Lunes de la V Semana de Pascua

Hech 14,5-18

Este pasaje nos muestra, por un lado, que no siempre la adversidad es algo negativo, sino que forma parte del misterioso plan de Dios.

Es gracias a esta persecución que se desata en Iconio que Pablo y Bernabé predicarán el evangelio en otras ciudades. Esto es importante recordarlo sobre todo cuando las cosas en nuestra vida no van como nosotros lo esperábamos, y más aún cuando por estas circunstancias nos vemos obligados a dejar un trabajo, una ciudad, o una asociación.

Debemos siempre pensar que Dios nos está ahora brindando la oportunidad de llevar la buena nueva del Evangelio a otras comunidades, de llevar la alegría y la salvación a quienes aún viven en la oscuridad del pecado.

Por otro lado nos habla del peligro que tenemos de ser vencidos por la adulación de la gente que viendo nuestra vida y las obras que Dios realiza en y por nosotros, lleguemos a pensar que somos nosotros y que efectivamente somos merecedores de la gloria que solo pertenece a Dios.

Seamos, pues, cautos, y en toda obra buena que realicemos, demos siempre la gloria al único que le pertenece: a Dios.

Jn 14,21-26

Esta semana Jesús insiste a sus discípulos en la importancia del amor, pues este es el signo por el que los reconocerán como discípulos.

Este amor, se hace manifiesto no por decirle: Señor, Señor, cuanto te amo, sino por cumplir sus mandamientos, pues dice: «El que me ama, cumplirá mi palabra». De manera que no podemos decir que amamos a Jesús, si no estamos dispuestos a poner nuestro máximo esfuerzo por vivir de acuerdo al Evangelio.

Lo más maravilloso de este evangelio es que el cumplir el evangelio, será el motivo por el cual el Padre del Cielo nos amará y vivirá la Santísima Trinidad en nosotros, como en un templo. Es decir, esta realidad bautismal, se hace activa y operante en la medida en que nosotros le manifestamos nuestro amor a Jesús viviendo de acuerdo a su Palabra.

Te invito a meditar por un momento, lo que significa el que El Dios del universo viva en ti.

Sí entiendes esto, estoy seguro que definitivamente te esforzarás con todo tu corazón para vivir de acuerdo al Evangelio.

Sábado de la IV Semana de Pascua

Hch. 13, 44-52; Juan 14, 7-14

En los últimos momentos de Jesús se va produciendo en sus discípulos una sensación de angustia e incertidumbre importantes.

Jesús les va anunciando su «partida del mundo» y su vuelta «al Padre». Pero estas cosas todavía no entran en la comprensión de sus discípulos. Hace mucho tiempo que están con Él y todavía no lo conocen a fondo. Los discípulos de Jesús le piden la razón más fuerte que cabe pedir para descansar plenamente en la confianza que han puesto en Jesús: ¡muéstranos al Padre y eso nos basta!

«La pregunta de Felipe que pide les muestre al Padre, pensando que Cristo, que hizo tantos milagros, se lo manifestase ahora con una maravillosa teofanía, al estilo de lo que pensaba de Moisés o Isaías, que habían visto a Dios, hace ver (una vez más) la rudeza e incomprensión de los Apóstoles hasta la gran iluminación de Pentecostés».

Jesús no puede acceder a esa petición. Sin embargo para no decepcionar a Felipe, le dice que observe las obras que ha hecho ya que ellas son la prueba de que el Padre está en Él y Él en el Padre, pues todas esas obras, todos esos milagros, los ha realizado «en nombre del Padre y como signo de que el Padre está en Él».

Y Jesús todavía les hace una afirmación más avanzada: que el que cree en Él, hará cosas más extraordinarias de las que han visto que Él ha hecho. No les dejará abandonados. El Padre les acompañará y él mismo estará con ellos como intercesor, ya que «todo lo que pidan yo lo haré».

En todas partes el mensaje del evangelio encuentra oposición. Pablo es perseguido implacablemente, a muerte: en Iconio, Derbe, Listra… Pero dos cosas quedan aún más claras: el evangelio va dejando, allí donde se predica un reguero de consuelo y de alegría. Y el Espíritu Santo sostiene la marcha y predicación de los evangelizadores. El Espíritu Santo sigue siendo la íntima fuerza de la Iglesia misionera… así hasta el día de hoy.

Dame sed de tu Palabra, Señor, y sobre todo, dame la fuerza que necesito para ser fiel a todo lo que ella me pida.

San José Obrero

Mt 13, 54-58

Hoy se nos invita a contemplar a San José como trabajador y obrero, que con sus manos sostuvo a la Sagrada Familia. Muchas asociaciones y grupos también recuerdan hoy el Día del Trabajo y se solidarizan con las personas que no tienen trabajo o que sus condiciones laborales no corresponden a la dignidad de un hijo de Dios.

Duele la situación de tantas personas, sobre todo jóvenes o padres de familia que no tienen la oportunidad de estudiar ni de trabajar, o de aquellas otras personas que aunque tienen trabajo su sueldo es raquítico e injusto, o las condiciones en las que trabajan son muy deficientes.

Hoy es un día especial porque a contemplar a José y a Jesús como trabajadores, deberíamos de revalorar el trabajo, no solo como un medio de sustento sino también como un elemento muy importante en la realización personal.

En la actualidad sobre todo en las ciudades, hemos llegado a una situación en la que parece que el trabajo nos absorbe todo el tiempo y no nos deja espacio para otras actividades. Las madres de familia, los papás, los mismos hijos tienen que ocupar casi todo el día en actividades laborales y se van endureciendo y haciendo insensibles a las necesidades de los demás.

La cultura actual propone estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y la dignidad del ser humano. El poder, la riqueza y el placer se han transformado por encima del valor de la persona en la norma y el criterio decisivos en la organización social. Se mira a la persona como una tuerca más del engranaje de la producción. Tendremos que esforzarnos mucho para realzar, en estas situaciones, el valor supremo de cada hombre y de cada mujer.

Toda la sociedad debería de estar encaminada a procurar una vida digna para cada uno de sus ciudadanos.

Que este día nos comprometamos a buscar estructuras más justas; que hagamos de nuestros trabajos una fuente de vida y dignidad para cada una de las personas; que luchemos contra toda injusticia en el campo del trabajo.

Trabajemos con entusiasmo, pero mirando nuestras labores como un acercamiento a Dios Padre que siempre trabaja, que sostiene la vida, que nos cuida como hijos.

Jueves de la IV Semana de Pascua

Hech 13, 13-25

En este pasaje vemos lo importante que es el tener un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras, pues éstas son el fundamento de nuestra predicación y de nuestro testimonio para los demás.

Quizás uno de los motivos por los que no hemos logrado establecer en nuestro medio una cultura profundamente cristiana es el hecho de que pocos cristianos realmente conocen la Sagrada Escritura.

Esto hace que no haya un punto de referencia adecuado que haga prevalecer en un determinado momento los valores cristianos e incluso que nuestro testimonio o nuestro diálogo con aquellos que no comparten nuestra fe, no encuentren un sólido fundamento.

Dediquemos todos los días al menos 15 minutos para conocer la Sagrada Escritura, es decir para conocer a Dios y su proyecto de amor para nosotros.

Jn 13, 16-20

La verdadera felicidad se encuentra en el servicio a los demás y en la humildad, en no pensar que uno es mayor que los otros a pesar de nuestro puesto (sea en la casa, en la oficina, en el gobierno).

Para Jesús el servicio es de vital importancia, a tal grado que lo pone como un motivo de dicha y felicidad. Jesús sirvió no fue esclavo, Jesús, libremente, hizo de toda su vida un verdadero servicio, esta es su enseñanza.

Cuándo lava los pies a sus discípulos, no es solo un gesto externo, si no es la expresión de su actitud más íntima, viene a enviar a servir y a purificar, no en el sentido de quién es perfecto y está para regañar o corregir a los demás, si no en el sentido del hermano quién es capaz de limpiar las inmundicias de quien ha caído en el pecado y en la suciedad.

Servir sobre todo al más débil y pecador fue la misión de Jesús y la cumplió a carta cabal hasta dar la vida.

Jesús nos dice algo muy importante:» no temáis la traición pues debéis saber en cuanto esto suceda yo Soy». Jesús retoma las mismas palabras que Dios le dijo a Moisés cuando el pueblo vivía en esclavitud.

Yo soy es el nombre del Dios liberador qué saco con poder al pueblo que gemía bajo la opresión de la esclavitud. De la esclavitud el pueblo pasó a la libertad y aprendió que servir en la libertad es la dignidad de la verdadera persona.

Yo soy es el nombre de Dios que acompaña a su pueblo en el peregrinar por el desierto y que lo sirve en los momentos de dudas y tragedias.

Yo soy es también el nombre que toma Jesús para decirnos que también Él, como su padre, ahora nos acompañan por el desierto de la vida, de las dificultades. Es Dios con nosotros, es quien anda los mismos senderos, es quien nos lleva de la esclavitud al servicio.

¿Cómo vivimos la presencia de Jesús en nuestras vidas? ¿Cómo hacemos presente a Jesús con nuestro servicio?

Señor, que sepamos servir y dar vida tal como lo haces Tú, que queremos parecernos a Ti en el servicio.

Santa Catalina de Siena

Mt 11, 25-30

Hoy, la Iglesia celebra con gozo y gratitud a santa Catalina de Siena (1347-1380). Con gozo porque en ella se hicieron realidad las palabras de Cristo: «Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11,25). Impresiona el grado de madurez interior i de unión amorosa —hasta los místicos desposorios— en Jesucristo de una chica tan joven como Catalina.

Dios mismo lleva en su “ADN” la sencillez, la discreción. Así actuó el Mesías: nació en un establo y resucitó sin triunfalismos. Él era el Rey anunciado y esperado desde David, pero su corona real está hecha de espinas y su trono es la Cruz. En una de sus visiones místicas, Catalina vio que Jesús le presentaba dos coronas, una de oro i otra de espinas. Ella, respondiendo que su reposo era el dolor del Señor, escogió la de espinas… «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28): Catalina reposa en el sufrimiento de Cristo; Jesús reposa en la sencillez de la joven santa.

Catalina, buena conocedora de su Amado, tenía viva conciencia de la grandeza del hombre porque Dios mismo es un enamorado de cada uno de nosotros: «¿Qué cosa fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno».

Finalmente, la gratitud de la Iglesia hacia Catalina por su tarea conciliadora. En aquel tiempo, la Iglesia vivió un triste periodo de divisiones, internas y externas. Lo más lamentable fue el “exilio de Aviñón”. Desde el 1305, un total de siete papas residieron en Aviñón. Las oraciones y las gestiones de santa Catalina —también de otras personalidades, como santa Brígida— consiguieron que en 1367 el Papa Urbano V retornara a la Ciudad Eterna. ¡Gracias sean dadas eternamente a las santas mujeres que tanto han hecho —frecuentemente más de lo que sabemos— por la Iglesia!

Martes de la IV Semana de Pascua

Hech 11, 19-26

Este pasaje de nuevo nos muestra cómo una situación que en sí misma es triste y dolorosa como es el martirio de Esteban, se convierte, por la gracia de Dios, en fuente de bendición para muchos.

Gracias a la persecución que se desata en Jerusalén contra los discípulos de Jesús por parte de las autoridades judías, es como el Evangelio sale de la ciudad para llegar a la que en ese tiempo sería la tercer ciudad romana en importancia.

Y es que Dios se vale de todos los acontecimientos de nuestra vida, incluso de los que podríamos considerar desagradables (casi podríamos decir que principalmente de éstos) para que el mensaje del evangelio llegue a aquellos que no lo conocen o no lo aman.

De nosotros solo espera docilidad a su Espíritu y que confiando plenamente en su amor hablemos a los demás del Evangelio. Deja que Dios convierta todo acontecimiento en tu vida en una oportunidad para que Él sea más conocido y más amado.

Jn 10, 22-30

La pregunta que hacen los judíos a Jesús parece brotar del extremo del cinismo. No quieren creer en Jesús y buscan pretextos para acusarlo en lugar de buscar la verdad para creer en Él. La respuesta de Jesús, los remite a sus obras: a todo lo que ha dicho y ha hecho delante de ellos y de todo el pueblo.

¿Cuáles son sus obras? No es solamente dar de comer, si no hacer comer a las personas con dignidad; no solamente es defender a una mujer de los abusadores, sino hacerla que se levante y que se reintegre; no es solamente devolver la vista a un ciego, sino enseñarle el camino de la luz. Son muchas las obras de Jesús y todas van encaminadas a dar plenitud de vida y dignidad a las personas.

Hoy debería de ser igual el testimonio que diéramos sus discípulos, no solamente en palabras, no en ayudas externas, no en gestos lastimeros por los más débiles, sino en una verdadera transformación de nuestro mundo y de sus estructuras.

La razón y la finalidad de las obras de Jesús las expresa en el Evangelio de hoy: “porque el Padre y yo somos uno solo”.  Es la última razón de todo el actuar de Jesús y debería de ser la razón de actuar de nosotros los cristianos, porque tenemos un solo Padre, porque nos unimos a Jesús nuestro hermano, porque estamos guiados por un mismo Espíritu.

Las otras razones humanitarias o sociales son muy válidas también y nos unimos a todos aquellos que luchan para que todos los hombres vivan como hermanos. Pero nuestra verdadera fortaleza está en el amor que Dios nuestro Padre nos tiene y ésta es la razón que mantiene y da vida a nuestro actuar.

Buscamos la vida eterna, que de ningún modo es olvidarnos del presente, sino que es entrar desde ahora en el misterio de amor del Padre que nos transforma y que nos une a Jesús.

Las obras de Jesús nunca fueron alienantes, nunca se desentienden del dolor presente en el pobre, muy por el contrario, anuncia y hace presente aquí y ahora el Reino de Dios. Todas sus obras devuelven la verdadera dignidad a cada persona que se encuentra con Jesús.

Ahora, debemos preguntarnos cada uno de nosotros: ¿cuáles son las obras que dan testimonio de nuestro ser de discípulos?

Lunes de la IV Semana de Pascua

Hech 11, 1-18

De nuevo aparece en escena el binomio: oración – Voluntad de Dios.

Fue precisamente estando en oración como Pedro y el hombre que fue bautizado por éste, fueron advertidos estando en oración.

Y es que la oración es el medio ordinario por el cual Dios va comunicando su voluntad a sus hijos, de manera que una persona que ora todos los días, y que busca con todo su corazón al Señor sin lugar a dudas que aun en la más oscura de las noches, encontrará el camino seguro; en medio de la crisis caminos de solución; en la pena y el dolor la consolación y sobre todo, en todo momento irá descubriendo la voluntad de Dios para cada uno de sus proyectos e iniciativas.

La oración es el «medio» en el cual el Espíritu se manifiesta, concediendo a sus fieles abundantes dones, carismas y consolaciones. De manera que no orar puede ser considerado como un verdadero suicidio espiritual.

Un santo sacerdote decía: «Nunca dejes lo importante por hacer lo urgente… recuerda siempre que lo más importante de tu día es tu oración».

Jn 10,11-18

En el pasaje de hoy, Jesús nos dice que Él conoce a sus ovejas y que sus ovejas lo conocen a Él.

Me pregunto, ¿es que realmente conozco a Jesús? ¿qué es en realidad lo que conozco de Él? La triste realidad de muchos de nuestros hermanos es que no conocen a Jesús porque no leen la Sagrada Escritura.

Por eso decía san Jerónimo, que desconocer la Escritura es desconocer a Jesús. Este conocimiento nos va llevando de la mano hasta llegar a tener la experiencia profunda e interior de Jesús, el conocimiento íntimo, que nos lleva a conocer y a gustar interiormente, como decía san Ignacio de Loyola, el amor de Dios.

Si todavía la lectura del Evangelio no es un hábito en tu vida, inicia hoy mismo un programa de estudio sistemático (ordenado) que te lleve a conocer a Jesús.

Si no tiene tu Biblia personal, una buena idea sería el comprarla. Conoce a Jesús, y verás, como dice el salmo: que bueno es el Señor.

San Marcos

Mc 16, 15-20

Hoy recordamos a un gran santo que nos ha legado palabras y hechos de Jesús que nos dan vida.

Los documentos más antiguos que hablan de San Marcos nos lo presentan como «el intérprete de Pedro». La tradición nos asegura que Marcos estuvo a su lado, en Roma, como intérprete y redactor de la «Buena Nueva», primeramente en la catequesis oral y después, en la composición, -guiado por el Espíritu Santo- de aquel admirable texto que es el Evangelio más condensado de la vida, los milagros y la muerte de Jesús.

San Marcos, desde ya hace algunos años, es considerado como el primer evangelio escrito y quienes se acercan a este evangelio se encuentran con un texto sencillo pero muy profundo. Es como tocar a Jesús en la sencillez de cada día, en lo rudimentario de un lenguaje, en la admiración de un discípulo.

Sabemos que Marcos no “se inventó” el texto del evangelio, sino que ya circulaban entre las comunidades relatos de la vida y obra de Jesús, en especial de su Pasión.

Quien se acerca a su texto, descubre a un Jesús muy humano, con el dolor y con la esperanza de todos los hombres, pero desde el inicio mismo de su evangelio nos habla de Jesucristo, Hijo de Dios y al ponernos en contemplación de Cristo en la cruz, nos hace exclamar con el centurión: “Verdaderamente Éste era el Hijo de Dios”. Confesión de fe para comunidades que necesitan vivir de fe, certeza de que Jesús es Dios, conciencia de que camina junto al pueblo que sufre, son algunos de los rasgos que Marcos ofrece a la comunidad para sostenerse en la vida diaria.

El pasaje con que termina su evangelio y que es el que escuchamos en este día, coloca a los discípulos en contemplación de Cristo vivo, resucitado, que es elevado al cielo. Desde esta escena y experiencia, son enviados a llevar Buena Nueva a todos los pueblos, a todo el mundo, a todas las creaturas.

Este tiempo pascual nos coloca a nosotros también en la experiencia y contemplación de Cristo vivo, pero no para quedarnos contemplando absortos a Jesús, sino para llevarlo a los lugares precisos donde nos encontramos. Las palabras de Jesús y su promesa de cuidado, de  protección y acompañamiento en cada momento, son también para nosotros.

Hoy el mundo se desmorona en la desesperanza y la desilusión y necesita la Buena Nueva, no la nuestra, sino la de Jesús.

Que San Marcos nos conceda traducir en hechos la Buena Nueva de Jesús para el mundo, que él nos anuncia en su evangelio.

Viernes de la III Semana de Pascua

Hech 9, 1-20

Hoy nos presenta la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, la conversión de San Pablo. Cristo, resucitado y vivo, se presenta ante Pablo que respira odio y deseos de muerte y de venganza. “¿Por qué me persigues?”, son las palabras que Jesús dirige a Pablo y cuando éste manifiesta su desconcierto ante la expresión de Jesús, el mismo Jesús aclara: “yo soy Jesús a quien tú persigues”.

Caído y por tierra, Pablo inicia el camino de la conversión, para descubrir a Jesús en aquellos que Pablo consideraba paganos y entenderlos como parte del Cuerpo Místico hasta llegar a afirmar que todos y cada uno de los hermanos forman el Cuerpo de Jesús, estrechamente enlazados.

¿Cómo vivir hoy la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros y descubrirlo en cada uno de los hermanos? ¿Cómo poder mirarlo si estamos divididos y llenos de resentimientos? Se necesitará también caer por tierra, desmontarnos de todo orgullo y discriminación y escuchar también para nosotros las palabras de Jesús: “¿por qué me persigues?”

Este día, ojalá, tengamos el suficiente valor para dejando atrás nuestros temores, podamos mirar el rostro de Jesús en los hermanos.

Por otra parte, el Evangelio nos coloca frente a Jesús que nos exige alimentarnos de su carne y de su sangre.

Los judíos abiertamente se oponen a comer la carne de Jesús y a beber su sangre. Está identificación con Jesús nos lleva a un compromiso serio, no es posible estar separado de Jesús y olvidarnos de su realidad actual viva en medio de nosotros.

La Eucaristía nos permite participar físicamente comiendo y bebiendo de su misma vida, pero también nos llevará a una identificación que nos una con Jesús.

Participar en la Misa es una gran riqueza que nos llenará de fuerza, pero que no puede quedar en la intimidad o en el individualismo.

Pensemos delante de Jesús escuchando sus palabras, reflexionemos qué significa para nosotros comulgar y reconozcamos si esto nos lleva a vivir en fraternidad y en unión con todos los hermanos. Si realmente vivimos unidos e identificados con Jesús

Juan 6, 52-59

Quien celebra la Eucaristía no lo hace porque sea mejor que los demás, sino porque se reconoce necesitado de la misericordia de Dios. La Eucaristía no es un mero recuerdo de algunos dichos y hechos de Jesús. Es obra y don de Cristo que sale a nuestro encuentro y nos alimenta con su Palabra y su vida

Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de aquello que Jesús ha dicho o hecho. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo que actúa ahí, que está sobre el altar. Y Cristo es el Señor.

Es un don de Cristo, el cual se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos de su Palabra y de su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia surgen de allí, de la Eucaristía, y allí toman siempre forma.

Una celebración puede resultar también impecable desde el punto de vista exterior. Bellísima. Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida.

A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vida.

El corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día»

Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los necesitados, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna.

Jueves de la III Semana de Pascua

Hech 8, 26-40

Acabamos de leer en los Hechos de los Apóstoles que «un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

Después del martirio de Esteban, estalló una gran persecución para los cristianos, y los discípulos se dispersaron un poco por todas partes, en Judea, en Samaría. Pero precisamente aquel viento de la persecución empujó a los discípulos a ir más allá. Como hace el viento con las semillas de las plantas, las lleva lejos y siembre, pues así sucedió aquí: se fueron lejos, con la semilla de la Palabra, y sembraron la Palabra de Dios. Y así podemos decir, un poco de broma, que nació “propaganda fide”. Así. De una persecución, de un viento, llevaron la evangelización los discípulos. Y este pasaje que hoy hemos leído es de una belleza grande… Y es un auténtico tratado de evangelización. Así evangeliza el Señor. Así anuncia el Señor. Así quiere el Señor que evangelicemos.

Es el Espíritu el que empuja a Felipe —y a todos los cristianos— a la evangelización. Esta se estructura en tres palabras clave: levántate, acércate y parte de esa situación. La evangelización no es un plan bien hecho de proselitismo: “Vamos y hagamos tantos prosélitos de acá y tantos de allá…”. No… Es el Espíritu quien te dice cómo debes ir a llevar la Palabra de Dios, a llevar el nombre de Jesús. Y comienza diciendo: “Levántate y ve”. Levántate y ve a aquel sitio. No existe una evangelización “de sillón”. Levántate y ve. En salida, siempre. Ve. En movimiento. Ve al lugar donde debes decir la Palabra.

Cuántos hombres y mujeres han dejado patria y familia para ir a tierras lejanas a llevar la Palabra de Dios. Y muchas veces, no preparados físicamente, porque no tenían anticuerpos para resistir las enfermedades de aquellas tierras, morían jóvenes o martirizados: se trata —como me decía un cardenal— de los “mártires de la evangelización”.

No hay ningún vademécum de la evangelización, sino que hace falta cercanía, aproximarse a ver qué pasa y partir de esa situación, no de una teoría. No se puede evangelizar en teoría. La evangelización es cuerpo a cuerpo, persona a persona. Se parte de una situación, no de teorías. Felipe anuncia a Jesucristo, y el valor del Espíritu lo empuja a bautizarlo. Va más allá, va, va, hasta que siente que su labor se acabó. Así se hace la evangelización. Estas tres palabras son claves para todos los cristianos, que debemos evangelizar con nuestra vida, con nuestro ejemplo, y también con nuestra palabra. Levántate, álzate; acércate: cercanía; y parte de la situación, la concreta. Un método sencillo, pero es el método de Jesús. Jesús evangelizaba así. Siempre en camino, siempre en la calle, siempre cerca de la gente, y siempre partía de las situaciones concretas, de lo concreto. Solo se puede evangelizar con esas tres actitudes, pero con la fuerza del Espíritu. Sin el Espíritu, ni siquiera esas tres actitudes sirven. Es el Espíritu el que nos empuja a levantarnos, a acercarnos y a partir de las situaciones.

Jn 6,44-51

Nada hay tan terrible como la muerte, es uno de los miedos que atenazan al hombre, mientras él busca olvidarse de que un día llegará el fin de su existencia. El hombre quisiera perdurar más allá de los límites que nos imponen los espacios del tiempo y del lugar. Hoy encontramos este anhelo frustrado de los grandes hombres del Antiguo Testamento, que los judíos miran como modelos. Sin embargo, murieron y no quedan huellas de ellos.

Jesús, por el contrario, habla de inmortalidad, de vida eterna y plena, pero no se trata de una evasión de la vida terrena o un desprecio al cuerpo, sino de darles su verdadera dimensión.

No podemos olvidarnos de la realidad temporal como si fuéramos Ángeles y despreciáramos el cuerpo, pero tampoco podemos anclarnos y quedar esclavizados a una realidad temporal y material.

Jesús nos enseña el camino de la fe, ofreciéndose Él mismo como el verdadero pan que ha bajado del cielo. Jesús se nos propone Él mismo como el único camino que nos puede dar esa vida plena, pero nos dice que es un regalo que nos ofrece Dios Padre.

A veces queremos prolongar la vida con alimentos especiales, con dietas integrales, con vitaminas y refuerzos especiales que prolongue la vida, pero nos olvidamos de vivir cada momento en plenitud y con plena identificación con Jesús.

Entonces, aunque prolonguemos nuestra vida, si no es una vida vivida en plenitud y armonía con Jesús, con nosotros mismos y con los demás, parecería como una especie de vida vegetativa. Y el verdadero discípulo de Jesús no puede vivir en ese estado vegetativo sino en constante relación.

La imagen de Jesús como pan está llena de implicaciones para el discípulo, pues al mismo tiempo que nos hace entrar en una relación íntima con Él, también nos lanza a una relación de pan compartido para los demás.

Los discípulos de Jesús debemos vivir como pan que comparte amor y vitalidad, sobre todo con los que más sufren en nuestra sociedad. Al dar vida, también nosotros prolongamos la propia vida.

Tenemos hambre, hambre de Dios. Necesitamos el pan de vida eterna. Quizás hemos probado otros “banquetes” y hemos descubierto que no sacian nuestro deseo plenamente. Pero Cristo se revela como el alimento que necesitamos, el único que puede colmar nuestras necesidades y darnos la fuerza para el camino.

Contemplemos a Jesús como pan que nos ofrece la resurrección, que vence la muerte y que nos da vida plena.