Viernes de la II Semana Ordinaria

1Sam. 24, 3-21.

David, según el texto del libro de Samuel,  es un ejemplo de honestidad: respeta al rey, ungido del Señor; trabaja por él y por el pueblo en las batallas; no se aprovecha de oportunidades que le facilitarían la venganza a su ofensor…

¿Quién es justo, sino sólo Dios? ¿Quien de nosotros pudiera decir que no tiene pecado, para lanzar la primera piedra contra los pecadores? Dios quiere que reconozcamos nuestra propia realidad, aquella que sólo Él conoce, pues ante Él estamos como desnudos: todo está patente ante sus ojos.

Él podría habernos condenado; pero el amor que nos tiene le llevó a enviarnos a su propio Hijo para que, libres de pecado, podamos presentarnos santos, purificados y hechos hijos suyos ante Él.

No condenemos y no seremos condenados; no juzguemos y no seremos juzgados. Y aun cuando tengamos a nuestro enemigo a la altura de nuestra mano jamás nos hagamos justicia, pues nosotros hemos sido enviados como signos del amor de Cristo.

El juicio le corresponde a Dios; y Él nos tiene paciencia y retarda su juicio hasta el final de nuestra vida. Mientras, como un Padre amoroso, espera nuestro retorno para recibirnos llenos de alegría en su casa. Amemos, por tanto, a nuestros hermanos, como nosotros hemos sido amados por Dios.

Mc 3, 13-19

¿En qué te fijas tú para escoger a tus amigos? ¿Qué cualidades y condiciones le pondrías a una para tenerle tanta confianza para encargarle lo más importante?

Siempre sorprende la forma de actuar de Dios Padre, que es la misma forma de actuar de Jesús.

San Marco comienza la narración del evangelio de hoy de una manera solemne, haciéndonos subir al monte con Jesús.  En un monte se había hecho la primera Alianza, en un monte se había dado los mandamientos.  En la montaña se siente más la presencia de Dios.  A la montaña se va para orar en los momentos decisivos.  Y después de esta solemne introducción, San Marcos nos dice que Jesús llamó a los que Él quiso.

Curiosidad grande tendríamos de ver quiénes son los elegidos.  Empezamos a ver los nombres y encontramos representantes de todos los estilos, de todos los caracteres, de todas las tendencias, pero todos, como un día alguien dijo, de bajo perfil.

¿Por qué los llamó?  Porque Él quiso.  Quizás podríamos decir porque Él los quiso y los quiere.

Entre los doce escogidos, número más simbólico que necesario, tenemos toda la gama de personas, pero todos reconociéndose amados por Jesús.  No destruye sus familias, pero sí constituye una nueva familia.  De ahora en adelante los encontraremos a todas horas con Jesús, estando de acuerdo con Él o mirándolo con desconfianza y perplejidad; aprobando sus decisiones o teniendo miedo ante sus actuaciones.

Los ha invitado para que se quedarán con Él.  San Juan nos había dicho en días pasados que los había invitado a que vieran dónde vivía y que después pudieron estar más.  “Hemos encontrado al Mesías”

Estar con Jesús es la primera tarea de todo discípulo.  Reconocerse amado, querido, escogido por Él, sin mayor mérito que su gratuito amor.

Quizás este día podríamos repetir como un estribillo “Jesús me ha escogido porque me ama”.  Quizás podríamos a todas horas vivir en la atmósfera de su amor.  No se necesita dejar de hacer, se necesita interiorizar ese amor.

Las otras finalidades es esta lección se pueden decir que brotan espontáneamente después de saberse amado: proclamar el Evangelio y expulsar a los demonios.  Si me reconozco y experimento amado por Jesús, necesariamente tendré que manifestar ese amor; si he convivido con Él, que es el Santo de Dios, no permitiré que los demonios de la mentira, de la injusticia, de la corrupción se aniden en mi corazón o en mi familia.

Hoy me siento escogido por Dios

8 Visitas totales
7 Visitantes únicos