
Hech 5, 27-33
Los 50 días del tiempo pascual fueron, para los Apóstoles, un tiempo de alegría por la Resurrección de Cristo. Una alegría cierta, pero aún dudosa, timorata, que se pregunta cómo irán las cosas. Mientras que tras la venida del Espíritu Santo la alegría se vuelve valiente: primero entendían porque veían al Señor, pero no lo comprendían todo; estaban contentos, pero no lograban entender. Fue el Espíritu Santo quien les hace comprenderlo todo. De las lecturas de hoy podemos sacar tres características: obediencia, testimonio y concreción.
A los Apóstoles se les prohibió predicar a Jesús, pero tras la liberación de la cárcel por medio de un Ángel, vuelven a enseñar en el templo. Como narra la primera lectura de hoy (Hch 5,27-33), luego los vuelven a llevar ante el sanedrín donde el sumo sacerdote recuerda que les había prohibido enseñar en el nombre de Jesús. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”: es la respuesta de Pedro. La palabra “obediencia” aparece también en el Evangelio de hoy (Jn 3,31-36). Porque una vida de obediencia es la que caracteriza a los Apóstoles que han recibido al Espíritu Santo. Obediencia para seguir la senda de Jesús que “obedeció hasta el fin” como en el Huerto de los Olivos. Obediencia que consiste en hacer la voluntad de Dios. La obediencia es el camino que el Hijo nos abrió, y el cristiano, entonces, obedece a Dios. Los sacerdotes, en cambio, que querían mandar, reglamentaron todo, con una propina: la corrupción llegó hasta el Sepulcro. Así resuelve las cosas el mundo, o sea, con cosas mundanas. La primera es el dinero, cuyo señor es el diablo. Jesús mismo dijo que no se puede servir a dos señores.
La segunda característica de los Apóstoles es el testimonio: el testimonio cristiano molesta. A veces quizá buscamos una vía de compromiso entre el mundo y nosotros, pero el testimonio cristiano no conoce vías de compromiso. Conoce la paciencia de acompañar a las personas que no comparten nuestro modo de pensar, nuestra fe, paciencia de tolerar, de acompañar, pero nunca de vender la verdad. Primero, obediencia. Segundo, testimonio, que molesta tanto. Y todas las persecuciones que hay, desde aquel momento hasta hoy… Pensad en los cristianos perseguidos en África, en Oriente Medio… Y hay más hoy que en los primeros tiempos, en la cárcel, degollados, ahorcados por confesar a Jesús. Testimonio hasta el final.
Y la concreción de los Apóstoles es el tercer aspecto: hablaban de cosas concretas, no de fábulas. Por eso, como los Apóstoles vieron y tocaron, cada uno de nosotros ha tocado a Jesús en su propia vida. Sucede que tantas veces los pecados, los compromisos, el miedo nos hacen olvidar ese primer encuentro, el encuentro que nos cambió la vida. Sí, tenemos un recuerdo, pero un recuerdo aguado; nos hace ser cristianos pero triviales. Aguados, superficiales. Pidamos siempre la gracia al Espíritu Santo de la concreción. Jesús pasó por mi vida, por mi corazón. El Espíritu entró en mí. Luego, quizá, se me olvidó, pero hay que pedir la gracia de la memoria del primer encuentro. Y es tiempo de pedir la alegría pascual: pidámosla los unos por los otros, pero esa alegría que viene del Espíritu Santo, que da el Espíritu Santo: la alegría de la obediencia pascual, la alegría del testimonio pascual y la alegría de la concreción pascual.
Jn 3,31-36
Es interesante el binomio que utiliza san Juan en este pasaje. Fijémonos que dice: «El que cree, tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no la tendrá». De manera que no basta creer, sino que es necesario obedecer.
De lo que hay en el corazón habla la boca, es un refrán que con frecuencia escuchamos y que tiene mucha razón.
¿De qué habla Jesús? Siempre está hablando de su Padre. Toda su actuación, su palabra, su testimonio son en relación con la voluntad de su Padre. Quién no conoce al Padre, no puede entender la forma de vivir de Jesús. La forma de vivir de Jesús es contraria a los intereses del mundo.
Hoy decimos que el mundo necesita espiritualidad, pero después lo queremos saciar con migajas de espiritualidad, con descansos psicológicos, con terapias, pero sigue el corazón vacío. Nos hemos enfocado tanto en las cosas materiales que ya miramos muy poco al cielo.
La primera lectura de este día podría ser un ejemplo típico de estas dos formas de vivir. Los discípulos quieren vivir conforme a la voluntad de Dios, pero para las autoridades judías parece sorprendente la actitud de quienes prefieren afrontar los peligros y las dificultades y que se atreven a decir que primero hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
Nosotros hemos reducido la espiritualidad a un ámbito intimista que no tendría mucho que ver con la realidad. Los apóstoles entienden que toda la realidad está impregnada de Dios, que Dios tiene primacía. Y no es que la realidad del hombre este peleada con Dios, todo lo contrario, entre más fiel es el hombre a Dios, más se realiza como persona.
La clara e irreconciliable oposición que presenta Juan el Bautista ante los que le discuten como oposición entre Dios y el mundo no quiere decir que la parte corporal no cuenta o a duras penas se sobrelleva, sino es la vocación del hombre que es consciente que a buscar a Dios, al acercarse a Dios encuentra la plena realización.
Así presenta Juan el Bautista a Jesús y así se convierte en su testigo.
Hoy, nosotros también, debemos ser testigos de la resurrección del Señor buscando la vida eterna, no en oposición a la vida diaria, sino dando el verdadero sentido a cada momento de nuestra existencia como camino de encuentro y de regreso al Padre.
¿Cómo estamos viendo cada instante de nuestra vida? ¿Cómo ponemos la voluntad de Dios a nuestro actuar diario?










