
1 Re 21, 17-29
Hablando con categorías humanas y presentando a Dios al estilo humano, el libro de los Reyes nos da a conocer una gran verdad: ninguna injusticia puede quedar impune ante el Señor. O dicho de manera positiva: el Señor siempre está al lado de los pequeños y de los débiles.
El profeta Elías recibe el mandato del Señor y el crimen que parecía había quedado en el olvido, es puesto en evidencia y castigado. Convendría que tomáramos muy en cuenta esta dinámica porque muchas veces queremos hacernos justicia con nuestras propias manos generando una cadena de venganzas cada vez más atroces. O bien caemos en la desesperación y nos sentimos abandonados por Dios. Dios nunca se olvida de sus fieles, eso tengámoslo muy presente en nuestro corazón.
Jesús asume el dolor de los inocentes y pequeños. Ésta es la gran verdad que nos debería sostener. Muchas veces nos preguntamos dónde estaba Dios cuando los pequeños e indefensos eran sacrificados, y hoy podemos afirmar con certeza que Cristo estaba y está sufriendo con ellos y esto le da una nueva dimensión a todas las víctimas del dolor.
El Evangelio de San Mateo nos lleva mucho más lejos al afirmar que no basta con amar a los amigos, a los que nos aman bien; es necesario amar también a los enemigos, es la única forma de romper esa cadena de injusticias.
Quien ha sufrido una ofensa se siente con derecho a tomar venganza por su cuenta pero además en su corazón se queda una herida que es difícil sanar. Esa herida sólo se sana otorgando el perdón.
Es triste comprobar que muchas personas llevan estas heridas que les sangran y lastiman toda su vida, a veces ocasionadas por las mismas personas que aman, a veces con odios hacia personas ya desaparecidas.
Que hoy las palabras de Jesús sanen nuestro corazón, nos ayuden a confiar en la misericordia de nuestro Dios, y a buscar un mundo de verdadera justicia y de verdadero perdón.
M 5, 43-48
«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos». El perdón, la oración, el amor a nuestros enemigos es lo que nos pide el Evangelio de hoy, y hay que admitir lo difícil que es seguir el modelo de nuestro Padre celestial, que tiene un amor universal. Por eso, el desafío del cristiano es pedir al Señor la gracia de saber bendecir a nuestros enemigos y esforzarnos por amarlos.
Sabemos que debemos perdonar a los enemigos, porque lo decimos todos los días en el Padrenuestro: pedimos perdón como nosotros perdonamos; es una condición, aunque nada fácil. Igual que rezar por los demás, por los que nos causan dificultades, por los que nos ponen a prueba: también eso es difícil, pero lo hacemos. O al menos, a veces lo logramos. Pero, ¿rezar por los que me quieren destruir, por mis enemigos, para que Dios los bendiga? ¡Eso es verdaderamente difícil de entender!
Pensemos en el siglo pasado, en los pobres cristianos rusos que, por el solo hecho de ser cristianos, los mandaban a Siberia a morir de frío. ¿Y tenían que rezar por el gobernante tirano que los enviaba allí? ¿Cómo es posible? ¡Pues muchos lo hicieron: rezaron! O pensemos en Auschwitz y en otros campos de concentración: ¿tenían que rezar por ese dictador que quería una raza pura y asesinaba sin escrúpulos, y además rezar para que Dios le bendijese? ¡Y muchos lo hicieron!
Es la difícil lógica de Jesús que, en el Evangelio, se resume en la oración y en la justificación de aquellos que lo mataban en la Cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Jesús pide perdón por ellos, como también hace San Esteban en el momento del martirio. Cuánta distancia, infinita distancia entre nosotros, que tantas veces no perdonamos ni las cosas pequeñas, y esto que nos pide el Señor y de lo que nos dio ejemplo: perdonar a los que intentan destruirnos.
En las familias es tan difícil, a veces, perdonarse los esposos después de cualquier discusión, o perdonar a la suegra también: no es fácil. El hijo, ¿pedir perdón al padre? ¡Es difícil! Pero, ¿perdonar a los que te están matando, a los que te quieren eliminar? Y no solo perdonar: rezar por ellos, ¡para que Dios los proteja! Más aún: amarlos. Solo la palabra de Jesús puede explicar esto. Yo no consigo ir más allá.
Así pues, es una gracia que debemos pedir, la de entender algo de este misterio cristiano y ser perfectos come el Padre, que da todos sus bienes a buenos y malos. Nos vendrá bien pensar en nuestros enemigos, creo que todos los tenemos. Nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo –creo que todos tenemos alguno–, uno que nos haya hecho mal o que nos quiere hacer daño o que intenta hacernos mal: en ese.
La oración mafiosa es: “Me la pagarás”. La oración cristiana es: “Señor, dale tu bendición y enséñame a amarlo”. Pensemos en uno: todos los tenemos. Pensemos en él. Recemos por él. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo.










