Martes de la IV Semana Ordinaria

2Sam 18, 9-10; 14; 24-25; 30. 19, 3

“¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Es el grito angustiado de David, llorando, ante la noticia de la muerte de su hijo. La primera lectura (2S 18,9-10. 14b. 24-25a. 30-19,3) describe el fin de la larga batalla de Absalón contra su padre, el rey David, para quitarle el trono. David sufría por aquella guerra que el hijo, Absalón, le había declarado convenciendo al pueblo para luchar a su lado; tanto que David tuvo que huir de Jerusalén para salvar su vida. Descalzo, con la cabeza cubierta, insultado por unos y apedreado por otros, porque todos estaban con ese hijo que había engañado a la gente, había seducido el corazón de la gente con promesas.

 El texto describe a David a la espera de noticias del frente. Finalmente, la llegada de un mensajero le advierte: Absalón ha muerto en la batalla. “Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!»”. El que estaba con él se extraña de esta reacción: “Pero, ¿por qué lloras? Él estaba contra ti, te había negado, había renegado de tu paternidad, te ha insultado, te ha perseguido… ¡Mejor haz una fiesta, celebra que has vencido!”. Pero David solo dice: “¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”, y llora. Este llanto de David es un hecho histórico pero también es una profecía. Nos muestra el corazón de Dios, qué hace el Señor con nosotros cuando nos alejamos de Él, qué hace el Señor cuando nos destruimos a nosotros mismos con el pecado, desorientados, perdidos. El Señor es padre y jamás reniega de esa paternidad: “Hijo mío, hijo mío”. Encontramos ese llanto de Dios cuando vamos a confesar nuestros pecados, porque no es como ir a la tintorería a quitar una mancha, sino que es ir al padre que llora por mí, porque es padre.

 La frase de David, “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío!»”, es profética, insisto, y en Dios se hace realidad. Es tan grande el amor de padre que Dios tiene por nosotros que murió en nuestro lugar. Se hizo hombre y murió por nosotros. Cuando miremos el crucifijo, pensemos en ese “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Y sintamos la voz del Padre que en el Hijo nos dice: “Hijo mío, hijo mío”. Dios no reniega de sus hijos, Dios no regatea su paternidad.

 El amor de Dios llega hasta el extremo. El que está en la cruz es Dios, el Hijo del Padre, enviado para dar la vida por nosotros. Nos vendrá bien, en los momentos malos de nuestra vida –todos los tenemos–, momentos de pecado, momentos de alejamiento de Dios, sentir esa voz en el corazón: “Hijo mío, hija mía, ¿qué estás haciendo? No te suicides, por favor. Yo he muerto por ti”. Jesús lloró al ver Jerusalén. Jesús llora porque no dejamos que Él nos ame. Así pues, en el momento de la tentación, en el momento del pecado, en el momento en que nos alejamos de Dios, intentemos sentir esa voz: “Hijo mío, hija mía, ¿por qué?”

Mc 5, 21-43

Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.

El elemento que hace posible la acción de Dios, incluso de manera extraordinaria, es la fe.

La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad»

A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe». Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija.


Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible.

Creer significa confiar aun ante la evidencia contraria; creer significa tomar los riesgos de ser criticados, creer es actuar, diría el Apóstol Santiago. Muchas veces nuestra fe queda solo a nivel de razón y no de actuación.

La verdadera fe es notoria pues expresa sin lugar a dudas la confianza y el abandono total en Dios. ¿Cómo es tu fe? ¿Es una fe intelectual, o es una fe que ante la evidencia contraria continúa diciendo: No entiendo Señor, pero creo que tú me amas y que harás lo que sea mejor para mí y para los míos?

Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad»

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