
1 Re 10, 1-10
En este colorido pasaje podemos ver lo importante que es para la conversión el que la obra de Dios sea evidente en nosotros. Salomón no podría decir que lo que tiene le pertenece, pues él sabe bien que todo ha sido un don de Dios, desde su sabiduría hasta el lujo de sus palacios. Es en estos dones del Señor que la Reina descubre la presencia del Dios Altísimo.
De igual manera sucede con nosotros, todo cuanto el Señor nos ha dado, no solamente busca nuestro bienestar, sino que es el signo de la presencia de Dios en nuestra vida. Y no debemos entender únicamente los bienes materiales, los cuales son transitorios, sino principalmente los espirituales.
Podemos decir que la reina de Sabá creyó en Dios cuando vio la vida de Salomón; de igual manera, debe ocurrir en nuestros días: cuando nuestros amigos y vecinos, cuando todos los que tienen contacto con nosotros, se dan cuenta de nuestro estilo de vida centrado en Cristo, y de todas sus bendiciones, la paz, la alegría y el amor que de ello emana, inmediatamente surgirá en ellos la admiración y seguramente el deseo de tener y vivir lo mismo que nosotros. Por ello esfuérzate en vivir cristianamente y en dejar que Dios se transparente en toda tu vida.
Mc 7, 14-23
Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior.
Cristo también pone en tela de juicio el «ojo», que es el símbolo de la intención del corazón y que se refleja en el cuerpo: un corazón lleno de amor vuelve el cuerpo brillante, un corazón malo lo hace oscuro.
Del contraste luz-oscuridad, depende nuestro juicio sobre las cosas, como también lo demuestra el hecho de que un corazón de piedra, pegado a un tesoro de la tierra, a un tesoro egoísta que puede también convertirse en un tesoro del odio, vienen las guerras…
Cuando Jesús está describiendo las manchas del corazón, está describiendo también las manchas del corazón moderno. Entonces podríamos decir que el corazón del hombre está enfermo, y cómo esa enfermedad silenciosa, también puede traer la muerte definitiva al hombre.
¿Qué está manchando mi corazón? ¿Me doy cuenta de ellos? ¿Qué estoy haciendo para tener una buena salud del corazón y del espíritu?
Dejemos que Jesús mire nuestro interior y descubra que está manchado y qué debe curar. Arriesguémonos y pongámonos en sus manos porque todos estos pedazos del corazón que están hechos de piedra, el Señor los hace humanos, con aquella inquietud, con aquella ansia buena de ir hacia adelante, buscándolo a Él dejándose buscar por Él.
Que el Señor nos cambie el corazón. Y así nos salvará. Nos protegerá de los tesoros que no nos ayuden en el encuentro con Él, en el servicio a los demás, y también nos dará la luz para ver y juzgar de acuerdo con el verdadero tesoro: su verdad.
Que el Señor nos cambie el corazón para buscar el verdadero tesoro y así convertirnos en personas luminosas y no ser personas de las tinieblas.

