Martes de la I Semana de Adviento

Isaías 11, 1-l0

La liturgia de hoy habla de las cosas pequeñas, habla de lo que es pequeño: podemos decir que hoy es “la jornada de lo pequeño”. En la primera lectura (Is 11,1-10), Isaías anuncia: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el Espíritu del Señor”. La Palabra de Dios hace el elogio de lo pequeño, y hace una promesa, la promesa de un renuevo que brotará. ¿Y qué es más pequeño que un retoño? Sin embargo, “sobre él se posará el Espíritu del Señor”. La redención, la revelación, la presencia de Dios en el mundo comienza así y siempre es así. La revelación de Dios se hace en la pequeñez. Pequeñez, ya sea humildad u otras cosas, pero en la pequeñez. Los grandes se presentan poderosos: pensemos en la tentación de Jesús en el desierto, como Satanás se presenta poderoso, dueño de todo el mundo: “Yo te doy todo si tú…”. En cambio, las cosas de Dios comienzan germinando de una semilla, pequeñas. Y Jesús habla de esa pequeñez también en el Evangelio (Lc 10,21-24).

 Jesús goza y agradece al Padre porque se ha revelado no a los poderosos, sino a los pequeños. En Navidad iremos todos al pesebre donde esta la pequeñez de Dios. En una comunidad cristiana donde los fieles, los sacerdotes, los obispos, no toman esa senda de la pequeñez, falta futuro, colapsará. Lo hemos visto en los grandes proyectos de la historia: cristianos que intentaban imponerse por la fuerza, la grandeza, las conquistas… Pero el Reino de Dios germina en lo pequeño, siempre en lo pequeño, la pequeña semilla, la semilla de la vida. Pero la semilla sola no puede. Hay otra cosa que ayuda y da la fuerza: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor”.

 El Espíritu elige lo pequeño, siempre, porque no puede entrar en lo grande, en lo soberbio, en lo autosuficiente. Es en el corazón pequeño donde tiene lugar la revelación del Señor. Por ejemplo, los teólogos no son los que saben mucha teología; esos se podrían llamar “enciclopedistas” de la teología: saben todo, pero son incapaces de hacer teología, porque la teología se hace de rodillas, haciéndose pequeño. Y si el verdadero pastor, sea sacerdote, obispo, papa, cardenal o lo que sea, no se hace pequeño, no es un pastor. Más bien sería un feje de oficina. Y eso vale para todos: desde el que tiene una función que parece más importante en la Iglesia, hasta la pobre viejecita que hace obras de caridad a escondidas.

 Podría surgir una duda: que la senda de la pequeñez lleve a la pusilanimidad, a encerrarse en uno mismo, al miedo. Al contrario, la pequeñez es grande, es capacidad de arriesgarse porque no tiene nada que perder. Precisamente la pequeñez nos lleva a la magnanimidad, porque nos hace capaces de ir más allá de nosotros mismos sabiendo que la grandeza la da Dios. En la Suma teológica Santo Tomás explica cómo debe comportarse, ante los desafíos del mundo, un cristiano que se siente pequeño, para no vivir como cobarde. Viene a decir, en síntesis: “No asustarse de las cosas grandes –hoy nos lo demuestra también San Francisco José María–, seguir adelante; pero al mismo tiempo, tener en cuenta las cosas más pequeñas, eso es divino”. Un cristiano parte siempre de la pequeñez. Si yo en mi oración me siento pequeño, con mis límites, mis pecados, como aquel publicano que rezaba desde el fondo de la iglesia, avergonzado: “Ten piedad de mí que soy pecador”, irás adelante. Pero si te crees un buen cristiano, rezarás como aquel fariseo que no salió justificado: “Te doy gracias, Dios, porque soy grande”. No, agradecemos a Dios porque somos pequeños.

 A mí me gusta mucho administrar el Sacramento de la Confesión y sobre todo confesar niños. Sus confesiones son bellísimas, porque cuentan los hechos concretos: “He dicho esta palabra”, por ejemplo, y te la repite. La concreción de lo que es pequeño. “Señor, soy pecador porque hago esto, esto, esto, esto… Esa es mi miseria, mi pequeñez. Pero envía tu Espíritu para que yo no tenga miedo de las cosas grandes, no tenga miedo de que tu hagas cosas grandes en mi vida”.

Lucas 10, 21-24

En la primera lectura de este día hemos leído un fragmento del profeta Isaías, ¿estará soñando Isaías?  Nos presenta un mundo idílico donde conviven entre sí los animales, donde los perores enemigos se reconcilian y donde un niño se convierte en domador de fieras.  Fantasea con campos llenos de fertilidad y árboles que ofrecen generosos frutos.

Tanto Isaías como Jesús tienen una forma rara de mirar el mundo, una forma que nos causa sorpresa y que juzgamos idealista y utópica.  No son Isaías ni Jesús los que están equivocados, somos nosotros los que no vemos con realidad nuestro mundo porque estamos miopes con gafas de sabiduría humana, de felicidad artificial y de dignidad basada en las posesiones.  Todo esto denigra a la persona, la esclaviza y la hace inútil.

Por eso Dios ha escondido y ha ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las ha revelado a los pequeños.

¿Qué es lo que Dios ha revelado y ocultado? Los misterios de su Reino, el afirmarse del señorío divino en Jesús y la victoria sobre Satanás.

Dios ha escondido todo a aquellos que están demasiado llenos de sí mismos y pretenden saberlo ya todo. Están cegados por su propia presunción y no dejan espacio a Dios.

Uno puede pensar fácilmente en algunos de los contemporáneos de Jesús, que Él mismo amonestó en varias ocasiones, pero se trata de un peligro que siempre ha existido, y que nos afecta también a nosotros.

En cambio, los «pequeños» son los humildes, los sencillos, los pobres, los marginados, los sin voz, los que están cansados y oprimidos, a los que Jesús ha llamado «benditos».

Jesús, al ver el éxito de la misión de sus discípulos y por tanto su alegría, se regocija en el Espíritu Santo y se dirige a su Padre en oración. En ambos casos, se trata de una alegría por la salvación que se realiza, porque el amor con el que el Padre ama al Hijo llega hasta nosotros, y por obra del Espíritu Santo, nos envuelve, nos hace entrar en la vida de la Trinidad.

El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo es su manifestación, y el Espíritu Santo, el animador. Inmediatamente después de alabar al Padre, Jesús nos invita:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.

Adviento es la novedad del anuncio que llega luminoso y despierta nuevos sentimientos en el corazón, pero para esto necesitamos tener el corazón limpio, sencillo, dispuesto a la esperanza y al cambio. ¿Abriremos nuestro corazón al Señor en este adviento? 

Sábado de la XXXIV Semana Ordinaria

Lucas 21, 34-36

En nuestras vidas hay “sorpresas” que en realidad no lo son tanto. No debería sorprendernos que llegue así la cuenta mensual del teléfono, si hemos estado haciendo largas llamadas al exterior. Para quien se dedica a los estudios y no se ha dedicado responsablemente a ellos, es lógico que al llegar al examen “le sorprenda” lo difícil que es. ¡Era de esperar! Nosotros mismos preparamos y fraguamos estas sorpresas, que pueden resultar desagradables o negativas.

Pero sucede lo mismo en sentido positivo. Quien cumple su trabajo con profesionalidad, es emprendedor y tiene iniciativa, está “preparándose” una buena sorpresa, que puede ser un ascenso de puesto, más prestaciones, etc. De nosotros depende, entonces, que muchas situaciones del futuro sean buenas o malas.

Por eso, el Señor nos recomienda vigilar y orar; estar activos, construyendo nuestras vidas. Vigilar y orar para descubrir si estamos aprovechando al máximo el tiempo presente, ¡no vaya a ser que nos estemos preparando una sorpresa desagradable para el futuro!

Viernes de la XXXIV Semana Ordinaria

Dan 7, 2-14

La primera lectura de hoy es confusa.  Y nos quedamos cortos.  Conviene recordar que el libro de Daniel fue escrito para un pueblo perseguido, en un lenguaje simbólico, que solamente los perseguidos -y no los perseguidores- pudieran comprender.  Todo ese simbolismo ya no es suficientemente claro para nosotros, pero los eruditos han tratado de interpretar algunas de las claves.

Las cuatro bestias representan los reinos de Babilonia, Media, Persia y Grecia.  Los diez cuernos representan a diez reyes, y el cuerno pequeño simboliza al rey Antíoco, que perseguía al pueblo al tiempo que el libro se escribía.

Las cuatro bestias, con diez cuernos y con dientes de hierro… pueden expresar la sucesión de los reinos de la tierra, los regímenes en los que la crueldad y el dominio se ejercen en detrimento de los seres humanos. Daniel sabía de ello, puesto que vivía bajo el régimen de Antíoco Epifanes, que quería doblegar a todo el pueblo imponiéndole una cultura y una religión extrañas… A las bestias se les quitó el dominio: el fin de la situación de opresión que atraviesan sus hermanos es para Daniel motivo de la esperanza que les quiere transmitir.

El mar grande es un símbolo de las fuerzas del mal contra Dios.  El anciano de muchos siglos es Dios y «ese alguien semejante a un hijo de hombre» representa a los judíos fieles, a quien Dios les dará su Reino.  En el Nuevo Testamento, Jesús es el Hijo del hombre, porque Él cumple en su persona el destino de todo el pueblo judío.

No obstante las oscuridades de este pasaje, su mensaje es claro.  El mal será vencido por el bien.  Dios es todopoderoso y no permitirá que su pueblo sea destruido por el mal.  Y nosotros, cristianos actuales, debemos tener una confianza mayor que el pueblo a quien se dirige este pasaje, porque nosotros hemos presenciado la venida del Hijo de Dios, nuestro salvador, y ellos no.

Lucas 21, 29-33

Nos interesan mucho los pronósticos. Ponemos atención al reporte del clima para saber si saldremos o no al campo. A los aficionados, el de la Liga de fútbol. A los empresarios, el de la Bolsa de valores. ¡Qué previsores! Nos gusta saber todo con antelación para estar preparados.  Jesucristo ya lo había constatado hace 2000 años, cuando no había ni telediarios, no existía el fútbol, ni mucho menos la Bolsa de Valores. Pero los hombres de entonces, ya sabían cuándo se acercaba el verano, porque veían los brotes en los árboles.

Nuestra vida se mueve entre una historia (el pasado) y un proyecto (el futuro). La invitación del Señor es a estar preparados para lo que nos aguarda, con atención a los signos de los tiempos.  A aprender de las lecciones del pasado, con optimismo y deseo de superación. Pero, sobre todo, a vivir intensamente el presente, el único instante que tenemos en nuestras manos para construir.

No lo podemos perder lamentándonos por los errores del pasado y, menos aún, temiendo lo que puede llegar en el porvenir. El mejor camino para afrontar el futuro es aprovechar el momento presente. Seamos previsores, ¡invirtamos y apostemos hoy por la vida eterna!

Jueves de la XXXIV Semana Ordinaria

Dan 6,12-28

San Pablo tiene una frase que debemos grabarla en nuestro corazón: «Si Dios está con nosotros, quién podrá estar contra nosotros».

En nuestros tiempos, como en los de Daniel y de san Pablo, en los cuales nos toca vivir en medio de un mundo no solamente incrédulo, sino en un mundo que rechaza los valores del Evangelio y de muchas maneras persigue y margina a los discípulos de Jesús, es necesario reafirmar todos los días nuestra decisión de permanecer fieles a nuestras promesas bautismales, y no dejarnos intimidar por las situaciones o las personas que pudieran ser obstáculo para que nuestra luz brille.

Jesús nos advirtió que en nuestra vida no faltarían las persecuciones, pero también nos prometió que Él estaría con nosotros hasta el final para sostenernos y consolarnos. Jesús te invita a no temer y a manifestarte siempre como su discípulo.

Lc 21,20-28

Este evangelio en sus últimos versículos nos presenta la actitud que el cristiano debe tener ante el fin del mundo. Para el cristiano, como diría san Pablo: «La vida es Cristo y la muerte una ganancia».

El cristiano vive gozosamente la llegada del Reino (cuando ésta sea), pues para él la llegada de Cristo es el momento más gozoso y esperado. Este encuentro con Aquel a quien tanto se ha amado y por quien tanto se puede haber sufrido, es el momento más preciosos del cristiano.

Este momento puede ocurrir de manera particular, es decir cuando una persona muere, o de manera colectiva, que será la llegada definitiva de Cristo. No sabemos que ocurrirá primero.

Los cristianos del tiempo de Lucas pensaban que era inminente, pero Jerusalén fue totalmente destruida (la profecía cumplida) y todavía estamos esperando.

Vivamos pues alegremente y con una esperanza llena de optimismo en el amor de Aquel que nos espera en la casa del Padre.

Nuestra espera, por tanto, es dinámica, activa, comprometida. Tenemos mucho que trabajar para bien de la humanidad, llevando a cabo la misión que inició Cristo y que luego nos encomendó a nosotros. Pero bien nos viene pensar que la meta es la vida, la victoria final, junto al Hijo del Hombre. Meta que nos conducirá a la paz eterna en la gloria de Dios.

Martes de la XXXIV Semana Ordinaria

Dan 2,31-45

Una de las verdades que la Sagrada Escritura nos ha revelado, es que esta vida no es para siempre, sino que es simplemente la antesala de la vida definitiva que viviremos eternamente en el cielo.

Es por ello que esta lectura, dirigida al Rey Darío, nos hace ver que todo cuanto existe de bello, llegará un tiempo en que será transformado, que Dios como Señor de la historia va construyendo el Reino definitivo en el cual Él, como rey eterno y todopoderoso gobernará.

Nosotros, sabemos que este Rey es Cristo y por ello, si queremos vivir en el Reino, debemos someter toda nuestra persona y toda nuestra vida a Él, de manera que Él tenga realmente control en ella. Acepta a Jesús como Rey de tu vida y deja que Él transforme toda tu existencia y la convierta en parte del Reino que no termina jamás.

Lc 21,5-11

No busquemos aterrarnos mutuamente ni vivir en el miedo pensando en que el tiempo está cerca y ya se acaba la figura de este mundo con la venida del Justo Juez, Cristo. Y no es así porque El mismo nos lo acaba de decir: no se dejen engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy» y «el tiempo está cerca». ¿Quiere Cristo que vivamos atemorizados? No ¿Quiere que nos la pasemos analizando cada guerra y cada peste e interpretándolo todo bajo esta óptica terrorífica? No. Entonces, ¿qué quiere Cristo?

Quiere que nos dejemos de cuentos de terror y de una pasividad estéril y vivamos, sí, velando para cuando venga, pero velando como siervos fieles, esto es, cumpliendo como el soldado que tiene una misión en la vida. “Velar” por tanto no es estar en estado de terror e infundiendo terror en los demás, sino “trabajar” por hacer que cada día más este Rey sea más adorado y amado por los hombres; para que el imperio del amor triunfe sobre los mezquinos deseos humanos.

¿Por qué el Templo será derruido? Por la codicia de los hombres. ¿Por qué habrá guerras? Por el odio de unos contra otros. ¿Por qué pestes, hambre, desolación? Por culpa del pecado que no busca soluciones sino que trae daños estériles.

Pero en cambio si el cristiano trabaja firme y constante por edificar su propia casa en Roca firme; si se empeña por trabajar en la viña del Señor y sacar fruto abundante, el ciento por uno; si procura que en su casa jamás falte el aceite para su lámpara, no sea que venga el Esposo; si se esmera en realizar cuanto le ha sido confiado por el Dueño, como siervo trabajador; si, en fin, saca tiempo de debajo de las piedras y hace del amor su tesoro, y reproduce todos sus talentos, ¿le quedará tiempo para aterrarse por el fin del mundo?

Lunes de la XXXIV Semana Ordinaria

Dn 1,1-6.8-20

Uno de los temas recurrentes al terminar el ciclo litúrgico es el de la Fidelidad.

En este pasaje hemos visto la fidelidad y sobre todo la confianza de Daniel y sus compañeros que ponen a prueba el poder de Dios. Ellos saben que por ellos mismos no podrían mantenerse fieles, por ello ponen como garante de su fe a Dios.

Dios hará lo necesario para que la decisión que han tomado de no abandonar el cumplimiento de la Ley, pueda ser realizada. En medio de nuestro mundo, en el que nos encontramos todos los días rodeados de un sin fin de tentaciones que nos invitan a la mediocridad y a la tibieza en la fe, es necesario que así como lo hicieron estos jóvenes, nosotros también tomemos la decisión de ser fieles al evangelio. Dios, en su infinito poder, hará todo lo necesario para que esta decisión pueda ser vivida.

Pon en tu corazón la firme decisión de permanecer fiel y de servir a Dios con toda tu vida, y veras obrar en ti su poder y su amor.

Lc 21,1-4

Hay una canción que dice: – El tiempo que te quede libre
dedícalo a mí -. Esta canción ejemplifica lo que significa: «No te amo».

El dar solo lo que sobra, es una verdadera muestra de «no-amor» hacia cualquiera.

Creo que la persona que ama no solo da de lo que tiene sino que busca que eso que dará sea lo mejor, pues a quien lo dará es a la persona amada.

Pensemos y apliquemos este pensamiento, a las personas que tenemos cerca, a nuestros padres, a la esposa(o), novio(a) y al mismo Dios. ¿Les damos lo mejor de nosotros o solo «lo que nos sobra»? Si quieres saber a quién verdaderamente amas, solo piensa, para quién siempre tienes tiempo, a quién le das lo mejor de ti… ahí habrás encontrado la respuesta. Es triste que muchos de nosotros, para Dios solo tengamos las sobras.

Sábado de la XXXIII Semana Ordinaria

Lc 20, 27-40

Una de nuestras limitaciones, y también motivo de gozo, es que nuestra capacidad de amar es limitada. Amamos y terminamos centrándonos en una o unas pocas personas. El Reino del que nos habla Jesús supera todas esas limitaciones.

En el Reino nuestra capacidad de amar será ilimitada, nuestra capacidad de encuentro también. Por eso, la pregunta de los saduceos no tiene sentido. Lo único que hacen es proyectar una situación de este mundo en el futuro. Imaginan que todo será más o menos igual. Jesús va más allá. El Dios de la Vida hará plena la vida de hombres y mujeres. En el mundo futuro todo será nuevo hasta nuestra capacidad de amar.

El tema de la resurrección de los muertos no era compartido por las dos corrientes religiosas principales del tiempo de Jesús: saduceos y fariseos.

Los saduceos negaban la resurrección de los muertos. Los fariseos la afirmaban.

Y los saduceos quieren ridiculizar la resurrección de los muertos proponiendo a Jesús una curiosa cuestión que Él resuelve sin dificultad.

Jesús afirma que la resurrección no es una simple continuación de la vida actual, sino una vida nueva y distinta; una vida de plenitud que difícilmente podemos comprender desde nuestras realidades y pensamientos cotidianos.

Dame, Señor, un corazón capaz de amar como Tú nos amas: con un amor grande, en el que quepan todos tus hijos e hijas, y con amor profundo y sincero que se exprese en obras.

Viernes de la XXXIII Semana Ordinaria

1Mac 4,36-37.52-59

Algo innato en el hombre es el dar gloria a Dios. Es por ello que todas las culturas de todos los tiempos han tenido como algo muy preciado el Templo, pues, éste se identifica con el Lugar Santo, el lugar en donde la presencia de Dios se hace manifiesta.

Hoy sabemos, por medio de la Revelación, que Dios no únicamente habita el tiempo material, sino que nosotros mismos somos ese templo. Por lo tanto nuestro cuerpo debe ser un lugar consagrado y santo. Esto hace que los cristianos valoremos nuestro cuerpo, y el cuerpo de los demás, pues en él habita el Espíritu Santo.

Pero al mismo tiempo, esa presencia interior nos lleva a valorar nuestro Templo material, pues es en él en donde de manera particular, cuando la Iglesia se reúne en asamblea litúrgica, se realiza la presencia de Dios para ser adorado y glorificado. Tengamos en gran estima no solo nuestros cuerpos, sino el templo de Dios y busquemos que siempre sea un lugar santo, en donde sus adornos y motivos nos recuerden nuestro compromiso bautismal y el misterio de la Pascua.

Lc 19,45-48

Jesús ya está en Jerusalén. Es la última etapa de su vida. Y lo primero que hace es «purificar el templo», echando de él todo aquello que lo profanaba.

El Evangelio de hoy nos ofrece una escena que resulta un tanto «violenta» en el modo habitual de proceder Jesús. Se trata de la expulsión de los vendedores del templo que lo habían convertido en lugar de mercado.

Es la reacción lógica de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no buscan otra cosa sino sus propios intereses.

El templo deja de ser lugar de encuentro con Dios cuando nuestra vida es un mercado donde se rinde culto a numerosos ídolos que nos invitan constantemente a ser adorados.

Resulta imposible entender algo del amor, la ternura, la bondad de Dios a los hombres, cuando uno vive comprando o vendiendo todo, movidos únicamente por el deseo de «negociar» su propio bienestar.

Jesús, por las palabras que dice, reemplaza al antiguo templo (centro de toda la vida del pueblo y de sus leyes religiosas) y se presenta Él como el «verdadero templo», lugar de encuentro entre Dios y los hombres. «Nadie va al Padre sino por Mi», dice en otro momento.  Da, Señor, a tu Iglesia un espíritu de pobreza y de libertad, para que nada ni nadie la hipoteque en el anuncio del evangelio.

Miércoles de la XXXIII Semana Ordinaria

2Mac. 7, 1. 20-31.

El Señor me lo dio; el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea Dios!, pues si para el Señor vivimos, también para Él morimos, pues ya sea por nuestra vida, ya sea por nuestra muerte, el Señor será siempre glorificado en nosotros. Él nos creó; y Él nos llama a la vida eterna.

Seamos fieles al Señor; no juguemos entre el bien y el mal; no queramos hacer convivir en nosotros a Dios y al Demonio. Si somos del Señor, vivamos para Él.

Reafirmemos nuestra fe en que la muerte no tiene la última palabra, sino la vida; pues si Dios tiene el poder para llamar de la nada a todo lo que existe, tiene también poder para resucitar, para la vida eterna junto a Él, a quienes le vivamos fieles.

No causemos mal a nadie; no los persigamos, no les hagamos la guerra, no los asesinemos si no queremos, al final enfrentar el juicio de Dios, como hoy nos lo hace saber la Palabra de Dios por medio del hijo menor de aquella mujer que vio morir a sus siete hijos en un sólo día, por ser fieles a la Ley Santa de Dios.

Lc 19,11-28

Es más cómodo no hacer nada y luego buscar una buena excusa de porque no hemos hecho nada. Sin embargo para Jesús esto no funciona. Nos ha dado a cada uno ciertas capacidades para la construcción del Reino (especialmente la gracia, que es a lo que parece referirse aquí Jesús) y debemos ponerlas a trabajar.  Esto puede no ser muy sencillo, incluso puede involucrar riesgos… sin embargo hay que correrlos. Yo estoy seguro que si el último siervo le hubiera dicho: «señor, puse a trabajar tu dinero, pero me fue mal y no solo lo perdí sino que ahora debes…» El Señor lo hubiera amado, y hubiera cubierto hasta la deuda.

Las manos se nos dieron para trabajar, para abrazar, para orar; no para tenerlas metidas en los bolsillos. Hombre, sé hombre de verdad. La inteligencia se nos dio para dejarnos sorprender por la verdad de las cosas; para conocerlas ordenadamente en su belleza propia y en su vinculación con el manantial de todo ser y vida, que es Dios; no para destruir la vida con malévolo ingenio. Hombre, no te empobrezcas solo. La voluntad se nos dio para que actuáramos con libertad responsable, apeteciendo el bien, no siendo esclavos de pasiones. Libre, de tus errores.

La memoria se nos dio para que recordáramos con gratitud la mano creadora, el deber a cumplir, la caridad a llenar, el hambre a saciar… ¡Hombre!, que al final de tus días tengas tus manos, tu corazón y tu mente llenos de vida, amor, verdad  y paz. No dudemos en poner a trabajar nuestras capacidades para construir un Reino en donde haya más paz, más justicia y más amor. Dios está con nosotros para hacer la parte difícil. ¡Animo!

Martes de la XXXIII Semana Ordinaria

2 Mac 6, 18-31

Uno de los valores más altos que se pueden encontrar en una persona es la fidelidad, y la lectura de hoy nos hacer referencia precisamente a éste. En un mundo arrastrado por el consumismo, la fidelidad va perdiendo significado, cuando por medio de los medios de comunicación nos van convenciendo que los nuevos productos son mejores que los que nosotros usamos. De manera que es fácil cambiar de uno a otro, simplemente por comodidad o por ir con «la moda».

Esto desafortunadamente pasa también en el ámbito moral. Esta es quizás una de las razones de tantos divorcios. Es triste que muchas parejas cambian su manera de pensar, no por lo que podríamos llamar incompatibilidad o por situaciones de tipo psicológico, sino simplemente por cambiar a una «nueva cosa», más joven, más atractiva, más… Olvidándose con facilidad la promesa de fidelidad dada el uno al otro y teniendo como testigo a Dios mismo.

Pasa también en nuestra vida, espiritual en la cual vamos buscando una religión más cómoda y vamos así dejando la radicalidad del Evangelio, para de acuerdo a la moda, presentarnos como «creyentes» modernos. El ejemplo de Eleazar nos invita a reconsiderar nuestra fidelidad a nuestros compromisos de estado, pero sobre todos nuestros compromisos bautismales. Tómate un poco de tiempo hoy para revisar si tu fidelidad a Dios y a tus principios es tal que estarías incluso dispuesto a dar la vida por ellos.

Lucas 19, 1-10

La escena que el Evangelio nos presenta es una evocación del misterio que ha cambiado nuestras vidas: la Encarnación. Dios que quiso venir a visitar la casa de los hombres, el mundo que Él mismo creó. Le necesitábamos, y no dudó en venir para traernos la salvación.

La historia de Zaqueo se sigue repitiendo cada día. Es nuestra misma historia. Somos hombres que buscamos a Dios porque somos débiles. Una multitud que quiere ver a Cristo de cerca en su vida y alberga ese profundo deseo en el corazón. Personas que, a pesar de nuestra baja estatura en el espíritu, nos atrevemos a subir a un árbol, porque a toda costa queremos encontrarnos con Él.

Y Cristo no se hace del rogar. Sale al encuentro, pasa por el camino, fija su honda mirada en nuestros ojos, que brillan de ilusión. Y nos dice: “Hoy quiero quedarme en tu casa”. ¡Y nuestra alma se inunda de gozo! Porque hemos encontrado lo que buscábamos, la fuerza para nuestra debilidad, la paz y la felicidad para nuestras vidas.

Zaqueo dio a los pobres la mitad de sus bienes. Nosotros, que también buscamos con anhelo a Cristo, saldremos transformados de ese encuentro y le daremos la totalidad de nuestro ser.

No tengamos temor de amar a Dios. Zaqueo nos enseña que nuestro Dios es el Dios de la misericordia que nos invita a dejarlo entrar en nuestra casa. Abrámosle las puertas.