
1 Re 11, 4-13
La primera lectura nos habla de Salomón y de su desobediencia, lo que nos sugiere que debemos vigilar todos los días para no acabar alejados del Señor. Es un riesgo al que todos estamos expuestos, el debilitamiento del corazón.
David es santo, aunque fue pecador. El grande y sabio Salomón, en cambio, es rechazado por el Señor porque se ha corrompido. ¡Una aparente paradoja! Hemos leído algo un poco raro: el corazón de Salomón “ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre”. Y es raro porque de Salomón no sabemos que haya cometido grandes pecados, y siempre fue equilibrado, mientras de David sabemos que tuvo una vida difícil, y que fue un pecador. Sin embargo, David es santo y de Salomón se dice que su corazón se había “desviado del Señor”. El mismo que había sido alabado por el Señor cuando le pidió prudencia para gobernar, en vez de riquezas.
¿Cómo se explica esto? Pues porque David, cuando sabe que ha pecado, siempre pide perdón, mientras que Salomón, de quien todo el mundo hablaba bien, que hasta la reina de Saba quiso ir a conocerlo, se había alejado del Señor para seguir otros dioses, pero no se daba cuenta. Y aquí está el problema de la debilidad del corazón. Cuando el corazón comienza a debilitarse, no es como una situación de pecado: si cometes un pecado, te das cuenta enseguida: “He hecho este pecado”, está claro. El debilitamiento del corazón es un camino lento, por el que voy resbalando poco a poco, poco a poco, poco a poco… Y Salomón, apoltronado en su gloria, en su fama, comenzó a seguir ese camino.
Paradójicamente, es mejor la claridad de un pecado que la debilidad del corazón. El gran rey Salomón acabó corrompido: “tranquilamente corrompido”, porque su corazón se había debilitado. Y un hombre o una mujer con el corazón débil o debilitado, es una mujer o un hombre derrotado. Ese es el proceso de tantos cristianos, de muchos de nosotros. “No, yo no cometo pecados gordos”. Pero, ¿cómo está tu corazón? ¿Es fuerte? ¿Sigues fiel al Señor, o te resbalas lentamente?
El drama del debilitamiento del corazón puede sucederle a cualquiera de nosotros en su vida. ¿Y qué hacer entonces? Vigilancia. Vigila tu corazón. Vigilar. Todos los días estar atento a lo que pasa en ti corazón. David es santo. Era pecador. Un pecador puede ser santo. Salomón fue rechazado porque era corrupto. Un corrupto no puede ser santo. Y a la corrupción se llega por esa senda del debilitamiento del corazón. Vigilancia. Todos los días vigilar el corazón: cómo es mi corazón, el trato con el Señor… Y saborear la belleza y la alegría de la fidelidad.
Mc 7, 24-30
Este es un pasaje que todavía, actualmente, nos produce muchos conflictos interiores, nos desconcierta el actuar de Jesús. Por una parte se lanza abiertamente a nuevos horizontes y desafía a sus paisanos al ir más allá de las fronteras. Se ha puesto en riesgo porque se encuentra en tierra de paganos, pero parecería que está como de incógnito y preferiría que nadie se dé cuenta. Cuando es descubierto por una mujer sirofenicia, parece arrepentirse de haber ido más allá de las fronteras y pretende negarse a la curación de aquella niña.
Es una madre desesperada, y una madre que frente a la salud de su hijo, hace de todo. Jesús le explica que ha venido primero para las ovejas de la casa de Israel, pero se lo explica con un lenguaje duro: «Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros».
Jesús compara la mujer con un perrito (cosa en el lenguaje de los judíos de corte usual en el trato con los no judíos a quienes llamaban “Goyim” que significa perro o apartado de Dios); la mujer, en lugar de sentirse ofendida, reconoce lo que es, no se quiere poner por encima de lo que le está diciendo Jesús
La insistencia de una madre rompe las barreras, el hambre y el dolor de un pueblo pueden construir nuevos mundos posibles. Y aquella mujer rompe el dicho popular que en pretendiendo dar prioridad a la familia negaba el alimento no sólo a los perritos, sino a todos los extranjeros que no eran tenidos como familia. Y no es que Jesús pretenda que haya personas que vivan debajo de la mesa, a escondidas o como si fueran hijos de Dios de segunda clase.
Las palabras de aquella mujer nos descubren que es una nueva sabiduría del hombre que es consciente que el pan alcanza para todos y que Dios no hace distinción de personas.
Difícil sería para la primera comunidad cristiana romper esos esquemas y abrir el corazón y el alimento a aquellos que no podían mirar como hermanos.
Jesús, con la ayuda, la palabra y la fe de aquella mujer nos enseña que no hay hermanos que valgan menos, que su misión se abre a todo el universo y para todas las personas.
Difícil es ahora para nosotros sentarnos a la mesa reunidos como hermanos. Discriminamos a los hermanos, les negamos los derechos y pretendemos dejarlos debajo de la mesa, esperando las sobras.
Jesús rescata y dignifica. La fe de una extranjera se convierte en ejemplo para los que se creían poseedores exclusivos de Dios y añade un lugar en la mesa para los discriminados, para los olvidados, para los extranjeros.
El pan compartido hermana a todos y podemos todos juntos sentarnos a la mesa del Reino.

