
1 Jn 4, 19-5, 4
El apóstol Juan habla de mundanidad. Cuando dice que “todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo”, está hablando de la lucha de todos los días contra el espíritu del mundo, que es mentiroso, espíritu de apariencias, sin consistencia, mientras que el Espíritu de Dios es verdadero. El espíritu del mundo es el espíritu de la vanidad, de las cosas que no tienen fuerza, que no tienen fundamento, y que caerán. Como los dulces que se dan en Carnaval no son consistentes, sino llenos de aire, así es el espíritu del mundo: lleno de aire y engaña, porque es hijo del padre de la mentira.
El apóstol nos ofrece la vía de la concreción del Espíritu de Dios, que no va de fantasías: no es lo mismo decir y hacer. Si tienes el Espíritu de Dios harás cosas buenas. Y el apóstol Juan dice una cosa muy sensata: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. Si no eres capaz de amar lo que ves, ¿cómo vas a amar lo que no ves? ¡Eso es pura fantasía! Debes amar lo que ves, lo que puedes tocar, lo que es real, y no las fantasías que no ves. Si no eres capaz de amar a Dios en lo concreto, no es verdad que amas a Dios. El espíritu del mundo es un espíritu de división, y cuando se mete en la familia, en la comunidad, en la sociedad, siempre crea divisiones, siempre. Y las divisiones crecen y viene el odio y la guerra. Pero Juan va más allá y dice: “Si alguno dice: «amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso”, o sea hijo del espíritu del mundo, que es pura mentira, pura apariencia. Y eso es algo sobre lo que nos vendrá bien pensar: ¿amo a Dios? Pues vayamos a la piedra de toque y veamos cómo amas a tu hermano: veamos cómo lo amas.
Hay tres señales que indican que no se ama al hermano. Porque sonreír se puede hacer de muchos modos: también los payasos del circo ríen, pero muchas veces lloran en su corazón. En primer lugar, rezar por el prójimo, también por esa persona que me cae mal y sé que no me quiere, incluso por quien me odia, y hasta por el enemigo, como dijo Jesús. Si no rezo, es señal de que no amo. La primer señal, la primera pregunta que todos debemos hacernos: ¿rezo por las personas? Por todas, concrete, las que me son simpáticas y las que me son antipáticas, las que son amigas y las que no son amigas. Eso lo primero. Segunda señal: cuando siento celos o envidia y me dan ganas de desearle mal, es señal de que no amo. ¡Detente! No dejes crecer esos sentimientos: son peligrosos. No los dejes crecer. Y luego, la señal más corriente de que no amo al prójimo y, por tanto, no puedo decir que amo a Dios, es la murmuración. Metámonos claramente esto en el corazón y en la cabeza: si murmuro, no amo a Dios porque con la murmuración estoy destruyendo a esa persona. Las críticas son como los caramelos de miel, que son muy buenos, pero uno y otro y otro y otro…,el estómago acaba enfermo con tantos caramelos! Porque es bonito, es dulce criticar, parece bonito; pero destruye. Y eso es señal de que no amas. Si una persona deja de murmurar en su vida, yo diría que está muy cerca de Dios, porque no criticar protege al prójimo, protege a Dios en el prójimo. Y el espíritu del mundo se vence con ese espíritu de fe: creer que Dios está en mi hermano o hermana.
“Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe”. Solo con mucha fe se puede ir por ese camino, no con pensamientos humanos de sentido común… no, no: no sirven. Ayudan, pero no sirven para esa lucha. Solo la fe nos dará la fuerza para no murmurar, para rezar por todos, incluso por los enemigos y para no dejar crecer los sentimientos de celos y de envidia. El Señor, con este texto de la Primera Carta de San Juan Apóstol nos pide concreción en el amor. Amar a Dios: pero si tú no amas al hermano, no puedes amar a Dios. Y si dices que amas a tu hermano pero en realidad no lo amas, lo odias, eres un mentiroso.
Lc 4, 14-22
Amar a Dios quiere decir ponernos en la perspectiva de Dios, que ama todo lo que ha creado y que no dudó en entregar a su Hijo unigénito para la salvación de todos los seres humanos.
Cuando aumentan las dificultades y los problemas, cuando tenemos más enfermedades y crisis económicas, buscamos las soluciones que nos ofrecen los sistemas humanos, pero frecuentemente encontramos soluciones parciales que no atienden ni a todo el hombre, ni a todos los hombres.
El anuncio que hoy escuchamos de parte de Jesús, no mira únicamente a una liberación parcial o solo a la salvación del alma, se aplica a la liberación y a la salvación de todo el hombre y de todo hombre, es decir, va a las raíces del pecado y de la maldad.
Las palabras de Jesús siguen resonando hoy como realidad y esperanza. Realidad porque Jesús se ha hecho presente en medio de los hombres y trae su mensaje de liberación para todos los hombres y mujeres, en especial a los que se sienten limitados por la pobreza o la miseria. No caminamos solos, Cristo va a nuestro lado y nos alienta.
Esperanza porque nuestro hoy se hace dinámico, tenemos presente a Cristo pero también tenemos presentes todas las realidades de dolor y sufrimientos que debemos superar.
La salvación tendrá su plenitud sólo al final de los tiempos, pero nos coloca en este dinamismo que se convierte en el empeño diario, constante y confiado de quienes buscan transformar este mundo, en un mundo con más paz y justicia, con mayor hermandad y comprensión. No se trata de derrumbar a los poderosos para que otros ocupen su lugar y dejar en la miseria a miles de hermanos que están sufriendo, se trata de cambiar de raíz las estructuras que están basadas en el poder, el poseer y el placer.
Cristo viene a romper esas cadenas y estructuras. Se necesita romper esa espiral de violencia y ambición. Por eso Jesús se presenta como el Mesías que trae buenas nuevas.
Estamos iniciando el nuevo año. Renovemos también nuestro corazón, nuestras metas e ideales. Contemplemos hoy a Jesús en la sinagoga y ajustemos nuestros programas al que Él nos presenta en este día. Nuestra fe se tiene que manifestar en las acciones concretas de liberación anuncios de Buena Nueva.










