Sábado de la III Semana de Cuaresma

Oseas 6,1-6; San Lucas 18,4-18

El profeta Oseas exhorta a la conversión no bajo amenazas, sino basándose en el amor que Dios nos tiene, que le arrastra hacia el perdón. Pero lo que descubre, y denuncia, en el pueblo de Israel es el presentarse ante el Señor en actitud de aparente y superficial conversión.

Sucede en ocasiones que acudimos al Señor cuando nos agobia una preocupación o nos afecta un problema intranquilizante. Encendemos velas al Señor o a los santos. Pasado el apuro, se enfría nuestro fervor y olvidamos nuestros buenos propósitos.

Por eso, el Señor, repite una vez más, desea una verdadera conversión de corazón por la firmeza del amor, y no una aparente religiosidad basada en sacrificios o velas encendidas en momentos de apuro.

Jesús, el Señor, confirma lo que manifestaba el profeta Oseas. Dios está junto al que se reconoce con sinceridad pecador y le concede su gracia y perdón.

Aquel que «ofrece acción de gracias a Dios» porque es distinto de los demás, está lejos de la auténtica conversión de corazón.

Dios se hace cercano a los humildes, a los pobres, y se mantiene distanciado de quienes creen que no le necesitan porque «ya son buenos».

A veces he pensado por qué los evangelios hablan tanto de los fariseos, cuando eran simplemente unos personajes del tiempo de Jesús, un grupo religioso entre la constelación de grupos que pululaban en Israel, saduceos, escribas, esenios, ancianos…

Pero los evangelios no refieren sólo unos personajes hostiles a Jesús, sino que ponen en guardia sobre una actitud que se da de hecho dentro de la Iglesia.

Para evitar esta deformación, no se cansan los evangelios de insistir en este pecado de orgullo religioso y de desprecio sistemático del otro, que se llama fariseísmo. Para corregir esta deformación sólo vale hincarse de rodillas, sentirse profundamente pecador y pedir perdón. Como hizo el publicano.

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