Viernes de la II Semana Ordinaria

1Sam. 24, 3-21.

David, según el texto del libro de Samuel,  es un ejemplo de honestidad: respeta al rey, ungido del Señor; trabaja por él y por el pueblo en las batallas; no se aprovecha de oportunidades que le facilitarían la venganza a su ofensor…

¿Quién es justo, sino sólo Dios? ¿Quien de nosotros pudiera decir que no tiene pecado, para lanzar la primera piedra contra los pecadores? Dios quiere que reconozcamos nuestra propia realidad, aquella que sólo Él conoce, pues ante Él estamos como desnudos: todo está patente ante sus ojos.

Él podría habernos condenado; pero el amor que nos tiene le llevó a enviarnos a su propio Hijo para que, libres de pecado, podamos presentarnos santos, purificados y hechos hijos suyos ante Él.

No condenemos y no seremos condenados; no juzguemos y no seremos juzgados. Y aun cuando tengamos a nuestro enemigo a la altura de nuestra mano jamás nos hagamos justicia, pues nosotros hemos sido enviados como signos del amor de Cristo.

El juicio le corresponde a Dios; y Él nos tiene paciencia y retarda su juicio hasta el final de nuestra vida. Mientras, como un Padre amoroso, espera nuestro retorno para recibirnos llenos de alegría en su casa. Amemos, por tanto, a nuestros hermanos, como nosotros hemos sido amados por Dios.

Mc 3, 13-19

¿En qué te fijas tú para escoger a tus amigos? ¿Qué cualidades y condiciones le pondrías a una para tenerle tanta confianza para encargarle lo más importante?

Siempre sorprende la forma de actuar de Dios Padre, que es la misma forma de actuar de Jesús.

San Marco comienza la narración del evangelio de hoy de una manera solemne, haciéndonos subir al monte con Jesús.  En un monte se había hecho la primera Alianza, en un monte se había dado los mandamientos.  En la montaña se siente más la presencia de Dios.  A la montaña se va para orar en los momentos decisivos.  Y después de esta solemne introducción, San Marcos nos dice que Jesús llamó a los que Él quiso.

Curiosidad grande tendríamos de ver quiénes son los elegidos.  Empezamos a ver los nombres y encontramos representantes de todos los estilos, de todos los caracteres, de todas las tendencias, pero todos, como un día alguien dijo, de bajo perfil.

¿Por qué los llamó?  Porque Él quiso.  Quizás podríamos decir porque Él los quiso y los quiere.

Entre los doce escogidos, número más simbólico que necesario, tenemos toda la gama de personas, pero todos reconociéndose amados por Jesús.  No destruye sus familias, pero sí constituye una nueva familia.  De ahora en adelante los encontraremos a todas horas con Jesús, estando de acuerdo con Él o mirándolo con desconfianza y perplejidad; aprobando sus decisiones o teniendo miedo ante sus actuaciones.

Los ha invitado para que se quedarán con Él.  San Juan nos había dicho en días pasados que los había invitado a que vieran dónde vivía y que después pudieron estar más.  “Hemos encontrado al Mesías”

Estar con Jesús es la primera tarea de todo discípulo.  Reconocerse amado, querido, escogido por Él, sin mayor mérito que su gratuito amor.

Quizás este día podríamos repetir como un estribillo “Jesús me ha escogido porque me ama”.  Quizás podríamos a todas horas vivir en la atmósfera de su amor.  No se necesita dejar de hacer, se necesita interiorizar ese amor.

Las otras finalidades es esta lección se pueden decir que brotan espontáneamente después de saberse amado: proclamar el Evangelio y expulsar a los demonios.  Si me reconozco y experimento amado por Jesús, necesariamente tendré que manifestar ese amor; si he convivido con Él, que es el Santo de Dios, no permitiré que los demonios de la mentira, de la injusticia, de la corrupción se aniden en mi corazón o en mi familia.

Hoy me siento escogido por Dios

Jueves de la II Semana Ordinaria

1Sam 18,6-9;19,1-7

El libro de los Proverbios dice: «Quien encuentra un amigo encuentra un tesoro». Este pasaje nos muestra lo que implica una verdadera amistad, pues en él vemos cómo Jonatán, interesado por el bien de su amigo, no solo lo esconde y lo previene sobre el peligro que corre, sino que busca con todos sus medios de salvarlo.

Nuestro mundo superficial no nos permite muchas veces el llegar a crear una amistad verdadera lo cual es una gran perdida.

Pensemos que la mayoría de nuestras relaciones son solo esporádicas y faltas de compromiso, cosa que tristemente ocurre en las relaciones de noviazgo e incluso en el mismo matrimonio.

Es pues necesario salir de nuestra superficialidad y buscar crecer en el amor, para que nuestra amistad crezca y se robustezca. Jesús mismo, expresó a sus apóstoles que la relación que Él mismo quería tener con ellos no era formal, como la que tiene un siervo con su Señor, sino profunda y cordial como la del amigo. Esto requiere oración y dedicarle tiempo, comprensión y generosidad… no es poco, pero la verdad vale la pena.

Mc 3, 7-12

El pasaje que nos presenta hoy san Marcos nos dice que: «Una multitud lo seguía». Y nos aclara que lo seguían «porque había sanado a muchos» por lo que todos querían tocarlo.

Sin embargo, ¿cuántos de esta multitud estaban dispuestos a vivir de acuerdo con la enseñanza del Maestro, a vivir de acuerdo con el Evangelio?

Al proclamar el evangelio de hoy no puedo dejar de pensar en una pregunta ¿Por qué los jóvenes no siguen a Jesús? Y hay que hacerse otra pregunta ¿es culpa de los jóvenes o es culpa de los adultos el que los jóvenes no sigan a Jesús? O ¿ya Jesús no responde a las inquietudes de hoy?

Mientras en el Evangelio se manifiestan las multitudes con deseos de encontrar a Jesús, vemos ahora a los jóvenes que no quieren oír hablar de valores, de religión ni tampoco de Jesús.  ¿Les ha fallado Jesús?  Creo que no.  Jesús tendría ahora respuestas muy válidas para las profundas inquietudes de los jóvenes.  Pero me parece que estamos equivocando el camino en la educación de los jóvenes.

Los niños y los jóvenes de ahora han vivido ya sumergidos en un mundo de tecnología, de imágenes, de cambios y se han acomodado ya a este estilo de vida, a tal grado que parecen fundirse con los mismos aparatos, con el móvil, la televisión y con el internet.

Es el vertiginoso cambio de escenas, de novedades, de placeres lo que satura el ambiente de los jóvenes y que no les permite detenerse a mirar qué es lo que quieren para el futuro. A veces, muchos de ellos, te dan la impresión de que son eternos niños que no asumen sus responsabilidades y solamente quieren divertirse.

El sumario que este día nos ofrece san Marcos presenta a Jesús como la fuente oculta de la salud y como el médico de la humanidad.  Nos narra el desbordante entusiasmo con que las multitudes se aglomeran en torno a Jesús que lo obligan a subirse a la barca para desde ahí, proclamar la Palabra.

No creo que Jesús les haya fallado a aquellas personas y tampoco creo que Jesús nos falle a nosotros o le falle a nuestros jóvenes.  Más bien, me da la impresión, de que estamos tan llenos de cosas que no hemos despertado ni en ellos ni en nosotros el deseo ardiente de valores que vayan más allá.  Nos hemos saturado de menudencias y hemos atrofiado el gusto por las cosas espirituales.

No podemos estar en contra del progreso ni de los maravillosos medios de comunicación para estar en contacto unos con otros.  Lo que hay que estar en contra es de la manipulación de la conciencia, de la dependencia que crea y de la superficialidad que generan.

Como padres de familia, como educadores y como maestros tenemos el gran reto de acercar a los jóvenes a Jesús para que lo toquen, para que lo experimenten, para que se enamoren de Él ¿Podremos lograrlo?

Miércoles de la II Semana Ordinaria

1Sam 17,32-33.37.40-51

Uno de los grandes errores del mundo de hoy es pensar que puede realizar su vida con sus propias manos: que puede prescindir de Dios, que puede hacer frente a sus problemas sin más ayuda que su débil voluntad. Cree que la técnica, la ciencia y su inteligencia pueden darle la victoria, la alegría y la paz.

El pasaje que hemos leído nos muestra que esto es un error. Es la fuerza, de Dios, la fe, y el poder del Espíritu Santo el que salen en defensa nuestra, aun en contra de nuestros más fieros adversarios, como pueden incluso ser nuestras pasiones y debilidades.

Este pasaje nos recuerda lo que había proclamado el salmista: «No vence el hombre por su mucha fuerza, sino por su confianza y entrega a Dios». Si el hombre se acobarda como Saúl ante sus problemas, es porque como él, ha olvidado que tiene como aliado al Señor, al Rey del universo para quien todo es posible.

No te dejes atemorizar por tus problemas y dificultades, hazles frente, pero hazlo como David, con la fuerza y el poder de Dios.

Mc 3,1-6

Hoy la Palabra de Dios en el Antiguo Testamento nos presenta una escena estremecedora: el enfrentamiento entre David y Goliat. Es todo un símbolo de la lucha entre el bien y el mal, del que confía en Dios o en sus propias fuerzas. ¿De quién será la victoria? De quien confía en Dios, tal como recuerda el salmo: “Dios salva a David su siervo”.

En el evangelio de hoy aparece Jesús curando a un enfermo que tenía una mano paralizada. Hay un alboroto en la sinagoga donde están reunidos porque esa acción que realiza Jesús, no está permitido realizarla en el día sábado. Con esta sanación Jesús quiere demostrar a sus oponentes que los excluidos por una falsa interpretación de la Ley, son el centro de su preocupación. En su esfuerzo por educar las conciencias Jesús no escatima explicaciones para hacer reflexionar a quienes le escuchan, a fin de que no se dejen manipular. El que busca la voluntad de Dios nunca se equivoca.

Curar aquella mano paralizada tiene un significado decisivo para el enfermo, pues la mano simboliza nuestra capacidad de trabajar, de construir, pero también de dar, de aportar algo, de hacer el bien. Por eso, con este milagro Jesús curaba mucho más que una mano. Promovía a esa persona para que pudiera vivir con dignidad y sentirse fecunda en la sociedad. Sin embargo los fariseos eran incapaces de alegrarse por el bien de la persona curada. Esto indignó a Jesús, que los miró lleno de enojo. Cómo se entristece Jesús cuando nos volvemos incapaces de alegrarnos por el bien ajeno.

El endurecimiento de los fariseos es tan grande que deciden terminar con Jesús y eliminarlo. ¿Es posible tanta ceguera, tanta maldad? ¿Cómo pueden pensar que honran a Dios impidiendo el bien de una persona que está enferma?

Cristo no ha venido para abolir la antigua ley, sino a darle plenitud. Este pasaje lo deja en evidencia. Los fariseos se molestan porque Cristo hace algo prohibido por la ley. Y Cristo pone de relieve que lo más importante es hacer el bien; en este caso, salvar una vida.

Martes de la II Semana Ordinaria

1Sam 16,1-13

En algunas ocasiones nos encontramos con hermanos que por alguna circunstancia no se sienten «dignos» o capaces para realizar algún apostolado o algún servicio de tipo apostólico e incluso indignos de recibir tal o cual gracia espiritual.

El pasaje de hoy nos muestra que no son nuestros pobres criterios de «idoneidad» los que Dios sigue para encargarnos un ministerio o para otorgarnos una gracia espiritual.

David, con todo y ser el más pequeño y quizás, a los ojos de sus hermanos y del mundo en general, el menos apto para ser ungido como rey, Dios que ve su corazón lo elige.

Pudiera incluso ocurrir que efectivamente no fuera el mejor para ello, pero Dios siempre, junto con el ministerio, da la gracia necesaria para realizarla. Por ello hemos leído que «desde ese momento el Espíritu de Dios estuvo con él». Si Dios te llama, no tengas miedo a responder y a abrir tu corazón, pues si tú o los demás no te consideran apto, Dios te dará su gracia y con su poder podrás realizar lo que Él mismo te ha pedido.

Mc 2,23-28

La verdad, a los fariseos no les importaba transgredir la ley, sin embargo la
sabían usar muy bien para su propio beneficio, habían olvidado que la ley nunca puede ser más importante que la caridad.

Quizás en nuestro tiempo no tendrían mucho sentido estas palabras de Jesús, ni aun diciendo que el domingo se hizo para el hombre y no el hombre para el domingo.  Hemos dejado a un lado estas celebraciones y nos hemos enfocado en otros ritos y celebraciones. 

Pero creo que las mismas palabras de Jesús tendrían mucho sentido si miramos lo que ahora nos esclaviza y quizás podríamos parodiar su reflexión diciendo: “el dinero se hizo para el hombre y no el hombre para el dinero”, o quizás también podríamos aplicarla a otras esclavitudes modernas: “el placer se hizo para el hombre y no el hombre para el placer”.

El domingo es para muchos, sinónimo de futbol y diversión.  Son muchas las esclavitudes que ahora sujetan y oprimen al hombre y lo más triste es que él mismo se ha colocado esas cadenas.  La misma miopía con que veían las autoridades judías el sábado, que se convirtió de un día de descanso y de liberación, en un día de opresión, lo mismo sucede en la actualidad. Revisemos nuestra vida y encontraremos nuevas esclavitudes.

La política es ciertamente un bien muy necesario para el progreso y bienestar de los pueblos, pero cuando se manipula la política y se la convierte en instrumento de opresión, pierde todo su sentido.

Los bienes materiales, la producción, están dentro del plan de Dios para alimentar al hombre, para otorgarle los bienes necesarios para su salud, para su bienestar, pero después convertimos en un dios al comercio, a la empresa y al negocio, a tal punto que acaban destrozando a las personas en aras del negocio.  Y así, muchas cosas se convierten en opresión.

El deporte, que debería ser descanso y convivencia, se convierte en fanatismo, causa de divisiones y abandono del hogar, de la familia y de Dios.

El vino, signo de alegría, se apodera de las personas y las embrutece; el poder que debería ser servicio, se transforma en opresión.  Y cada uno de nosotros puede revisar si lo que nos mueve o atrae está en función de la realización de la persona, o bien si ya se ha convertido en fuente de esclavitud.

Hay cosas muy buenas: el estudio, la religión o el servicio, pero cuando se vuelven obsesión e ideología llegan a ser cadenas.

¿Qué nos diría Jesús?  ¿Tenemos el corazón libre?

Lunes de la II Semana Ordinaria

1Sam 15,16-23

La Primera Lectura (1S 15,16-23) recoge el rechazo de Saúl como rey por parte de Dios, profecía confiada a Samuel. El pecado de Saúl fue la falta de docilidad a la Palabra de Dios, pensando que su propia interpretación de la misma fuese más correcta. Esa es la sustancia del pecado contra la docilidad: el Señor le había dicho que no tomara nada del pueblo que había sido vencido, pero no fue así. Cuando Samuel va a reprocharle de parte del Señor, él se excusa: “Pero mira, había bueyes y muchos animales cebados y buenos, y con esos he hecho un sacrificio al Señor”. Él no se llevó nada, los demás sí. Es más, con esa actitud de interpretar la Palabra de Dios como a él le parecía correcta permitió que los demás se llevasen en los bolsillos algo del botín. Son los pasos de la corrupción: se empieza con una pequeña desobediencia, una falta de docilidad, y se sigue adelante, adelante…

 Después de haber exterminado a los amalecitas, «el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo más selecto del anatema, para ofrecérselo en sacrificio al Señor». Samuel le dice: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz?», aclarando la jerarquía de valores: es más importante tener un corazón dócil y obedecer que hacer sacrificios, ayunos, penitencias. El pecado de la falta de docilidad está en preferir lo que yo pienso y no lo que me manda el Señor y que quizá no entiendo: cuando nos rebelamos a la voluntad del Señor no somos dóciles, es como si fuese un pecado de adivinación. Como si, a pesar de decir que creemos en Dios, vamos a la adivina a que nos lea las manos, por seguridad. No obedecer al Señor, faltar a la docilidad es como una adivinación. Cuando te obstinas ante la voluntad del Señor eres un idólatra, porque prefieres lo que piensas tú, ese ídolo, a la voluntad del Señor. Y a Saúl esa desobediencia le costó el reino: «Por haber rechazado la palabra del Señor, te ha rechazado como rey». Esto nos debe hacer pensar un poco en nuestra docilidad. Muchas veces preferimos nuestras interpretaciones del Evangelio o de la Palabra del Señor al Evangelio y a la Palabra del Señor. Por ejemplo, cuando caemos en la casuística, en la casuística moral… Esa no es la voluntad del Señor. La voluntad del Señor es clara, la hace ver con los mandamientos en la Biblia y te la hace ver con el Espíritu Santo dentro de tu corazón. Pero cuando soy obstinado y transformo la Palabra del Señor en ideología soy un idólatra, no soy dócil. La docilidad, la obediencia.

Mc 2,18-22

En el Evangelio (Mc 2,18-22) los discípulos son criticados porque no ayunaban. El Señor explica que «nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto (…) y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos». La novedad de la Palabra del Señor –porque la Palabra del Señor siempre es nueva– nos lleva adelante, vence siempre, es mejor que todo. Vence la idolatría, vence la soberbia y vence esa actitud de estar demasiado seguros de sí mismos, no por la Palabra del Señor sino por las ideologías que me he construido en torno a la Palabra del Señor. Hay una frase de Jesús (Mt 9,13) muy buena que explica todo esto y que viene de Dios, sacada del Antiguo Testamento: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Os 6,6).
 
Ser un buen cristiano significa entonces ser dócil a la Palabra del Señor, escuchar lo que el Señor dice sobre la justicia, sobre la caridad, sobre el perdón, sobre la misericordia, y no ser incoherentes en la vida, usando una ideología para poder ir adelante. Es verdad que la Palabra del Señor a veces nos pone en apuros, pero también el diablo hace lo mismo, engañándonos. Ser cristiano es pues ser libres, mediante la confianza en Dios.

Sábado de la I Semana Ordinaria

Mc 2, 13-17.

Jesús no se cansa de repetirnos que viene a llamarnos, que sale a nuestro encuentro. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores”. ¿Quién se siente abandonado o condenado después de estas palabras?  Jesús llama a los pecadores. Por eso llama a Leví; come con los pecadores, los acoge, los ama, los perdona. Por eso hoy también te llama a ti.

Él es el médico de tu alma. Pero no va a entrar en tu casa si tú no le dejas entrar. Cristo te busca, sale a tu encuentro, pero te respeta. Respeta tu libertad.

Deja a Cristo entrar en tu alma. Dale el gusto de curarte. Date el gusto de verte sano y feliz. Ojalá no respondas como el poeta: “mañana te abriremos, para lo mismo responder mañana”.  ¿Cuál debe ser nuestra respuesta? Abrirle completamente las puertas. Seguir sus consejos, probablemente costosos, pero seguros; difíciles, pero consoladores; sacrificados, pero llenos de felicidad.

Quieren los escribas desprestigiar al Maestro ante los ojos de sus discípulos, socavar la fe y minar la admiración que sentían por Jesús. Jesús responde con su ejemplo y con su palabra.

Con su ejemplo: llama a su seguimiento a un publicano, es decir, a un pecador «público y oficial». Después acepta la invitación de Leví, y se sienta a comer entre publicanos y pecadores, gente de mala fama. Comiendo entre ellos, Jesús los levanta de su postración, los dignifica, les da el asiento del perdón. Comen juntos en la misma mesa con el Señor de la gracia. ¿Qué otra cosa si no es la Iglesia, donde todos, reconciliados ya entre nosotros, comemos el Pan del Señor y del amor fraterno?

Cristo te llama para que recobres la salud y la felicidad con Él. Y está esperando tu respuesta.

Viernes de la I Semana Ordinaria

1Sam 8,4-7.10-22

De nuevo nos encontramos con un texto que retrata la actitud de nuestro mundo moderno, de un mundo que no permite a Dios actuar con libertad, de un mundo que lo quiere tener como Dios, pero no como Rey y Señor.

Llama sobre todo la atención en este pasaje las palabras del pueblo: «Queremos tener un rey y ser como las demás naciones». Con ello están negando la elección de Dios sobre ellos.

Hoy pasa algo semejante, cuando nosotros queremos ser cristianos, pero al mismo tiempo vivir de acuerdo a como vive el mundo, vivir como aquellos que no conocen y no aman al Dios revelado por Cristo. Jesús, en su oración final al Padre ya les hacía ver a sus discípulos que ellos no son del mundo, que vivían en él, pero que le pertenecen al Padre y que su ciudadanía es el Cielo.

Es pues necesario que nos hagamos conscientes de esta realidad y que no busquemos imitar a aquellos que no conocen o no aman a Dios, sino que busquemos con todo nuestro corazón tener a Dios como nuestro Rey y Señor. Dios, desde su encarnación nos ha mostrado que no quiere vivir lejos de nosotros, sino en medio de nosotros, que quiere ser el Emmanuel.

Mc 2, 1-12

¡Qué atrayente es la persona de Jesús! ¡Se juntaron tantos que ni aún junto a la puerta cabían! Es cautivadora su figura porque refleja el amor del Padre. Él les hablaría del amor misericordioso de Dios que perdona al que lo ofende y luego de perdonarlo lo ama como al más querido de sus hijos. No le guarda resentimiento, sino que le da todo lo que daría al hijo fiel y todavía más porque sabe que es débil y necesita de un mayor amor y cuidado.

El evangelio de hoy impresiona porque encierra muchos signos que nos descubren el verdadero espíritu de Jesús y la disposición generosa de muchas personas para llevar al incapacitado ante la presencia del Salvador.

Si hacemos una comparación de los cuatro que con una serie de dificultades llevan al paralítico y los escribas que sentados comienzan a murmurar, tendremos una clara descripción de lo que con frecuencia sucede en nuestros ambientes.  Mientras unos pocos se esfuerzan por ser creativos y cargan con los demás, otros critican y trabajan para destruir.

Hay graves problemas en nuestra sociedad y hay pequeños signos que despiertan esperanza; hay personas que desde su pequeñez aportan todo lo que tienen para ayudar a los que lo necesitan, pero hay quienes todo lo juzgan y todo lo condenan.  ¿Cuál es nuestra actitud? ¿Estamos proponiendo en estas situaciones difíciles y hasta donde nos comprometemos?

En cambio Jesús ni tiene las limitaciones del que no puede, ni tiene el egoísmo del que no quiere.  Jesús va a fondo y busca solucionar los problemas, no solamente a ofrecer paliativos que alivien un poco el dolor.

Jesús nos muestra que el verdadero problema es el mal que se anida en el corazón.  No podremos solucionar nunca los problemas de la sociedad, si no logramos cambiar el corazón de los ciudadanos. 

¿Cómo podremos superar las situaciones de pobreza si la ambición sigue creando nuevos acaparadores que esconden alimentos y bienes de consumo?  ¿Cómo eliminar la gran brecha entre pobres y poderosos si está sostenida por la estructura económica injusta? Se tiene que ir a fondo y denunciar que hay mal.

Jesús primeramente ofrece el perdón de los pecados, la pureza del corazón y ante el reproche injusto de los escribas, también ofrece la curación corporal, la atención integral a la persona.  No se queda solamente en necesidades físicas, ni tampoco ofrece una atención espiritualista.  Para hacerlo sentir como hijo de Dios, es necesario darle de comer, pues, desde ahí se comienza a restablecer la dignidad.

Que este ejemplo de Jesús nos lleve a una atención plena e integral a quienes nos rodean.

Jueves de la I Semana Ordinaria

1Sam 4,1-11

La primera lectura del libro de Samuel, nos narra un acontecimiento que nos parecería lejano pero que puede resultar muy actual.  El pueblo de Israel sentía de una manera muy especial la presencia de Dios por medio del Arca de la Alianza.  En sus batallas, en sus traslados, en las dificultades y problemas, al acercarse al Arca se sentían seguros y aliviados.  Pero en el pasaje de este día sucede algo escandaloso para la fe del pueblo, después de una derrota, llevan el Arca hasta el campo de batalla con la seguridad de que Dios le dará el triunfo.  Los mismos filisteos, sus eternos enemigos, al darse cuenta de la presencia del Arca, se llenan de temor reconociendo los prodigios que por medio del Arca se han realizado.

Sin embargo, los israelitas son derrotados estrepitosamente y es capturada el Arca.  ¿Falló la presencia del Señor?  ¿No es eficaz su poder?

Lo que falla es la fe y la fidelidad de los israelitas que no cumplen los mandamientos de Dios y quieren utilizar el Arca como amuleto de buena suerte pero sin compromiso serio con el Señor.

Esto me lleva a pensar en muchas situaciones nuestras en que aparentamos una religiosidad y utilizamos símbolos religiosos pero sólo externamente y no nos comprometemos de corazón.

Pienso en las oraciones, en las medallas que solamente llevamos externamente y no corresponden a una actitud interior.  ¿Estará mal entonces una devoción a un santo, o llevar su imagen o encenderle alguna vela?  No estaría mal si esto nos impulsa a ser fieles al Señor; si la medalla que llevo en el pecho recuerda mi promesa de fidelidad, si la vela que enciendo al Señor es señal de que quiero vivir en la presencia de Dios, entonces son señales muy ricas de nuestra religiosidad.  Pero si los utilizo como amuleto, si no hay un compromiso en mi vida y en mi fidelidad, sino que quedan en adornos externos, pueden encerrar una falsa concepción de Dios.

Dios está cerca de nosotros para acompañarnos, pero no podemos manipularlo. Como el mismo evangelio de este día nos muestra a Cristo haciendo sus milagros pero ante quien tiene verdadera fe.

Que hoy reconozcamos esa presencia de Dios en medio de nosotros y nos comprometamos a vivir en su presencia.

Mc 1,40-45

La lepra es una enfermedad contagiosa y despiadada, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados y advertir de su presencia a los pasantes. Estaba marginado de las comunidades civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.

El episodio de la curación del leproso se desarrolla en tres breves pasajes:

  1. La invocación del enfermo,
  2. La respuesta de Jesús,
  3. Las consecuencias de la curación prodigiosa.

El leproso suplica a Jesús de rodillas y le dice: «si quieres, puedes limpiarme». Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su alma: la compasión, y compasión es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro».

El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por aquel hombre, acercándose a él y tocándolo. Este detalle es muy importante. «Jesús extendió la mano y lo tocó… y en seguida la lepra desapareció y quedó purificado»

La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto del contacto.

Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora.

Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos toca y nos dona su gracia. En este caso pensamos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.

Una vez más el Evangelio nos muestra qué cosa hace Dios frente a nuestro mal: Dios no viene a dar una lección sobre el dolor; tampoco viene a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a llevarlo hasta el fondo, para librarnos de manera radical y definitiva.

Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.

Hoy, a nosotros, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, estamos llamados a convertirnos, unidos a Él, en instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación.

Para ser imitadores de Cristo frente a un pobre o a un enfermo, no debemos tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y de abrazarlo.

Yo os pregunto: ustedes, cuando ayudáis a los demás, ¿los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura?

Pensad en esto: ¿cómo ayudáis, a la distancia o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, también lo es el bien. Por lo tanto, es necesario que abunde en nosotros, cada vez más, el bien. Dejémonos contagiar por el bien y ¡contagiemos el bien!

Miércoles de la I Semana Ordinaria

1 Sam 3, 1-10. 19-20

El niño Samuel, concebido maravillosamente gracias a las oraciones de su madre, que era estéril, fue llevado, tal como lo había prometido Ana, al santuario.  Consagrado al Señor, creció en el templo.

Nos aparece, en este ambiente, la vocación profética de Samuel.  La vocación es un llamado (eso significa la palabra) a cumplir una misión.

El libro de Samuel dice: «Por entonces, la palabra de Dios se dejaba oír raras veces y no eran frecuentes las visiones».

Samuel será guía por muchos años del pueblo de Dios y decisivo en los inicios del reino y de la institución de los primeros reyes.

El llamado de Dios suele manifestarse por medios muy cercanos y naturales, hay que discernirlo como tal, y esto no puede hacerse sin ayuda del Señor.  Samuel no discernía la voz de Dios, creía que era Elí.  La oración que Samuel hace es todo un modelo: «Habla, Señor, tu siervo te escucha».

El profeta, y todos tenemos en algún modo que serlo, es el que habla palabras de Dios, pero para esto, para no confundir las palabras de Dios con las palabras propias, hay que ser primero un dócil y fino escuchador del Señor.

Mc 1, 29-39

En nuestra vida vamos siempre de prisa y muchas veces no sabemos en qué hemos gastado el tiempo.  Decimos que le damos prioridad a ciertas cosas, que serían para nosotros las más importantes, y después al comprobar el tiempo que le dedicamos, muchas veces alcanzan un poco de nuestro tiempo.

¿Cómo sería un día de Jesús?  ¿A qué le dedicaría más tiempo?  San Marcos nos permite acercarnos a Jesús y compartir su tiempo y sus preocupaciones en un día normal, como haciendo un resumen de toda su actividad.

Un lugar importante para Jesús lo ocupan sus discípulos, sus amigos y sus familiares.  Se da tiempo para el diálogo y también para enterarse de lo que sucede, sus enfermedades y sus preocupaciones.  Pero no se queda pasivo ante los acontecimientos sino que proporcionas solución.  Así lo encontramos conviviendo en la casa de Pedro, pero curando a su suegra y permitiéndole reintegrarse a sus ocupaciones.

Pero Jesús no se encierra en el entorno de amigos y conocidos.  Al atardecer le llevan enfermos y poseídos del demonio, provenientes de todos los lugares.  A todos los atiende, a todos los libera y a todos les devuelve su dignidad. Expulsa a los demonios y no les permite que hablen.

Después de está frenética sesión curativa, lo encontramos en la madrugada, en la oscuridad y en solitario, entregado a la oración con Dios Padre.  Fortalecido por esos espacios de intimidad con su Padre, vuelve a lo que es su misión principal: “vayamos a los pueblos cercanos a predicar el Evangelio” Y termina este pasaje con una imagen de Jesús predicando y expulsando demonios.

Responde, pues, Jesús a las necesidades urgentes de curaciones y problemas, de amistad y convivencia, pero no descuida los ejes que sostienen su misión: la oración y la predicación del Evangelio.

Ahora estamos sometidos a ideas y propuestas que nos roban espacios de convivencia con los cercanos y que nos impiden ser testigos del Evangelio en atención con los hermanos.

Si comparamos nuestras prioridades y nuestras urgencias con lo que hace Jesús, tendremos un serio cuestionamiento porque muchas de nuestras urgencias son insignificantes y superficiales y descuidamos lo verdaderamente importante.

¿Qué nos hace pensar hoy Jesús?

Martes de la I Semana Ordinaria

1 Sam 1, 9-20; Mc 1, 21-28

Ayer escuchábamos el cuadro de humillación y tristeza en que vivía Ana, afligida por su esterilidad y por las burlas de la otra esposa de su marido.

Habían subido a Siló, donde estaba el arca para hacer el culto con los sacrificios rituales que terminaban con la comida de la carne ofrecida como expresión de comunión con Dios.

El dolor se transforma en oración, como cuando el Señor decía: «He escuchado la pena de mi pueblo».  Aquí oímos la oración confiada de Ana.  Oración que en un momento fue mal interpretada por el sacerdote Elí, pero que luego fue apoyada por él: «Que Dios de Israel te conceda lo que le has pedido».

Esta confianza en Dios ilumina lo negro de su pena: «Su rostro no era ya el mismo de antes».

Y Dios le dio un hijo, Samuel, que será dado por Dios como Isaac, Sansón, Juan el Bautista, nacidos naturalmente de un acto humano, pero en circunstancias que hacen aparecer más claramente que es Dios quien actúa en todo y dirige todo.

En el salmo responsorial hemos oído el canto de agradecimiento de Ana.

Este pasaje de san Marcos busca entre otras cosas hacernos notar la autoridad que tiene Jesús. Su autoridad va más allá incluso de lo que sus contemporáneos pudieran pensar, pues no es un rabí cualquiera, es el Hijo de Dios.

Es increíble que después de dos mil años todavía haya quienes ponen en duda la palabra del Maestro pensando que puede ésta ser confundida con cualquier otra enseñanza del mundo.

La palabra de Jesús es poderosa y eficaz, no solo instruye sino que sana y libera. Es por ello que la lectura asidua de la Escritura ayuda no sólo a conocer a Jesús y su doctrina sino que ejerce un poderoso influjo en nuestra salud espiritual (en ocasiones incluso física) liberándonos de ataduras y frustraciones. ¿Has hecho ya de la lectura de la Sagrada Escritura un hábito cotidiano? ¿Acostumbras traer tu Biblia siempre?