Jueves de la I Semana de Cuaresma

Est 14, 1.3-5.12-14

La Cuaresma nos cuestiona acerca de nuestro crecimiento y madurez en la fe. Y es que la mayoría de nosotros decimos que somos hombres y mujeres de fe, sin embargo, solo cuando la crisis cala profundo es cuando realmente podemos saber hasta donde ha madurado en nosotros la fe.

Nuestro texto nos muestra a una mujer cuya fe es total confianza y abandono. Es el relato de alguien que ha oído que el Dios de sus padres es un Dios poderoso que no abandona a su pueblo en situaciones difíciles. Ahora es el momento de experimentarlo, pero para ello tiene que confiar ciegamente en que solo Dios la puede ayudar.

Podríamos decir que la fe es como una cuenta en el banco, de la cual podremos depender en el momento de la necesidad. Por ello, aunque te parezca que todos tus actos de piedad, tus oraciones y sacrificios, las horas ante el Santísimo, la meditación diaria de la Escritura, etc., han quedado estériles, piensa que solo has hecho una inversión que en el momento de la crisis se transformará en gracia y luz para tu vida que te ayudarán a superar todos los obstáculos.

Ponerse en las manos de Dios también es un ejercicio que requiere práctica y la Cuaresma se presenta como un espacio ideal para desarrollarla.

Mt 7,7-12

En días pasados muy llena de tristeza me comentaba una señora que estaba perdiendo la fe porque había hecho mucha oración y ayuno, incluso se levantaba muy de madrugada a pedirle a Dios y que “Dios no cumplía su promesa”.

A ella le parecía que pedía “cosas” buenas, pero era eso, “cosas”, y me dio la impresión que, como muchas veces lo hacemos, quería manipular a Dios para que le concediera su capricho.

¿Se contrapone el pasaje de este día con lo que nos sucede?

Cristo nos insiste que a quien pida se les dará y que el que busque encontrará. Pero la oración y el ejemplo de Jesús nos enseñan mucho más. El mismo ejemplo que pone Jesús a continuación diciendo que un padre no puede darle una serpiente a su hijo, podría ser una insinuación de mirar lo que estamos pidiendo.

La primera lectura de este día tomada del libro de Ester nos presenta una bellísima oración de la reina a favor de su pueblo. Ella misma se pone en peligro para buscar la salvación del pueblo. Pide: “Dios de Abraham… protégeme porque estoy sola y no tengo más defensor que tú, Señor, y voy a jugarme la vida”

Así es la verdadera oración: continua, confiada y comprometedora. No es una especie de amuleto que nos ganará lo que pretendemos; no es una compraventa de favores que alcanzaremos con “rezar”. Es una relación amorosa que nos pone en manos de nuestro Padre y así esperamos confiados su intervención.

En estos días de cuaresma hagamos así nuestra oración y encontraremos a nuestro buen Dios que es un Padre que con mucha mayor razón sabe dar cosas buenas.

El pasaje de este día se cierra con una frase que convendría también tener en cuenta: “todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos”. Es una regla sencillísima de poner en práctica y de examinar.

¿Esto que le estoy haciendo a mi hermano lo quiero para mí? Entonces lo haré con mucho gusto. Pero si encuentro que es desagradable para mí ¿por qué hacérselo al hermano?

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