de la multiplicación de los panes y de los peces, Él invita a los discípulos a subir a la barca y a esperarle en la otra orilla, mientras se despide de la multitud y después se retira solo a rezar en el monte, hasta la noche tarde.

Y mientras tanto en el lago se levantó una fuerte tempestad, y justamente en medio de la tempestad Jesús va a la barca de los discípulos, caminando sobre las aguas del lago. Cuando los discípulos lo ven se asustan, piensan que es un fantasma, pero Él los tranquiliza: «Coraje, soy yo, no tengan miedo.

En la barca están todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la poca fe. Pero cuando en esa barca sube Jesús, el clima inmediatamente cambia: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos pequeños y asustados se vuelven grandes en el momento en el cual se arrodillan y reconocen en su maestro al Hijo de Dios.

Cuantas veces también a nosotros nos sucede lo mismo: sin Jesús, lejos de Jesús nos sentimos miedosos e inadecuados, a tal punto que pensamos no poder lograr nada. Falta la fe, pero Jesús está siempre con nosotros y escondido quizás, pero presente y siempre pronto a sostenernos.

Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que debe afrontar las tempestades y algunas veces parece estar en la situación de ser arrollada. Lo que la salva no son las cualidades y la valentía de sus hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades.

La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, con su mano que nos sostiene para apartarnos del peligro. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades.

Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, el único Señor de nuestra vida.

Viernes de la II Semana de Pascua

Hech 5, 34-42

Este pasaje nos permite destacar elementos importantes para nuestra vida.

La tesis que continuamente presenta Lucas en su libro, es el hecho de que el proyecto de Dios, la extensión del Reino, se realiza a pesar de todos los obstáculos humanos que se van presentando.

Contemplar a Cristo resucitado, debería de producir en nosotros los mismos efectos que en los primeros discípulos y llevarnos a compromisos serios cómo hace Jesús.

Es cierto que las persecuciones de ahora nada tienen que ver con la de los primeros tiempos, pero también es cierto que quién vive el Evangelio también se tiene que enfrentar a la oposición y a dificultades que llevan a muchos a desertar y a disminuir su opción por el Evangelio.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a los apóstoles firmes, anunciando a Cristo vivo, felices de haber sufrido azotes por su causa y renovando su actitud de llenar todos los espacios del Resucitado. Los azotes, las burlas y amenazas no les importan. Todos los días enseñaban sin descanso y anunciaban el Evangelio de Cristo Jesús, tanto en el templo, como en las casas. Hombres decididos, sin miedo o acuerdos.

Me temo que nosotros muchas veces hemos hecho del Evangelio un tema dulzón, sin compromiso, con acomodos y arreglos a nuestros gustos y a nuestras conveniencias.

Está Pascua es tiempo oportuno para renovar nuestro ardor y nuestros deseos de vivir el Evangelio a plenitud, sin importar las dificultades o las burlas, pues sabemos que lo que nos ha dejado Jesús no es de origen humano que pueda terminarse por sí mismo, sino  obra de Dios que debe brotar de nuestro corazón.

Los discípulos nunca vivieron de forma disimulada, estaban convencidos de que seguir a Jesús implica toda la vida y actuar como el Maestro actuó.

Si hoy lo contemplamos, en el Evangelio, luchando contra el hambre de sus oyentes, organizando y planificando la participación de los que llevaban poca cosa, asumiendo como suyas las necesidades de los demás, debe ser para nosotros el ejemplo a seguir en nuestra vida diaria. No podemos olvidarnos de los demás diciendo que seguimos a Jesús. Seguir a Jesús implica un compromiso serio en toda nuestra vida.

Jn 6,1-15

Jesús se conmovió al ver a la multitud que estaba extenuada y hambrienta, salió a su encuentro para socorrerla. No solamente se preocupó de los que le seguían, sino que deseaba que sus discípulos se comprometieran en auxiliar al pueblo, mandándoles: «denles ustedes de comer».

La bendición de Jesús sobre los cinco panes y los dos peces anuncia de antemano la eucaristía de la que el cristiano se alimenta y de la que saca fuerzas para la vida.

La eucaristía nos va transformando en cuerpo de cristo y en alimento para nuestros hermanos. Jesús desea que su alimento llegue a todos y que sus discípulos, que somos nosotros, sean los que lo entreguen a los demás.

Jesús nos ha enseñado el camino a seguir y nos manda que seamos nosotros quienes lo llevemos a los demás, a ÉL, que es alimento que sacia y da vida, crea unidad y comunión.