Sábado de la III Semana Ordinaria

2Sam. 12, 1-7. 10-17.

¿Quién de nosotros puede sentirse libre de culpa? Dios conoce nuestras maldades, miserias y pecados. ¡Ojalá y con grandes penitencias hubiésemos logrado lavar nuestras culpas!

Hay Alguien que, por nuestros pecados, aceptó ir libremente a la muerte para purificarnos y presentarnos libres de culpa ante su Padre Dios. Y por más ayunos, por más sayales que nos hubiésemos puesto, por más oraciones elevadas ante Dios, por nosotros mismos jamás hubiésemos logrado ser perdonados.

Por eso no podemos decir que hubiésemos podido evitar que Cristo muriera, pues la Salvación sólo nos llegaría por su Muerte Salvadora. A nosotros corresponde no vivir encadenados al mal, sino aceptar esa salvación que sólo nos viene de Dios por medio de su Hijo.

Por eso, reconozcamos con humildad que hemos pecado, confesemos nuestros pecados, aceptemos a Cristo como nuestra única salvación, y Dios tendrá compasión de nosotros y nos dará vida eterna.

Mc. 4, 35-41.

Jesús es Dios-con-nosotros. ¿Creemos realmente esto? Si es así entonces no podemos tener miedo ni aunque se levante una tempestad tormentosa que quisiera acabar con nosotros.

Al proclamar el Evangelio del Señor tratamos, como instrumentos del Espíritu Santo que habita en nosotros, de suscitar la fe en Jesús. Tal vez este anuncio sea acompañado de señales que ayuden a comprender que no vamos en nombre propio, sino en Nombre de Dios.

Pero finalmente esas señales no son tan importantes cuanto sí lo ha de ser el lograr la finalidad del Evangelio: Que Jesús sea reconocido como Dios y como el único Salvador de la humanidad.

Vivamos confiados en Dios y dejémonos conducir por su Espíritu para que al anunciar su Nombre a los demás no queramos hacer nuestra obra, sino la obra de Dios para que todos encuentren en Cristo el camino que nos conduce al Padre.

13 Visitas totales
9 Visitantes únicos