Martes de la XI Semana Ordinaria

1 Re 21, 17-29

Hablando con categorías humanas y presentando a Dios al estilo humano, el libro de los Reyes nos da a conocer una gran verdad: ninguna injusticia puede quedar impune ante el Señor. O dicho de manera positiva: el Señor siempre está al lado de los pequeños y de los débiles.

El profeta Elías recibe el mandato del Señor y el crimen que parecía había quedado en el olvido, es puesto en evidencia y castigado. Convendría que tomáramos muy en cuenta esta dinámica porque muchas veces queremos hacernos justicia con nuestras propias manos generando una cadena de venganzas cada vez más atroces. O bien caemos en la desesperación y nos sentimos abandonados por Dios. Dios nunca se olvida de sus fieles, eso tengámoslo muy presente en nuestro corazón.

Jesús asume el dolor de los inocentes y pequeños. Ésta es la gran verdad que nos debería sostener. Muchas veces nos preguntamos dónde estaba Dios cuando los pequeños e indefensos eran sacrificados, y hoy podemos afirmar con certeza que Cristo estaba y está sufriendo con ellos y esto le da una nueva dimensión a todas las víctimas del dolor.

El Evangelio de San Mateo nos lleva mucho más lejos al afirmar que no basta con amar a los amigos, a los que nos aman bien; es necesario amar también a los enemigos, es la única forma de romper esa cadena de injusticias.

Quien ha sufrido una ofensa se siente con derecho a tomar venganza por su cuenta pero además en su corazón se queda una herida que es difícil sanar. Esa herida sólo se sana otorgando el perdón.

Es triste comprobar que muchas personas llevan estas heridas que les sangran y lastiman toda su vida, a veces ocasionadas por las mismas personas que aman, a veces con odios hacia personas ya desaparecidas.

Que hoy las palabras de Jesús sanen nuestro corazón, nos ayuden a confiar en la misericordia de nuestro Dios, y a buscar un mundo de verdadera justicia y de verdadero perdón.

M 5, 43-48

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos». El perdón, la oración, el amor a nuestros enemigos es lo que nos pide el Evangelio de hoy, y hay que admitir lo difícil que es seguir el modelo de nuestro Padre celestial, que tiene un amor universal. Por eso, el desafío del cristiano es pedir al Señor la gracia de saber bendecir a nuestros enemigos y esforzarnos por amarlos.

Sabemos que debemos perdonar a los enemigos, porque lo decimos todos los días en el Padrenuestro: pedimos perdón como nosotros perdonamos; es una condición, aunque nada fácil. Igual que rezar por los demás, por los que nos causan dificultades, por los que nos ponen a prueba: también eso es difícil, pero lo hacemos. O al menos, a veces lo logramos. Pero, ¿rezar por los que me quieren destruir, por mis enemigos, para que Dios los bendiga? ¡Eso es verdaderamente difícil de entender!

Pensemos en el siglo pasado, en los pobres cristianos rusos que, por el solo hecho de ser cristianos, los mandaban a Siberia a morir de frío. ¿Y tenían que rezar por el gobernante tirano que los enviaba allí? ¿Cómo es posible? ¡Pues muchos lo hicieron: rezaron! O pensemos en Auschwitz y en otros campos de concentración: ¿tenían que rezar por ese dictador que quería una raza pura y asesinaba sin escrúpulos, y además rezar para que Dios le bendijese? ¡Y muchos lo hicieron!

Es la difícil lógica de Jesús que, en el Evangelio, se resume en la oración y en la justificación de aquellos que lo mataban en la Cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Jesús pide perdón por ellos, como también hace San Esteban en el momento del martirio. Cuánta distancia, infinita distancia entre nosotros, que tantas veces no perdonamos ni las cosas pequeñas, y esto que nos pide el Señor y de lo que nos dio ejemplo: perdonar a los que intentan destruirnos.

En las familias es tan difícil, a veces, perdonarse los esposos después de cualquier discusión, o perdonar a la suegra también: no es fácil. El hijo, ¿pedir perdón al padre? ¡Es difícil! Pero, ¿perdonar a los que te están matando, a los que te quieren eliminar? Y no solo perdonar: rezar por ellos, ¡para que Dios los proteja! Más aún: amarlos. Solo la palabra de Jesús puede explicar esto. Yo no consigo ir más allá.

Así pues, es una gracia que debemos pedir, la de entender algo de este misterio cristiano y ser perfectos come el Padre, que da todos sus bienes a buenos y malos. Nos vendrá bien pensar en nuestros enemigos, creo que todos los tenemos. Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo –creo que todos tenemos alguno–, uno que nos haya hecho mal o que nos quiere hacer daño o que intenta hacernos mal: en ese.

La oración mafiosa es: “Me la pagarás”. La oración cristiana es: “Señor, dale tu bendición y enséñame a amarlo”. Pensemos en uno: todos los tenemos. Pensemos en él. Recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo.

Lunes de la XI Semana Ordinaria

1 Re 21, 1-16

Hoy hemos escuchado la primera parte del enfrentamiento decisivo entre los reyes Ajab y Jezabel y el profeta Elías, y lo que cada uno representa.  El rey Ajab nos aparece como un hombre ambicioso pero débil.  Había cedido al influjo religioso de su mujer Jezabel que había hecho todo lo posible por introducir los cultos de los dioses paganos de su tierra contra el culto de Dios.

Ahora lo vemos con el deseo de aumentar los terrenos de su palacio con la viña de la herencia de Nabot.  Conservar el nombre familiar en la descendencia era una forma de permanecer, de trascender, pero igualmente lo era el conservar los bienes recibidos de los mayores y a su vez transmitirlos a la generación siguiente.  Oímos del disgusto del rey y nos parece hoy un tanto cómico su «berrinche»: » se acostó en su cama, se volvió de cara a la pared y no quiso comer».

De nuevo nos aparece una historia de prepotencia y de injusticia, de atropellamiento del derecho y de los valores más fundamentales.  La causa es el egoísmo y la avidez de la riqueza.  Es muy fácil condenar a Ajab y a Jezabel.  ¿Nosotros no hemos hecho también nuestros «pequeños” o no tan pequeños atropellos e injusticias?

M 5, 38-42

Debido a nuestra naturaleza herida por el pecado siempre ha existido en el hombre lo que se llama «el espiral de la violencia», es decir, cada acción violenta genera a su vez otra de mayor magnitud y que es a lo que nosotros llamamos «venganza».

Jesús en este pequeño pasaje nos da la fórmula para romper este espiral y es el del amor y el perdón: Si alguien te golpea en una mejilla, no hagas nada, no te defiendas; si alguien te quita algo, no vayas a quitárselo por la fuerza; si alguien te obliga a hacer algo, hazlo con gusto; después deja que Dios tome en sus manos la situación.

Ciertamente no es fácil hacer vida este pasaje, como no lo son todos aquellos en los que tenemos que dejar en las manos de Dios nuestra vida para que Él y solo Él la lleve adelante. Por ello esto será solo posible para aquellos que se dejan «poseer» totalmente por la acción del Espíritu Santo.

Solo cuando el hombre es impulsado por la acción de la gracia es posible romper el círculo de la violencia, de ahí la importancia de nuestra oración diaria y de la vida sacramental. Dios te ha llamado, por tu bautismo, a ser artífice de la paz, respóndele con generosidad y con amor.

INMACULADO CORAZÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

Lc 2, 41-51.

La liturgia propone esta memoria al día siguiente de la gran fiesta del Corazón de Jesús. Así, tras la solemnidad en que se celebra el corazón abierto del Salvador, hacemos un recuerdo más discreto del corazón de la madre, la toda-santa, la obra primorosa del Espíritu.

  • El corazón de María

El símbolo «corazón de María» nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor: ella conoce la alegría desbordante (cf. Lc 1, 28.47), pero también la turbación (cf. Lc 1, 29), el desgarro (cf. Lc 2, 35), las zozobras y angustias (cf. Lc 22, 48). María es asimismo la creyente que «guarda y medita en su corazón» los momentos de la manifestación de Jesús, ya en el nacimiento (Lc 2, 19), o más tarde en la primera Pascua del niño (2, 51); el corazón de María aparece entonces como «la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo» O. Mª Alonso). María es, además, modelo del verdadero discípulo, que escucha la Palabra, la conserva en el corazón y da fruto con perseverancia (Cf. Lc 8, 11-15.19-21 y 11, 27-28). María es, en fin, la mujer nueva que vive sin reservas ni cálculos el don y los afanes del amor: «el corazón de María es su amor»; «su corazón es el centro de su amor a Dios y a los hombres» (Antonio Mª Claret).

Vamos a desarrollar este último punto, comenzando por el amor a Dios. Si a María le hubieran abierto alguna vez las venas, quizá le habría sucedido, y con más razón, lo que se cuenta de un místico: le abrieron las venas, y la sangre, al caer, en vez de formar un charco, trazaba unas letras, que iban componiendo un nombre, el nombre de Dios. Hasta ese punto lo llevaba metido en su propia sangre. Tan «perdidamente» enamorado de él estaba.

María, bajo el título de su Corazón, nos muestra que la vida cristiana no estriba ante todo en someterse a una ley, asentir a un sistema doctrinal, cumplir un ritual en que se honra a Dios con los labios. Ser cristianos es vivir una relación de acogida, confianza y entrega al Dios vivo; es una adhesión personal a Cristo, Desde ahí se vivirá la obediencia a la voluntad de Dios, se acogerá la enseñanza del Evangelio, se adorará a Dios en espíritu y verdad.

Sobre el amor de María a los hombres nos habla el Papa Juan Pablo II. Jesús —decía el Papa en la encíclica Dives in misericordia, n. 9— manifestó su amor «misericordioso» ante todo en el contacto con el mal moral y físico. En ese amor «participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado… En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre».

Pero el papa invita en otro lugar a destacar sobre todo el amor preferencial por los pobres: «La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús» (Redempioris Mater, n. 37).

El corazón de María se muestra así como un corazón dilatado y poblado de nombres, en especial de los nombres de los últimos. Por eso la presentarán algunos como la mujer toda corazón.

Sagrado Corazón de Jesús

Hoy es un día muy especial para experimentar el amor.  Hoy celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

¿Por qué celebramos precisamente el corazón de Jesús y no otra parte de la persona de Jesús? Celebramos el corazón de Jesús porque en él vemos y contemplamos la expresión del amor inmenso que Dios nos tiene. 

Para un ser humano, el corazón es el lugar en donde están las fuerzas vitales.  Decirle a alguien: “Te amo con todo mi corazón”, es como decirle: “Te amo con lo esencial mío, te amo con todo mi ser”.  Decirle a alguien “corazón”, es decirle: “Eres algo esencial e importante para mí”.

Hablar del corazón de Cristo es una forma de decir que Dios es amor.  Es decir que lo esencial de Dios no es otra cosa que el amor. 

Dios es un papá que nos ama gratuitamente, que con mimos y caricias nos ayuda a dar los primeros pasos en el amor.  Dios nos lleva en brazos, cuida de nosotros y nos atrae hacia Él con los lazos del cariño, con cadenas de amor.  Dios es para nosotros como un padre que estrecha a sus hijos y se inclina hacia nosotros para darnos de comer.

A veces nos encontramos desilusionados, confundidos y nos sentimos solos, por ello tenemos que hacer una pausa en nuestra vida y experimentemos ese amor incondicional de Dios, sintamos y digamos: Dios me ama, me ama gratuitamente, me ama sin condiciones.

¿Somos capaces de sentir el amor de Dios? 

San Pablo busca la manera de sumergirnos en ese amor y nos dice que arraigados y cimentados en el amor podremos comprender la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo y experimentar ese amor que sobrepasa todo conocimiento humano, para que quedemos colmados con la misma plenitud de Dios.

El amor de Dios nos circunda por todas partes.  Seamos capaces de descubrir ese amor.  Dejémonos acariciar por Dios.  Todo este amor se hace rostro amoroso, se hace caricia concreta, se hace ojos amables y mano que levanta, en Jesús.

Y san Juan nos presenta a Jesús amando hasta el extremo, dando la vida hasta el último suspiro, lo da todo por amor.

En su simbología nos hace recordar la lanza que hace brotar sangre y agua del corazón que tanto ha amado a los hombres.

Contemplemos a Jesús dando la vida por nosotros, amándonos a más no poder, haciéndonos sus amigos, compadeciéndose de nosotros.

Día del Sagrado Corazón de Jesús, día para experimentar ese extraordinario amor. Déjate amar por Jesús.

San Bernabé

Mt 5, 20-26

El mandato de Jesús es claro: «Id, predicad, haced discípulos». Pero, ¿qué significa de verdad evangelizar? Hoy, que la Iglesia celebra la fiesta del apóstol Bernabé, podríamos decir que la evangelización tiene como tres dimensiones fundamentales: el anuncio, el servicio y la gratuidad.

Partiendo de las lecturas de la misa de hoy queda claro que el Espíritu Santo es el auténtico protagonista del anuncio, y que no se trata de una simple prédica o de la trasmisión de unas ideas, sino que es un movimiento dinámico capaz de cambiar los corazones gracias a la labor del Espíritu. Hemos visto planes pastorales bien hechos, perfectos, pero que no eran instrumentos de evangelización, porque simplemente estaban enfocados en sí mismos, incapaces de cambiar los corazones. No es una actitud “empresarial” la que Jesús nos manda hacer, no. Es con el Espíritu Santo. Dice la primera lectura: «Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado». ¡Ese es el valor! La verdadera valentía de la evangelización no es una terquedad humana. No. Es el Espíritu quien te da el valor y te lleva adelante.

La segunda dimensión de la evangelización es la del servicio, ofrecido hasta en las cosas pequeñas. Nos dice el Evangelio: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Es equivocada la presunción de querer ser servidos después de haber hecho carrera, en la Iglesia o en la sociedad: “trepar” en la Iglesia es señal de que no se sabe qué es la evangelización: «el que manda debe ser como el que sirve», advierte el Señor en otro momento. Nosotros podemos anunciar cosas buenas, pero sin servicio no sería anuncio; lo parece, pero no lo es. Porque el Espíritu no solo te lleva adelante para proclamar las verdades del Señor y la vida del Señor, sino que te lleva también a los hermanos y hermanas para servirles. ¡El servicio! También en las cosas pequeñas. Es malo encontrar evangelizadores que se dejan servir y viven para dejarse servir. ¡Qué feo! ¡Se creen los príncipes de la evangelización!

Finalmente, la gratuidad, porque nadie puede redimirse gracias a sus propios méritos. «Lo que habéis recibido gratis –nos recuerda el Señor–, dadlo gratis». Todos hemos sido salvados gratuitamente por Jesucristo y, por tanto, debemos dar gratuitamente.

Así pues, los agentes pastorales de la evangelización deben aprender esto: su vida debe ser gratuita, para el servicio, para el anuncio, y llevados por el Espíritu. Su propia pobreza les empuja a abrirse al Espíritu.

Miércoles de la X Semana Ordinaria

1 Re 18, 20-39

En este mundo que vive en medio de la confusión causada sobre todo por los medios de comunicación, por la falta de información, en fin por la agitación de todos los días, es fácil que nos veamos acosados por el falso profetismo.

Por aquellos que haciéndose pasar por enviados de Dios, van proponiendo no solo falsas doctrinas, sino incluso los que aun dentro de nuestra propia fe buscan convencernos de vivir un cristianismo cómodo, sin cruz, sin compromiso social.

Un cristianismo egoísta y a veces elitista que en nada tiene que ver con la Iglesia fundada por Cristo. Nuestra juventud se ve atraída por los profetas que les ofrecen la felicidad en doctrinas esotéricas, en los vicios, en el desenfreno… los cuales crean, como lo definía el Papa, «falsos paraísos que solo los conducen a la desesperación y al vació interior».

No nos dejemos llevar por estos tales profetas. Escuchemos la voz de nuestros pastores, escuchemos a Dios que nos habla desde la Sagrada Escritura y desde el Magisterio de la Iglesia. Recordemos que solo a la Iglesia Jesús prometió que los poderes del Infierno no prevalecerían sobre ella.

Mt 5, 17-19

Quienes viven en contacto con la naturaleza tienen una forma especial de sentir y expresar las realidades. Viendo las lluvias torrenciales que en días pasados sucedieron en algunos sitios, me comentaban que la lluvia puede ser para la tierra como una persona lo es para las otras personas.

Hay quienes llegan como una tormenta, tienen gran fuerza, traen mucha agua y mucho viento, pero todo descontrolado. Esa agua acaba siendo destrucción a pesar de tener tanta riqueza. Así hay personas que tienen mucha fuerza y mucha riqueza, pero acaban destruyendo y aniquilando al otro.

No le dan oportunidad de ser, de enriquecerse, lo desprecian y lo anulan. Otros por el contrario, son como esas aguas ausentes que nunca llegan. Se tardan y se hace eterna la espera. Un día y otro día con mucha ansiedad y no se da el encuentro. Y las tierras quedan áridas, resecas, inútiles. Así pasa con las personas, no se da el encuentro, nunca llegan al corazón del otro, no se acercan, no fertilizan, viven indiferentes frente a los demás y no pueden producir frutos. En cambio hay lluvias, y personas, que son una bendición.

Esa lluvia que llega abundante pero no amenazante, que cala hondo, que fecunda el interior, que lentamente va invadiendo sin destruir. Esas son las lluvias mejores, las que dan el tiempo para sembrar, para cultivar, para que el sol caliente. Así también hay personas que calan hondo, que se meten poco a poco pero profundo, que respetan tiempos, costumbres y situaciones, pero son fecundas, que hacen crecer, que enriquecen.

Hoy Jesús nos dice que Él también es así: no viene a destruir sino a dar vida; no viene a condenar, sino a dar la oportunidad de conversión; no viene a criticar o quitar leyes, sino a darles vida. Señor Jesús, que sea yo capaz de comprender que tú eres la verdadera lluvia que necesito para tener vida. Que abra mi corazón para que penetre tu palabra, tu luz y tu vida. Señor Jesús, que también yo aprenda a ser lluvia fecunda, no tormenta destructora o sequía aniquiladora. Señor Jesús, que sepa yo dar vida.

Martes de la X Semana Ordinaria

Reyes 17, 7-16

Si podemos decir que la obediencia es difícil de vivir, pues actúa directamente sobre nuestro «yo» más profundo, al tener que renunciar a sí mismo, a sus proyectos y actividades, la obediencia a Dios por medio de sus profetas puede resultar todavía más difícil.

Es común escuchar que la gente se declara como cristiana, pero es triste el ver que su vida no busca acomodarse a la exigencia de su palabra. Y esto es por que quienes así obran, no están dispuestos a obedecerle de manera total.

Creen en Jesús, pero parece, por sus actitudes, que no le creen a Jesús. En este pasaje, Dios habla por medio del profeta Elías, y le pide a la Viuda que confíe y que haga exactamente lo que el Señor le pide; si ella cree, no faltará la comida en esa casa.

Aprendamos a confiar plenamente en Jesús, tengamos auténtica fe en Él y creamos en su Palabra.

No siempre será fácil, pero en ello veremos, como lo vio la viuda, la bendición y la provisión que Dios tiene para aquellos que confían plenamente en Él.

Mt 5, 13-16

El Evangelio de hoy nos habla de la sal y la luz: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo». La sal sirve para dar sabor a la comida y la luz para iluminar las cosas. Ser sal y luz para los demás, sin atribuirse méritos. Ese es el sencillo testimonio habitual, la santidad de todos los días, a la que está llamado el cristiano.

Sal y luz son, en ese sentido, la metáfora perfecta: un condimento cuya presencia no se ve, pero cuya ausencia se nota; un fenómeno funcional a la propia existencia humana. Es Cristo mismo quien usa esos ejemplos en el Evangelio de Mateo para aclarar que la humildad es el rasgo distintivo de la acción de cada uno de sus seguidores. Humildad, porque a lo que deberíamos aspirar todos los cristianes es ser anónimos.

El testimonio más grande del cristiano es dar la vida como hizo Jesús, es decir, el martirio. Pero también hay, precisamente, otro testimonio, el de todos los días, que empieza por la mañana, cuando nos despertamos, y termina por la noche, cuando vamos a dormir. Parece poca cosa, pero el Señor con pocas cosas nuestras hace milagros, hace maravillas. Así pues, hay que tener esa actitud de humildad, que consiste en procurar solo ser sal y luz: sal para los demás, luz para los demás, porque la sal no se da sabor a sí misma, sino que está siempre al servicio de los demás, y la luz tampoco se ilumina a sí misma, sino que está siempre al servicio de los demás.

Ser sal para los demás. Sal que ayuda a las comidas, pero poca. En el supermercado la sal no se vende a toneladas, no, sino en pequeños paquetes; es suficiente. Además, la sal no se alaba a sí misma. Siempre está ahí para ayudar a los demás: ayudar a conservar las cosas, a dar sabor a las cosas. Es un testimonio sencillo.

Ser cristiano de cada día significa, pues, ser como la luz que es para la gente, para ayudarnos en las horas de oscuridad. El Señor nos dice: “Tú eres sal, tú eres luz”. “¡Ah, es verdad! Señor es así. Atraeré a tanta gente a la iglesia y haré…”. No: «alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo». ¡Así harás que los otros vean y glorifiquen al Padre! Ni siquiera te atribuirán mérito alguno.

Cuando comemos no decimos: “¡Qué buena está la sal!”. ¡No! Decimos: “Qué buena está la pasta, qué buena está la carne”. Y de noche, cuando vamos por la casa, no decimos: “Qué buena es la luz”. ¡No! Ignoramos la luz, pero vivimos con esa luz que nos ilumina. Es la dimensión que hace que los cristianos seamos anónimos en la vida.
No somos protagonistas de nuestros méritos y, por tanto, no hay que hacer como el fariseo que daba gracias al Señor pensando que era santo (cfr. Lc 18, 9-14). Una bonita oración para todos nosotros, al final del día, sería preguntarse: “¿He sido sal hoy? ¿He sido luz hoy?”. Esa es la santidad de todos los días. Que el Señor nos ayude a entender esto.

Lunes de la X Semana Ordinaria

1 Re 17, 1-6

Hoy la primera lectura nos presentaba la figura de un personaje muy singular: el profeta Elías, él, de hecho, encarna en sí, en forma única, la figura del profeta. 

Es simplemente «el profeta», recordemos que el pueblo lo esperaba como anunciador de la venida inmediata del Mesías.  Recordemos también cómo Elías aparece, en la transfiguración, al lado de Cristo, junto con Moisés.  Este representa la ley, Elías representa los profetas y, juntos, todo el tiempo de la espera.

Hacia el año 935 se habían separado los dos reinos, estamos en tiempos del rey Acab (874-853), un jefe nefasto, personificador de la tiranía y la impiedad, a él se enfrentará la fuerza de Dios expresada en la debilidad de Elías.

Mt 5, 1-12

Durante este mes, y al reiniciar el tiempo ordinario, leeremos los capítulos 5, 6 y 7 de San Mateo los cuales contienen la síntesis de lo que es y representa el ser Cristiano.

Mateo ha querido presentar esta enseñanza de Jesús (dicha muy probablemente en diferentes ocasiones y lugares) en una gran catequesis, para que ésta sea como lo fue para los judíos «la ley» que rija la vida. Por ello nos presenta a Jesús, que como Moisés, sube al «monte» y desde ahí instruye al pueblo.

La catequesis empieza con la palabra «bienaventurados» que puede ser también traducida como «Feliz» o «dichoso» o quizás como las tres juntas.

Con esta interpretación, resulta paradójico, de acuerdo a los criterios humanos, el decir: Felices los que lloran, felices los pobres, felices los mansos, felices los perseguidos por ser cristiano, etc., sin embargo esta es una verdadera realidad, pues la verdadera felicidad, el gozo, la alegría, no está en donde el mundo nos las propone (fiestas, diversiones, etc.), sino en donde Jesús nos lo dice: Solo en Él, en llevar una vida auténticamente cristiana.

La felicidad que encontramos en el mundo es pasajera, la que nos ofrece Jesús y el evangelio es total y duradera, diríamos, definitiva.

Si verdaderamente quieres ser un «Bienaventurado», un lleno de la alegría, la paz y el gozo de Dios, esfuérzate todos los días por vivir de acuerdo al Evangelio.

Sábado de la IX Semana Ordinaria

2 Tim 4, 1-8

Hemos oído parte de la conclusión de la segunda carta a Timoteo.

Nuestra lectura se inició con una formulación de solemnidad: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, te pido encarecidamente, por su advenimiento y por su Reino».  Escuchemos apropiándonoslas estas recomendaciones tan solemnemente proclamadas.  Es un evangelista, también a cada uno de nosotros que debemos ser propagandistas convencidos y convincentes del Evangelio.

«Anuncia la Palabra: insiste a tiempo y a destiempo, convence, reprende, exhorta».  Hasta aquí, y sacado de contexto, nos podría parecer que el apóstol recomienda una acción inoportuna, fanática, exaltada, pero dice: «con toda paciencia y sabiduría», es decir, al modo de Cristo.

Pablo echa una mirada a su propio recorrido, ve su situación actual, y mira esperanzado la conclusión de todo, o más bien, el inicio de algo nuevo: la vida con el Señor resucitado: «El Señor, el justo juez, me premiará en aquel día y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento».

Mc 12, 38-44

“Dar” es la acción del generoso. Dar una limosna, por ejemplo, en el campo material. Pero también dar de mi tiempo, compartir mis conocimientos con los demás o contagiar mi alegría con una sonrisa son manifestaciones de esta virtud.

Hay muchas maneras de “dar”, y muchas motivaciones para nuestra donación. ¿Se puede hablar de generosidad cuando lo hacemos por interés, esperando recibir algo a cambio? Tampoco es generoso quien da, pero sólo un poco de lo mucho que podría, como nos muestra el Evangelio. ¿Y qué decir de quien “es generoso” para que los demás digan: “qué bueno es…”?

Madre Teresa dijo (y vivió, por supuesto) que hay que “amar hasta que nos duela”. ¡Ya tenemos un buen termómetro para saber si somos realmente generosos! Si mi donación es costosa, voy por buen camino. Si no me exige sacrificio alguno, es seguro que puedo dar mucho más.

Y este “dar” se identifica con la generosidad cuando se hace pensando en el bien del otro, cuando se da por amor.

Viernes de la IX Semana Ordinaria

2 Tim 3, 10-17

Hoy hemos oído esas palabras de San Pablo que decía: “sean imitadores míos como yo lo soy de Jesucristo”.

Timoteo fue un testigo cercano y un copartícipe de muchas de las actividades apostólicas de Pablo, por esto le recuerda: “mi modo de vivir, mis planes, mi fe, mi paciencia, mi amor fraterno, mi constancia, mis persecuciones y sufrimientos…”  Timoteo podía ver esto en gran relieve y con todo detalle.  “Todos los que quieran vivir como buenos cristianos también serán perseguidos” nos recuerda el apóstol.  Vivir una auténtica vida cristiana siempre supondrá luchas, esfuerzos, paciencia, perseverancia.

Pablo presenta como base de fuerza y como instrumento de lucha, la Santa Escritura.  Sería bueno preguntarnos hoy nuestra actitud ante la Palabra de Dios.  ¿La buscamos?  ¿La aprovechamos?  ¿La meditamos?  ¿La transformamos en oración?

Mc 12, 35-37

Estos días, como primera lectura, hemos estado leyendo pasajes de la Segunda Carta de San Pablo a Timoteo que nos ofrecen una serie de expresiones de amistad y confianza, pero también muchos consejos y palabras de ánimo para quien tiene que conducir una comunidad y sufre a causa de la Buena Nueva.

San Marcos por su parte recoge una cita del Antiguo Testamento que parecería prometer al Mesías una victoria segura, libre del sufrimiento: “Siéntate a mi derecha, yo haré de tus enemigos el estrado donde pongas los pies” ¿Por qué entonces el sufrimiento y la cruz de Jesús? Fue una pregunta acuciante que dolía entre los discípulos y que poco a poco fueron entendiendo a la luz de la Resurrección y de una nueva forma de entender el mesianismo.

San Pablo recurre a los ejemplos de sus propios sufrimientos y dolores. Describe sus fracasos y problemas, no con angustia o como reclamo, sino como gloria de lo que ha sufrido unido a Cristo Jesús, por eso llega a afirmar: “¡Qué duras persecuciones tuve que sufrir! Pero de todas me libró el Señor”. Siempre en la persecución, Pablo sintió la presencia de Jesús y lo sufrió con alegría. Y lanza una afirmación atrevida y fuerte: “Todos los que quieran vivir como buenos cristianos, también serán perseguidos”.

¿Dónde quedan, entonces, esas teologías de una retribución casi a fuerzas que asegura la felicidad por las buenas obras?

No podemos entender el seguimiento de Jesús como un billete seguro para la felicidad sin contratiempos ni dificultades, pero lo que sí es seguro es que quien sigue a Jesús, a pesar de los problemas, encuentra paz interior. No es la paz del no hacer nada ni comprometerse con nada, sino la paz y satisfacción que da la lucha por la verdad y la justicia.  De ahí la invitación que hace San Pablo, no sólo a Timoteo, sino a todo discípulo: “Tú, en cambio, permanece firme en lo que has aprendido… la Sagrada Escritura puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación”.

Palabras de ánimo también para nuestros tiempos donde también aparecen perseguidos quienes buscan los valores del Reino: justicia, verdad, honradez… Pero, por Jesús y con Jesús, vale la pena afrontar las dificultades y problemas, vale la pena ser perseguido.