Hech 22, 30—23, 6-11
Las lecturas de hoy nos enseñan que hay dos caminos: el de la verdadera unidad, al que quiere conducirnos Jesús, y el de la falsa unidad, donde se critica, se condena y nos divide. De la unidad verdadera nos habla Jesús en el Evangelio.
Pero también existe la unidad falsa o fingida, como la de los acusadores de San Pablo en la Primera Lectura. Inicialmente se presentan como un bloque único para acusarlo. Pero Pablo, que era astuto, es decir, tenía la sabiduría humana y también la sabiduría del Espíritu Santo, tira la piedra de la división diciendo que le están juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos. Ya que una parte de esa falsa unidad estaba compuesta por saduceos que afirmaban que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos profesaban esas cosas. Pablo logra destruir esa supuesta unidad, que no tenía consistencia y, de hecho, estalla una disputa y la asamblea que lo acusaba se divide.
En otras persecuciones padecidas por San Pablo, se ve además que el pueblo grita sin ni siquiera saber qué está diciendo, y son los dirigentes los que dicen qué gritar. Esa manipulación es un desprecio al pueblo, porque lo convierte en masa. Es un elemento que se repite mucho, desde los primeros tiempos hasta ahora. Pensémoslo. El Domingo de Ramos, todos lo aclaman: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. El viernes siguiente, la misma gente grita: “Crucifícalo”. ¿Qué ha pasado? Les han lavado el cerebro, les han cambiado las cosas, y han convertido al pueblo en masa destructora.
Se crean oscuras condiciones para condenar a la persona, pero luego la unidad se disuelve. Un método con el que fue perseguido Jesús, Pablo, Esteban y todos los mártires, y muy usado hoy también. Por ejemplo, en la vida civil, en la vida política, cuando se quiere dar un golpe de Estado, los medios comienzan a criticar a los dirigentes y, con la calumnia y la difamación, los deshonran. Luego llega la justicia, los condena, y al final se da el golpe de Estado. La misma persecución que se veía cuando la gente en el circo gritaba para ver la lucha entre los mártires y las fieras o los gladiadores.
El eslabón de la cadena para condenar es siempre ese ambiente de fingida unidad. Y, en menor medida, también pasa en nuestras comunidades parroquiales, por ejemplo, cuando dos o tres empiezan a criticar a otro. Comienzan a hablar mal de aquel, y crean una unidad falsa para condenarlo; se sienten seguros y lo condenan. Lo condenan mentalmente, como actitud; luego se separan y se critican uno al otro, porque están divididos. Por eso, el chismorreo es una actitud asesina, porque mata, destruye a la gente, quita la fama de la gente. El chismorreo es lo que usaron con Jesús para desacreditarlo y, una vez desacreditado, eliminarlo.
Pensemos en la gran vocación a la que estamos llamados: la unidad con Jesús, con el Padre. Y por ese camino debemos ir, hombres y mujeres que se unen y que siempre procuran avanzar por la senda de la unidad. Y no las unidades fingidas, que no tienen sustancia y solo sirven para dar un paso más y condenar a la gente, buscando intereses que no son los nuestros: el interés del príncipe de este mundo, que es la destrucción.
Jn 17, 20-26
¿Qué pide el Señor al Padre?: La unidad de la Iglesia: que la Iglesia sea una, que no haya divisiones, que no haya altercados. Para esto es necesaria la oración del Señor, porque la unidad en la Iglesia no es fácil.
He aquí la referencia a muchos que dicen estar en la Iglesia, pero están dentro sólo con un pie, mientras el otro queda fuera.
Para esta gente la Iglesia no es la casa propia. Se trata de personas que viven como arrendatarios, un poco aquí, un poco allá. Es más, hay algunos grupos que alquilan la Iglesia, pero no la consideran su casa. Entre estos, hay tres categorías:
1. Los uniformistas.
Son los que quieren que todos sean iguales en la Iglesia. Su estilo es uniformar todo: todos iguales. Están presentes desde el inicio, es decir, desde que el Espíritu Santo quiso hacer entrar en la Iglesia a los paganos…
Son cristianos rígidos, porque no tienen la libertad que da el Espíritu Santo. Y confunden lo que Jesús predicó en el Evangelio y su doctrina de igualdad, mientras que Jesús nunca quiso que su Iglesia fuera rígida.
Estos, por lo tanto, a causa de su actitud no entran en la Iglesia. Se dicen cristianos, se dicen católicos, pero su actitud rígida les aleja de la Iglesia.
2. Los alternativistas
Estos son los que piensan: «Yo entro en la Iglesia, pero con esta idea, con esta ideología». Ponen condiciones y así su pertenencia a la Iglesia es parcial.
También ellos tienen un pie fuera de la Iglesia; alquilan la Iglesia pero no la sienten propia; y también ellos están presentes desde el inicio de la predicación evangélica, como testimonian los gnósticos, que el apóstol Juan ataca muy fuerte: «Somos… sí, sí… somos católicos, pero con estas ideas».
Estas personas buscan una alternativa, porque no comparten el sentir común de la Iglesia.
3. Los ventajistas o especuladores.
Son los que buscan ventajas. Ellos van a la Iglesia, pero para ventaja personal y acaban haciendo negocios en la Iglesia.
Son especuladores, presentes también ellos desde los inicios: como Simón el mago, Ananías y Safira, que se aprovechaban de la Iglesia para su beneficio…
Muchos personajes de este tipo se encuentren regularmente en las comunidades parroquiales o diocesanas, en las congregaciones religiosas, ocultándose bajo las apariencias de bienhechores de la Iglesia…
También ellos, naturalmente, no sienten a la Iglesia como madre.
Jesús dice que «la Iglesia no es rígida, es libre». En la Iglesia hay tantos carismas, hay una gran diversidad de personas y de dones del Espíritu. Jesús dice: «en la Iglesia tú debes dar tu corazón al Evangelio», a lo que el Señor enseñó, y no guardarte una alternativa.
El Señor nos dice: «si quieres entrar en la Iglesia, hazlo por amor, para dar todo, todo el corazón y no para hacer negocios en tu favor.
Todos estamos llamados a la docilidad al Espíritu Santo. Y es precisamente la virtud la que nos salvará de ser rígidos, de ser alternativistas y del ser ventajistas o especuladores en la Iglesia: la docilidad al Espíritu Santo, aquel que hace la Iglesia.