Viernes de la III Semana de Pascua

Hech 9, 1-20

Hoy nos presenta la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, la conversión de San Pablo. Cristo, resucitado y vivo, se presenta ante Pablo que respira odio y deseos de muerte y de venganza. “¿Por qué me persigues?”, son las palabras que Jesús dirige a Pablo y cuando éste manifiesta su desconcierto ante la expresión de Jesús, el mismo Jesús aclara: “yo soy Jesús a quien tú persigues”.

Caído y por tierra, Pablo inicia el camino de la conversión, para descubrir a Jesús en aquellos que Pablo consideraba paganos y entenderlos como parte del Cuerpo Místico hasta llegar a afirmar que todos y cada uno de los hermanos forman el Cuerpo de Jesús, estrechamente enlazados.

¿Cómo vivir hoy la presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros y descubrirlo en cada uno de los hermanos? ¿Cómo poder mirarlo si estamos divididos y llenos de resentimientos? Se necesitará también caer por tierra, desmontarnos de todo orgullo y discriminación y escuchar también para nosotros las palabras de Jesús: “¿por qué me persigues?”

Este día, ojalá, tengamos el suficiente valor para dejando atrás nuestros temores, podamos mirar el rostro de Jesús en los hermanos.

Por otra parte, el Evangelio nos coloca frente a Jesús que nos exige alimentarnos de su carne y de su sangre.

Los judíos abiertamente se oponen a comer la carne de Jesús y a beber su sangre. Está identificación con Jesús nos lleva a un compromiso serio, no es posible estar separado de Jesús y olvidarnos de su realidad actual viva en medio de nosotros.

La Eucaristía nos permite participar físicamente comiendo y bebiendo de su misma vida, pero también nos llevará a una identificación que nos una con Jesús.

Participar en la Misa es una gran riqueza que nos llenará de fuerza, pero que no puede quedar en la intimidad o en el individualismo.

Pensemos delante de Jesús escuchando sus palabras, reflexionemos qué significa para nosotros comulgar y reconozcamos si esto nos lleva a vivir en fraternidad y en unión con todos los hermanos. Si realmente vivimos unidos e identificados con Jesús

Juan 6, 52-59

Quien celebra la Eucaristía no lo hace porque sea mejor que los demás, sino porque se reconoce necesitado de la misericordia de Dios. La Eucaristía no es un mero recuerdo de algunos dichos y hechos de Jesús. Es obra y don de Cristo que sale a nuestro encuentro y nos alimenta con su Palabra y su vida

Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de aquello que Jesús ha dicho o hecho. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo que actúa ahí, que está sobre el altar. Y Cristo es el Señor.

Es un don de Cristo, el cual se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos de su Palabra y de su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia surgen de allí, de la Eucaristía, y allí toman siempre forma.

Una celebración puede resultar también impecable desde el punto de vista exterior. Bellísima. Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida.

A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vida.

El corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día»

Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los necesitados, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna.

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