JUEVES SANTO

Nos hemos reunidos en esta tarde de Jueves Santo para celebrar como cristianos el recuerdo de la última Cena de Jesús con sus discípulos.

Hemos escuchado en la 1ª lectura del libro del Éxodo, que el pueblo de Israel celebra su “pascua”, es decir el “paso”: el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad, el paso de la muerte a la vida.  Y lo celebra comiendo el cordero pascual al que no le rompían ni siquiera un solo hueso.  El rito de la cena de la pascua, entre los judíos es un rito de fiesta, de liberación, de alegría, es un rito de libertad.

Jesús celebra con sus apóstoles también la pascua hebrea.  Y en esta cena pascual, Cristo se identifica con el cordero pascual, que carga con los pecados del pueblo y sacrifica su vida por el pueblo, por la salvación del pueblo de Dios.  Cristo es el cordero pascual al que, como el cordero de la Antigua Alianza, tampoco le quiebran ni un hueso, pero que se inmola por todos nosotros.

La última Cena del Señor no se trata de una cena más.  San Juan nos dice: “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”.  Toda la vida de Cristo fue amor, pero sobre todo, en este momento final de su vida, es el momento del amor hasta el extremo.

En esta Cena, y en su oración en el Huerto, y en sus azotes, y en la cruz, y en el sepulcro, y en su resurrección, Cristo no sólo nos dio amor sino que nos enseñó como tenemos que amarnos entre nosotros: “amaos como yo os he amado”.

¿Cómo vivió Cristo el amor?  ¿Cómo amó Cristo?  El Evangelio nos dice que Cristo expresó su amor de tres maneras. 

En primer lugar Cristo expresó su amor con el gesto del lavatorio de los pies.  Lavar los pies a alguien era signo de acogida y de hospitalidad.  Normalmente lo hacía el esclavo o una mujer o la esposa a su marido, los hijos al padre, es decir un inferior a un superior.  Jesús al lavar los pies a sus discípulos se hace servidor de los suyos. 

Por eso cuando Cristo nos dice que amemos como Él nos ha amado, nos está invitando a que seamos servidores unos de otros, haciendo que el otro se sienta acogido, que el otro se sienta recibido, que el otro se sienta amado.  Por eso la Iglesia, en este día del jueves Santo celebra el día del amor fraterno, del amor al hermano.

En segundo lugar, Jesús expresó su amor con la institución de la Eucaristía.  Cristo tomó el pan, pronunció la acción de gracias y dijo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” Cristo, a través del Pan Eucarístico, nos da su propio Cuerpo a nosotros.  Cristo se nos da, entra dentro de mi propio cuerpo, entra dentro de mí cada vez que lo recibo en la comunión.  No hay cosa más grande, no hay forma más grande de manifestar el amor por nosotros.  Cristo quiere darme de su Cuerpo y de su Sangre; Cristo quiere que su vida, su misma vida circule dentro de mí, eso es amor.

Cristo lo que nos quiere decir con la Eucaristía es: “Yo quiero vivir dentro de ti; quiero que tengamos una misma vida tú y yo.  Pero como la vida tuya se acaba, como tu vida se extingue, yo quiero darte mi vida, que no termina nunca; quiero que tú y yo tengamos una misma vida”.

En tercer lugar, Jesús manifestó su amor cuando le dijo a sus discípulos: “Haced esto en conmemoración mía”.  Con este mandato a los discípulos, Cristo está constituyendo a los apóstoles en los primeros sacerdotes.  Con estas palabras, Cristo instituye el Orden Sacerdotal.  Cada sacerdote es un regalo del amor de Cristo.

El sacerdote, ministro de Jesucristo, tiene el encargo de Cristo de presidir la asamblea cristiana.  Cristo, a través de sus sacerdotes, sigue amando.  Cuando el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo”, en la misa, es Cristo mismo quien dice estas palabras; cuando en la confesión oímos: “Yo te absuelvo de tus pecados” es Cristo mismo el que te está perdonando tus pecados.  En cada sacramento es el mismo Cristo que nos da su amor, que nos entrega su amor a través del sacerdote.

No olvidemos, pues, el verdadero significado del Jueves Santo, es el día del amor.  Del amor total de Jesús por nosotros.  Nunca nadie había amado tanto.  Esta tarde, Jesús “os amó” y nos amó y nos sigue amando hasta el fin, hasta dar su vida por nosotros.  Dios nos ama, esta es la mejor noticia.  Este es el mejor regalo.  Este amor se nos da, hoy, en la Eucaristía y lo reconocemos al partir el pan con el hermano.  Y lo que ahora nos hace falta es creer en ese amor. 

No basta creer que Dios existe, es necesario creer que Dios nos ama.  El Dios que se ha manifestado en Jesucristo, es todo Amor y sólo Amor.

Lo que ahora nos hace falta es dejarnos amar por Cristo, dejarse alcanzar, conquistar, enamorarnos de Cristo, dejarnos llenar por el mismo Dios, que hoy se nos ofrece en pan y vino.  Hemos de sentirnos amados, queridos, aceptados, salvados por el amor de Dios.

A partir de este día, ningún ser humano está ya solo.  Nadie vive olvidado.  Ningún grito deja de ser escuchado, porque el Amor de Dios está con nosotros y en nosotros para siempre.

Jueves Santo

La fiesta del Jueves Santo está íntimamente relacionada con el Amor.

Por una parte, el Amor Fraterno. En aquella cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles, el primer Jueves Santo de la Historia, Jesús nos habló del Amor y nos dejó su Mandamiento: “Amaos  unos a otros como yo os he amado”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, “nos esforcemos por vivir el Mandamiento del Amor”, ya que si nos amamos, nos dice Jesús, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que concienciarnos individual y colectivamente: en primer lugar de la necesidad que tenemos de amarnosno tanto con palabras, sino con obras y de verdad.

En segundo lugar  de la necesidad que tenemos de ayudarnos y de comprendernos, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión.

En tercer lugar de la necesidad que tenemos de compartir lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad, nuestro tiempo.

En cuarto lugar de la necesidad que tenemos de perdonarnos: unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.

Pero hoy, además de ser el día del Amor Fraterno, es también el día del amor de Cristo, que en una tarde como ésta, hace más de 2023 años, nos amó hasta el fin. Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras.

Cristo nos manifestó su amor con amor. Por amor: acogía y perdonaba a los pecadores, curaba enfermos, ayudaba necesitados, defendió a la mujer adúltera,  perdonó  a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con palabras cariñosas: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupan por sus hijos; los invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con gestos. Muchas veces en la vida acudimos a los gestos, porque los gestos, a veces, expresan más que las palabras. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del Jueves Santo, es el lavatorio de los pies: un servicio propio de esclavos. Y es que Jesús quiere ser, no sólo maestro, hermano, amigo, sino esclavo nuestro.

Cristo nos manifestó su amor con promesas. Jesús nos promete la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará esa alegría”.

Agradezcamos a Jesús todo lo que por nosotros ha hecho por amor y aprendamos de Él a amar, a comprender, a perdonar.

Hoy, Jueves Santo, recordamos también la Institución de la Eucaristía, aquella ocasión en la que tomó pan y lo transformó en su Cuerpo, tomó vino y lo transformó en su Sangre. Esta verdad requiere de nosotros fe, y esta fe es Él quien nos la da. Es necesaria la humildad, para que nuestra mente reconozca que lo que era pan, ahora es su Cuerpo, y que lo que era vino ahora es su Sangre. Nuestro acto de fe en esta gran verdad necesita ser renovado constantemente e irse cultivando.

Finalmente, hoy Jesús instituye también el orden sacerdotal.  Fue a los apóstoles a quienes dio el mandato de hacer la cena “en memoria mía”.  Jesús confió el sacerdocio a hombres frágiles, sacados del pueblo, pero consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación.  Pidamos también hoy por los sacerdotes, para que no falten pastores a su Iglesia.

Que esta celebración nos ayude, pues, a adentrarnos en los misterios que celebramos estos tres días y nos estimule a seguir el ejemplo de amor de Jesús, el ejemplo de su actitud de servicio hacia todos y la entrega voluntaria y generosa de su persona y de su vida.

Jueves Santo

Esta tarde comenzamos, como un momento muy especial de gracia, el triduo pascual: tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador. Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la nueva alianza. Hoy también celebramos el día del Amor fraterno y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la Eucaristía.

La celebración de esta tarde tiene un tono especial, que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo, intenso, que debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Y en estos últimos momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para despedirse de ellos para dejarles su último mensaje.

Nosotros, esta tarde, queremos ser aquellos amigos de Jesús que estamos con Él en ese momento importante, porque lo amamos y queremos cumplir su voluntad.

Hoy, Jesús en su última cena, la víspera de su muerte en cruz, culmina una vida abierta y ofrecida a Dios y a los demás. Una vida que alcanza a toda  la gente y a los discípulos que lo siguen. Jesús no ignora a nadie. Incluso los que se saben alejados de Dios, encuentran un lugar cerca de Jesús. En la última cena los doce apóstoles están cerca de Jesús, y ellos representan a la Iglesia, es decir, nos representan a todos nosotros.

Jesús toma el pan y toma el cáliz, lleno de vino, y los ofrece a los discípulos. Parte el pan, después de dar gracias a Dios por el humilde don que alimenta a todos, y dice: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.  Aquel pan es el cuerpo del Señor, para la vida del mundo. Con el pan de la Eucaristía recibimos la vida, abrimos la puerta al mismo Señor que entra en nuestra casa y habita en nosotros.

Hoy, los apóstoles comen y beben el cuerpo y la sangre de Señor. Mañana su cuerpo será triturado por la malicia de los hombres.

Esta tarde, permitamos, a Jesús, no sólo que nos alimente, sino también que nos lave los pies. Es decir, que nos preste el servicio —puesto que a eso vino— de salvarnos del odio y de la mentira, a fin de que podamos nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros en el amor. Jesús se entregó por nosotros, como acción suprema del amor de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos a hacer lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra cosa que no fuera el amor hasta la muerte por los que nos necesitan.

La Eucaristía es el signo eficaz del amor de Dios por nosotros y, por eso, la fuente del amor en el servicio de unos con otros. El servicio que da sentido a todo lo que vivimos en la ventura y en la desventura. El servicio es lo que más nos asemeja a Dios porque es la mejor expresión del amor.

Amor, servicio y vida es lo que celebramos hoy en este jueves santo.  No hay amigo que haya dado su vida por el amigo con tanto derroche de dolor y de amor como Cristo nuestro Señor. Y por eso Cristo nos dice: Esta será también la señal del cristiano, este mandamiento nuevo les doy: “Que se amen como yo los he amado”.

Esta es la gran enfermedad del mundo de hoy: No saber amar. Todo es egoísmo todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad y tortura. Todo es represión y violencia. Cultura de la muerte frente a la cultura del amor.

Junto con la Eucaristía e inseparable de ella, más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial. Es un don para la Iglesia más que un don personal. Porque fue a los apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla “en memoria mía”.  Esta es la razón por la que en este día celebramos la institución del sacerdocio de Cristo, confiado a hombres frágiles, entresacados del pueblo, consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación, Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece.

Hoy es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de mucho jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Agradezcámosle a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que lo amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amar.

Jueves Santo

Una vez más nos encontramos los cristianos reunidos para celebrar el Jueves Santo.  Con la celebración del Jueves Santo comienza el gran triduo pascual: los tres días conmemorativos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. 

Este día de Jueves Santo celebramos la institución por parte de Jesús de dos sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal, pero también recordamos el mandato que Jesús nos dejó ese día: el mandato de la Caridad con todos los hermanos, mandato que a través del gesto de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús lo puso en práctica.

Jueves santo es el día de la entrega total de Jesús por todos los hombres. Su signo es un pan que se divide y comparte para ser comido por todos. Un pan que da vida y fortalece. Un pan que une y que restaura, un pan que hace comunión y reconoce la dignidad de cada uno de los comensales. Con el gesto del Pan partido y del Vino compartido, quiso que nosotros, a lo largo de la historia, hasta que Él vuelva, participáramos de su misma Vida. Él mismo quiso ser nuestro alimento y nuestra fuerza y alegría.

Jueves santo es el día de la Eucaristía. Es el día de la manifestación de Jesús que en su locura de amor se quiere quedar con los suyos para entrar en su interior, para unirse a ellos, para acompañarlos en su vida.

Pero ¿qué sentido tiene lo que hizo Jesús?, ¿qué celebramos el Jueves santo?, ¿qué significa en nuestras vidas celebrar la eucaristía? Porque hay que buscar el sentido que dio Jesús a todo esto y vivirlo. Para muchos, la misa es una rutina, una ceremonia, una obligación y hasta una evasión. Los jóvenes dejan de ir porque no les dice nada. A muchos que van no les cambia la vida, salen como entraron. Hay un clima de pasividad y de aburrimiento. Sin embargo, la Eucaristía es la fuente y cumbre de la vida cristiana. Y para muchos de nuestros fieles es el único momento que se reúnen en la iglesia y se encuentran con Dios.

El sentido de la eucaristía es el sentido de la vida de Jesús, lo que hizo y lo que dijo. Y ese sentido está bien claro: un amor verdadero que se entrega por los hermanos hasta la muerte. Sabiendo, dice san Juan, que se acercaba su hora, habiendo amado a los suyos, hasta el fin los amó. Esto es lo que recordamos y celebramos hoy. Es la memoria de Jesús, de cuanto dijo y de lo que hizo. ¡Qué pena que el rito, o la rutina, o la obligación, puedan oscurecer esto!

Hoy, la Iglesia recuerda también el gesto de lavar Jesús los pies a los apóstoles.   Jesús, el maestro y Señor, lava los pies a los discípulos.   

Lavar los pies a sus discípulos es la enseñanza básica de todo el que quiere seguir a Jesús. Solamente los esclavos hacen este servicio, pero el Maestro, el Mesías, es ahora quien se inclina para lavar los pies a sus discípulos. No es representación, es signo de lo que ha sido toda su vida: “No he venido a ser servido sino a servir”. En esto está la nota principal del seguimiento y lo que da sentido a una vida: servir. Pero servir desde el amor, por eso Jesús da lo que Él ha llamado “el nuevo mandamiento”: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. La medida de nuestro amor debe ser el amor de Jesús. Así como Él ama a todos, a justos y pecadores, hasta dar la vida por ellos, también nosotros debemos amar. Y jueves santo es el día del amor.

Jueves santo también es el día del sacerdocio. Este jueves santo seguimos recordando que Cristo deja en manos de hombres, débiles, frágiles y propensos a la caída, uno de sus más grandes tesoros: la Iglesia y sus sacramentos.

No os olvidéis nunca de hacer oración por cada uno de los sacerdotes, ayudadnos a sostenernos en fidelidad y amor a Cristo. 

Vivamos este Jueves Santo como el día del servicio, del amor, de la Eucaristía y del Sacerdocio.