Lunes de la V Semana Ordinaria

1 Reyes 8, 1-7; 9-13

Ciertamente que Dios habita en todo lugar, pues como dice san Pablo: «en él somos, nos movemos y existimos», más aun, debemos reconocer que el lugar por excelencia en donde podemos encontrar al Señor es en nuestro corazón, pues desde nuestro bautismo en él ha establecido su morada y lo a declarado como templo. Sin embargo, no debemos olvidar que Dios mismo ha querido ser adorado y glorificado en un Templo material.

Por ello, no solamente en el cristianismo sino en todas las culturas, el hombre ha construido templos que sirvan como mediación para relacionarse con él por medio del culto. En este pasaje, nos podemos dar cuenta de lo importante que ha sido para los Judíos el reconocer que Dios habita su templo, por lo que como dirá Jesús, «la casa de mi Padre es casa de Oración». Es por eso que para nosotros los cristianos el Templo tiene también un lugar especial, pues en él no solo nos reunimos como asamblea para dar culto a Dios, sino que él mismo nos presenta el ambiente ideal para que el encuentro con Dios en el corazón se realice en plenitud.

Es por ello, que Jesús quiso quedarse entre nosotros bajo la apariencia de pan, de modo que lo podamos visitar en cada sagrario, en cada templo. No desaproveches hoy la oportunidad, Dios te espera en el Sagrario de tu parroquia.

Mc 6, 53-56

Con este breve pasaje termina san Marcos este polémico capítulo de la actividad apostólica de Jesús. Es importante notar en él, que Jesús cura a todos los que se acercan a Él.

Y lo hace no como una recompensa por haber escuchado el evangelio, o como pago a alguna buena acción. Con ello nos muestra la gratuidad de Dios, su amor infinito por todos, del Dios misericordioso que hace nacer el sol sobre buenos y malos.

Los milagros de Dios no son propiedad exclusiva que se ha de realizar en los cristianos, ni siquiera en los buenos. Son ante todo un signo del amor incontenible de Dios que busca que su criatura lo reconozca como la fuente del amor y de la misericordia.

En Jesús, son el signo de su ser mesiánico que ha venido a liberar a los oprimidos y dar alegría a toda la humanidad incluso de manera inmediata. Acerquémonos con confianza al Dios de la misericordia. Nadie que se acercó a él regresó con las manos vacías: ni paganos, no judíos, ni justos ni pecadores, ni buenos, ni malos. El amor de Dios es para todos porque quiere que todos sean para el amor.

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