Jueves de la I Semana Ordinaria

1Sam 4,1-11

La primera lectura del libro de Samuel, nos narra un acontecimiento que nos parecería lejano pero que puede resultar muy actual.  El pueblo de Israel sentía de una manera muy especial la presencia de Dios por medio del Arca de la Alianza.  En sus batallas, en sus traslados, en las dificultades y problemas, al acercarse al Arca se sentían seguros y aliviados.  Pero en el pasaje de este día sucede algo escandaloso para la fe del pueblo, después de una derrota, llevan el Arca hasta el campo de batalla con la seguridad de que Dios le dará el triunfo.  Los mismos filisteos, sus eternos enemigos, al darse cuenta de la presencia del Arca, se llenan de temor reconociendo los prodigios que por medio del Arca se han realizado.

Sin embargo, los israelitas son derrotados estrepitosamente y es capturada el Arca.  ¿Falló la presencia del Señor?  ¿No es eficaz su poder?

Lo que falla es la fe y la fidelidad de los israelitas que no cumplen los mandamientos de Dios y quieren utilizar el Arca como amuleto de buena suerte pero sin compromiso serio con el Señor.

Esto me lleva a pensar en muchas situaciones nuestras en que aparentamos una religiosidad y utilizamos símbolos religiosos pero sólo externamente y no nos comprometemos de corazón.

Pienso en las oraciones, en las medallas que solamente llevamos externamente y no corresponden a una actitud interior.  ¿Estará mal entonces una devoción a un santo, o llevar su imagen o encenderle alguna vela?  No estaría mal si esto nos impulsa a ser fieles al Señor; si la medalla que llevo en el pecho recuerda mi promesa de fidelidad, si la vela que enciendo al Señor es señal de que quiero vivir en la presencia de Dios, entonces son señales muy ricas de nuestra religiosidad.  Pero si los utilizo como amuleto, si no hay un compromiso en mi vida y en mi fidelidad, sino que quedan en adornos externos, pueden encerrar una falsa concepción de Dios.

Dios está cerca de nosotros para acompañarnos, pero no podemos manipularlo. Como el mismo evangelio de este día nos muestra a Cristo haciendo sus milagros pero ante quien tiene verdadera fe.

Que hoy reconozcamos esa presencia de Dios en medio de nosotros y nos comprometamos a vivir en su presencia.

Mc 1,40-45

La lepra es una enfermedad contagiosa y despiadada, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados y advertir de su presencia a los pasantes. Estaba marginado de las comunidades civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.

El episodio de la curación del leproso se desarrolla en tres breves pasajes:

  1. La invocación del enfermo,
  2. La respuesta de Jesús,
  3. Las consecuencias de la curación prodigiosa.

El leproso suplica a Jesús de rodillas y le dice: «si quieres, puedes limpiarme». Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su alma: la compasión, y compasión es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro».

El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por aquel hombre, acercándose a él y tocándolo. Este detalle es muy importante. «Jesús extendió la mano y lo tocó… y en seguida la lepra desapareció y quedó purificado»

La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto del contacto.

Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora.

Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos toca y nos dona su gracia. En este caso pensamos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.

Una vez más el Evangelio nos muestra qué cosa hace Dios frente a nuestro mal: Dios no viene a dar una lección sobre el dolor; tampoco viene a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a llevarlo hasta el fondo, para librarnos de manera radical y definitiva.

Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.

Hoy, a nosotros, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, estamos llamados a convertirnos, unidos a Él, en instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación.

Para ser imitadores de Cristo frente a un pobre o a un enfermo, no debemos tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y de abrazarlo.

Yo os pregunto: ustedes, cuando ayudáis a los demás, ¿los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura?

Pensad en esto: ¿cómo ayudáis, a la distancia o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, también lo es el bien. Por lo tanto, es necesario que abunde en nosotros, cada vez más, el bien. Dejémonos contagiar por el bien y ¡contagiemos el bien!

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