
1 Jn 4, 11-18
No podemos comprar el amor de Dios. Es un don, algo que se nos da gratuitamente. Y, sin embargo, Dios nos pide una recompensa, algo con qué pagarle su favor. San Juan lo resume en una frase: “Queridos hijos, si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros”. Una idea que aparece a lo largo de todas las Escrituras, especialmente en los escritos de san Juan, es que Dios quiere que el amor que él nos tiene sea el del motivo del amor que nos tengamos los unos a los otros.
Dios nos ha revelado que Él es un Padre. Como los buenos padres, Él desea vivamente ver que sus hijos vivan unidos en paz y armonía, ansiosos por ayudarse mutuamente. Al padre le molesta las discusiones y el egoísmo. Quiere que todos tengan un espíritu de generosidad hacia los demás, y no ese espíritu con el que cada uno insiste que no le corresponde lavar los platos, o se niega a ayudar a su hermano porque él no le toca el quehacer de la casa.
Cuando se trata de amar o de ayudar a un hermano, no hemos de preguntarnos si lo merece o si en circunstancias parecidas él nos ha ayudado. El amor verdadero no pone límites o condiciones.
En todas las misas se nos pide que expresemos nuestro amor mutuo con el saludo de paz. Este gesto debería ser una oración, a fin de que los demás puedan recibir el don de la paz de Dios, pero también debería ser la expresión externa de una actitud interior de amor. En pago por el gran amor que nos tiene, Dios nos pide que nos amemos los unos a los otros.
Mc 6, 45-52
Cuando las olas de la vida se levantan con ímpetu sobre nuestra pobre vida, incluso nos puede parecer que el mismo Jesús pasará de largo dejándonos a merced del viento.
¿Cómo descubrir al Señor en nuestros días? Se ha iniciado la cuesta de enero y las predicciones no parecen muy halagüeñas: la violencia no cesa, la crisis y los precios han aumentado, las oportunidades de trabajo son escasas y no parece un ambiente muy favorable. ¿Es posible descubrir al Señor en todas estas circunstancias? Quizás, erróneamente, se nos ha presentado a Jesús como si fuera un solucionador de problemas económicos, sociales y de todo tipo.
Hoy, el Evangelio de San Marcos nos acerca a la realidad de los discípulos. Después de la multiplicación de los panes se encuentran en medio del lago, avanzando con gran dificultad, pues el viento les era contrario. Situación muy frecuente para el discípulo, y cuando Jesús se acerca a ellos, el lugar de alegrarse o de animarme porque ya está con ellos, lo miran como un fantasma y se espantan de su presencia.
Esta es la realidad del discípulo. Con frecuencia se encuentra navegando contracorriente porque el reino de Dios es una experiencia difícil y contradictoria para nuestro mundo. Pero lo más triste es que muchas veces no somos capaces de reconocer la presencia de Jesús en esos momentos difíciles y en lugar de animarnos con su presencia, nos asustamos y queremos huir de Él.
No es posible aceptar a Cristo en la mente y el corazón y seguir viviendo nuestra existencia de una manera irreflexiva, acomodados al mundo. Tendremos contradicciones y vientos contrarios, pero al igual que a sus discípulos, hoy Cristo nos anima y nos pide no tener miedo: “no temáis, soy yo”
El reino de Dios exige discípulos animados, sobre todo en los momentos de conflicto, en los momentos de oscuridad. Ahí hay que reconocer la presencia de Jesús y confesarlo como nuestro Señor y Salvador.
Que iniciemos la travesía de un año que promete ser difícil, pero que tendrá que dar muchos frutos porque Cristo camina con nosotros, nos anima y calma nuestras tempestades.
Con las palabras de la carta de San Juan, fortalezcamos nuestra fe: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tienen y hemos creído en ese amor” Este es el fundamento de nuestra fe, esta es la fe que nos sostiene y nos anima: saber que Dios te ama, que Dios me ama. Nuestro fundamento de toda la vida está en el amor de Dios.

